Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 29 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: Mortifiquemos nuestra imaginación



(Domingo XXVI - TO - Ciclo B – 2018)

“Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible” (Mc 9, 38-43.45.47-48).
         ¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿Acaso nos dice que nos cortemos la mano, el pie, el ojo, literalmente? No, de ninguna manera. Jesús no nos dice que hagamos daño a nuestro cuerpo, porque está hablando en un sentido figurado. Pero si usa una imagen tan fuerte es para que nos demos cuenta de dos cosas: una, que nuestras acciones son libres y nos pueden conducir al Cielo o al Infierno, según sean buenas o malas; la segunda, que debemos estar atentos y precavidos y mortificar la imaginación, el pensamiento y los sentidos, porque es ahí por donde comienza la tentación que, si no se combate, se consiente y se convierte en pecado. Esto es lo que quiere decir Jesús, que mortifiquemos el pensamiento malo, la imaginación mala, el deseo malo. Mortificar quiere decir pensar en otra cosa, imaginar otra cosa, desear otra cosa y para poder lograrlo, debemos tener, en la mente y en el corazón, la Pasión de Jesús, su flagelación, su corona de espinas, su cruz y también sus Mandamientos y sus Bienaventuranzas.
         Por ejemplo, si alguien me ofende, en vez de reaccionar con enojo, recuerdo los mandamientos de Jesús: “Ama a tus enemigos”, “Perdona setenta veces siete” y amo y perdono en vez de enojarme, porque eso es lo que Jesús quiere de mí.
         Tratemos entonces de tener siempre, en la mente y en el corazón, a Jesús crucificado y a los Mandamientos de la Ley de Dios, para poder entrar, con el cuerpo completo y lleno de la gloria de Dios, en el Reino del cielo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: El que quiera ser primero sea el servidor de todos



(Domingo XXV – TO – Ciclo C – 2018)

         “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Mientras Jesús les está hablando a sus discípulos y les revela por anticipado qué es lo que le va a suceder –será traicionado, encarcelado, crucificado y luego resucitará-, ellos, en vez de prestar atención a lo que Jesús les dice, estaban “discutiendo entre sí” y la razón de la discusión era porque todos querían ser el más grande. Es decir, mientras Jesús les avisa que se vienen tiempos de mucho peligro y dolor, porque Él será crucificado y morirá y que solo después de esto vendrá la alegría y la resurrección, los discípulos no escuchan a Jesús y si lo escuchan, no les importa lo que les está diciendo: cada uno de ellos está pensando en otra cosa; cada uno de ellos piensa en ser el más importante; cada uno de ellos piensa en recibir aplausos, honores, agasajos. Jesús les habla de la Cruz y de la Resurrección, que es lo más importante en esta vida, y ellos están pensando en quién va a ser el más grande, para recibir el aplauso de los hombres. Con esto, demuestran que no entienden lo que Jesús les dice –el Evangelio afirma que “no comprendían” lo que Jesús les decía- y que no les importa tampoco, porque en vez de la Cruz y la Resurrección, ellos quieren que los traten como a gente importante.
         Lo que Jesús les dice, acerca de la Cruz y la Resurrección, es lo que realmente importa en esta vida, porque estamos en esta vida para subirnos a la Cruz, morir al hombre viejo y luego resucitar para la vida eterna. Lo que los discípulos quieren, el ser considerados como importantes y así recibir los aplausos de los hombres, no sirve para nada, porque los aplausos que los hombres se dan entre sí, no valen nada ante los ojos de Dios. Los hombres acostumbran a aplaudirse unos a otros -y muchas veces se aplaude al que hace el mal-, pero este aplauso se llama “gloria mundana” y no sirve de nada ante los ojos de Dios. A los ojos de Dios, solo tiene valor la gloria de Dios y la gloria de Dios es Jesús crucificado. Si realmente queremos ser los primeros, no busquemos el aplauso de los demás: trabajemos por el Reino de los cielos, subamos a la Cruz y así seremos llevados al Cielo, en donde reinaremos con Jesús y la Virgen para siempre.

sábado, 15 de septiembre de 2018

El Evangelio para Niños: No rechacemos la cruz de Jesús



(Domingo XXIV – TO – Ciclo B - 2018)

         “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y me siga” (Mc 8, 27-35). En este Evangelio, Jesús nos enseña muchas cosas. Una primera cosa que nos enseña es que no estamos obligados a seguirlo, sino que, el que lo sigue, tiene que querer seguirlo. En efecto, Jesús dice: “El que quiera seguirme, que me siga”. Jesús no nos obliga a seguirlo, quiere que lo sigamos libremente. Seguirlo quiere decir amarlo, entonces es como si Jesús dijera: “El que me ame, que me siga”. Nadie está obligado a seguir a Jesús, como Él lo dice: “El que quiera seguirme”. Esto quiere decir que nadie va a entrar obligado en el cielo, porque si alguien no quiere seguir a Jesús, no lo sigue. Pero el que no lo siga, ya sabe que no puede entrar en el cielo. Para entrar en el cielo, hay que seguir a Jesús, pero quien no lo quiera seguir, no lo seguirá y tampoco entrará en el cielo. En el cielo entrarán los que aman a Jesús y los que lo siguen. Si alguien no lo ama y no lo quiere seguir, ese tal no entrará en el Reino de Dios.
         Otra cosa que nos enseña Jesús es que, una vez que nos hemos decidido a seguirlo, es decir, una vez que hemos elegido seguir a Jesús, no podemos seguirlo de cualquier manera: tenemos que negarnos a nosotros mismos. ¿Qué quiere decir “negarnos a nosotros mismos”? Quiere decir que tenemos que darnos cuenta cuando estamos pensando, deseando o haciendo una cosa mala y rechazarla. Por ejemplo, negarme a mí mismo es lo siguiente: si yo estoy con mal humor, en vez de contestar mal a los que me rodean, me niego a mí mismo y contesto bien, con una sonrisa, con un afecto, con una muestra de bondad. Otro ejemplo de negación de uno mismo: si estoy con pereza y no tengo ganas de hacer nada, en vez de quedarme tirado en la cama o en el sofá, sin hacer nada, me levanto y me pongo a hacer lo que tengo que hacer, que siempre hay algo para hacer, como por ejemplo, las tareas de la escuela, ayudar en la casa, ayudar a mis hermanos, ofrecer a mis padres si necesitan algo, etc. Eso es “negarse a sí mismo”.
         Por último, quien elige a Jesús y lo sigue y se niega a sí mismo, tiene que hacer una tercera cosa: tomar su cruz y seguirlo. Jesús va caminando delante de nosotros, con la cruz a cuestas. ¿Adónde va Jesús? Jesús va al Calvario, para morir en cruz y luego resucitar. Si amamos a Jesús, entonces, no lo vamos a dejar ir solo, vamos a ir detrás de Él, pero con nuestra cruz a cuestas, para que también nosotros seamos crucificados con Él y así resucitemos a la vida nueva de los hijos de Dios. Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy, entonces: seguir a Jesús no por obligación sino por amor, negarnos a nosotros mismos en nuestras malas inclinaciones y cargar la cruz de cada día, para algún día ir al cielo y estar con Jesús para siempre.

sábado, 28 de julio de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús multiplica panes y peces



(Domingo XVII - TO - Ciclo B – 2018)

         “Jesús multiplicó panes y peces” (Jn 6,1-15). En este Evangelio Jesús realiza un milagro que demuestra que Él es Dios, porque sólo Dios puede hace este tipo de milagros: multiplicó panes y peces para que pudieran comer una gran cantidad de gente, casi diez mil personas, como las personas que entrarían en un estadio de básquet techado.
         Jesús vio que la gente, que había ido a verlo porque se había enterado que curaba a los enfermos y por eso lo seguía adonde Él iba. Pero sucedió que llegó la hora del almuerzo y como nadie había llevado nada para comer, todos empezaron a sentir hambre. Entonces un niño que estaba por ahí dijo que tenía cinco panes y dos peces. Jesús los aceptó y les dijo a todos que se sentaran. Tomó los panes y los peces, dio gracias a Dios, los bendijo y los multiplicó, es decir, hizo que aparecieran panes y peces de la nada y aparecieron tantos, que comieron todos los que estaban presentes, que eran más de diez mil personas y encima sobró y sobró tanto, que todo lo que sobró lo pusieron en doce canastas.
         La gente se dio cuenta que Jesús había hecho un gran milagro y entonces todos dijeron que querían que Jesús fuera rey, pero Jesús, que no vino a la tierra para satisfacer el hambre del cuerpo, se retiró solo a la montaña para orar.
         Al hacer ese milagro, Jesús demostró que amaba mucho a esa gente, porque hizo el milagro para que pudieran satisfacer el hambre del cuerpo. Todos sabemos lo que es tener hambre y la gente que había ido a ver a Jesús tenía mucha hambre, porque estaban ahí desde horas muy tempranas. Y como Jesús les dio de comer, lo quisieron hacer rey.
         Lo que nosotros tenemos que saber es que Jesús, el mismo Jesús del Evangelio, nos ama y nos ama todavía más que a la gente del Evangelio, porque a ellos les dio pan hecho de harina y agua y les dio además carne de pescado, pero a nosotros, nos da un pan que tiene vida, porque es el Pan Vivo bajado del cielo y no nos da carne de pescado, sino Carne de Cordero de Dios, porque la Eucaristía es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Si la gente del Evangelio quiso hacer rey a Jesús solo porque les dio de comer y satisfizo el hambre del cuerpo, ¿no deberíamos nosotros hacerlo rey de nuestros corazones, porque nos alimenta no con pan sin vida, sino con el Pan Vivo bajado del cielo, y nos da para comer, no la carne de pescado cruda, sino la Carne del Cordero de Dios asada en el Fuego del Espíritu Santo, la Eucaristía?
Seamos agradecidos con Jesús por alimentarnos el alma con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y digámosle así: “Querido Jesús Eucaristía, Tú eres el rey de nuestros corazones, porque en cada Eucaristía nos alimentas con el Amor de tu Sagrado Corazón. Por eso nosotros te amamos, te adoramos y te proclamamos el Rey de nuestros corazones”.

sábado, 21 de julio de 2018

El Evangelio para Niños: Los hombres sin Jesús somos como ovejas sin pastor



(Domingo XVI - TO - Ciclo B – 2018)

         “Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Mc 6,30-34). Para saber qué quiere decir este Evangelio, pensemos en qué es lo que les sucede a las ovejas cuando están sin pastor. Cuando están sin pastor, las ovejas pasan hambre y sed porque por ellas mismas no saben dónde están los pastos verdes y el agua fresca y pasan tanta hambre y sed, que algunas hasta mueren por falta de alimento y de agua. Además, las ovejas están desamparadas frente al lobo porque el lobo es cobarde: cuando ve al pastor, huye, pero cuando ve a las ovejitas solas, se abalanza sobre ellas y con sus dientes afilados desgarra la tierna carne de las ovejitas. Otra cosa que les sucede es que algunas ovejas, desorientadas, caminan cerca del barranco y muchas se caen por el barranco y en su caída, se lastiman, se abre su piel y les sale sangre y muchas hasta sse fracturan sus huesos y por eso, al llegar al final del barranco, quedan malheridas, sin poder moverse siquiera. Y como el lobo huele el olor a sangre, es muy posible que las ovejitas mueran por las dentelladas del lobo.
Bueno, las ovejitas somos nosotros y cuando no hay un sacerdote católico, que nos dé el pasto fresco y el agua fresca de la gracia de los sacramentos, nuestras almas, al no alimentarse de la Eucaristía, sufren hambre y al no poder beber del agua de la gracia que nos viene del sacramento de la confesión, morimos por el pecado mortal. Además, cuando estamos sin sacerdote católico, somos presa fácil de las mentiras y engaños de Satanás, que nos quiere engañar con las sectas y con toda clase de oraciones falsas.
“Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”. Para que no pasemos hambre y sed, para que nos veamos libres del Lobo infernal, acudamos siempre a los sacerdotes de nuestra Iglesia Católica, para que ellos nos den el pasto fresco y el agua fresca de la gracia sacramental, de la Palabra de Dios y de la Eucaristía y así seremos ovejas sanas, fuertes, al lado de Jesús y de la Virgen, la Buena Pastora.  

domingo, 15 de julio de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús nos envía a iluminar el mundo con su Evangelio



(Domingo XV - TO - Ciclo B – 2018)

         “Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros” (cfr. Mc 6, 7-13). Un gran santo, San Cirilo de Jerusalén, cuando comenta este Evangelio, dice que Jesús envía a los Doce Apóstoles a la misión para que “brillen como antorchas”. No quiere decir que los Doce tenían que encender doce antorchas y salir a predicar, aun a plena luz del día: quería decir que debían brillar espiritualmente. Lo que hace una antorcha es iluminar, es decir, si está todo oscuro y no hay luz eléctrica, ni de velas, ni del sol, ni de la luna, la única luz que permite ver lo que nos rodea es la luz de una antorcha y esto es lo que sucede cuando una persona vive y predica el Evangelio de Jesús, porque Jesús es “luz del mundo”, como Él lo dice en el Evangelio y Jesús nos ilumina con su palabra en el Evangelio. Leer la Biblia es llenarnos de luz divina el alma.
         En los tiempos de Jesús, aunque había luz del sol y luz de las velas, las gentes vivían en oscuridad espiritual, porque eran paganas, es decir, no conocían a Jesús y por eso hacían cosas muy malas, propias de los paganos, de los que no conocen a Jesús. Pero llegaron los Apóstoles y los iluminaron con la luz del Evangelio de Jesús y muchos se convirtieron y dejaron de hacer cosas malas para empezar a ser buenos y santos, viviendo los Mandamientos de la Ley de Dios.
         Hoy también Jesús nos envía al mundo, para que iluminemos el mundo con el Evangelio de Jesús, porque el mundo hoy vive en tinieblas, vive en oscuridad, porque no conoce a Jesús o en muchos casos lo conoce, pero lo rechaza. Para eso, tenemos que leer todos los días una parte del Evangelio de Jesús, para que la luz de Jesús esté en nosotros y así nosotros podamos ser luz de Jesús para nuestros hermanos. Vivamos en gracia, leamos la Palabra de Dios, confesemos con frecuencia, comulguemos en estado de gracia y así podremos ser luz del mundo y sal de la tierra para el mundo de hoy que, a pesar de la luz de las computadores, la luz de los celulares, la luz de las tablets, la luz de los televisores, vive en tinieblas y en sombras de muerte. Solo si tenemos la luz de Cristo en nosotros, que nos viene por la fe y por la gracia, podremos iluminar el mundo con la luz de Cristo.

domingo, 24 de junio de 2018

El Evangelio para Niños: Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista



(Ciclo A)

         Hoy recordamos el día del nacimiento de San Juan Bautista, que era primo de Jesús. Es uno de los pocos santos a los cuales la Iglesia los recuerda en el día de su nacimiento y no el de su muerte. ¿Por qué razón?
El que nos da la respuesta es San Agustín: él dice San Agustín  que la Iglesia celebra la fiesta de los santos en el día de su muerte porque, en realidad, el día en que muere un santo a su vida terrena, es también el día en el que nace a la vida eterna y por eso se lo recuerda en el día de su muerte; pero en el caso de san Juan Bautista, se lo recuerda en el día de su nacimiento porque Juan Bautista fue santo antes de morir, ya que fue santificado en el vientre de su madre cuando llegó la Virgen a Visitarla a Santa Isabel. Es decir, anunció a Cristo ya antes de nacer y lo anunció después con toda su vida y también con su muerte martirial.
Entonces, recordamos a San Juan Bautista el día de su nacimiento, porque él fue santificado por el Espíritu Santo desde que estaba en la panza de su mamá, Santa Isabel. Eso quiere decir que San Juan Bautista fue santo ya antes de morir, desde el momento en que estuvo en el vientre de su mamá y por eso lo recordamos el día de su nacimiento, porque el Espíritu Santo lo santificó antes de nacer.
¿Qué tenemos que hacer nosotros? Nosotros tenemos que imitarlo a San Juan Bautista: él fue santificado al nacer por el Espíritu Santo y anunciaba que el Mesías, que era Jesús y al que él llamaba el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” ya había llegado y que había que convertir los corazones del mal al bien para recibirlo; nosotros también hemos sido santificados al nacer, por el bautismo y aunque somos pecadores, tenemos la misma misión del Bautista: anunciar que el Mesías está entre nosotros, no en forma humana sino en la Eucaristía y que pronto va a venir a juzgar a vivos y muertos al fin del mundo y que para poder recibirlo, tenemos que convertirnos, es decir, preparar, por la gracia, el corazón, para recibir en él a Jesús Eucaristía, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

sábado, 16 de junio de 2018

El Evangelio para Niños: El Reino de Dios es como un grano de mostaza





(Domingo XI - TO - Ciclo B – 2018)

         Para que sepamos cómo es el Reino de Dios, Jesús lo compara con dos semillas: con una semilla de trigo y con una semilla de mostaza: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra (…) el Reino de Dios (…) se parece a un grano de mostaza” (cfr. Mc 4,26-34). Cuando utiliza la imagen de la semilla de trigo, describe cómo hace esta semilla para crecer, sin que el hombre se dé cuenta: cae en tierra, se hunde, recibe agua, luego empieza a germinar, recibe la luz del sol y finalmente da el fruto, que es la espiga llena de granos de trigo. Es para que sepamos que el Reino de Dios, que es la gracia santificante que recibimos por los sacramentos –sobre todo, Eucaristía y Confesión- crece en nosotros, sin que nos demos cuenta: la semilla de trigo es la gracia y la tierra es nuestro corazón. Cuando la semilla crece y se convierte en espiga que da granos de trigo, es cuando la gracia da en nosotros frutos de santidad: es cuando somos pacientes, caritativos, humildes, etc.
         El otro ejemplo que usa es el de la mostaza: es pequeñita, muy pequeñita, pero crece hasta formarse casi como un árbol en donde van los pájaros del cielo, para cobijarse en sus ramas. Esa semilla de mostaza pequeñita es nuestra alma sin la gracia; cuando es grande como un árbol, es nuestra alma que, por la gracia, se parece a Jesús. ¿Y los pájaros del cielo? Son tres, son las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, porque cuando un alma está en gracia, las Tres Divinas Personas van a hacer morada en el corazón del que está en gracia. Le prometamos a Jesús que siempre vamos a estar en gracia –siempre nos vamos a confesar y a recibir la Eucaristía- para que el Reino de Dios, que es como una semilla de trigo y como una semilla de mostaza, crezca siempre en nuestros corazones.

sábado, 9 de junio de 2018

El Evangelio para Niños: El pecado contra el Espíritu Santo jamás será perdonado



(Domingo X – TO – Ciclo B – 2018)

         ¿En qué consiste este pecado, que es tan grave? No consiste en decir malas palabras contra el Espíritu Santo: consiste en no querer cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios, para poder seguir pecando. Es no querer convertir el corazón y dejar que el corazón siga apegado a las cosas de la tierra.
         Es como si alguien, teniendo en frente suyo los Diez Mandamientos, dijera: “Yo sé cuáles son los Diez Mandamientos, pero en vez de cumplirlos, voy a cumplir mi propia voluntad y no la voluntad de Dios”. Es como si alguien dijera: “Yo sé que Dios quiere que yo cumpla los Mandamientos de su Ley, pero en realidad yo quiero hacer lo que yo quiero y no lo que quiere Dios”. Ése es el pecado contra el Espíritu Santo, porque quiere decir no dejar que el Espíritu Santo entre en nuestros corazones, lo purifique de todo pecado con la Sangre de Cristo y lo deje lleno de la gracia de Dios. Podemos imaginar lo siguiente: un corazón que está todo embarrado, todo lleno de lodo y suciedad y con olor a podredumbre y viene alguien y le ofrece limpiarlo, para que el corazón quede limpio, brillante, con olor a jabón y a perfume, así como queda la casa después que mamá limpia y deja todo brillante. Pero esta persona, que tiene este corazón así todo mal oliente y sucio, en vez de permitir que su corazón sea limpiado –esto es lo que sucede en el Sacramento de la Confesión-, elige que su corazón quede sucio y maloliente, porque en fondo prefiere el pecado a la gracia de Dios.
         Le pidamos a la Virgen que interceda para que recibamos la gracia de nunca cerrar nuestros corazones a la acción del Espíritu Santo y que por el contrario, abramos de par en par las puertas de nuestros corazones para que el Espíritu Santo entre en ellos y lo purifique de todo mal y lo santifique, para mayor gloria de Dios.

domingo, 3 de junio de 2018

El Evangelio para Niños: Solemnidad de Corpus Christi



(Ciclo B – 2018)

         La Iglesia recuerda hoy un gran milagro eucarístico ocurrido en la Basílica de Santa Cristina en Bolsena, Italia.
         Un sacerdote, Pedro de Praga, tenía dudas de fe acerca de lo que la Iglesia enseña sobre la Eucaristía, de que en la misa, por las palabras que dice el sacerdote “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Para recibir la gracia de la fe, el sacerdote había hecho una peregrinación hasta Roma, para rezarle a San Pedro y pedirle la gracia de la fe en la Eucaristía.
         Cuando regresaba a su país, Bohemia, pasó por el pueblito de Bolsena y en la Basílica de Santa Cristina celebró la misa, en el año 1264. Después de pronunciar las palabras de la consagración y en el momento en que elevaba la Eucaristía, ésta se transformó en músculo del corazón, que estaba vivo, como si la persona dueña del corazón estuviera ahí. Como estaba vivo, salía mucha sangre, tanta, que manchó el corporal y también el pavimento de mármol.
         El Papa de ese entonces, Urbano IV, mandó que le llevaran el milagro y él mismo salió a recibirlo en persona y cuando estuvo delante del milagro, se arrodilló en acción de gracias y luego él lo llevó en procesión hasta el vecino pueblito de Orvieto. Desde entonces, el Papa ordenó que en toda la Iglesia se celebrara la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, en recuerdo de ese milagro.
         Pero nosotros tenemos que saber que ese mismo milagro se produce, en cada Santa Misa, de modo invisible, aunque no lo podamos ver con los ojos del cuerpo: después que el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Por eso no necesitamos que se haga de nuevo el milagro, porque nos basta y sobra que ya haya sucedido una vez, además de que nos basta lo que la Iglesia nos enseña en el Catecismo.
         Cuando vayamos a comulgar la Eucaristía, entonces, recordemos que no comulgamos un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

sábado, 26 de mayo de 2018

El Evangelio para Niños: Solemnidad de la Santísima Trinidad



(Ciclo B – 2018)

         El Evangelio nos enseña cómo es el Dios de los católicos: el Dios de los católicos es Uno y Trino: uno en naturaleza y Trino en Personas. Es decir, Dios es Uno solo y en Él hay Tres Personas distintas. No hay tres dioses, sino un solo Dios y Tres Divinas Personas. Lo podemos ejemplificar con un árbol que tiene tres ramas: es un solo árbol, pero con tres ramas; así es Dios, un solo Dios verdadero y Tres Divinas Personas. Cada una de las Divinas Personas es Dios y por lo tanto merecen, cada una de ellas, la misma adoración y gloria: el Padre es Dios; el Hijo es Dios; el Espíritu Santo es Dios. No tres dioses, sino un solo Dios y Tres Divinas Personas.
         Esto es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que es algo misterioso, que viene de Dios. No podemos comprender cómo puede ser posible que Dios sea Uno, que en Él haya Tres Personas y que cada Persona sea Dios, pero no por esto hay tres dioses, sino uno solo.
         El origen eterno de la Trinidad es el Padre: Él es tan Sabio, que de su Sabiduría engendra una Palabra, que es el Hijo, desde toda la eternidad; Él es tan infinito en su Amor, que del Amor que Él le tiene al Hijo y que el Hijo le tiene al Padre, surge Dios Espíritu Santo. Pero esto sucede desde la eternidad, es decir, desde siempre, porque Dios no tiene principio ni tampoco tiene fin, aunque Él es el Principio –el Alfa- y el fin –el Omega- de toda la Creación, porque Él la creó y es el fin, porque Él pondrá fin a esta Creación material en el Día del Juicio Final, para dar comienzo a los cielos nuevos y a la nueva tierra.
         Dios Uno y Trino nos ama tanto, pero tanto, que las Tres Divinas Personas están empeñadas en que salvemos nuestras almas de la eterna condenación, recibamos el perdón de los pecados, seamos adoptados como hijos de Dios y luego de esta vida, vayamos al Cielo.
         Para eso, Dios Padre envió a su Hijo, Dios Hijo, por medio de su Amor, Dios Espíritu Santo, para que Dios Hijo encarnado diera su vida por nosotros en la cruz, venciera al Demonio, al Pecado y a la Muerte y nos llevara al Cielo con Èl.
Dios Uno y Trino, la Santísima Trinidad, es nuestro Dios, el Dios católico, el Dios de la Iglesia Católica, porque no es el mismo Dios de los judíos, ni de los musulmanes, ni de los protestantes: es el Dios de los católicos.
         Adoremos a Dios, Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, arrodillándonos ante su Presencia Eucarística y démosle gracias por ser nuestro Dios, el Dios de la Iglesia Católica, y por habernos llamado a ser sus hijos, formando parte de la más hermosa iglesia que jamás haya existido ni existirá en la Iglesia, la Iglesia Católica.  
        

domingo, 6 de mayo de 2018

El Evangelio para niños: Jesús nos manda amar como Él nos amó



(Domingo VI - TP - Ciclo B – 2018)

Jesús nos deja un mandamiento nuevo: “Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 9-17).
¿Qué quiere decir esto? ¿Quiere decir que hay once mandamientos en vez de Diez? Porque si antes había Diez mandamientos, al agregar uno más, entonces eso quiere decir que hay Once mandamientos y no Diez. En realidad, no quiere decir que hay Once mandamientos; sigue habiendo Diez mandamientos, sólo que el Primero, que es el más importante de todos, tenemos que cumplirlo no como a nosotros nos parezca, sino como Jesús nos manda y Jesús nos manda que cumplamos el mandamiento del amor de hermanos como Él nos ha amado: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”.
Entonces, la clave para saber cómo hay que cumplir este mandamiento, está en ver cómo nos ha amado Jesús y para eso, tenemos que contemplarlo en la cruz. Allí, en la cruz, Jesús nos ama con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, y hasta la muerte de cruz. Así es como Jesús nos ama y así quiere que nosotros cumplamos el mandamiento del amor: que amemos a nuestros hermanos como Él nos ha amado. Eso quiere decir que debemos amar, no con el amor de nuestros corazones, porque nuestro amor es muy pequeño y muchas veces, es egoísta e interesado: tenemos que amar con el Amor de Dios, el Espíritu Santo y como es Amor de Dios y no nuestro, lo tenemos que pedir en la oración, porque es un Don, un regalo de Dios. Entonces esto es lo primero que tenemos que hacer: pedir el don del Espíritu Santo. Lo segundo que tenemos que hacer, es contemplar a Jesús en la cruz, porque Él dice que debemos amar “como Él nos ha amado” y Él nos ha amado hasta la muerte de cruz. Por amor a nosotros, Jesús permite que lo coronen de espinas, que lo crucifiquen con clavos de hierro, que le traspasen su Corazón con la lanza. Eso quiere decir que debemos imitar a Jesús y amar a nuestros hermanos –empezando por los que son nuestros enemigos- hasta la muerte de cruz, porque así es como nos amó Jesús.
“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. A través de la Virgen María, le pidamos a Jesús que nos dé el Espíritu Santo para que imitando a Jesús seamos capaces de dar la vida por nuestros prójimos, así como Jesús dio su vida por nosotros en la cruz.

domingo, 29 de abril de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús es la Vid y Dios Padre el Viñador



(Domingo V – TP – Ciclo B - 2018)

         En esta parábola Jesús usa dos imágenes la de una vid, que es Él, y la de un Viñador, que es Dios Padre. También hay otras dos figuras: los sarmientos secos que no dan fruto y los sarmientos que sí dan fruto.
         Para entender la parábola, tenemos que recordar qué es lo que hace el viñador de la tierra: cuando poda la vid, corta los sarmientos secos y los arroja al fuego, porque ya no pueden dar fruto, ya no sirven: son las almas de los que, al morir, no se arrepienten de sus pecados y, por lo general, cuando vivían en la tierra, no acudían a Misa ni se confesaban y tampoco rezaban ni hacían obras de misericordia.
         Pero cuando el viñador encuentra un sarmiento que no está seco, lo poda, para que dé más uvas todavía: son las almas a las que Dios les envía dificultades y dolores en esta vida, pero las almas no solo no se quejan, sino que agradecen a Dios lo que Dios les envía y por eso dan frutos de santidad: de paciencia, de caridad, de paz, dando a los demás el amor de Cristo.
         Y con Dios Padre sucede lo que sucede con el viñador de la tierra: cuando el viñador de la tierra saca un grano de uva y lo prueba y lo encuentra dulce se alegra, porque quiere decir que la cosecha va a ser buena; pero cuando prueba un grano y lo encuentra agrio, no está contento, porque la cosecha no va a ser buena. En la vida espiritual, Dios es el Viñador y Él prueba nuestros corazones y si los encuentra con el Amor de Jesús, el sabor que siente es de dulzura porque el Amor de Jesús es así y Dios Padre se alegra, porque entonces vamos a dar frutos de santidad.
         Pero puede suceder que Dios Padre pruebe nuestros corazones y los encuentre agrios y amargos y eso sucede cuando nuestros corazones están llenos de amor propio, de amor egoísta y además llenos de soberbia. Esos corazones son agrios y amargos y Dios Padre no se siente a gusto porque no dan buenos frutos esos corazones.
         ¿De qué depende que nuestros corazones tengan un sabor dulce o agrio cuando Dios Padre los pruebe? Depende de nosotros y nuestra respuesta a la gracia: si nos confesamos, si comulgamos, si buscamos vivir los Mandamientos de la Ley de Dios, nuestros corazones tendrán la dulzura del Amor del Corazón de Jesús. Pero si no nos confesamos, si no rezamos, si no obramos la misericordia, nuestros corazones tendrán un sabor agrio, amargo, y no serán del agrado de Dios Padre.
         Le prometamos a la Virgen que vamos a rezar, a confesarnos con frecuencia, a comulgar, para que tengamos siempre el Amor del Corazón de Jesús en nuestros corazones y así, cuando Dios Padre los pruebe, se quede contento con nosotros al probar la dulzura del Corazón de Jesús.


sábado, 14 de abril de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús resucitado abre las inteligencias



(TP – Ciclo B – 2018)

         Mientras los discípulos de Emaús están con los Apóstoles dándoles la noticia de que Jesús ha resucitado, Jesús se les aparece en medio de la sala. Los Apóstoles no comprendían que era Jesús y a pesar de que lo conocían y de que habían estado con Él, ahora no lo reconocían. Les parecía ver un fantasma y no a Jesús y parecía como que no se acordaban de quién era Jesús y qué era lo que había pasado el Viernes Santo. Además, estaban con miedo a los judíos, encerrados, sin animarse a salir. Entonces Jesús, después de mostrarles las manos y los pies y pedirles algo de comer, para que ellos se dieran cuenta de que su Cuerpo era real y no el de un fantasma, sopló sobre ellos el Espíritu Santo, para que pudieran reconocerlo a Él y pudieran comprender qué era lo que Él había hecho el Viernes Santo en la cruz. El Evangelio dice así: “Les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”. Apenas Jesús hizo esto, para los Apóstoles fue como cuando alguien recuerda algo que había olvidado y se acordaron que Jesús el Viernes Santo había muerto en la cruz y había vencido en la cruz a los tres grandes enemigos de la humanidad: el Demonio, el Pecado y la Muerte, y además lo reconocieron, como cuando alguien se acuerda el nombre de una persona a la que quería mucho, pero se había olvidado de cómo se llamaba. Los Apóstoles dijeron: “¡Ahora sabemos que Tú eres nuestro Dios, que murió en la cruz para salvarnos del Infierno, para vencer al Demonio, al Pecado y a la Muerte y para llevarnos al Cielo al final de nuestra vida en la tierra!”. Jesús entonces les dio un mandato: que fueran a avisarle a todo el mundo todo lo que Él había hecho por los hombres, para que todos los que crean en Él se salven.
         También nosotros necesitamos que Jesús sople sobre nosotros el Espíritu Santo, para que abra nuestras inteligencias y así seamos capaces de comprender los misterios de su vida y también seamos capaces de comprender que Él está resucitado y glorioso en el cielo, pero que al mismo tiempo, está resucitado y glorioso en la Eucaristía. Y también necesitamos que nos ensanche el corazón y nos dé mucho Amor de Dios, para que podamos amarlo en la Eucaristía así como la Virgen lo ama en el Cielo.

domingo, 8 de abril de 2018

El Evangelio para Niños: La Divina Misericordia



(Ciclo B - 2018)

         Una vez, hace mucho tiempo, Jesús se apareció a una monjita que se llamaba Sor Faustina y le dijo que pintara una imagen así como ella lo veía –así como lo vemos en la imagen- y que pusiera abajo: “Jesús en Vos confío”.
         Jesús le dijo que esta imagen era una señal –así como un semáforo es una señal que nos indica si podemos avanzar o debemos detenernos- de que Él estaba por venir al mundo por Segunda Vez para juzgar al mundo y para llevar al Cielo a los que quieran ir con Él. Jesús también le dijo que toda la humanidad tenía que convertirse a la religión católica, porque si no, la humanidad no iba a encontrar paz. También le dijo que esta imagen era como un vaso del cual la humanidad debía beber del Amor de Dios, para así poder salvarse. Pero también le dijo que si alguien no quería estar con Él y aprovechar su Misericordia, ése tendría que pasar por su Justicia Divina: “El que no quiera pasar por la puerta de mi Misericordia, tendrá que pasar por la puerta de mi Justicia”.
         Esto quiere decir dos cosas: por un lado, que Jesús no va a llevar a nadie al Cielo de forma obligada, porque van a ir al Cielo solo los que quieran refugiarse bajos los rayos de la Sangre y el Agua que brotaron de su Corazón traspasado y que en la imagen son los rayos blanco y rojo. Son los sacramentos de la Iglesia, la Confesión y la Comunión. Es decir, van a ir al Cielo los que se confiesen y comulguen con fe y con amor y además hagan obras de misericordia.
         Pero también quiere decir que los que no quieran estar bajo los rayos del Corazón de Jesús –hay muchos que no quieren cumplir los Mandamientos, que no quieren ser buenos, que no quieren confesarse ni tampoco comulgar-, esos no iban a ir al Cielo, porque Él no va a llevar a nadie obligado al Cielo.
         Y esto, porque Dios nos ama tanto, que respeta nuestra libertad y si alguien elige vivir sin Dios, aunque Dios lo ama, lo respeta y no lo hace vivir obligado con Él, y para quien no quiera estar con Él en el Cielo, Dios crea un lugar que se llama “Infierno”, en donde van todos los que no quieren saber nada de Dios. Solo que en el Infierno se sufre mucho, porque hay un fuego que quema el alma y el cuerpo, para siempre. En el Cielo también hay un fuego, pero que no quema, sino que llena al alma con la luz, la alegría y el Amor de Dios. Si queremos ir al Cielo, para estar con Jesús y la Virgen para siempre, entonces en esta vida tenemos que acudir con frecuencia a la Confesión, tenemos que recibir a Jesús por la Comunión Eucarística y tenemos que hacer obras de misericordia. Así, nos vamos a asegurar de que en la otra vida vamos a vivir felices para siempre en el Cielo.

sábado, 31 de marzo de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús resucitó



(Ciclo B – 2018)

         El Viernes y el Sábado Santo todo era luto y silencio en la Iglesia, porque Jesús había muerto en la cruz, dando su vida por nuestra salvación.
         Pero ahora, el Domingo de Resurrección, todo es alegría y gozo, porque Jesús, dando cumplimiento a su promesa de que habría de resucitar al tercer día, resucita el Domingo por la mañana.
         Antes de la resurrección, el sepulcro estaba oscuro, frío, en silencio, con el Cuerpo de Jesús tendido sobre la piedra. Pero el Domingo de Resurrección, una pequeña luz comienza a brillar a la altura del Corazón de Jesús, y mientras ilumina su Corazón, se empiezan a escuchar sus latidos; la luz se propaga por todo el Cuerpo de Jesús y a medida que se propaga, lo vuelve a la vida. En un instante, Jesús ha resucitado: el sepulcro se llena de la luz de Dios, se escuchan los latidos del Corazón de Jesús y el frío da lugar al calor del Amor de Dios.
         Las santas mujeres esperaban encontrar un Jesús muerto, un sepulcro oscuro, en silencio, pero al llegar, ven la piedra de la entrada corrida, ven el sepulcro iluminado, escuchan los cantos de los ángeles y, sobre todo, ven el sepulcro vacío, porque Jesús ha resucitado. Jesús no está con su Cuerpo muerto en el sepulcro, porque con su Cuerpo vivo y glorioso está en la Eucaristía.
         Allí, en el sagrario, en la Eucaristía, nos espera Jesús, para darnos la vida, la luz, la alegría de Dios Trinidad. Como cristianos, éste es el mensaje que debemos transmitir a nuestros hermanos: Jesús ha resucitado, el sepulcro está vacío, porque ya no está más Jesús con su Cuerpo muerto; ahora está Jesús, con su Cuerpo vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. A las mujeres de Jerusalén las esperaba en Galilea, a nosotros nos espera en el sagrario y en la Eucaristía. ¡Vamos al encuentro de Jesús resucitado en la Eucaristía!

sábado, 17 de marzo de 2018

El Evangelio para Niños: “Queremos ver a Jesús”



(Domingo V - TC - Ciclo B – 2018)

“Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 20-33). El Evangelio nos cuenta que “unos griegos” se acercaron a Felipe, uno de los amigos de Jesús y le dijeron que lo querían ver: “Queremos ver a Jesús”. Felipe va a Andrés y juntos llevan a los griegos hasta donde está Jesús. Entre otras cosas, Jesús les anuncia cómo va a ser su Pascua, su “paso” a la Casa del Padre: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Les anuncia que va a morir en cruz y cuando eso suceda, atraerá a todos hacia Él, con la fuerza del Amor de su Sagrado Corazón. Pero ya algunos han comenzado a ser atraídos por Él y son los griegos, que le habían pedido a Felipe ver a Jesús: “Queremos ver a Jesús”. Felipe sabe que encontrar a Jesús, conocerlo y amarlo, es lo mejor que puede sucederle a una persona en esta vida y por eso los lleva, junto a Andrés, hasta donde está Jesús. Encontrar a Jesús es lo mejor que le puede pasar a alguien en esta vida porque Jesús es lo más hermoso que hay en esta vida. Si alguien vive en esta vida y no encontró y no conoció a Jesús, ese tal se perdió lo más hermoso que tiene esta vida. Por eso es tan importante conocer y amar a Jesús y por eso no da lo mismo conocer o no conocer a Jesús. Si conozco a Jesús, conozco lo más grandioso y hermoso que hay aquí en la tierra. Si no lo conozco, me pierdo lo más grandioso y hermoso que hay aquí en la tierra.
¿Cuál es el Jesús al que hay que conocer y amar? Porque hoy hay muchos que dicen que son Jesús o que saben dónde está Jesús, pero esos son Jesús que no son verdaderos, son Jesús falsos. Por ejemplo, es falso el Jesús de la Nueva Era, que dicen que está en la nave nodriza de una flotilla de ovnis, esperando para bajar a la tierra; es falso el Jesús de las sectas; es falso el Jesús que dice que no importan los Mandamientos de la Ley de Dios o que los Mandamientos de la Ley de Dios se pueden cambiar.
Hay un solo Jesús verdadero y es el Jesús de la Iglesia Católica, el Jesús que está en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y que viene a nuestros corazones para darnos el Amor de su Sagrado Corazón cada vez que lo recibimos en la Comunión Eucarística. Ése es el único Jesús y a ese Jesús es al que nosotros debemos conocer y amar por medio de la adoración eucarística y es al que debemos recibir y adorar por la Sagrada Comunión. Y si alguien, como le pasó a Felipe, nos dice: “Queremos ver a Jesús”, nosotros tenemos que decirle: “Vamos a ver a Jesús, que está vivo, glorioso y resucitado en la Eucaristía”.

domingo, 11 de marzo de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús levantado en alto en la cruz cura el alma



(Domingo IV - TC - Ciclo B – 2018)

         “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna” (Jn 3, 14-21). Jesús anuncia su muerte en la cruz y para eso trae a la memoria algo que había pasado en el desierto con Moisés y el Pueblo Elegido.
         En el desierto, el Pueblo Elegido sufrió el ataque de muchas serpientes venenosas que provocaban la muerte de aquellos a los que mordían. Entonces Dios le dijo a Moisés que construyera una serpiente de bronce y la levantara en alto para que todo el que la viera quedara curado, lo cual efectivamente sucedió.
         Lo que tenemos que saber es que a nosotros nos pasa algo parecido que a los judíos: caminamos por un desierto, que es esta vida, hacia la Jerusalén del cielo y somos atacados por serpientes espirituales, invisibles, pero mucho más peligrosas que las serpientes terrenas, porque son los ángeles caídos, los demonios, que muerden no el cuerpo sino el corazón del hombre y les inyectan un veneno que no mata el cuerpo pero sí el alma porque es un veneno espiritual, que es el pecado: la soberbia, la lujuria, la pereza, la avaricia y toda otra clase de pecados. Pero, a diferencia de los judíos, nosotros tenemos algo mejor que una serpiente de bronce y es Jesús crucificado y Jesús en la Eucaristía: así como los judíos se curaban cuando veían a la serpiente de bronce levantada en alto por Moisés, así nosotros, los cristianos, somos curados de las heridas del alma cuando nos arrodillamos ante Jesús en la Cruz y en la Eucaristía. Quien se arrodilla ante Jesús crucificado y ante Jesús Eucaristía con un corazón contrito y humillado, recibe de Jesús un milagro más grande que el ser curado de un veneno mortal y es la curación del alma de toda clase de dolencias, además de recibir la vida eterna, que es la vida de Jesús, el Hombre-Dios.
        

domingo, 25 de febrero de 2018

El Evangelio para Niños: Dios Padre nos dice que escuchemos a Jesús



(Domingo II – TC – Ciclo B – 2018)

         En este Evangelio, Jesús sube al Monte Tabor con sus amigos Pedro, Santiago y Juan y en un momento determinado, comienza a resplandecer con una luz más fuerte que miles de soles juntos. Es la luz de su divinidad, porque Jesús es Dios y Dios es Luz; no una luz como la que conocemos, la luz del sol o la luz eléctrica, porque esa es una luz terrena y muerta: la luz que es Dios y que sale de Jesús es una Luz Viva, porque es Dios mismo, que es Luz. Y como es una luz viva, da la vida de Dios a todo aquel que lo ilumina. Por eso no da lo mismo acercarse o no acercarse a Jesús –que está en la Cruz y está en la Eucaristía-: el que se acerca a Jesús, recibe su luz y, con su luz, su vida divina, el Amor de Dios y la paz de Dios. El que se aleja de Jesús, por el contrario, vive sin la vida de Dios, sin la paz y sin el Amor de Dios.
         Pero hay algo más que pasa en el Evangelio de hoy y es que Dios Padre nos dice que Jesús es “su Hijo amado” y que nosotros debemos “escucharlo”: “Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo”. Para escuchar a Jesús, es muy necesario, por un lado, el silencio, porque Jesús habla en el silencio y es por eso que, cuanto más ruido hay, tanto en el exterior como en nuestro propio interior, menos podemos escuchar la voz de Jesús. La voz de Jesús no es como la tormenta, o el huracán, o el fuego, sino como la brisa suave, pero no podemos escuchar la brisa suave si nos aturdimos con las cosas de afuera y con nuestros propios pensamientos. Hay que aprender a hacer silencio para escuchar la voz de Dios, un silencio que es tanto de afuera, como de adentro.
         Otra cosa que debemos hacer para escuchar la voz de Jesús es acercarnos a Jesús, porque sucede como cuando estamos con una persona que nos habla muy despacito, casi al oído: cuanto más lejos estemos de Jesús, menos vamos a poder escuchar su voz; cuando más cerca, mejor escucharemos su voz. Y por esta razón, debemos acercarnos a Jesús crucificado y a Jesús en la Eucaristía, doblar nuestras rodillas ante Él, hacer silencio y esperar a que nos hable al corazón con su dulce voz.
         Una última cosa: escuchar los latidos del Inmaculado Corazón de María, porque ahí es donde la voz de Jesús, suave como una brisa, se amplifica y se hace bien clarita y podemos entenderla sin problemas y para esto, debemos consagrarnos al Inmaculado Corazón de María.
“Escuchen a mi Hijo muy amado”, dice Dios Padre. ¿Y qué nos dice Jesús? Nos dice así: “Si quieres entrar en el Reino de los cielos, carga tu cruz de cada día, niégate a ti mismo y sígueme por el camino del Calvario, por el Via Crucis, para que puedas morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre guiado por la luz de la gracia y por el Amor del Espíritu Santo”.

domingo, 18 de febrero de 2018

El Evangelio para Niños: Jesús es tentado por el Demonio



(Domingo I - TC - Ciclo B – 2018)

         “El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás” (Mc 1, 12-15). El Evangelio nos dice que Jesús fue llevado por el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, al desierto, para allí ser tentado por el Demonio. Cuando Jesús terminó los cuarenta días de ayuno, se le apareció el Demonio para hacerlo caer en la tentación. Pero que Jesús pudiera cometer un pecado era imposible, porque Él era Dios Hijo encarnado, y no podía pecar. Es decir, Jesús es Dios hecho hombre, y por eso no podía pecar y de hecho, en su vida terrena nunca cometió ni un solo pecado, ni mortal, ni venial, y ni siquiera una pequeña imperfección, porque Él era la misma santidad.
         Si no podía pecar, ¿por qué se dejó tentar? Jesús se dejó tentar para que nosotros tomemos ejemplo de Él y, cuando seamos tentados, nos acordemos de Jesús en el desierto y lo imitemos, para no caer en la tentación.
         En la primera tentación, el Demonio le dice a Jesús que le pida a Dios que convierta las piedras en pan, para que así Él se pueda alimentar. Pero Jesús le dice: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto quiere decir que, si es importante alimentarnos con los alimentos de la mesa de todos los días para que nuestro cuerpo crezca sano, es mucho más importante alimentar el espíritu y el alimento del Espíritu es la Palabra de Dios, que está en la Biblia y también está en la Eucaristía.
         En la segunda tentación, el Demonio lo lleva a Jesús a la parte más alta del templo y le dice que se tire, porque Dios enviará sus ángeles para que no le pase nada. Jesús le responde: “No tentarás al Señor tu Dios”. Quiere decir que no solo no tenemos que pedir milagros innecesarios, sino que no nos debemos exponer a las situaciones próximas de pecado. Por eso, cuando nos confesamos, decimos: “Por eso propongo firmemente no pecar y evitar las ocasiones de pecado”. Quiere decir que si sabemos que ir a un lugar, por ejemplo, es ocasión de pecado, no debemos ir a ese lugar; eso es evitar las ocasiones de pecado.
         En la última tentación, el Demonio lo lleva a la parte alta de la montaña, le muestra todas las ciudades y riquezas del mundo y le dice que si Jesús se arrodilla ante él, que es el Demonio, le dará todas esas riquezas. Jesús le responde: “Solo a Dios adorarás”. Esto quiere decir que, por un lado, debemos adorar a Dios, que está en la Eucaristía y solo ante Jesús Eucaristía nos debemos arrodillar –por eso el sacerdote se arrodilla en la consagración y los fieles en la adoración-; por otro lado, Jesús nos enseña que no debemos desear ni el poder, ni la fama, ni la riqueza, y que mucho menos les debemos dar el corazón, porque así ponemos en riesgo nuestra eterna salvación.
         Por último, al dejarse tentar por el Demonio, Jesús nos enseña que, por un lado, no hay ninguna tentación, de ninguna clase, que no pueda ser vencida, pero no por nosotros mismos, con nuestra propia fuerza, sino solo con la ayuda de la gracia e imitando a Jesús con la oración, el ayuno, la penitencia y la Palabra de Dios que, para nosotros los católicos, está en la Biblia y en la Escritura.
         Imitando a Jesús y acudimos a la Biblia, a la Confesión, a la Eucaristía, a la oración, la penitencia y el ayuno, saldremos victoriosos en todas las tentaciones.