Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 24 de marzo de 2022

Recibir la Comunión no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús Hijo de Dios


 


(Homilía en ocasión de una Santa Misa de Primeras Comuniones)

Recibir la Sagrada Comunión es lo más hermoso que pueda sucederle a una persona en este mundo y ahora vamos a ver porqué: cuando vemos la Eucaristía con los ojos del cuerpo, nos parece que es un pedacito de pan, de forma circular, de color blanco, no tiene levadura, por eso es aplanado; además, tiene el sabor del pan y el peso del pan. Eso es lo que nos dicen los ojos del cuerpo: parece un pedacito de pan. Pero esa no es la realidad, porque la Eucaristía parece pan, pero no es pan: es Jesús, el Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que tiene apariencia de pan, pero no es pan. En la Eucaristía está Jesús, el Hijo de Dios y está con su Cuerpo glorioso, lleno de la luz de Dios y de la gloria de Dios, así como está en el Cielo. Él baja desde el Cielo, en cada Santa Misa, para quedarse escondido en el Pan del Altar, para que nosotros lo recibamos en nuestro corazón con fe, con piedad, con devoción y sobre todo con amor, con mucho amor y esto porque Jesús no baja desde el Cielo por obligación, porque Él no necesita nada de nosotros: baja desde el Cielo por Amor, para darnos el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en el momento en el que lo recibimos por la Comunión.

Esto nos hace dar cuenta que no es lo mismo recibir a Jesús en la Eucaristía, que no recibirlo: el que lo recibe, como ustedes ahora que van a hacer la Primera Comunión, recibe de Jesús el Amor de su Sagrado Corazón, el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. El que no lo recibe a Jesús, porque no quiere venir a Misa, porque no quiere confesarse –para recibirlo hay que estar confesados, al menos una vez al año-, el que se aleja de Jesús porque prefiere hacer otras cosas antes que venir a recibir a Jesús en la Eucaristía, ese se queda sin el Amor de Dios, sin el Espíritu Santo.

Recibir la Comunión, entonces, no es comer un pan: es abrir el corazón a Jesús, Hijo de Dios, que está escondido, oculto, en algo que parece pan, pero no es pan. Para recibir a Jesús, preparemos el corazón para darle a Jesús todo el amor de nuestro corazón, porque si Jesús nos da su Amor, hay que responder con amor, como dice el dicho: “Amor, con amor se paga”.

Vamos a pedir por ustedes, niños, en esta Misa, la siguiente gracia: que esta Primera Comunión sea la primera de muchas; que reciban a Jesús por amor y con amor todas las veces que puedan recibirlo y que no hagan lo mismo que hacen muchos otros niños, jóvenes y adultos en todo el mundo, que reciben a Jesús Eucaristía una vez y después no vuelven nunca más a comulgar. Si asisten a Misa los domingos, para recibir la Sagrada Comunión, vivirán siempre en esta vida con el Amor de Dios en sus corazones.

 

jueves, 18 de octubre de 2018

No hay alegría más grande que recibir la Primera Comunión



 (Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Todos los seres humanos tenemos algo en común: todos queremos ser felices. Nadie quiere ser infeliz. Nadie quiere la infelicidad y todos queremos la felicidad. La razón es que hemos sido hechos por Dios para ser felices. El problema está, dice San Agustín, que buscamos la felicidad en lugares donde no la podemos encontrar y no la vamos a encontrar nunca. Muchos, equivocadamente, creen que la felicidad está en el dinero, o en el poseer bienes  materiales, o en tener fama, éxito, poder. Muchos creen que en las cosas del mundo está la felicidad. Esto es un grave error, porque esas cosas no pueden saciar la sed de felicidad que tenemos los seres humanos. Para que nos demos una idea, imaginemos la siguiente escena: imaginemos a un hombre que está parado al borde de un abismo, un abismo tan profundo que no llega a verse el fondo. Imaginemos que este hombre se diera a la tarea de llenar el abismo arrojando vasos de arena. Nunca lo conseguirá, nunca podrá llenar el abismo con la arena, porque el abismo es demasiado grande. Podrá pasar cientos de años en la tarea, y nunca se llenará el abismo. El abismo es nuestra alma y su deseo de felicidad; el vaso de arena con el que el hombre del ejemplo trata de llenarlo, son los bienes materiales, el dinero, el éxito, la fama, el poder. Así como el abismo de la imagen no se llenará nunca con vasos de arena, así nuestra alma nunca, pero nunca, podrá saciar su sed de felicidad con los bienes materiales, con el dinero, con la fama y el éxito. Esas cosas lo único que harán es hacernos más infelices cada vez y nos hará perder el tiempo, porque estaremos buscando la felicidad en donde jamás la vamos a encontrar.
         Entonces, hemos sido creados por Dios para ser felices, pero resulta que nada de lo creado –y mucho menos las cosas mundanas- puede satisfacer nuestra alma. Sin embargo, sí hay algo que sí puede llenar este abismo vacío y sediento de felicidad que es nuestra alma. ¿Qué es eso que puede llenar de felicidad nuestra alma? Lo que puede llenar de felicidad nuestra alma es la Sagrada Eucaristía, porque la Sagrada Eucaristía es Dios Hijo en Persona, Cristo Jesús y Cristo Jesús es la Alegría y la Felicidad Increadas  y cuando Él entra en un alma por la comunión eucarística, lo único que quiere hacer es derramar la Alegría y la Felicidad de su propio Corazón en nuestros corazones. Cuando Jesús entra en nuestros corazones, derrama tanto Amor, que ese abismo vacío y sediento de felicidad que es nuestra alma, queda extra-colmado y rebosante de amor, de alegría, de felicidad, de paz. Sólo la Eucaristía puede hacernos verdaderamente felices, en esta vida y en la otra. Por esta razón es que decimos que tomar la Primera Comunión es la alegría más grande que jamás alguien pueda experimentar. Jesús Eucaristía puede llenar y sobre-llenar nuestras almas, con su Alegría y Felicidad divinas, de manera tal, que después no vamos a desear nada en este mundo ni en el otro, que no sea el mismo Jesús.
         No cometamos el error de muchos niños y jóvenes que toman la Primera Comunión y, lamentablemente, se convierte para ellos en la última, porque nunca más vuelven a la Iglesia. Si queremos ser felices en esta vida y en la otra, acudamos a recibir la Sagrada Eucaristía, no solo en la Primera Comunión, sino en cada Misa que podamos asistir y que la Primera Comunión no sea la última, sino la Primera de muchas comuniones que, por la gracia de Dios, haremos hasta el día en que lleguemos a la otra vida. Tomar la Primera Comunión y comulgar con frecuencia, con todo el amor del que seamos capaces, nos hará felices en esta vida y en la otra, pero no se trata de una felicidad humana, ni tampoco se trata de que vamos a andar riéndonos por la vida de cualquier cosa. No consiste en eso la felicidad que nos da Jesús: es una felicidad mucho más profunda, una felicidad que no consiste en la risa, sino en la paz del alma que se sabe amada por Dios y es una felicidad que está presente incluso cuando en la vida hay tristezas y tribulaciones.
         Tomar la Primera Comunión es un regalo inmenso de Dios, porque Dios no nos da sus dones, lo cual ya sería algo en sí mismo inmenso, sino que se nos da Él mismo, en Persona, oculto en apariencia de pan. No dejemos de comulgar, que nuestra Primera Comunión no sea la última, sino la primera de muchas; cuanto más comulguemos, más anticipadamente viviremos, en la tierra, con la felicidad eterna del Reino de los cielos. No hay dicha más grande que recibir la Primera Comunión, Jesús, Dios Eterno, glorioso, resucitado, sacramentado.

martes, 3 de octubre de 2017

La Sagrada Familia, modelo de toda familia católica


         Aunque en nuestros días, en pleno siglo XXI, se pretendan implementar “nuevos modelos de familias”, muchos de ellos amparados en leyes contrarias a la ley natural y a la ley de Dios y favorecida esta implementación por el desarrollo científico y tecnológico –como por ejemplo, la Fecundación in Vitro, las técnicas de procreación asistida, etc.-, a los ojos de Dios, y según su divino pensamiento basado en el amor al hombre, que solo desea el mayor bien para su creatura amada, solo hay un modelo de familia, y es el de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Es por esta razón que la Iglesia siempre ha considerado a esta Sagrada Familia como el modelo único de la familia humana; la sigue considerando así, y la seguirá considerando hasta el fin de los tiempos. Es la familia formada por el papá-varón, la mamá-mujer, y los hijos, sean naturales o adoptados.
         Más allá de cómo estén conformadas las familias en la actualidad, y aunque muchas de ellas, debido al permisivismo moral que se refleja en las leyes y permite su constitución, no se conforman al plan original de Dios, toda familia debe contemplar a la Sagrada Familia y, según sus posibilidades, buscar de imitarla, al menos sino se puede en su ser, sí en su obrar.
         La razón es que la Sagrada Familia expresa el ideal de familia para el género humano, porque así la pensó Dios para el hombre, tal como lo dijimos, además de ser el modelo inigualable de santidad al que toda familia humana debe tender.
         En esta familia sagrada, todos sus miembros se santifican por su relación con Jesús y todo gira alrededor del Hijo de esta familia, Jesús. Cada integrante de esta Sagrada Familia, es modelo de santidad y de todo tipo de virtudes para los integrantes de la familia humana: San José es modelo para todo padre y esposo; la Virgen, para toda esposa y madre; Jesús, para todo hijo y hermano.
         Así, por ejemplo, San José es modelo para todo esposo y padre: para todo esposo, porque si bien San José no era esposo en el sentido terreno y carnal del término, porque jamás tuvo relaciones esponsales, sino que eran como hermanos con la Virgen, es modelo de esposo por su dedicación a la Virgen y a Jesús, porque toda su vida giraba en torno al trabajo, para mantener a la Sagrada Familia. Es modelo por su amor casto y por su amor puro a su esposa, porque es impensable que San José pudiera siquiera ver con ojos concupiscibles a cualquier mujer, ya que la Virgen era, ante todo, la Madre de su Hijo Jesús y no había nadie más en el mundo para San José, que María y Jesús. San José no solo trabajó sin descanso, hasta el último día de su vida para mantener a su familia –de acuerdo a la Tradición, murió en ocasión de un trabajo que debía cumplir en un pueblo vecino, enfermando de neumonía en el trayecto a causa de una gran tormenta de nieve-, sino que cuidó de ella en todo momento. Según las Escrituras, guiado por los santos ángeles, que le avisaron en sueños, llevó a la Sagrada Familia a un lugar seguro, cuando por ellos se enteró que su Hijo estaba en peligro de muerte, y luego los condujo nuevamente a Nazareth cuando ese peligro hubo pasado. San José es también modelo de padre, porque si bien no era el padre biológico de Jesús, sino su padre adoptivo, cuidó de Jesús y lo amó como si fuera su hijo, siendo que Jesús era al mismo tiempo, su Creador y Redentor y esto no dejaba de asombrar y maravillar a San José. Educó a su Hijo y le enseñó el noble oficio de carpintero, dejando su vida en el cuidado tanto de Jesús como de María. San José es también para los padres y esposos, modelo de amor a María y modelo de adorador eucarístico, porque se santificó en la fidelidad esponsal y en el amor fraterno a María y en la contemplación de su Hijo Jesús, que era Dios Hijo encarnado –el mismo Jesús que está en la Eucaristía-, y por eso es modelo para todo padre terreno que, como San José, debe amar a María con amor filial y contemplar a Jesús en la Eucaristía.
         La Virgen es modelo para toda esposa y madre: para toda esposa, porque si bien, como dijimos, fue esposa de San José sólo legalmente, porque nunca hubo relación de esposos terrenos, amó a San José con amor entrañable, por haber sido el Varón Virgen a quien Dios puso para la guarda y custodia de su matrimonio y de su Hijo. La Virgen es modelo para toda madre, porque dedicó cada instante de su vida a su Hijo Jesús, desde su Encarnación en su seno virginal, hasta su muerte en cruz, pasando por su niñez, su juventud, su edad adulta y, por supuesto, la Pasión, porque la Virgen participó de manera mística y espiritual de la Pasión de Jesús, al punto de sufrir en su Corazón Inmaculado y en su espíritu los dolores de la Pasión de su Hijo. Es también modelo de adoradora eucarística, porque en su Hijo Jesús no solo veía a su Hijo, sino también a su Dios, y extasiada en el amor de Dios, lo contemplaba y adoraba a cada instante, siendo así ejemplo para toda madre que, cuidando de su familia, de su esposo y de sus hijos, debe dedicar también un tiempo para la adoración eucarística.
         Con respecto a los hijos, Jesús es modelo para todo niño, para todo joven, para todo hijo, porque cumplió a la perfección todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero sobre todo, el primero, que manda amar a Dios por sobre todas las cosas –y Él, siendo Dios Hijo encarnado, amaba a su Padre Dios desde la eternidad, por sobre todas las cosas-, y el cuarto mandamiento, que manda honrar padre y madre, porque Jesús honró a sus padres terrenos, la Virgen y San José, con su amor, con su obediencia filial, con su dedicación a ellos y con su vida toda, pues por ellos dio su vida en la cruz.
          Por último, la Sagrada Familia es modelo de oración, de piedad, de oración y de contemplación, para toda familia, porque el centro de esta familia era Jesús, Dios Hijo encarnado, Fuente Increada de santidad y por Quien toda la familia es llamada "sagrada": la santidad de la Virgen y de San José brotaba del Corazón del Niño Dios, y es por eso que, así como sucedía en la Sagrada Familia, que el centro de la vida y el amor era Jesús, así también, en las familias católicas, el centro de la vida, del amor, de la paz y de la alegría de Dios, debe ser Jesús, el mismo Jesús por Quien María y José se santificaron, que es el mismo Jesús que está vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Así como la vida de la Sagrada Familia giraba en torno a Jesús, así la vida de toda familia católica debe girar en torno a Jesús Eucaristía.
         Por estos motivos, la Sagrada Familia es el modelo para toda familia humana, y lo seguirá siendo hasta el fin del mundo.

         

sábado, 22 de octubre de 2016

Santa Misa de Primeras Comuniones


 (Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

Queridos niños, en este día finaliza un largo itinerario de preparación para la Primera Comunión, que comprende los dos años de Catecismo realizados, con sus respectivas asistencias a clases, con sol, con lluvia, con viento; con sus pruebas y lecciones, con sus estudios y lecturas. Hoy concluye esta preparación, que no significa que “finaliza” algo, sino que comienza una vida nueva para ustedes, la vida en el Amor de Jesús Eucaristía. Finalizar el Catecismo de Comunión no significa que no deben venir más a la Iglesia, como muchos parecerían creer; al contrario, significa que comienzan la etapa más hermosa de sus vidas, que es la Comunión de vida y amor con Jesús Eucaristía, y para vivir esta vida, deben acudir a recibir a Jesús en la Eucaristía los Domingos.
Luego de dos años de preparación y con unas edades que oscilan entre los nueve, diez y once años, aproximadamente, al llegar este día, están ansiosos por recibir la Comunión, como también están ansiosos por este momento sus maestros de Catecismo y sus padres y familiares, como también lo estamos los sacerdotes de la Parroquia, responsables de su preparación para la Comunión.
Pero hay Alguien que está más ansioso que ustedes; hay Alguien que los acompañó, no solo en los dos años que duró el Catecismo; hay Alguien que está esperando este momento no desde hace ocho, nueve o diez años, sino desde toda la eternidad, para ser recibido por ustedes, y ese Alguien es Jesús. Desde antes que ustedes nacieran, Jesús estaba esperando este momento, el momento en el que cada uno, luego de abrir las puertas de su corazón, dejará entrar a Jesús; el momento en el que cada uno entablará un diálogo personal, de persona a persona, con Jesús Eucaristía, el Hijo de Dios, que baja del cielo al altar, sólo para luego entrar en sus corazones; el momento que Jesús espera, desde toda la eternidad, para derramar en sus corazones todo el Amor que se contiene en su Corazón, un Amor que es más grande que miles de millones de cielos juntos. Y a medida que se acerca el momento de ser recibido por ustedes, el Corazón de Jesús, lleno del Amor de Dios, late cada vez más fuerte, porque cuando ustedes lo reciban en la Comunión, se cumplirá su deseo, el de poder darles todo el Amor de su Corazón, el de poder amarlos con el mismo Amor con el que Él ama a su Padre, el Espíritu Santo.
         Dispongamos entonces nuestros corazones para recibir a Jesús Eucaristía; alejemos todo pensamiento y todo sentimiento que nos distraiga de Jesús Eucaristía; preparemos nuestros corazones, para que sean como un altar, o como un sagrario, o como una custodia, en donde Jesús Eucaristía sea amado, bendecido, glorificado, adorado, exaltado, honrado.
         Cuando Jesús entre en nuestros corazones, recibámoslo con gozo en el alma y con alegría interior, y así como cuando se abren las puertas de la casa para recibir a un ser querido –un padre, una madre, un amigo, un hermano- a quien se ama pero no se ve hace tiempo, le abramos las puertas del corazón de par en par y hagamos entrar a Jesús Eucaristía, postrándonos ante su Presencia. Y cuando Jesús entre y ya esté en nuestros corazones por la Comunión Eucarística, nos olvidemos de todo lo que nos rodea; nos olvidemos de nuestros papás, de nuestras familias, de la parroquia, de los amigos, de todos; olvidémonos de la plaza, del día, de todo lo que conocemos, incluso olvidémonos de nosotros mismos, para concentrarnos en la Persona de Jesús, que viene a nuestros corazones para estar con nosotros, para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico y para darnos también todas las gracias que necesitamos para ser santos, los más grandes santos que jamás haya conocido la Iglesia. Jesús viene con sus manos cargadas de regalos espirituales para nosotros, pero muchas veces –y esto se lo dijo Jesús a una monjita santa, Sor Faustina Kowalska-, Jesús debe retirarse con tristeza, con sus manos cargadas de regalos, porque muchos lo reciben y se distraen y lo dejan solo, olvidándose por completo de Él. Es como cuando alguien invita a un amigo al que ama con locura, a su casa, para estar con él, y apenas pasa el umbral de la casa, el que lo invitó le dice: “Espérame aquí”, y se va para adentro de la casa, para no salir más, dejando a su amigo esperando en vano, tanto, que al final debe retirarse al darse cuenta que quien lo invitó ya no va a volver para estar con él. Ese Amigo es Jesús, que viene a nuestra casa, nuestro corazón, por la Eucaristía, y viene para darnos gracias y milagros que ni siquiera podemos imaginar, pero sobre todo viene para darnos su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, un Amor que es más grande que cientos de miles de millones de cielos juntos, pero como muchos comulgan y es como si no recibieran nada, porque se distraen con las cosas de afuera, se pierden lo mejor de la Comunión, que no es ni los vestidos, ni la fiesta que espera, ni la familia, ni las fotos, sino el Corazón de Jesús que late de amor en la Eucaristía. Entonces, cuando recibamos a Jesús en la Eucaristía, no nos distraigamos con nada, olvidémonos de todo y de todos, olvidémonos de nosotros mismos; arrodillémonos, cerremos los ojos del cuerpo, y abramos los ojos del alma para ver, por la fe, a Jesús que viene a mi corazón por la Eucaristía para darme su Amor, y le demos a cambio nuestro pobre corazón, con todo el amor, poco o mucho, que en él pueda haber. Cuando Jesús entre por la Eucaristía, entronicemos la Eucaristía en nuestros corazones, y le demos todo nuestro amor, para que no compartamos nuestro amor a Jesús con nadie, para que amemos a Jesús y sólo a Jesús y nada más que a Jesús.
Pero como nuestros corazones son muy pequeños para un Amor tan grande como el del Corazón de Jesús, y como nos distraemos con tanta facilidad, le vamos a pedir a nuestra Mamá del cielo, Nuestra Señora de la Eucaristía, que sea Ella la que reciba la Comunión Eucarística por nosotros, para que Ella le dé a su Hijo Jesús todo el amor del que nosotros no somos capaces de darle.
Le digamos así: “Jesús Eucaristía, Tú vienes a mi corazón, para darme tu Amor; yo te doy a cambio mi pobre corazón; tómalo, Jesús, recíbelo de manos de la Virgen; introduce mi corazón en el horno ardiente de tu Sagrado Corazón Eucarístico, llénalo de tu Amor y no permitas que nunca salga de tu Corazón. Encierra mi corazón en tu Sagrado Corazón Eucarístico y quémalo con el Fuego de tu Amor, y haz que te ame tanto, pero tanto, que no pueda vivir sin desear recibirte, todos los días, en la Sagrada Comunión”.

         Vamos a pedir a Nuestra Señora de la Eucaristía esta gracia, que experimenten tan fuerte el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que deseen recibir a Jesús todos los días, para que la Primera Comunión no sea la última –como lamentablemente sucede con muchos niños-, sino la primera de muchas, incontables comuniones, hechas todas con amor, hasta que llegue el día de contemplar a Jesús ya no oculto en lo que parece ser pan, sino cara a cara, en el Reino de los cielos. 

viernes, 29 de julio de 2016

Adoración Eucarística guiada para Niños y Adolescentes


         Hacemos silencio exterior y también interior; estamos en Presencia del Dios de la Eucaristía, Jesús, nuestro Rey y Salvador. Necesitamos el silencio, ante todo el interior, porque Dios habla en el silencio, en lo más profundo de nuestros corazones, y si conversamos, o si nos distraemos con pensamientos vanos, no podremos escuchar la suave y dulce voz de Dios. Les pedimos a la Virgen y a nuestros santos ángeles custodios que nos acompañen y que nos enseñen a amar y adorar a Jesús Eucaristía.
         Breve silencio.
         Oración inicial: rezamos a Jesús Eucaristía una de las oraciones que el Ángel de Portugal les enseñara a los Pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
         Meditación.
         Jesús, Tú eres, en la Eucaristía, el Dios Viviente, el Dios que es la Vida en sí misma, y el que cree en Ti y te recibe con amor en la Eucaristía, no morirá jamás.
Jesús, Tú nos das tu Vida eterna en la Comunión Eucarística y queremos recibir esta Vida al comulgar, para vivir siempre unidos a Ti.
         Jesús, venimos ante tu Presencia Eucarística para expresarte nuestro amor y al adorarte, sentimos la necesidad de comulgar, para recibirte en nuestros corazones.
         Jesús, te ofrecemos nuestros corazones para que Tú reposes en ellos: así como naciste en un pobre Portal de Belén, toma del mismo modo nuestros pobres corazones para que allí puedas nacer y para que así los ilumines con la luz de tu gracia.
         ¡Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no permitas que nos apartemos de tu Amor!
         Breve silencio.
         Petición.
Querido Jesús Eucaristía, Tú eres el Amigo Fiel, el Amigo que nunca falla y por eso, confiados en Ti, queremos pedirte por nuestros seres queridos, por nuestros padres, hermanos, amigos y familiares, para que Tú los bendigas, los protejas de todo mal, y les hagas sentir la dulzura del Amor de tu Sagrado Corazón Eucarístico.
         Breve silencio.
         Ofrecimiento y despedida.
Querido Jesús Eucaristía, debemos ya retirarnos, pero es tan hermoso y agradable estar junto a Ti, que le pedimos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que tome nuestros corazones, los estreche contra su Inmaculado Corazón, y los deposite al pie del sagrario, para que en todo momento estemos ante tu Presencia de Amor en la Eucaristía. Y si nos olvidamos de Ti, haz que María Virgen nos lleve de nuevo a tu Sagrado Corazón Eucarístico.
         Nos comprometemos, ¡oh Buen Jesús!, a dar a nuestros padres, hermanos, amigos y a todo prójimo, aunque sea una pequeña parte del Amor Misericordioso que de Ti hemos recibido en esta adoración.
         Oración Final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman" (tres veces).

        

         

martes, 16 de junio de 2015

Hora Santa guiada Para Niños de Primer Año de Primera Comunión




         Inicio: ingresamos en el Oratorio. Hacemos silencio exterior y también interior, para poder escuchar a Jesús, que habla en el silencio. Disponemos nuestro corazón, porque Jesús, desde la Eucaristía, habla al corazón. Le pedimos a la Virgen y a nuestros ángeles custodios que nos ayuden a hacer este rato de oración junto a Jesús Eucaristía.
         Silencio breve.
         Ahora vamos a rezarle a Jesús en la Eucaristía la oración que el Ángel de Portugal le enseñara a los tres Pastorcitos: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
         Silencio breve.
         Querido Jesús Eucaristía: hemos venido a visitarte en tu Oratorio, para adorarte y para decirte que te amamos y te queremos mucho y para darte gracias porque por tu sacrificio en cruz nos has salvado y nos has abierto las puertas del cielo para que todos, algún día, vayamos a jugar para siempre a la Casa de tu Papá, Dios, que es también nuestro Papá.
         Silencio breve.
         Querido Jesús Eucaristía, también queremos darte gracias, porque cuando estabas en la cruz, tanto era tu Amor por nosotros, que nos diste lo que más amabas, tu Mamá, la Virgen, para que fuera nuestra Madre del cielo, y por eso ahora la Virgen es nuestra Madre celestial, que nos cuida siempre y nos refugia en su Inmaculado Corazón, para que nada malo nos suceda y para que de esta vida vayamos directo al cielo, para estar junto a Ti y junto a Ella, para siempre.
         Silencio breve.
         Querido Jesús Eucaristía, ahora queremos pedirte una gracia, para nuestros seres queridos, para nuestros padres, para nuestros hermanos, tíos, abuelos, primos, que están pasando por alguna dificultad (aquí, todos, en silencio, elevan una plegaria a Jesús, pidiendo por algún ser querido en particular).
         Silencio breve.
         Querido Jesús Eucaristía, debemos ya retirarnos, pero también queremos quedarnos junto a Ti, y para eso, dejamos nuestros corazones en las manos de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, para que Ella los estreche junto a su Inmaculado Corazón, para que así, cuando nos olvidemos de Ti, Ella los estreche junto al suyo y les dé un poco de su amor, para que no nos olvidemos de Ti y no dejemos de amarte en todo momento y en todo lugar, hasta la próxima adoración. Amén.
         Nos despedimos de Jesús Eucaristía, rezando la oración del Ángel de Portugal: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


viernes, 25 de octubre de 2013

Hora Santa con NACER (Niños y Adolescentes Adoradores de Cristo Eucaristía)



(Octubre 2013)
         Ingresamos al Oratorio, venimos a visitar a Jesús Eucaristía; hacemos silencio, porque no la voz de Dios es como un susurro suave, y no se la puede escuchar cuando hay muchas palabras. Le pedimos a nuestra Mamá del cielo, la Virgen, que Ella nos ayude a rezar, para que no nos distraigamos y Jesús pueda escuchar nuestras oraciones. También a nuestros Ángeles de la Guarda les pedimos que recen con nosotros.

         Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
         
         Canto de entrada: "Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar".

         Meditaciones

         Querido Jesús Eucaristía, venimos a visitarte en tu Oratorio para decirte que te queremos mucho, con todo el corazón, y que Tú eres nuestro mejor Amigo, el Amigo Fiel que nunca falla. Traemos ante Ti a nuestros papás y nuestras mamás, a nuestros hermanos, primos, tíos y amigos, para que a todos los bendigas y les concedas todas las gracias que Tú quieras darles.

         Silencio para meditar.

Querido Jesús Eucaristía, Te pedimos también por todos los niños del mundo, sobre todo aquellos que sufren a causa de la guerra y del hambre, para que ya no sufran más y puedan alegrarse y estar contentos, sanos, salvos y bien alimentados, junto con sus familias. Te pedimos que bendigas especialmente a los niños que sufren por causa de las enfermedades, para que pronto se recuperen y puedan regresar a la escuela y a los juegos de todos los días.

Silencio para meditar.

Querido Jesús Eucaristía, queremos pedirte por nosotros mismos, para que nos ayudes a ser cada vez más buenos y para que también seamos santos. Ayúdanos a vivir el Cuarto Mandamiento: “Honrar padre y madre”, porque un niño no puede nunca entrar al cielo si no ama y honra a sus padres. Haz que amemos a nuestros papás y mayores con el Amor con el que Tú amabas a tu Papá adoptivo, San José, y a tu Mamá, la Virgen. Queremos ser igual de obedientes y hacendosos como lo eras Tú cuando tenías nuestra edad, y no dar nunca un disgusto a nuestros papás, pero para eso necesitamos que Tú nos des tu gracia y tu Amor.

Silencio para meditar.

Querido Jesús Eucaristía, te pedimos tu gracia también para poder rezar, no solo antes de dormir, sino también a lo largo del día. La oración es muy importante, es más importante que un plato de comida, porque con la oración el alma se alimenta del Amor de Dios, que es más rico y sustancioso que cualquier manjar. Enséñanos a rezar, y danos ganas de rezar, todos los días, a lo largo del día, para que siempre estés en nuestros corazones, por la Fe y por el Amor.

Silencio para meditar.

Meditación final


Querido Jesús Eucaristía, ya debemos retirarnos, pero le dejamos a tu Mamá nuestros corazones, para que Ella los ponga a los pies de altar, para que estén ahí adorándote en todo momento, de noche y de día, así como las flores de un jardín perfuman el aire, noche y día. Haz que en esta vida nunca nos separemos de Ti, para que sigamos junto a Ti en la otra vida, para siempre. Amén.

Canto final: "El trece de mayo".

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Santa Misa para Niños XXXII – Comunión – Post – Comunión – Despedida



Sacerdote: El Cuerpo de Cristo.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía, tenemos que hacer, desde lo más profundo del corazón, un acto de fe, de amor y de adoración a Jesús, Presente en la Sagrada Hostia. Cuando el sacerdote nos muestra la Hostia consagrada y dice: “El Cuerpo de Cristo”, es ahí que tenemos que decirle a Jesús, con todo el corazón: “Jesús, te amo, te bendigo, te adoro, con todas las fuerzas de mi alma, de mi corazón; ven a Mí, oh buen Jesús, entra en mi humilde morada, dulce Jesús, y llénale con el agradable aroma de tu santidad; entra, y quédate conmigo para siempre, no permitas que nunca me aleje de ti; sólo te pido que me des tu Amor para que te ame, en el tiempo y en la eternidad”.
A este acto de fe, de amor y de adoración, tenemos que acompañarlo con un acto de fe, de amor y de adoración exterior, que es el arrodillarnos al momento de comulgar, porque este es un signo externo de adoración.
¿Por qué decimos que debemos hacer una genuflexión al comulgar? Porque si bien el acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía es ante todo interior, es muy conveniente acompañar este acto interior con un acto exterior, y la genuflexión es el gesto más indicado para expresar lo que creen la mente y el corazón: lo que estamos por recibir no es un poco de pan, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Que nos arrodillemos al comulgar, nos lo pide el Santo Padre Benedicto XVI: “Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (...) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”[1].
Esto es muy importante, porque de lo contrario –si no hacemos el acto de fe, acompañado de gestos internos y externos de adoración a Cristo Presente en la Eucaristía-, puede pasarnos lo que a la multitud en la multiplicación de los panes y peces, y así como la multitud no ve el signo espiritual, sino que interpreta el milagro de Jesucristo en un sentido puramente material, así también a nosotros nos puede pasar que pasemos a comulgar mecánica y distraídamente.
Meditemos entonces en el milagro de la multiplicación de panes y pescados. El Evangelio dice así: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó” (cfr. Lc 9, 1).
         La multitud ve en este gesto de Jesús un signo puramente material: les da de comer, satisface su necesidad básica y elemental. No ven un gesto mesiánico.
         No podemos reprochar a la multitud esta carencia de visión, puesto que en la Iglesia misma, a veinte siglos de distancia, muchos continúan, en muchos casos, interpretando demasiado material y humanamente el signo de Jesús, al igual que la multitud de la escena evangélica.
         Así como la multitud veía en Jesús a un maestro de religión santo que hacía milagros, entre ellos, el de multiplicar los panes y los peces, y quería hacerlo rey sólo por este hecho, dejando de lado su condición divina, así muchos ven a la Iglesia y a su acto litúrgico principal, la santa misa, como una organización de beneficencia que se dedica a la filantropía con un tinte religioso, dejando de lado la consideración de la misa como el sacrificio del Cordero, como el don del Cuerpo y de la Sangre del Hombre-Dios, y dejando de lado a la consideración de la Iglesia como a la Esposa de ese Cordero, que ofrece el Cuerpo y la Sangre de su Esposo en sacrificio a Dios por toda la humanidad.
         Ni Jesús es un hombre cualquiera, como muchos de entre la multitud lo veían, ni la Eucaristía es sólo pan bendecido, como muchos en la Iglesia sostienen hoy, ya que en Jesús predicando y obrando el milagro de la multiplicación y en Jesús donado como Pan de Vida eterna en el altar, hay un secreto oculto detrás de las apariencias. Tanto en Jesús obrando el milagro como en Jesús ofrecido como Eucaristía hay un misterio oculto: el sacramento de la Eucaristía es para nosotros lo que Jesús para sus discípulos: así como Jesús ocultaba, detrás de su naturaleza humana, al Verbo eterno del Padre, así la Eucaristía oculta, detrás de su apariencia de pan, al Verbo eterno del Padre, encarnado, muerto y resucitado.
         El cuerpo de Cristo, en uno y en otro caso, actúa como un velo que oculta y a la vez como una puerta abierta que revela lo que está detrás de ella: el cuerpo de Jesús oculta y muestra a la naturaleza divina, al ser divino de Dios Uno y Trino: “Quien me Ve, Ve a Mi Padre que me envió”, dice Jesús.
         La multitud ignora que Jesús no es el hijo del carpintero que estudió mucho y se convirtió en un hombre sabio y santo; ignora que es el Verbo eterno del Padre, que ha tomado un cuerpo humano y que se muestra a través de ese cuerpo humano y obra milagros a través de ese cuerpo humano. De la misma manera, muchos en la Iglesia ignoran que la Eucaristía no es pan bendecido y consagrado, sino el cuerpo real, verdadero, vivo y resucitado, del Cordero de Dios, que continúa ofreciéndose para nosotros en el altar así como se ofrece en la cruz.
         Como Dios-Hombre, como Pan de Vida, Cristo, Verbo del Padre, se dona en su cuerpo y junto a su cuerpo, nos entrega la divinidad, y esto es absolutamente incomprensible, de ahí que la multitud no entienda que debajo de ese cuerpo humano está Dios Hijo; de ahí que muchos en la Iglesia no entiendan que en de la Eucaristía está ese mismo Dios Hijo que nos dona su cuerpo resucitado y con su cuerpo resucitado, la divinidad.
         Hoy como ayer, Jesús, Hombre-Dios, prolonga el misterio de su don. A la multitud, les da pan y pescado: “Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los entregó”. A nosotros no nos da pan terrenal, sin vida, y pescado asado: nos da su cuerpo vivo, entregado en la cruz y en el altar; no nos da ni pescado asado ni pan, nos da su cuerpo, como Pan de Vida eterna y como carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo.


Todos: Amén.

         Quiere decir: “Así es”, y es un acto de fe que hacemos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, antes de comulgar; creemos que la Eucaristía es Jesús, Hombre-Dios, y no un simple “pan bendecido”; creemos que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

         Oración después de la Comunión.

         La post-comunión no es un momento ni para cantar, ni para dar avisos parroquiales, ni para pensar que ya la Misa está por terminar. Es el momento tal vez más trascendente para la espiritualidad del fiel –y también para el sacerdote-, pues Cristo está en el alma, que lo acaba de recibir en la comunión. Es por eso que para este momento se aplica todo lo que dijimos más arriba, con relación al silencio. Para este momento resuenan las palabras de Jesús en el Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).
Es decir, este momento es un tiempo de profunda intimidad con Jesucristo, que ha entrado en nuestras almas por la comunión eucarística, y mal haríamos si a tan distinguido huésped lo dejáramos en el pórtico de entrada, para distraernos con cualquier otra cosa.
“Cuando ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato, recogidos”[2].


         Para esta parte final de la Misa, dice el Misal Romano: “Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”[3].

Sacerdote: Oremos.

En nombre de todos, el sacerdote manifiesta el agradecimiento a Dios Padre por el don recibido. Con distintas palabras cada día, pide que los frutos de la Eucaristía sean eficaces y nos lleven a vivir siempre con Él en el cielo[4].

Todos: Amén.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

El sacerdote bendice al pueblo.

Antes de volver cada uno a su vida normal, recibimos la bendición de Dios para que, con su fuerza, sepamos imitar a Cristo entregándonos a los demás en el trabajo, en nuestra casa, en nuestro ambiente[5].

Sacerdote: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

Todos: Amén.

Sacerdote: Pueden ir en paz.

Hacia el final de la Misa el sacerdote despide, a los que han participado de la celebración eucarística, con un saludo de paz, diciéndoles: “Pueden ir en paz”.
Al contrario de lo que pudiera parecer, no se trata de una mera despedida, al estilo de las despedidas entre los hombres. Se trata, en realidad, más que de una despedida, de un envío a la misión, con un propósito bien claro: dar testimonio, con sus vidas, de aquello que han visto y oído en la Santa Misa. Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica[6], al explicar el nombre “(…) Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.
Es decir, el saludo de despedida del sacerdote ministerial, más que indicar el fin de una ceremonia, es una señal, para el Nuevo Pueblo Elegido, de que debe comunicar al mundo aquello de lo que ha sido espectador. El “Pueden ir en paz”, sería entonces equivalente al envío de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mt 16, 15-16). ¿Por qué es equivalente este simple anuncio a las palabras de Jesús en las que envía a la Iglesia a la misión? Porque el cristiano, debe testimoniar y proclamar al mundo, con su vida, que la Buena Nueva se actualiza en la Santa Misa, porque allí Jesús resucitado se hace Presente con su misterio pascual de muerte y resurrección.
¿Cuál es entonces el anuncio que el cristiano, que acaba de salir de Misa, debe hacer al mundo? En otras palabras: ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
La respuesta la encontramos meditando el pasaje del evangelio en el que las santas mujeres de Jerusalén van al sepulcro, y lo encuentran vacío: “Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío (cfr. Mt 28, 8-15).
         La misión de la Iglesia es continuación de la misión de las santas mujeres, de la experiencia espiritual vivida por ellas el Domingo de Resurrección.
Es decir, la experiencia del Domingo de Resurrección de las santas mujeres, el hecho de contemplar el sepulcro vacío, el llenarse de alegría por esto, y correr a anunciar a los demás lo que había  sucedido, inicia, en esencia, la misión misma de la Iglesia. Como las mujeres, que se llenan de alegría al comprobar que Cristo ya no está en el sepulcro, y que inmediatamente van a anunciar la noticia a los demás discípulos, así la Iglesia, en el tiempo y en la historia humana, contemplando con la luz de la fe el misterio de la muerte y resurrección del Hombre-Dios, y asistida por el Espíritu Santo en la certeza indubitable de esta verdad de fe, llenándose Ella misma de júbilo y de alegría por este hecho, que concede a la humanidad un nuevo sentido, un sentido de eternidad, va a misionar al mundo, anunciando la alegre noticia: Cristo ha resucitado.
Sin embargo, en el anuncio de las piadosas mujeres, si bien inicia la misión de la Iglesia, debe ser completado con un anuncio todavía más sorprendente, todavía más asombroso, todavía más maravilloso, que el hecho mismo de la Resurrección. La Iglesia tiene para anunciar al mundo un hecho que, podríamos decir, supera a la misma resurrección, y es algo del cual la Iglesia, y sólo la Iglesia, es la depositaria y, aún más, Ella misma protagonista, porque este hecho se origina en su mismo seno.
La Iglesia no sólo anuncia, con alegría sobrenatural, el mismo anuncio de las mujeres piadosas, es decir, el hecho de que Cristo ha resucitado, y que el sepulcro de Cristo está vacío: la Iglesia anuncia, con alegría y asombro sobrenatural, que el sepulcro de Cristo está vacío, y que por lo mismo, ya no ocupa más la piedra del sepulcro con su Cuerpo muerto, porque Cristo ha resucitado, porque ahora, con su Cuerpo glorioso, además de estar en el cielo, está de pie, vivo, glorioso, resucitado, sobre la piedra del altar, en la Eucaristía, y la Iglesia es protagonista, porque el prodigio de la resurrección del Domingo de Pascuas, se renueva en cada Santa Misa, en donde ese Cuerpo resucitado el Domingo, es el mismo Cuerpo en el que se convierte el pan luego de la transubstanciación.
La Iglesia entonces no solo anuncia lo que anunciaron las piadosas mujeres de Jerusalén, que el sepulcro está vacío, que en la piedra sepulcral ya no está el Cuerpo muerto de Jesús, sino que anuncia, además, que el Cuerpo vivo, glorioso, luminoso, lleno de la vida de la Trinidad, se encuentra en la piedra del altar eucarístico, en virtud del sacramento del altar, la Eucaristía.
“(con la llegada de la luz del sol) Las mujeres, llenas de alegría, corrieron a anunciar que el sepulcro estaba vacío”. Dice el Evangelio que las mujeres, ayudadas por la luz del sol, al clarear el nuevo día, luego de ver vacía la piedra del sepulcro, corren, llenas de alegría, a anunciar que Cristo ha resucitado.
De los cristianos deberían decirse: “Los cristianos, luego de contemplar, con la luz del Espíritu Santo, que la piedra del altar está ocupada con el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, llenos de alegría, corren a anunciar al mundo, con sus obras de misericordia, que Cristo ha resucitado y está, vivo y glorioso, en la Eucaristía”.

Todos: Demos gracias a Dios.

El sacerdote besa el altar y se retira, después de hacer una reverencia. Los fieles se retiran, aunque no sin antes hacer “una justa y debida acción de gracias[7].

El sacerdote besa el altar, que representa a Cristo, al terminar la Misa -como lo hizo al iniciar- renovando el propósito de no solo no traicionar a Jesús, sino de crecer cada día en su imitación, en su seguimiento camino del Calvario llevando la cruz, en su amor.
La misa ha comenzado con un beso al altar, que representa a Cristo, y termina también con otro beso. Es el beso de la Iglesia a Cristo, representado en el altar, y por lo mismo, debemos poner amor, para dar este mismo beso a Cristo, en ese altar interior que es el corazón[8].


[1] Ratzinger, El espíritu de la liturgia.
[2] OGMR, 56.
[3] Cfr. OGMR, 90.
[4] Cfr. Manglano Castellary, o.c.
[5] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.
[6] 1332.
[7] Congregación para el culto divino.
[8] Cfr. Manglano Castellary, o.c., 62.

viernes, 14 de septiembre de 2012

La Santa Misa para Niños (XIV) En la Misa, junto al Papa, le decimos a Jesús Eucaristía: “Tú eres el Mesías”




Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:


Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el Papa N.,

En esta parte de la Misa, el sacerdote nombra al Papa, que se llama "Benedicto XVI". ¿Por qué lo nombra? Porque el Papa tiene mucha importancia para la Iglesia de todo el mundo, y por supuesto para cada uno de nosotros. Es tan importante el Papa, que nadie puede ir al Cielo si no cree lo que el Papa cree. 
¿Y en qué es en lo que el Papa cree? El Papa cree en Jesús, pero no como un hombre cualquiera, sino como Hombre verdadero y Dios verdadero, y por eso le llama: el Hombre-Dios. Además, el Papa cree que Jesús está en la Eucaristía, en Persona, y no simplemente en el recuerdo. 
Esto es muy importante, porque la fe del Papa es la fe de toda la Iglesia, y por lo tanto, es nuestra fe. Si tenemos la misma fe del Papa, estamos dentro de la Iglesia; si creemos en algo distinto, entonces estamos fuera de la Iglesia.
Entonces nosotros, como cristianos, tenemos que creer en lo mismo que cree el al Papa, y para eso el sacerdote lo nombra al Papa en esta parte de la Misa: no es solamente para que nos acordemos de él, sino para que tengamos la misma fe del Papa.
Para ayudarnos a saber cómo es la fe del Papa en Jesús, nos tenemos que acordar de una vez que Jesús, estando en Palestina, lo llamó a Pedro -que era pescador-, para darle un cargo muy importante: quería hacerlo Jefe de su Iglesia en la tierra.
Y como el significado del nombre tiene mucha importancia para los judíos, Jesús le agregó un nombre nuevo al nombre que ya tenía, que era “Simón”, y lo llamó: “Kefas”, que quiere decir “Piedra”. Desde entonces se llamó “Simón Pedro”.
Con eso le decía que él iba a ser como una piedra de esas que se ponen en la tierra antes de hacer una casa, y que sobre él iba a construir su Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 13-19).
También nos tenemos que acordar de cuando Pedro le dice a Jesús: “Tú eres el Mesías” (cfr. Mt 16, 13-23), porque ahí le está diciendo a Jesús que Él es el Salvador de los hombres, y eso es lo que nosotros le tenemos que decir a Jesús en la Eucaristía: “Tú eres el Mesías”. La Eucaristía no es un poco de pan bendecido: es Jesús, que está escondido en algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan; por eso, tenemos que decirle a Jesús Eucaristía lo mismo que le dijo Pedro a Jesús en Palestina: “Tú eres el Mesías”. Nunca nos vamos a equivocar, si repetimos siempre las palabras que Pedro le dijo a Jesús.
Pero también tenemos que acordarnos de esa vez en la que Pedro y los demás pescadores habían estado pescando toda la noche, sin poder pescar nada, pero cuando vino Jesús al otro día, pudieron pescar: es lo que en el Evangelio se llama: "pesca milagrosa". Fue así: era de noche y Pedro y sus compañeros salieron a pescar, pero aunque estuvieron toda la noche tirando las redes en el mar, no pudieron sacar ningún pez. Cuando ya era de mañana temprano, llegó Jesús y le dijo a Pedro: "Navega mar adentro y echa las redes"; Pedro hizo lo que Jesús le decía, y pescó muchos peces; tantos, que tenían temor de que la barca se hundiera. Cuando llegaron al puerto o a la playa, de donde salieron, empezaron a separar a los peces buenos de los peces malos, esos que están descompuestos y ya no sirven, para tirarlos de de nuevo al mar a los malos, y quedarse con los buenos.
Todo en esta hermosa historia de la pesca milagrosa tiene un sentido que nos enseña el camino para ir al cielo: la Barca es la Iglesia; el mar es la tierra y la historia; los peces son los hombres; Pedro, el pescador, es el Papa, Pescador de hombres por encargo de Jesucristo; la red es Jesús; los otros pescadores son los Apóstoles; el puerto o la playa adonde va la Barca después de la pesca, es el Juicio Final; el trabajo que hacen los pescadores, separando a los peces buenos de los malos, son los Ángeles de Dios, que separan a los hombres buenos, para llevarlos al cielo, de los malos, para arrojarlos al infierno, de donde no podrán nunca más salir, por no querer portarse bien y amar a Dios y a sus hermanos. Los peces malos son aquellos que preferían ver un partido de fútbol en el estadio o en la televisión, antes que venir a Misa, y son aquellos que no les importaba lo que Jesús había enseñado: “Amen a sus enemigos”, y así se portaban mal con todos, y eran malos con todos, y como los que son malos no pueden estar delante de Dios, entonces los arrojan fuera de la barca, es decir, son los que nunca van a entrar en el cielo.
Los peces buenos, los que quedan en la Barca, son los que en su vida terrena se alimentaron de la Eucaristía, y asistían a Misa los domingos, y trataban de ser buenos con sus hermanos más necesitados. Otra cosa que nos enseña esta historia es que cuando Pedro quiere pescar solo, sin Jesús, es de noche, y no pesca nada; pero cuando llega Jesús, obedece a Jesús, sale a pescar, es de día, y pesca muchos peces: esto nos enseña el valor de obedecer a Jesús y a sus Mandamientos.
Entonces, cuando el sacerdote en esta parte de la Misa nombre al Papa, nos acordamos de Pedro, cuando le decía a Jesús: “Tú eres el Mesías”, y desde lo más profundo del corazón, le decimos a Jesús Eucaristía: “¡Jesús Eucaristía, Tú eres el Mesías; ven a mi pobre corazón, llénalo de tu gracia y de tu amor, y haz que al final de mi vida, pueda ir al cielo, para estar con Vos y con la Virgen para siempre!”.