Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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miércoles, 18 de octubre de 2017

El Niño Jesús, modelo a imitar para todo niño


"Cristo en casa de sus padres",
(Sir Jhon Ever Millais, 1849)

         Al celebrar la Santa Misa pidiendo por las familias, no podemos dejar de constatar que en el mundo de hoy han aparecido numerosos “modelos” de familias: dos papás, dos mamás, un papá y dos mamás, etc., y a cada uno de estos modelos de familias, se les llama familia y se pretende que sean lo más normal y natural del mundo. Sin embargo, como católicos, no podemos dejar de tener en cuenta que, para Dios, solo hay un modelo de familia para todo el género humano y ese modelo de familia es la Sagrada Familia de Nazareth. Así como está formada la Sagrada Familia –papá-varón, mamá-mujer, hijo natural o adoptado-, así debe ser la familia humana y, sobre todo, la familia católica. Si alguna familia no está constituida de esta manera, de todos modos, no por eso la Sagrada Familia deja de ser un modelo a contemplar e imitar, como para las familias católicas.
En la Sagrada Familia de Nazareth hay una característica, y es la que toda familia debe contemplar e imitar, y es que el Niño de esta familia, que es el Niño Dios, es el centro alrededor del cual gira la familia. El Niño Dios es no solo ejemplo de bondad, sino ante todo, es fuente de santidad, lo cual es distinto y superior a la bondad. Ser buenos es algo bueno, valga la redundancia, pero ser santos, es infinitamente superior a ser buenos, porque es ser buenos con la bondad misma de Dios. En la Sagrada Familia de Nazareth, el Niño Dios ocupa el centro de la familia y todos sus integrantes se santifican por Él, porque el Niño Dios es la Fuente Increada de la santidad. La Madre de esta familia, la Virgen, se santifica en el momento mismo de su Concepción, porque es concebida Inmaculada, es decir, sin la mancha del pecado original, y es concebida Inmaculada y Llena del Espíritu Santo, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios, la Madre del Niño Dios. Y a lo largo de su vida, toda su vida gira alrededor de su Hijo Jesús, desde que es concebido por obra del Espíritu Santo, hasta que muere en la cruz. El padre de esta familia, San José, es Padre y es Virgen, es el Padre Virgen, porque era esposo solo legal de la Virgen y su trato con María era como de hermanos, y San José fue elegido por la Trinidad para que fuera el padre adoptivo del Hijo de Dios y el esposo legal de la Virgen y Madre de Dios, y su vida también fue una vida de santidad, como la de la Virgen, porque su mente y su corazón estaban en el Niño Dios, que era su Dios, Creador, Santificador y Redentor, y al mismo tiempo su Hijo adoptivo. La Virgen y San José se santificaron porque en sus mentes y en sus corazones había pensamientos y amor sólo para el Niño Dios y, en el Niño Dios, para todo prójimo. El Niño Dios no tenía necesidad de santificarse, porque como dijimos, Él era la Santidad Increada y por Él fueron santos su Mamá, la Virgen y San José, su Padre Virgen adoptivo.
De esto vemos que, en las familias, siempre el centro de la familia debe ser el Niño Dios: toda madre, todo padre y todo hijo, debe tener al Niño Dios en el pensamiento y en el corazón, en primer lugar, y girar alrededor del Niño Dios, así como los planetas giran alrededor del sol. De modo especial, los niños y los jóvenes, deben aspirar a ser como el Niño Dios, como el Joven Dios, dejando de lado los modelos humanos, tal como sucede en nuestros días, en los que aparecen muchos personajes, en la televisión, en internet, en el cine, que se proponen como modelos para los niños: deportistas, actores, futbolistas, cantantes. Cuando se pregunta a un niño qué quiere ser, lo más común es que diga: “Yo quiero ser como el futbolista tal, o como el actor tal, o como el director técnico tal”.
         Pero los niños católicos sólo tienen un modelo para contemplar e imitar, es decir, los niños católicos sólo tienen que buscar ser como una persona, solo una: el Niño Jesús. Un niño que desee ser no solo bueno, sino santo, es decir, que desee ir al cielo después de esta vida, solo tiene que contemplar e imitar al Hijo de María y José, el Niño de la Sagrada Familia, Jesús de Nazareth. El niño y el joven católico que desee ser santo, debe pensar, amar y obrar como lo haría Jesús, el Niño Dios. Y como Jesús era Dios, todo lo que Jesús pensaba, amaba y obraba, no solo era bueno, sino que era santo, lo cual quiere decir bueno, pero con la bondad de Dios, que es infinita. Para un niño católico, el primero en la lista para contemplar e imitar, debe ser siempre el Niño Jesús.
         ¿Y de qué manera se puede ser como Jesús? Por ejemplo, antes de pensar, de desear o de obrar algo, el niño debería preguntarse: “¿Jesús estaría pensando esto que estoy pensando yo?”; “¿Jesús estaría deseando esto que estoy deseando yo?”; “¿Jesús estaría haciendo esto que estoy haciendo yo?”. Y si la respuesta es “No”, entonces debería el niño católico dejar de pensar, desear o hacer eso que el Niño Jesús no lo pensaría, ni desearía, ni haría. Y si la respuesta es “Sí”, entonces sí. Si algo es bueno del principio al fin, entonces Jesús lo quiere, y el niño católico también debe quererlo. Y así en todo, en cualquier momento del día, en cualquier lugar, con cualquier persona, pero sobre todo, con los papás y los hermanos. Otro ejemplo: “¿Jesús, siendo Dios Niño y Amor infinito, trataría a sus papás así como yo los estoy tratando, enojado?”. No, por supuesto que no. Entonces, no debo tratar así a mis papás. Otro ejemplo: “Si la Virgen le pedía alguna tarea a Jesús en la casa, ¿Jesús haría pereza para obedecer? ¿Se iría a jugar en vez de obedecer a su Mamá?”. Por supuesto que no, entonces, el niño católico tampoco debe desobedecer a su mamá ni a su papá ni mucho menos hacer pereza para lo que le pidan. “¿El Niño Jesús estaría peleando con sus primos y amiguitos, como lo hago yo? ¿Sería egoísta al momento de compartir sus juguetes?”. Por supuesto que no, entonces el niño que quiere ser santo como Jesús, tampoco debe pelear ni ser egoísta. “¿El Niño Dios amaría a sus padres más que a nada en el mundo?”. Por supuesto que sí, entonces el niño que desee ser como el Niño Jesús, debe amar a sus padres, imitando al Niño Dios.

         Entonces, para un niño, no debe haber otro modelo para contemplar e imitar, que no sea el Niño Jesús. Si a un niño católico alguien le preguntara: “¿Como quién querés ser?”, la respuesta de todo niño católico debería ser: “Yo quiero ser santo como el Niño Jesús”.

martes, 3 de octubre de 2017

La Sagrada Familia, modelo de toda familia católica


         Aunque en nuestros días, en pleno siglo XXI, se pretendan implementar “nuevos modelos de familias”, muchos de ellos amparados en leyes contrarias a la ley natural y a la ley de Dios y favorecida esta implementación por el desarrollo científico y tecnológico –como por ejemplo, la Fecundación in Vitro, las técnicas de procreación asistida, etc.-, a los ojos de Dios, y según su divino pensamiento basado en el amor al hombre, que solo desea el mayor bien para su creatura amada, solo hay un modelo de familia, y es el de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Es por esta razón que la Iglesia siempre ha considerado a esta Sagrada Familia como el modelo único de la familia humana; la sigue considerando así, y la seguirá considerando hasta el fin de los tiempos. Es la familia formada por el papá-varón, la mamá-mujer, y los hijos, sean naturales o adoptados.
         Más allá de cómo estén conformadas las familias en la actualidad, y aunque muchas de ellas, debido al permisivismo moral que se refleja en las leyes y permite su constitución, no se conforman al plan original de Dios, toda familia debe contemplar a la Sagrada Familia y, según sus posibilidades, buscar de imitarla, al menos sino se puede en su ser, sí en su obrar.
         La razón es que la Sagrada Familia expresa el ideal de familia para el género humano, porque así la pensó Dios para el hombre, tal como lo dijimos, además de ser el modelo inigualable de santidad al que toda familia humana debe tender.
         En esta familia sagrada, todos sus miembros se santifican por su relación con Jesús y todo gira alrededor del Hijo de esta familia, Jesús. Cada integrante de esta Sagrada Familia, es modelo de santidad y de todo tipo de virtudes para los integrantes de la familia humana: San José es modelo para todo padre y esposo; la Virgen, para toda esposa y madre; Jesús, para todo hijo y hermano.
         Así, por ejemplo, San José es modelo para todo esposo y padre: para todo esposo, porque si bien San José no era esposo en el sentido terreno y carnal del término, porque jamás tuvo relaciones esponsales, sino que eran como hermanos con la Virgen, es modelo de esposo por su dedicación a la Virgen y a Jesús, porque toda su vida giraba en torno al trabajo, para mantener a la Sagrada Familia. Es modelo por su amor casto y por su amor puro a su esposa, porque es impensable que San José pudiera siquiera ver con ojos concupiscibles a cualquier mujer, ya que la Virgen era, ante todo, la Madre de su Hijo Jesús y no había nadie más en el mundo para San José, que María y Jesús. San José no solo trabajó sin descanso, hasta el último día de su vida para mantener a su familia –de acuerdo a la Tradición, murió en ocasión de un trabajo que debía cumplir en un pueblo vecino, enfermando de neumonía en el trayecto a causa de una gran tormenta de nieve-, sino que cuidó de ella en todo momento. Según las Escrituras, guiado por los santos ángeles, que le avisaron en sueños, llevó a la Sagrada Familia a un lugar seguro, cuando por ellos se enteró que su Hijo estaba en peligro de muerte, y luego los condujo nuevamente a Nazareth cuando ese peligro hubo pasado. San José es también modelo de padre, porque si bien no era el padre biológico de Jesús, sino su padre adoptivo, cuidó de Jesús y lo amó como si fuera su hijo, siendo que Jesús era al mismo tiempo, su Creador y Redentor y esto no dejaba de asombrar y maravillar a San José. Educó a su Hijo y le enseñó el noble oficio de carpintero, dejando su vida en el cuidado tanto de Jesús como de María. San José es también para los padres y esposos, modelo de amor a María y modelo de adorador eucarístico, porque se santificó en la fidelidad esponsal y en el amor fraterno a María y en la contemplación de su Hijo Jesús, que era Dios Hijo encarnado –el mismo Jesús que está en la Eucaristía-, y por eso es modelo para todo padre terreno que, como San José, debe amar a María con amor filial y contemplar a Jesús en la Eucaristía.
         La Virgen es modelo para toda esposa y madre: para toda esposa, porque si bien, como dijimos, fue esposa de San José sólo legalmente, porque nunca hubo relación de esposos terrenos, amó a San José con amor entrañable, por haber sido el Varón Virgen a quien Dios puso para la guarda y custodia de su matrimonio y de su Hijo. La Virgen es modelo para toda madre, porque dedicó cada instante de su vida a su Hijo Jesús, desde su Encarnación en su seno virginal, hasta su muerte en cruz, pasando por su niñez, su juventud, su edad adulta y, por supuesto, la Pasión, porque la Virgen participó de manera mística y espiritual de la Pasión de Jesús, al punto de sufrir en su Corazón Inmaculado y en su espíritu los dolores de la Pasión de su Hijo. Es también modelo de adoradora eucarística, porque en su Hijo Jesús no solo veía a su Hijo, sino también a su Dios, y extasiada en el amor de Dios, lo contemplaba y adoraba a cada instante, siendo así ejemplo para toda madre que, cuidando de su familia, de su esposo y de sus hijos, debe dedicar también un tiempo para la adoración eucarística.
         Con respecto a los hijos, Jesús es modelo para todo niño, para todo joven, para todo hijo, porque cumplió a la perfección todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero sobre todo, el primero, que manda amar a Dios por sobre todas las cosas –y Él, siendo Dios Hijo encarnado, amaba a su Padre Dios desde la eternidad, por sobre todas las cosas-, y el cuarto mandamiento, que manda honrar padre y madre, porque Jesús honró a sus padres terrenos, la Virgen y San José, con su amor, con su obediencia filial, con su dedicación a ellos y con su vida toda, pues por ellos dio su vida en la cruz.
          Por último, la Sagrada Familia es modelo de oración, de piedad, de oración y de contemplación, para toda familia, porque el centro de esta familia era Jesús, Dios Hijo encarnado, Fuente Increada de santidad y por Quien toda la familia es llamada "sagrada": la santidad de la Virgen y de San José brotaba del Corazón del Niño Dios, y es por eso que, así como sucedía en la Sagrada Familia, que el centro de la vida y el amor era Jesús, así también, en las familias católicas, el centro de la vida, del amor, de la paz y de la alegría de Dios, debe ser Jesús, el mismo Jesús por Quien María y José se santificaron, que es el mismo Jesús que está vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Así como la vida de la Sagrada Familia giraba en torno a Jesús, así la vida de toda familia católica debe girar en torno a Jesús Eucaristía.
         Por estos motivos, la Sagrada Familia es el modelo para toda familia humana, y lo seguirá siendo hasta el fin del mundo.

         

miércoles, 26 de junio de 2013

Las Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños - Sexta y última Aparición de la Virgen


13 de octubre de 1917

Tal como sucedió en las otras apariciones de la Virgen, los videntes notaron el reflejo de una luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. Luego comenzó el diálogo entre la Virgen y Lucía:
Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?
Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor. Que soy la Virgen del Rosario. Y que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.
Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...
Nuestra Señora: A unos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.
Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.
En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el sol!
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Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los misterios gozosos del rosario, después los dolorosos y finalmente los gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).
Aparecieron, al lado del sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.
Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.
Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del cielo y de la tierra, con el Niño Jesús en los brazos.
Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud de 50 a 70 mil espectadores asistía al milagro del sol.
Había llovido durante toda la aparición.
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Cual gigantesca rueda de fuego, el sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas. Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.
Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días.
El ciclo de las apariciones había terminado.
Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente.
El milagro del sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.   


Unas 50 a 70 mil personas asistieron a la Sexta y última Aparición de la Virgen




         Enseñanzas espirituales de la Sexta y última Aparición de la Virgen

         -La Virgen pide que se construya una capilla: el templo material es muy necesario para el Pueblo de Dios, porque como somos seres humanos, necesitamos de un lugar y de un espacio físico para reunirnos a orar a Dios. Si bien se puede orar en cualquier lugar y en cualquier momento, es muy necesario el reunirse en un templo, porque allí se le dedica y se le presta más atención a la oración y a la Presencia de Dios. Hay que recordar, sin embargo, que el templo material, hecho de piedras, ladrillos, techos, puertas y ventanas, es solo una figura y representación de ese templo de Dios que es infinitamente más valioso, y es el cuerpo humano. Por el bautismo, cada cuerpo ha sido convertido en templo del Espíritu Santo, por eso el templo material sirve para saber cómo debemos cuidar el templo que es el cuerpo. Por ejemplo: ¿a alguien se le ocurriría hacer entrar todo tipo de animales en el templo material? Por supuesto que no, porque dejarían todo sucio y ofenderían la Presencia de Jesús en el sagrario. Bueno, esos animales son figura de las pasiones y sus pecados, que no deben entrar en el cuerpo, porque se ofende al Espíritu Santo. ¿Alguien escucharía música mala e indecente, como la cumbia y algunos géneros de rock, o incluso solamente música mundana en la capilla? Por supuesto que no, y mucho menos en el cuerpo que es templo del Espíritu. ¿A alguien se le ocurriría gritar, enojarse, patalear, hablar mal de otras personas, o planear cosas malas contra alguien, en la capilla? Por supuesto que no, y por supuesto que mucho menos en el templo que es el cuerpo.
         -La Virgen da su nombre: “Virgen del Rosario”, y vuelve a pedir que se rece el Rosario todos los días, además de prometer que la guerra terminará pronto. ¡Cómo será de importante el rezo del Rosario, que la Reina de los cielos, en persona, ha venido a nuestro mundo, para pedirnos que lo recemos! Las promesas que da la Virgen por el rezo del Rosario son hermosísimas, y la más hermosa de todas, es que promete la gracia de la conversión final para quien lo rece todos los días.
         -Nuevamente, la Virgen dice que curará “a unos sí y a otros no”. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo por el cual la Virgen no va a curar a todos? El motivo es que Dios nos da, a través de la Virgen, aquello que nos conviene para nuestra salvación. Si la curación va a servir para que demos mayor gloria a Dios, entonces nos curará; pero si la curación servirá para que una vez sanos nos olvidemos de Dios y comencemos a recorrer el camino de la perdición, entonces no nos curará. Pero también puede suceder que no cura a una persona, porque esa enfermedad, ofrecida a Jesús en la cruz, sirve para abrirle las puertas del cielo a esa persona y a muchas otras más. Es decir, la Virgen puede no curar a una persona, porque esa persona, a través de su enfermedad, llegará al cielo, junto con muchas otras personas más. Si la Virgen lo curara, no iría al cielo. No lo cura, para que vaya directamente al cielo, como le pasó a Jacinta y a Francisco, que a pesar de haber recibido la visita de la Virgen, Ella no los curó, para que fueran directamente al cielo, sin pasar por el Purgatorio.
         -Además, la Virgen dice que le importa más la conversión del corazón, que la curación del cuerpo, porque por la conversión del corazón, el alma no solo deja de ofender a Dios, sino que lo ama cada vez más. Por este motivo es que la Virgen se pone triste, pidiendo que no ofendamos más a Dios. Para que nos demos cuenta, una mentira, una impaciencia, un enojo, un acto de pereza, de orgullo, de vanidad, ofenden a Dios, porque en Dios no hay nada de estas cosas malas. Pero hay que saber que, además de ofenderlo, un alma que es perezosa, enojona, impaciente, o dice mentiras, no puede estar delante de Dios, en quien no se encuentra absolutamente nada de estas cosas malas. Un alma sin convertir, es decir, un alma que no busque en esta vida, ser “mansa y humilde de corazón” como el Sagrado Corazón de Jesús; un alma que no busque ser “pura e inmaculada”, por la gracia santificante, como el Inmaculado Corazón de María, jamás entrará en el Reino de los cielos, de ahí la importancia de la conversión y la insistencia de la Virgen en la conversión.
         -Luego de este diálogo, viene la representación en el cielo: la Virgen había dicho que Ella era la Reina del Rosario, y por eso en el cielo se representan las imágenes de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y esto es una forma de enseñarnos a rezar el Rosario. El que dice que “se aburre” cuando reza el Rosario, es porque no lo sabe rezar como lo enseña la Virgen. Rezar el Rosario es repasar, con los ojos del alma y del corazón, los misterios de la vida de Jesús, misterios que pasan ante los ojos del alma como si fueran una película que se proyecta en las paredes del corazón, película de la cual no somos meros espectadores, sino actores de reparto, porque rezamos el Rosario para aprender de la vida de Jesús. Debemos “meternos” en las escenas, como dice San Ignacio de Loyola, para ver y escuchar a los actores principales, Jesús y María, para que la Virgen vaya grabando en nuestros corazones la vida y el Amor de su Hijo Jesús. Rezar el Rosario no es nunca repetir oraciones vacías dichas al aire: es entrar en el Corazón Inmaculado de María, para que Ella nos enseñe la vida de su Hijo Jesús y vaya grabando sus virtudes en nuestros corazones, de modo que cada vez seamos más y más parecidos a Él.
         -También aparece la Sagrada Familia: San José, el Niño y la Virgen, esto para enseñarnos cómo es la verdadera y única familia creada y querida por Dios: papá-varón (aunque San José era solo el padre adoptivo de Jesús), mamá-mujer, y el hijo, que es el fruto del amor de los esposos (aunque en este caso, el Niño Jesús es fruto del Amor del Espíritu Santo, Esposo de la Virgen María). Luego aparecen Nuestro Señor “agobiado de dolor camino del Calvario”, para recordarnos la Pasión de Amor que sufrió Jesús por cada uno de nosotros: cuando lo contemplemos así, con la cruz a cuestas, tenemos que pensar que en esa cruz están todos mis pecados, que Él los lleva al Calvario para destruirlos con su Sangre, y para donarme su Vida eterna, hacerme hijo de Dios, y llevarme al cielo para ser feliz para siempre. ¡Cuánto nos ama Jesús! Aparece en el cielo también Nuestra Señora de los Dolores, para recordarnos que la Virgen es Corredentora, es decir, Ella, unida a su Hijo Jesús, también nos salva, y aunque no haya sufrido los latigazos, ni haya sido coronada de espinas, ni haya llevado la cruz como Jesús, Ella sufrió todo eso en su espíritu, y se unió a su Hijo Jesús en su sufrimiento, y por eso Ella se llama “Corredentora”. Por último, apareció en el cielo la imagen de Nuestra Señora del Carmen, para recordarnos el uso del Santo Escapulario, el cual, según sus promesas, nos evita el infierno si morimos con él y, sobre todo, si nos comprometemos a vivir en estado de gracia y a preferir “morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado”, como dice Santo Domingo Savio.
         -Finalmente, la Virgen realizó el milagro que había prometido, para que todos creyeran, y es el milagro del baile del sol. Ella hace girar al sol y lo hacer acercarse tanto, que la gente cree que se va a estrellar contra la tierra. La Virgen lo puede hacer, porque Ella es la “Reina y Señora de todo lo creado”, por su condición de Madre de Dios, Ella es la “Mujer revestida de sol, con la luna a sus pies”, como la describe el Apocalipsis, y por eso es que tiene poder sobre toda la Creación visible, pero también es Reina de los ángeles, y por eso tiene poder sobre todos los ángeles; es Reina de todos los santos del cielo, y es por eso que su poder sobre ellos es el de una amorosísima madre sobre unos hijos bondadosos.


Los peregrinos se conmueven ante la magnitud del milagro del sol

         Para apreciar mejor la magnitud de este milagro, hay que tener en cuenta que había llovido durante toda la aparición, por lo cual toda la gente, unos 50 a 70 mil espectadores, a pesar de los paraguas, estaban todos empapados. Esto es muy importante saberlo, porque cuando finalizó el milagro del sol, todos estaban completamente secos, y esto se debió a la escasa distancia a la cual se acercó el sol a la tierra. La secuencia del milagro, según los relatos de los testigos presenciales, fue así: cuando terminó el diálogo de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba “¡Miren el sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. En ese momento, el sol comenzó una serie de movimientos inéditos, que todos coincidieron en llamar “el baile del sol”. Este baile consistió en que el sol comenzó a girar rápidamente, se detuvo por un momento, para enseguida volver a girar sobre sí mismo, como un disco; luego, sus bordes se volvieron de color rojo-escarlata (recordando el color de la Sangre de Jesús) y cuando esto sucedió, comenzó a girar como un remolino, esparciendo llamas de color rojo. Esta luz rojiza se reflejaba en los árboles, arbustos, en los rostros y ropas de las personas, para luego cambiar a tonalidades de diferentes colores. Luego, sucedió algo todavía más impresionante: el sol se movió por tres veces, como sacudido por un temblor, y luego se precipitó sobre la multitud, acercándose a la tierra vertiginosamente, en zig-zag. Esto duró unos diez minutos, y luego el sol volvió, también en zig-zag, a su lugar de siempre, quedando tranquilo y brillante, resplandeciendo con la luz de todos los días. La gente observó que sus ropas se habían secado completamente, como fruto de la cercanía del sol con la tierra: se acercó tanto, que parecía que iba a chocar con ella. Este milagro fue observado no solo por los testigos de las apariciones, sino también hasta una distancia de unos 40 kilómetros, y fue descripto al día siguiente por numerosos periódicos.
Con el “baile del sol”, terminaron las apariciones[1] en Fátima.

        


[1] Texto tomado del libro Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, pp. 66-71.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La Sagrada Familia para Niños



Antes que naciera Jesús, la Virgen y José estaban solos y formaban un “matrimonio”; después que nació Jesús, ese “matrimonio” se transformó en una “familia”, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
Como niños, tenemos mucho que aprender del Niño de esta Familia Santa, el Niño Jesús, porque Él fue un Niño y un Hijo ejemplar. ¿Cómo era Jesús cuando era niño? Repasemos un poco su vida, para poder aprender de Él.
Desde muy chico, Jesús demostró siempre un gran amor hacia sus papás, y este amor lo demostraba no sólo no levantando jamás la voz, ni enojándose, ni impacientándose,  ni desobedeciendo, sino que lo demostraba durante todo el día, obedeciendo siempre, con prontitud y con gran alegría, y teniendo siempre para con ellos una sonrisa, un gesto amable, un gesto de cariño de hijo. De esto aprendemos a vivir el Cuarto Mandamiento, que dice: “Honrarás padre y madre”, porque no se puede honrar a los padres con el gesto enojado, con la impaciencia, con la desobediencia, y mucho menos con la mentira. El Niño Jesús nos enseña de qué manera hay que honrar a los papás: con la paciencia, el amor, la caridad, la generosidad, la obediencia. Aprendamos de Jesús el amor a los papás, para ser bendecidos por Dios.
A medida que fue creciendo, Jesús comenzó a ayudar a su mamá en las tareas de la casa, y a su padre adoptivo San José, en el taller, y fue así que fue aprendiendo el oficio de carpintero, con el cual se ganaba la vida. Jesús ayudaba y acompañaba a su Mamá, la Virgen, cuando la Virgen iba al mercado, a comprar las cosas que había en ese momento: pescado, queso, pan, frutas. No habían todas las cosas que hay ahora, como las que están en el super, o en el shopping; pero les bastaba para preparar una rica comida y, lo más importante, no había televisión, ni tampoco internet, ni celulares, así que los almuerzos y las cenas eran momentos para conversar entre los miembros de la familia. Jesús también ayudaba a su papá adoptivo, San José, y a pesar de que Él era Dios, no usaba sus poderes divinos para hacer la tarea más fácil, como muchos podrían pensar; por el contrario, se esforzaba al máximo, para tratar de hacer todos los trabajos que le encargaba su papá San José, a la perfección. De esto aprendemos su amor al sacrificio, porque si no amamos el sacrificio, nunca podremos subir a la Cruz, junto a Jesús, para acompañarlo en el Santo Sacrificio del Calvario. Aprendamos de Jesús el amor al trabajo y al sacrificio, porque si no, no podremos subir a la Cruz, y si no subimos a la Cruz, no podremos nunca salvarnos.
También Jesús, como todo Niño, tenía amigos, con los cuales jugaba y se divertía, y según cuentan muchos santos, iba a visitar a los amigos enfermos, y les llevaba algo para que se sintiesen mejor: queso, miel, higos y pan. De esto aprendemos su caridad, su gran amor hacia todos, sobre todo los más necesitados: los pobres, los enfermos, los que necesitan un buen consejo. Todas estas son obras de misericordia, necesarias para entrar en el Reino de los cielos. Aprendamos del Niño Jesús a ser buenos con los demás, para poder así ir al Cielo algún día.
Con el ejemplo de su vida, el Niño Jesús nos enseña a cumplir el Cuarto Mandamiento, que junto al primero, es el más importante para los niños (y también para los adultos). Pero a pesar de que Jesús amaba con locura a sus padres de la tierra, también amaba a su Padre del cielo, Dios Padre, y por ese motivo es que, cuando Jesús tenía doce años, luego de haber subido a Jerusalén por una fiesta religiosa, sabiendo Jesús que sus papás se iban sin Él, no fue tras de ellos, sino que se quedó en el Templo, enseñando a los Doctores de la Ley. Y después, cuando su Mamá, la Virgen, lo encontró y le dijo que Ella y San José se habían preocupado mucho porque no sabían dónde estaba, Jesús les dijo que no tenían que preocuparse, porque Él tenía que atender los asuntos de su Padre Dios, y por eso se había quedado en el Templo (cfr. Lc 2, 41-45). 
Es decir, Jesús sabía que sus papás se iban sin Él, pero no los fue a buscar, sino que se quedó en el Templo, porque sabía que tenía que cumplir la Voluntad de Dios en su vida, y esto significaba que debía separarse de ellos en ese momento. Jesús nos enseña entonces que hay que amar a los padres, en cumplimiento del Cuarto Mandamiento, pero también nos enseña que hay que amar a Dios "por sobre todas las cosas", y esto quiere decir que si Dios llama a la vida religiosa a alguien, ese tal debe dejarlo todo, incluidos sus padres, para cumplir la Voluntad de Dios, que siempre es santa.
Todo esto nos enseña el Niño Dios, el Niño de Belén, el Niño Jesús, y si los niños del mundo lo contemplaran a Él, en vez de mirar tanta televisión, tanta internet, tantos videojuegos, tanto fútbol, ¡el mundo sería un anticipo del Paraíso del cielo! 
Entonces, en el día de la Sagrada Familia, le pidamos a la Mamá de Jesús, la Virgen, y a su papá adoptivo, San José, que nos ayuden a ser cada día más parecidos al Niño Jesús, Dios Padre nos mire y piense que somos su Niño querido, y nos haga entrar directamente en el cielo, ¡sin pasar por el Purgatorio!