Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
Mostrando entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de noviembre de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús va venir por Segunda Vez en la gloria



(Domingo XXXIII – TO – Ciclo C - 2016)

         En este Evangelio, Jesús anuncia dos cosas: que el Templo de Jerusalén va a ser destruido, y que Él va a volver al final de los tiempos. Lo primero ya se cumplió, porque en el año 70 d. C., los romanos invadieron Jerusalén y destruyeron el Templo. Lo segundo, que es su Segunda Venida al fin de los tiempos, todavía no pasó, y no sabemos cuándo será.
         Pero aunque no sabemos cuándo será, sí podemos saber si está cerca o no, porque Jesús dice que antes que venga Él, van a haber muchas guerras, hambre, terremotos. Y cuando Jesús venga por Segunda Vez, ya no va a ser el Dios misericordioso, lleno de amor y perdón, sino que va a ser el Justo Juez, porque dará a cada uno lo que cada uno se eligió con sus obras: o el Cielo, para los que fueron buenos, o el Infierno, para los que se portaron mal.
         ¿Cómo nos podemos preparar para la Segunda Venida de Jesús? Lo primero, es abrir nuestros corazones –de par en par- para que entre Jesús allí por la Comunión Eucaristía y pedirle que por su gracia nos convierta, nos haga alejar del pecado y nos ayude a ser buenos con todos.

         Si hacemos esto, es decir, si nos confesamos por frecuencia, si no faltamos a Misa por pereza, son que venimos a Misa por amor a Jesús Eucaristía, si nos confesamos con frecuencia, si somos misericordiosos con los prójimos más necesitados, si nos refugiamos en el Inmaculado Corazón de María, entonces estamos listos para cuando Jesús llegue por Segunda Vez, y cuando Jesús nos vea que así lo estamos esperando, nos llevará a la Casa de su Papá, el Reino de los cielos.

domingo, 6 de diciembre de 2015

El Evangelio para Niños: Preparemos el corazón para recibir a Jesús


(Domingo II – TA – Ciclo C - 2015-16)

En la primera parte del Adviento la Iglesia nos hace acordar que Jesús, que ya vino por Primera Vez, en el Portal de Belén, va a venir por Segunda Vez, “en una nube del cielo, lleno de poder y gloria”, para dar el premio a los buenos y el castigo a los malos.
Y para que nos preparemos para su Segunda Venida –la cual no sabemos cuándo habrá de suceder, porque eso sólo lo sabe Dios Padre- la Iglesia nos hace acordar lo que dijo el Profeta Isaías y que luego repitió San Juan Bautista: “Preparen el camino del Señor. Enderecen los caminos sinuosos (…) Los valles serán rellenados, las colinas y las montañas aplanadas” (cfr. Lc 3, 1-6).
Es decir, para esperar a Jesús que vendrá al final de los tiempos, parece que tuviéramos que traer una topadora y hacer que los caminos que tienen muchas curvas, queden todos derechitos; después, tendríamos que traer muchos camiones de tierra, para rellenar los valles, y por último, tendríamos que hacer que todas las montañas queden planas. ¿Eso nos pide la Iglesia? No, porque eso es sólo una forma de decir, que se llama “metáfora”: se usan imágenes que conocemos, de la tierra, para que nos demos cuenta de cosas que nos vemos, que pertenecen al alma y al corazón.
Los caminos llenos de curvas que tienen que ser enderezados, son las personas que se acostumbran a decir cosas que no son verdaderas, es decir, cosas falsas y por eso es que no hay que decir ninguna mentira, nunca, ni siquiera la más pequeñita; los valles que tienen que ser aplanados, son los corazones que no tienen amor a Dios y al prójimo y por eso hay que llenar el corazón de Amor verdadero, porque ése es el Primer Mandamiento y es el más importante; las montañas que tienen que ser aplanadas, son el orgullo y la soberbia de los corazones, que se levantan como montañas entre Jesús y el alma y no dejan que llegue Jesús, y por eso es que no hay que ser orgullosos, sino tratar siempre de ser humildes como Jesús y María.
Entonces, en esta parte del Adviento, tenemos que recordar que Jesús va a venir por Segunda Vez, pero no importa cuándo viene, si viene hoy, o mañana, o dentro de cien años: lo que importa es que estemos preparados para cuando venga en la gloria, porque cuando venga, Él va a buscar Amor en nuestros corazones y obras buenas en nuestras manos. Es por eso que tenemos que preguntarnos: si Jesús viniera hoy, ¿encontraría Amor a Dios y al prójimo en mi corazón? ¿Qué obras buenas tendría yo para darle, hechas con mis manos? Entonces, para prepararnos para la Segunda Venida, le tenemos que pedir a la Virgen que nos dé la gracia de amar mucho a Jesús y a nuestros hermanos, siendo buenos con todos, sobre todo, con los más necesitados.


viernes, 28 de marzo de 2014

El Evangelio para Niños: Jesús cura a un ciego de nacimiento


         (Domingo IV - TC - Ciclo A - 2014)
          
         En este Evangelio, Jesús cura a un hombre que desde que había nacido, no podía ver nada (si queremos saber cómo es esa oscuridad, cerremos los ojos por un momento, y nos vamos a dar cuenta cómo es). Él no sabía lo que era la luz del sol; no conocía los colores, ni la forma de los árboles, ni de las montañas, y tampoco sabía cómo eran las flores, los animales, las personas, y todas las cosas que nosotros vemos todos los días y que nos parecen tan normales que ni siquiera les prestamos atención. Este ciego de nacimiento, al que le podemos llamar "Juan", vivía en la oscuridad, porque no conocía la luz, no podía ver la luz, que es lo que nos permite ver los colores y la hermosa realidad de la vida que nos rodea y que Dios ha creado para nosotros. Juan vivía en la oscuridad, hasta que conoció a Jesús, porque Jesús le devolvió la vista. Solo Jesús podía hacer que Juan pudiera ver, porque Jesús es Dios, y solo Dios tenía el poder de hacer nuevos ojos para Juan, para que Juan pudiera ver la luz. Jesús, que era Dios y hombre a la vez, creó nuevos ojos para Juan, y así Juan pudo ver la luz, y así pudo ver los colores, y pudo ver las formas de los árboles, las montañas, las personas, y todo el mundo que lo rodeaba. Juan estaba tan pero tan contento, que se postró delante de Jesús y lo adoró, dándole gracias de todo corazón, cantándole con toda su alma y alabándolo por su gran bondad.
         Pero hay otra oscuridad que es más oscura que la oscuridad en la que vivía Juan, y hay ciegos que son más ciegos que Juan, y es la oscuridad del pecado, y los ciegos más ciegos que Juan, son los pecadores. El pecado es una oscuridad más oscura que la noche más oscura que podamos imaginarnos y es lo peor que le puede pasar a una persona, porque es como una nube negra y densa que oculta al alma y la priva de los benéficos rayos de la gracia santificante que provienen de Jesús.
         Al igual que la ceguera del cuerpo, que solo la puede curar Jesús, como lo hace con el ciego del Evangelio, a la ceguera del alma, que es el pecado, también la puede curar solo Jesús, y esto lo hace por medio del sacramento de la confesión. Cuando nos confesamos, se borra la nube negra del pecado, y entonces somos como Juan, el ciego del Evangelio, que lleno de alegría, se postra en adoración delante de Jesús para darle gracias por su gran amor y misericordia.
        

            

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El Adviento para Niños: 1er Domingo - “Estén preparados para la llegada de Jesús, que vendrá para Navidad como un Niño”


(Domingo I de Adviento - Ciclo A - 2013-14)
         Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento, para prepararnos para celebrar, una vez más, la Navidad. ¿Por qué la Iglesia repite todos los años las mismas misas? Porque por una parte, es igual que en la escuela, que todos los años repite las mismas lecciones para sus alumnos; así la Iglesia quiere que aprendamos las hermosas lecciones que son la vida de Jesús. La Iglesia quiere que todos los años nos acordemos de Jesús, para que así vayamos aprendiendo cada vez más de Él y así todos lleguemos a ser como Él.
         Pero hay algo más: cuando la Iglesia celebra la Navidad una y otra vez –y también la Pascua, una y otra vez-, no es porque solamente quiere que nos acordemos de Jesús: por la liturgia y por la Misa, Jesús baja del cielo en Persona para darnos su Amor y para quedarse con nosotros, y para darnos todos los frutos de la Redención. ¿Vieron cuando un árbol está cargado de frutos –cualquier que nos podamos imaginar: manzanas, peras, duraznos, etc.- y uno se acerca para cortarlos y comerlos, disfrutando de su dulzura? Bueno, Jesús está en la Cruz, que es el Árbol de la Vida eterna, y el que se acerca a este Árbol bendito, recibe su fruto exquisito, que es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comer este fruto, que es la Eucaristía, se deleita y se goza con la dulzura del Amor de Jesús. Para que nosotros podamos hacer esto, es decir, para que podamos comer del Fruto exquisito del Árbol de la Vida, que es la Eucaristía, la Iglesia, todos los años, comienza un nuevo Año Litúrgico, en el que celebramos, principalmente, la Navidad y la Pascua de Jesús.
         ¿Qué quiere decir “Adviento”? “Adviento” significa “venida” y se refiere a la venida de Jesucristo para Navidad. En este tiempo, en la Iglesia esperamos que venga Jesús, como Niño, para Navidad, así como los justos del Antiguo Testamento esperaban que viniera el Mesías Salvador (aunque nosotros sabemos que ya nació, murió en la Cruz y resucitó).
         ¿Cómo tenemos que vivir este tiempo de “Adviento”?
         La Iglesia nos pide lo siguiente para vivir el Adviento, que es la preparación para la Navidad: oración, penitencia, misericordia, alegría.
         Oración: porque la oración es al alma lo que la respiración y el alimento es al cuerpo. ¿Alguien puede vivir sin respirar? No, a lo sumo, alguno podrá aguantar la respiración en la pileta, debajo del agua, no más de dos minutos, pero no se puede pasar la vida sin respirar; así tampoco se puede vivir sin rezar, porque la oración es lo que le permite al alma respirar con la vida de Dios. ¿Alguien puede vivir sin comer? No, nadie puede vivir sin comer, porque se muere de hambre a los pocos días; así también, no se puede vivir sin rezar, porque el alma que no reza, es un alma que muere, porque se queda sin la vida de Dios.
         Penitencia: porque somos pecadores y el pecado nos impide recibir a Dios que viene como Niño. Haciendo penitencia y confesándonos, vamos a preparar nuestro corazón, que va a quedar limpito, como la gruta de Belén, para que ahí pueda nacer el Niño Dios.
Misericordia: que quiere decir “amor dado a los demás con obras y no con palabras”. Jesús es Dios de Amor, y viene para Navidad como un Niño, sin dejar de ser Dios, para darme su Amor; entonces, yo tengo que dar de este mismo amor a los que me rodean, empezando los papás y los hermanos.
         Alegría: no hay nada más hermoso en este mundo que Jesús y saber que Jesús me ama y que va a venir como un Niño para llevarme al cielo, es la causa de mi alegría, y esa alegría es la que tengo que dar a los demás, junto al amor.

         Así es como tenemos que vivir el Adviento, como nos pide la Iglesia: oración, penitencia, misericordia, alegría. Esa es la manera de prepararnos para la Venida de Jesús.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El Evangelio para Niños: “La salvación ha llegado a esta casa”


(Domingo XXXI – TO – Ciclo C – 2013)
         En este Evangelio (Lc 19, 1-10), Jesús  le dice a Zaqueo, que era un señor que tenía mucha plata pero que también era muy pecador, que quiere ir a alojarse a su casa.
¿Cómo era Zaqueo? Tenemos que saber cómo era, porque se ve que Jesús lo quería mucho, porque le pide alojarse en su casa.  Bueno, Zaqueo era rico, lo cual no nos ayuda para entrar en el cielo, porque en el cielo no hay dinero, ni oro, ni plata, ni cosas materiales de ninguna clase, porque no hacen falta, porque todo lo que hay en el cielo es muchísimo más lindo que todo lo que hay acá, y no hay necesidad ni de comprar ni de vender nada. Pero además de rico, Zaqueo también era “publicano”, lo cual quiere decir, que era conocido como pecador por todos y como sabemos, el pecado es algo malo, muy malo, y es tan malo, que nadie con pecado puede entrar en el cielo, y es por esta razón que los que tienen pecado mortal, van al infierno, y los que tienen pecado venial, van al Purgatorio. Resulta entonces que Zaqueo tenía su corazón apegado a la tierra, y también era pecador, pero a pesar de eso, Jesús lo ama y lo ama tanto, que quiere entrar en su casa para comer con él y llevarle la salvación.
Lo que tenemos que saber es que todos somos un poco como Zaqueo, porque todos tenemos el corazón pegado a los bienes materiales –y si no, hagamos la prueba de no pedir nada a nuestros papás, o de regalar a nuestros hermanos o amigos los juguetes y las cosas que más queremos, y ahí nos daremos cuenta de cuánto están apegados nuestros corazones a las cosas de la tierra, y esto es lo que quiere decir ser “rico” como Zaqueo; además, todos somos pecadores, porque “el justo peca siete veces al día”, dice la Escritura, y si bien nos confesamos, volvemos luego a pecar, y seguiremos siendo pecadores hasta el día de nuestra muerte. Pero también, al igual que Zaqueo, Jesús nos ama, y nos ama tanto pero tanto pero tanto, que a Él no le importa que nuestro corazón esté lejos de Él, ni tampoco le importa que seamos pecadores; o también podemos decir que nos ama justamente porque somos débiles y pecadores para darnos su Amor y Misericordia y, todavía más, cuantos más pecados tenga un alma, más Amor y Misericordia recibirá de Jesús. Al igual que con Zaqueo, Jesús también quiere entrar en nuestra casa, pero no a nuestra casa material, sino a nuestra casa espiritual, que es nuestra alma. ¿Cómo quiere entrar Jesús? Lo quiere hacer a través de la Comunión Eucarística: cada vez que comulgamos, Jesús golpea a las puertas de nuestro corazón y nos dice, igual que le dijo a Zaqueo: “Quiero alojarme en tu casa” y también, al igual que Zaqueo, nosotros tenemos que abrirle presurosos las puertas de nuestros corazones, con mucha fe y amor, para que Jesús entre y convierta a nuestros pobres corazones en su morada. Y para que Jesús esté a gusto en esa casa que es nuestro corazón, le prometeremos que compartiremos nuestras cosas con los hermanos y amigos, que nunca haremos mal a nadie y que trataremos de crecer en la santidad todos los días”. Si hacemos así, escucharemos la dulce voz de Jesús que, desde el fondo de nuestro corazón, nos dirá: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.


sábado, 16 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIII) El sacerdote se lava las manos



Ahora el sacerdote se lava las manos.
¿Por qué el sacerdote se lava las manos, si ya las tiene limpias? Porque así como el agua quita las manchas y suciedades que puedan tener las manos, así la gracia y la misericordia de Dios quitan las manchas y suciedades del alma del sacerdote (imperfecciones, pecados veniales, amor propio, faltas de amor, impaciencia, soberbia, orgullo, etc.)[1]. Esto es muy necesario para seguir con esta parte de la Misa: debemos continuar con las manos puras, pero sobre todo, con un corazón puro[2].
Sólo el sacerdote se lava las manos, pero también nosotros, que asistimos en la Santa Misa, podemos unirnos los asistentes pueden y deben pedir lo mismo, uniéndose espiritualmente a la oración del sacerdote: “¡Señor, lávame totalmente de mi culpa y limpia mi pecado!”. El agua que lava las manos simboliza la gracia que purifica el alma dejándola preparada para recibir el Santísimo Sacramento del altar. Pero para el sacerdote tiene además otro significado: debido a que sus manos van a de tocar el Cuerpo de Jesús, luego de la transubstanciación, deben mantenerse libres de toda mancha terrena[3], de toda impureza y de todo afecto impuro. ¿Cómo podría darle un disgusto a Jesús, haciéndolo bajar en manos sucias y con olor a cosas malas? El sacerdote se lava las manos para que el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía no sea tocado con manos impuras.
Además de estos significados, hay otro más en el gesto del lavado de manos, y para saber cuál es, debemos recordar la Pasión de Jesús, en el momento en el que Pilatos, acobardado ante los judíos que piden que Jesús sea crucificado diciendo: “¡No queremos que este reine sobre nosotros! (cfr. Lc 19, 11-27) ¡Crucifícalo!” (Lc 23, 21), se lava las manos para desentenderse de su muerte. En realidad, es un acto de cobardía, porque Jesús ya estaba muy malherido, muy golpeado, con mucha sangre que salía de sus heridas. Estaba indefenso y débil, afiebrado por toda la sangre que había perdido, cansado, agotado, con hambre y sed, muy dolorido, entristecido. No representaba un peligro para nadie; por el contrario, despertaba compasión verlo así tan golpeado y con tanto dolor. Y sin embargo, Pilatos se lava las manos, como diciendo: “Yo se los entrego, con tal que ustedes no me demanden al César, porque si ustedes me demandan, voy a perder el puesto de gobernador. Prefiero seguir siendo gobernador, y no me importa si para eso lo tienen que matar. Yo me lavo las manos!”.
Al realizar este gesto el sacerdote, de lavarse las manos, que se afirme nuestro corazón en el amor de Cristo crucificado, pidiendo la gracia, al mismo tiempo, de morir antes que negarlo, y que resuene en nuestro corazón un potente grito: “¡Nunca como Pilatos!”[4].
Y ya que nos hemos trasladado espiritualmente al momento en el que Pilatos niega a Jesús, recordemos que la multitud pide que la sangre de Jesús caiga sobre ellos: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros!” (Mt 27, 25), porque también nosotros pedimos lo mismo, pero no en el sentido blasfemo y sacrílego de la multitud, sino como una súplica ardiente a Dios, porque no será el agua, sino la Sangre de Cristo, que será derramada en al altar de la cruz y recogida en el cáliz del altar, la que limpiará nuestros pecados y los pecados de los hombres.


[1] Cfr. Manglano Castellary, o. c., 44.
[2] Cfr. Schnitzler, o. c., 448.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. Schnitzler, o. c., 449.