Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

domingo, 13 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús en la Eucaristía no es un fantasma, es Dios Hijo hecho hombre, sin dejar de ser Dios


(Domingo XIX – TO – Ciclo A – 2017)

         En este episodio del Evangelio, los amigos de Jesús, junto con Pedro, están en la barca, mientras Jesús estaba en la orilla, porque se había quedado rezando. En un momento, comienza un tormenta, con viento y olas cada vez más altas; tanto, que la barca parecía que se iba a hundir. Jesús acude a ayudar a sus amigos y lo hace caminando sobre las aguas y esto lo puede hacer, porque Él es Dios. Los amigos de Jesús, en vez de alegrarse porque Jesús viene hacia ellos, lo confunden con un fantasma y gritan, llenos de terror: “¡Es un fantasma!”. Cuando Jesús se acerca, les tranquiliza y les dice que no tengan miedo, porque es Él, a quien ellos conocen. Pedro, para estar seguro que era Jesús, le pide que lo haga ir hacia Él y Jesús entonces lo llama y le dice: “Ven”.
         En un primer momento, Pedro también comienza a caminar sobre las aguas, porque tiene su mirada puesta en Jesús, pero cuando se distrae y deja de mirarlo, comienza a tener temor por las olas y el viento y comienza a hundirse y le dice a Jesús: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano, lo pone a seguro y le reprocha su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
         Entonces, lo que vemos aquí, es que tanto Pedro, como los discípulos de Jesús, fallan en la Fe en Jesús como Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios: los discípulos lo confunden con un fantasma y Pedro comienza a hundirse cuando deja de contemplar a Jesús, para mirar las olas, altas por el viento.
         Esto también nos  puede suceder a nosotros: que pensemos que Jesús es un fantasma, porque no venimos a visitarlo en el sagrario, no hacemos adoración eucarística, no nos postramos en adoración ante Él. Y también nos puede suceder lo que a Pedro, que ante los problemas que pueden presentarse en la vida, dejamos de contemplar a Jesús y así comenzamos a hundirnos. De hecho, muchos tratan a Jesús como un fantasma, como un ser irreal, porque nunca van a visitarlo en la Eucaristía, para adorarlo, darle gracias y decirle que lo aman.

         No tratemos a Jesús Eucaristía como un fantasma, es decir, como alguien que no existe y demostremos que creemos que Él es Dios que nos ama, visitándolo en el sagrario, haciendo adoración eucarística, acudiendo a Él en las situaciones difíciles y también en las más tranquilas, confesándonos con frecuencia, para recibir a Jesús con un corazón limpio de pecado y brillante por la gracia santificante. Demostremos que nuestro corazón está desapegado del mundo y que está apegado a la Eucaristía; no tratemos a Jesús Eucaristía como a un fantasma, como a un ser irreal, sino como lo que Es: Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, que está en la Eucaristía para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, por medio de la comunión sacramental.

domingo, 6 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús se transfigura en el Monte Tabor


(Ciclo  A – 2017)

         En un lugar que se llama “Monte Tabor”, Jesús se transfigura delante de sus discípulos. “Transfigurarse” quiere decir que su Rostro brillaba como miles de soles juntos y que su vestimenta estaba cubierta de luz, pero no de una luz que venía de afuera, sino una luz que venía de adentro de Jesús. Y esto sucede porque Jesús es Dios y Dios es luz, pero no una luz como nosotros la conocemos aquí en la tierra, sino que es una luz desconocida, de origen celestial, que da la Vida y el Amor de Dio al que ilumina.
         ¿Por qué se transfigura Jesús? Porque Él quiere que lo vean revestido de luz, para que se den cuenta de que Él es Dios, porque en poco tiempo tendrá que sufrir la Pasión, y ahí aparecerá en el Monte Calvario todo cubierto de sangre, de heridas abiertas, de golpes, de hematomas; en la Pasión aparecerá no cubierto de gloria, sino de humillación; no cubierto de la gloria de Dios, sino de la Sangre que los hombres le harán salir a causa de las flagelaciones y los golpes. Se transfigura para que cuando lo vean así en la Pasión –coronado de espinas, sangrando, humillado-, se acuerden de que Él es Dios y así tomen valor en esas duras y amargas horas.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que así como es el Cuerpo de Jesús en el Monte Tabor: en el cielo, todos estaremos resplandecientes de luz, con la luz de Dios; no habrá enfermedades, ni dolor, ni llanto, ni tampoco nadie envejecerá, sino que todos seremos eternamente jóvenes.

         Pero es también para que sepamos que, así como Jesús, antes de subir resucitado y glorioso, tuvo que pasar por la Cruz, así también nosotros, si queremos llegar al Cielo en la otra vida, en esta vida tenemos que abrazarnos a la Cruz y seguir por detrás de Jesús.

martes, 1 de agosto de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Gozosos


         Primer Misterio de Gozo: la Anunciación del Ángel y la Encarnación del Hijo de Dios (Lc 1, 30-32, 38). El Arcángel Gabriel, enviado por Dios, le anuncia a María Santísima que ha sido elegida por Dios para ser la Madre de Dios Hijo encarnado. Cada vez que rezamos el Rosario, le recordamos a la Virgen el anuncio más hermoso que recibió en su vida: que conservando intacta su pureza, habría de ser la Madre de Dios, porque iba a engendrar a Dios Hijo por el poder del Espíritu Santo.

Segundo Misterio de Gozo: la Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel (Lc 1, 39-43). Estando encinta de Jesús, la Virgen emprende un largo viaje para ayudar a su prima Santa Isabel, quien también ha concebido por gracia de Dios, en su vejez. Con la Visita de María, Isabel se llena del Espíritu Santo y llama a la Virgen “Madre de Dios”, mientras que Juan Bautista, “salta de alegría” en el seno de Isabel, al escuchar el saludo de la Virgen. Y esto sucede porque cuando llega María, con María llega Jesús y Jesús sopla el Espíritu Santo sobre las almas. ¡Oh Virgen santa y Pura, visítanos, para que Contigo venga Jesús y Él nos dé el Espíritu Santo, y así nuestros corazones se verán llenos del Amor de Dios!

Tercer Misterio de Gozo: El Nacimiento de Jesús (Lc 2, 6-11). El Niño Jesús nace milagrosamente en Belén, Casa de Pan, de la misma manera a como un rayo de sol atraviesa un cristal, dejándolo intacto antes, durante y después de haber pasado por él. La Virgen es el Diamante celestial, la Roca de cristal, de la cual surge Cristo, Luz del mundo. ¡Madre de Dios y Madre mía, haz que Jesús nazca en mi corazón, pobre y oscuro como el Portal de Belén, para que viva yo iluminado por la luz de su gracia!

Cuarto Misterio de Gozo: La Presentación de Nuestro Señor en el Templo y la Purificación de María Santísima (Lc 2, 22-25, 34-35). Cumpliendo el precepto de la Ley, que mandaba ofrecer a Dios a todo primogénito, la Virgen lleva al Niño Dios al Templo, para ofrecerlo al Señor. ¡Oh María, haz que yo sea siempre como un niño pequeño, para que me lleves entre tus brazos, me estreches contra tu Inmaculado Corazón y unido a Jesús, me ofrezcas al Padre como sacrificio de alabanza!


Quinto Misterio de Gozo: El Niño Perdido y Hallado en el Templo (Lc 2, 41-47). Luego de subir a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, María y José regresan, por separado, a su hogar, pensando cada uno que el Niño está con el otro. Al darse cuenta de que el Niño no viene con ellos, lo buscan por tres días, hasta encontrarlo en el Templo, donde siempre había estado. ¡María Santísima, llévame de tu mano hasta el sagrario, para encontrar allí a tu Hijo amado, Jesús Eucaristía!

sábado, 29 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El Reino de Dios es como un tesoro en un campo


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-52). Jesús compara el Reino de los cielos a un tesoro que está escondido en un campo; también, a una perla de gran valor, y a una red llena de peces valiosos, que después pueden ser vendidos en el mercado por mucho dinero.
         Es como si nosotros fuéramos por el campo y encontráramos un cofre lleno de monedas de oro, o una caja fuerte con mucho dinero; entonces, vamos y vendemos todo lo que tenemos y con la plata que nos dan, nos compramos el campo y así nos ganamos el tesoro.
         ¿Qué es lo que tenemos que vender? No se trata de cosas materiales; no es que tenemos que vender casas, autos, o la mochila que usamos para el colegio. Lo que tenemos que “vender”, es decir, aquello de lo que nos tenemos que desprender para poder entrar en el Reino de los cielos, son todas las cosas malas que tenemos, como por ejemplo, envidia, celos, peleas, mentiras, porque nadie puede entrar en el cielo con todas estas cosas. ¿Dónde vendemos estas cosas? En el confesionario. ¿Y con qué pagamos el campo? Con la gracia que recibimos en la confesión sacramental, y con algo que vale más que todo el mundo y que todos los cielos eternos, y es la Eucaristía.
         Entonces, el campo es la Iglesia, lo que vendemos somos nuestros pecados, y lo que compramos es la vida eterna en el cielo, con la gracia que recibimos en la Confesión y con la Eucaristía, que es el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Y cómo es el Reino de los cielos? Es algo tan, pero tan hermoso, que ni siquiera podemos imaginarnos cómo es, porque lo que hace hermoso a los cielos, es Dios Uno y Trino, que es infinitamente hermoso. Dicen los santos que cuando el alma ve a Dios, en la otra vida, se queda con la vista fija en Dios, porque es tan hermoso, que no quieren ni desean ninguna otra cosa.
Vendamos lo que tenemos en la Confesión, y compremos el Reino de los cielos con la gracia y la Eucaristía, para que luego de esta vida, gocemos de la visión y la unión con Dios en el Amor, para siempre.


domingo, 23 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El trigo y la cizaña


(Domingo XVI – TO – Ciclo A - 2017)

                  “Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña” (Mt 13, 24-43). En esta parábola, Jesús nos cuenta de un campesino que siembra una buena semilla de trigo. Pero tiene un enemigo que quiere perjudicarlo y par eso siembra la cizaña, que es una planta parecida al trigo pero que no sirve para nada, por lo que solo se la usa para hacer fuego. La idea del enemigo era arruinarle la cosecha al campesino. Los trabajadores del hombre se dan cuenta y le preguntan si cortan la cizaña, pero el hombre les dice que no, porque si no así también van a cortar el trigo. Les dice que los dejen crecer juntos y que cuando llegue el tiempo de la cosecha, entonces sí los cortarán y separarán el trigo de la cizaña: el trigo, para almacenarlo; la cizaña, para quemarla.
¿Qué significa esta parábola? Es lo que va  a pasar el Día del Juicio Final y Jesús mismo la explica: “el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores son los ángeles”.
         Con esta parábola, entonces, Jesús nos dice cómo va a ser el Día del Juicio Final: los buenos, irán al cielo, y los malos, al Infierno. ¿Quiénes son los buenos? Los que aman a Jesús y se acercan a Él, que está en la Cruz y en la Eucaristía; los que tratan de vivir cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios, a los que llevan siempre en la mente y en el corazón; los que evitan hacer el mal y, si lo hacen, se confiesan en seguida; los que consideran a la Eucaristía como un Pan exquisito y más rico que cualquier comida del mundo, porque es el Pan de Vida eterna; los que tratan de cumplir los Mandamientos de Jesús, que es llevar la cruz todos los días, negarse a sí mismos y ser mansos y humildes de corazón, como Él; los que aman a la Virgen y le rezan y se acuerdan de Ella en todo momento.
¿Y quiénes son los malos, los que se condenarán en el Infierno? Son los que no cumplen los Mandamientos de la Ley de Dios; son los que no perdonan ni piden perdón, cuando son ellos los que se equivocaron; son los que no quieren arrepentirse de sus pecados; son los que no se preocupan por ayudar a sus hermanos más necesitados; son los que rechazan la Cruz y la Eucaristía; son los que practican la magia; son los que no creen en el Infierno.

Nadie caerá en el Infierno sin saberlo ni desearlo; nadie irá al Cielo si no quiere ir. Cada uno irá al lugar que elija ir, según sean sus obras: si son buenas, al Cielo; si son malas, al Infierno. Busquemos siempre a Jesús, en la Cruz y en la Eucaristía; confesemos nuestros pecados en la Confesión Sacramental; seamos buenos con todos, especialmente con los más necesitados, y así estaremos seguros de ir al Cielo, junto con Jesús y María.

domingo, 16 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús es la semilla y nuestro corazón la tierra donde cae la semilla


(Domingo XV – TO – Ciclo A – 2017)

         En esta parábola, Jesús utiliza la imagen de un sembrador, que va por el campo esparciendo la semilla. Las semillas caen en distintos tipos de terrenos, por lo que no todas germinan; por ejemplo, algunas “caen al borde del camino” y no germinan porque los pájaros las comen; otras, dice Jesús, “caen en terreno pedregoso”, pero como no hay mucha tierra, apenas germinan, se secan; otras semillas caen entre “cardos espinosos”, y estos cardos ahogan a las pocas que pueden germinar; por último, algunas semillas caen en tierra negra, húmeda, fértil, se hunden en la tierra, y como tienen humedad y nutrientes, terminan por germinar, crecen, se transforman en un árbol que da frutos exquisitos, aunque hay algunos árboles que están cargados de frutos, mientras que otros tienen menos.
         ¿Qué quiere decir esta parábola de Jesús?
         El sembrador que esparce la semilla es Dios Padre;
-la semilla es la Palabra de Dios, es decir, su Hijo Jesús, que viene a nosotros por la Escritura y por la Eucaristía;
-los distintos tipos de terrenos, son nuestros corazones.
¿Por qué en algunos corazones germina la Palabra de Dios y en otros no?
Jesús nos lo dice:
La semilla al borde del camino es el corazón de “alguien que oye la Palabra del Reino y no la comprende”, pero esta persona, en vez de preguntar a alguien que sepa, qué significa lo que no entiende, se queda de brazos cruzados, y entonces, dice Jesús, “viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón”, es decir, le quita las ganas de leer la Escritura o de comulgar, porque no entiende que la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino el Cuerpo de Jesús.
La semilla “en terreno pedregoso” es el corazón del que escucha la Palabra, comulga, está contento porque todo va bien, pero cuando Dios le pone una prueba o permite que lo persigan a causa de la Palabra, en seguida abandona y deja de leer y comulgar. Sería el caso, por ejemplo, de alguien que, cuando se están burlando de Jesús o de la Virgen, por miedo a que le digan algo, se queda callado, en vez de defenderlos.
La semilla que cae entre cardos espinosos es el corazón de aquel que escucha la Palabra, que lee la Escritura y comulga, pero le da mucha importancia a los problemas del mundo, o bien se deja tentar por la avaricia.
Por último, la semilla que cae en tierra negra, húmeda, fértil, es el corazón del que está en gracia –es la gracia la que transforma nuestros corazones en terreno fértil-; en este corazón, la semilla se hunde y como encuentra nutrientes y suficiente humedad, crece, echa raíces, y se transforma en un árbol, que es un árbol muy especial, la Santa Cruz de Jesús, cuyo fruto es el Sagrado Corazón de Jesús –el único Árbol de la vida es la Cruz de Jesús y no el amuleto en forma de árbol-. En este corazón, en donde la semilla se transformó en la Cruz, está tan unido al Corazón de Jesús, que da los frutos de la Cruz, que son: caridad, paciencia, bondad, pureza de cuerpo y alma, sacrificio, humildad.
Entonces, la parábola del sembrador nos lleva a pensar en qué clase de terreno es nuestro corazón: si un terreno pedregoso, lleno de cardos espinosos, que son los malos pensamientos, las mentiras y las malas acciones, o si por la gracia, es un terreno fértil en donde se ha plantado el Árbol de la Cruz, cuyo fruto exquisito es el Amor del Corazón de Jesús. En pocas palabras, podemos hacer una sencilla prueba para saber qué clase de terreno es nuestro corazón: si damos a los demás, amigos y enemigos, el Amor del Corazón de Jesús, entonces nuestro corazón es un terreno fértil, en donde está plantado el Árbol de la vida, la Santa Cruz de Jesús.





         

sábado, 8 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Vengan a Mí y Yo los aliviaré


(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2017)

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 25-30). En este Evangelio, Jesús nos propone que hagamos con Él un cambio: nos dice que, si tenemos una preocupación, que vayamos adonde está Él y que Él nos dará su yugo, que es suave. Es decir, lo que tenemos que hacer, es ir adonde está Jesús –Jesús está en el sagrario y en la cruz- y, arrodillados ante Él, dejar a sus pies nuestras preocupaciones, y recibir a cambio lo que Él nos dé, su yugo. ¿Y en qué consiste ese yugo que nos dará Jesús? Consiste en tratar de ser como Él, que es “paciente y humilde de corazón”. Y cuando hagamos esto, obtendremos alivio.
Entonces, en esto consiste el cambio que nos propone Jesús: que vayamos ante el sagrario o ante la cruz, nos arrodillemos delante suyo, le dejemos aquello que nos preocupa, y recibamos su yugo, que consiste en tratar de ser como es Jesús: mansos, pacientes y humildes de corazón. Y así, obtendremos alivio.
Cuando haya algo que nos preocupe, hagamos lo que Jesús nos dice: vayamos adonde está Él y le dejemos a sus pies las preocupaciones y tomemos el yugo que Él nos dará, que significa tratar de ser mansos, pacientes y humildes como Él.

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. Los cristianos somos los más afortunados del mundo porque no hay problema, por grande que sea, que no pueda ser llevado por Jesús, y lo único que tenemos que hacer, a cambio de que Jesús lleve nuestros problemas, es tratar de imitarlo en su paciencia y mansedumbre.

domingo, 2 de julio de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Gloriosos


         1º Misterio de Gloria: la Resurrección del Señor (Mt 28, 26). El ángel les anuncia a las santas mujeres que Jesús no está en el sepulcro, porque ha resucitado. También nosotros debemos anunciar al mundo que el sepulcro está vacío, porque Jesús, con su Cuerpo glorioso y resucitado, está en el sagrario.

         2º Misterio de Gloria: la Ascensión del Señor (Lc 24, 50-52). Jesús resucitado asciende a los cielos, lleno de la luz y de la gloria de Dios, y mientras sube, sus discípulos se postran en tierra para adorarlo. Sin embargo, Jesús no nos deja solos, porque al mismo tiempo que está en los cielos, así también está, con su Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía, y es por eso que nosotros nos postramos delante de Jesús Eucaristía, para adorarlo y darle todo el amor del que somos capaces.

         3º Misterio de Gloria: la Venida del Espíritu Santo (Hch 2, 1-4). Desde el cielo, y junto a su Padre Dios, Jesús sopla el Espíritu Santo sobre la Iglesia, apareciendo como lenguas de fuego y sonando como un viento impetuoso. En cada comunión eucarística, Jesús sopla en nuestros corazones al Espíritu Santo, como suave brisa, para encenderlos en el Fuego del Divino Amor. Jesús nos envía el Fuego del Espíritu Santo en cada comunión, para convertir nuestros corazones, fríos y oscuros como el carbón, brasas incandescentes, que ardan en el Fuego del Amor de Dios.

         4º Misterio de Gloria: la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos (Cant 3, 6; 8,5. Is. 61, 10). La Virgen y Madre de Dios no murió sino que, al llegar el momento de partir a la Casa del Padre, se durmió santamente y, al despertarse y abrir sus ojos, se despertó en el cielo, con su cuerpo y alma glorificados. Si queremos subir al cielo y ser glorificados como Nuestra Madre, la Virgen, debemos hacer el propósito de vivir en gracia y de preferir morir, antes que ofender a Dios con el pecado.


         5º Misterio de Gloria: la Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado (Ap 11, 19 - 12, 1). Al llegar al cielo, Jesús le coloca una corona de gloria a su Mamá, la Virgen, quien se mereció esta corona al participar, espiritualmente de la Pasión y de la corona de espinas de Jesús. También nosotros, si deseamos recibir la corona de gloria en los cielos, debemos pedir la gracia de llevar, aquí en la tierra, la corona de espinas de Jesús.

sábado, 1 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús quiere que carguemos la cruz



(Domingo XIII – TO – Ciclo A – 2017)

         Jesús nos dice que tenemos que hacer tres cosas: cargar la cruz, negarnos a nosotros mismos y seguirlo a Él (cfr. Mt 10, 37-42).
         ¿Qué quiere decir cada una de estas cosas?
         “Cargar la cruz”, quiere decir reconocer que somos pecadores y que el pecado nace de nuestros corazones y que sólo la Sangre de Jesús nos quita el pecado.
         “Negarnos a nosotros mismos”, quiere decir que, cuando tenemos la tentación de cometer un pecado –cuando decimos mentiras, cuando hacemos pereza, cuando peleamos, por ejemplo-, decimos “no” a la tentación y, en vez de hacer lo que nosotros queremos hacer, hacemos “lo que Jesús nos dice”. Por ejemplo, si tenemos pereza para ayudar en el hogar, o para hacer las tareas de la casa, decimos “no” a la pereza, y hacemos lo que tenemos que hacer. O si estamos enojados con alguien, en vez de seguir enojados, hacemos lo que Jesús nos dice: “Ama a tus enemigos” y hacemos las paces. O también, cuando tenemos pereza para venir a Misa, decimos “no” a la pereza y venimos a Misa, para recibir a Jesús en la Eucaristía.
         “Seguir a Jesús”, quiere decir camina detrás de Él, para subir hasta la cima del Monte Calvario, para morir al hombre viejo –somos nosotros cuando nos enojamos, cuando peleamos, cuando somos perezosos- y nacer al hombre nuevo, que vive la vida de la gracia, que es vivir con la vida misma de Jesús.

         Entonces, hagamos el siguiente propósito: al levantarnos cada día, nos preguntemos: “¿Qué me dice Jesús que tengo que hacer? Cargar la cruz, negarnos a nosotros mismos, y seguirlo por el Camino del Calvario”.

domingo, 25 de junio de 2017

El Evangelio para Niños: Si damos testimonio de Jesús Él le hablará al Padre de nosotros


(Domingo XII – TO – Ciclo A - 2017)

En el Evangelio, Jesús dice que si alguien da testimonio de Él ante los hombres, en esta vida terrena, después Él, en la vida eterna, dará testimonio de esa persona ante Dios Padre: “Al que me reconozca ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo”. Pero también dice que si alguien se calla y no dice nada ni hace nada por Él, Él también se quedará callado ante su Padre en el cielo: “Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt 10, 26-33).
¿Qué quiere decir “dar testimonio de Jesús”? No quiere decir pararse en un banquito en la plaza y leer la Biblia en voz alta; no quiere decir estar fijándose en qué es lo que hacen los demás, para señalarles sus errores. Dar testimonio de Jesús quiere decir, en primer lugar, tener grabados, en la mente y en el corazón, los Mandamientos de la Ley de Dios y las palabras de Jesús, y obrar según ellos. Por ejemplo: en el Tercer Mandamiento, se dice: “Santificarás las fiestas”, lo cual quiere decir asistir a la Santa Misa en el día Domingo, además de hacer obras buenas, como leer un buen libro, visitar a un enfermo, dar limosna, o hacer tareas livianas como asear la casa, hacer las tareas de la escuela, hacer alguna compra necesaria, etc. Eso es dar testimonio de Cristo. Pero no lo es si, por pereza, falto a la Misa dominical, cometiendo pecado mortal, a menos que haya una excusa grave, como por ejemplo, cuidar un enfermo o uno mismo estar enfermo.
Otra manera de dar testimonio de Jesús, es con el Cuarto Mandamiento: honrar padre y madre. Se cumple este mandamiento tratando a los papás con respeto, con cariño, con amor, y obedeciendo siempre de buena gana, sin reprochar, y evitando todo lo que les pueda hacer sentir mal, como por ejemplo, protestar por la comida, pelear con los hermanos por cosas sin importancia, no hacer los deberes, ser caprichosos, etc.
Si tratamos de dar testimonio de Jesús, con nuestras obras, y no con sermones, entonces, cuando sea la hora de ir al cielo, Jesús dará testimonio de nosotros ante su Papá del cielo, y nos hará entrar en el cielo, para gozar y alegrarnos para siempre en la Casa de Jesús.


domingo, 18 de junio de 2017

Solemnidad de Corpus Christi para Niños


(Ciclo A – 2017)

         ¿Qué quiere decir “Corpus Christi”? Quiere decir, en latín, “Cuerpo de Cristo”. ¿Y por qué celebramos esta fiesta en la Iglesia? Porque una vez, había un sacerdote, que se llamaba Pedro de Praga, que tenía dudas acerca de lo que la Iglesia enseñaba acerca de lo que pasaba en la Misa, y entonces Jesús hizo un milagro eucarístico para que su fe creciera y se hiciera más fuerte.
         ¿Cómo fue el milagro eucarístico que hizo Jesús? Sucedió así: Pedro de Praga estaba celebrando la Santa Misa en la capilla de la iglesia de Santa Cristina –una niña mártir de los primeros siglos- en un pueblito de Italia llamado Bolsena. En el momento en que tenía que decir las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, comenzó a dudar de si realmente el pan se convertía en el Cuerpo de Cristo, y el vino en su Sangre. Entonces, en ese momento, apenas dijo las palabras de la consagración, y cuando elevaba la Hostia que tenía entre sus dedos, sucedió el milagro: la parte de la Hostia que estaba entre sus dedos, seguía teniendo el aspecto de pan, pero todo el resto de la Hostia, se convirtió en un trozo de músculo del corazón, vivo, y como estaba vivo, sangraba mucho. Entonces el sacerdote quedó con la Hostia entre los dedos, parte de la cual se había convertido en músculo del corazón, del cual salía mucha sangre. Tanta era la sangre, que algunas gotas cayeron en el piso de mármol, impregnándolo. Pedro de Praga, asombrado por el milagro, envolvió la Hostia consagrada en el corporal y lo llevó a la Sacristía. Sucedió que el Papa de ese entonces, que se llamaba Urbano IV, estaba cerquita de Bolsena, en un pueblito llamado Orvieto, y cuando se enteró del milagro, lo hizo traer en procesión hasta donde él estaba, arrodillándose ante la Hostia consagrada cuando la tuvo ante él.  A partir de entonces, el Papa ordenó que en toda la Iglesia se celebrara la Solemnidad de Corpus Christi, en recuerdo no solo del milagro que sucedió a Pedro de Praga, sino en recuerdo de lo que pasa en cada Santa Misa, aunque no lo veamos.
         El milagro que le sucedió a Pedro de Praga fue para que nos diéramos cuenta que todo lo que la Iglesia nos enseña en el Catecismo de Primera Comunión es verdad: por las palabras de la consagración, se produce, de modo invisible pero real, un milagro llamado “transubstanciación” –parece una palabra difícil, pero no lo es: Tran-subs-tan-cia-ción-, milagro por el cual el pan deja de ser pan, para convertirse en el Cuerpo de Cristo, y el vino deja de ser vino, para convertirse en la Sangre de Cristo. El milagro que le pasó a Pedro de Praga, sucede verdaderamente, en cada Misa, pero de modo invisible, de modo que no lo podemos ver con los ojos del cuerpo, pero sí lo podemos “ver” con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe.
         Por eso, no es necesario que Dios repita el milagro en cada Misa: basta con que haya sucedido una vez, para que creamos firmemente lo que la Iglesia nos enseña en el Catecismo de Primera Comunión: que por la consagración, el pan deja de ser pan, para convertirse en el Cuerpo, en el Corazón de Cristo, y el vino en su Sangre, la Sangre de Cristo. Es por esto que, cuando el sacerdote eleva la Hostia consagrada, en realidad eleva y presenta a Dios Padre el Corazón de Jesús; no un pedacito de pan, sino el Corazón de Jesús, lleno del Amor de Dios.
         ¿Y para qué hace Jesús este milagro en cada Misa? La única razón por la que Jesús convierte al pan en su Cuerpo y en su Corazón, lleno de su Sangre Preciosísima, es para darnos el Amor de su Corazón, para que nuestros corazones se fundan con el Corazón de Jesús y sean uno solo con Él. Por eso, cometen un grave error aquellos que dejan la Misa y la Eucaristía del Domingo por pasatiempos mundanos, porque se pierden de recibir el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Al igual que Pedro de Praga, también nosotros debemos pedir crecer en la Fe de la Iglesia sobre la Eucaristía, la Fe que nos dice que la Eucaristía no es un trocito de pan bendecido, sino el Corazón Eucarístico de Jesús.

         

jueves, 15 de junio de 2017

Visita a Jesús Sacramentado con niños de Primera Comunión


         Inicio: nos arrodillamos ante Jesús en el sagrario. No podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero la Fe de la Iglesia nos enseña que Jesús, el Cordero de Dios, está Presente realmente en la Eucaristía. Si pudiéramos verlo, lo veríamos con su Cuerpo resplandeciente de gloria, como en el día de la Resurrección. Hacemos silencio, no solo de palabras, sino de pensamiento, y para lograrlo le pedimos a la Virgen la gracia de poder escuchar a su Hijo, que nos habla, sin que nos demos cuenta, en lo más profundo de nuestro ser.
         Rezamos la oración que el Ángel de Portugal les enseñara a los pastorcitos:
         “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         (Breve pausa de silencio).

         Oración a Jesús, el Dios del sagrario.

         Aunque no te vemos con los ojos del cuerpo, sabemos por la Fe que estás allí, en la Eucaristía. Venimos a decirte que queremos amarte con el mismo amor con el que te ama tu Mamá, la Virgen, y también que queremos adorarte con su misma adoración.
         Querido Jesús Eucaristía, puesto que Tú eres Dios, en tus manos están nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, y por eso estamos tranquilos, porque como Dios siempre permitirás lo mejor para nuestra eterna salvación.
         Querido Jesús Eucaristía, Tú derramaste un sudor de Sangre en el Huerto de Getsemaní, al ver la horrible malicia de mis pecados del corazón. Por eso te entrego mi corazón, duro y frío como una carbón apagado, para que con el Fuego del Amor de Dios, lo conviertas en brasa ardiente que no solo evite todo pecado, sino que a cada latido respire el Amor de Dios.
         Querido Jesús Eucaristía, por la Sangre que derramaste en la flagelación, danos pureza de cuerpo y alma y la gracia de preferir “morir antes que pecar”.
         Querido Jesús Eucaristía, por la Sangre que derramaste en la coronación de espinas, danos pensamientos santos y puros como los tuyos.
         Querido Jesús Eucaristía, que antes de morir en la cruz, nos diste a María como Madre, haz que vivamos siempre dentro de su Inmaculado Corazón, envueltos en su manto celeste y blanco.
         Querido Jesús Eucaristía, que en la Misa bajas del cielo para darnos tu Sagrado Corazón Eucarístico, haz que no seamos indiferentes a tu Amor y que deseemos siempre recibir, con fe, con amor y devoción, tu Cuerpo Sacramentado, sobre todo los Domingos, el Día que nos anticipa la feliz eternidad.

                  (Breve silencio).
          Rezamos la oración que el Ángel de Portugal les enseñara a los pastorcitos:
         “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


Oración final: Jesús, Dios de la Eucaristía, Dios del Sagrario, queremos seguir contigo, pero aunque ya debemos retirarnos, deseamos permanecer siempre contigo, de manera que por manos de María, la Virgen, Madre tuya y nuestra, te dejamos nuestros corazones al pie del sagrario, para que día y noche te alaben y te adoren sin cesar. Y si alguna vez sentimos la tentación de apartarnos de tu Presencia, que tu Madre Santísima nos estreche contra su Inmaculado Corazón, para que así, contagiados por su amor, te amemos y adoremos en todo tiempo y lugar. Amén.

sábado, 10 de junio de 2017

El Evangelio para Niños - Solemnidad de la Santísima Trinidad


(Ciclo A – 2017)

         ¿Cómo es el Dios de los católicos? Sabemos que es Uno solo y que no hay más dioses que Dios, pero sabemos también, porque Jesús nos lo dijo en la Biblia, que en Dios hay Tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No son tres dioses, sino Un solo Dios verdadero, y Tres Personas en Él. Este misterio es imposible de entender para nosotros y para que nos demos una idea de cuán grande es este misterio, podemos recordar un episodio sucedido con un gran santo, San Agustín. Un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad tratando de comprender, solo con su razón, cómo era posible que Tres Personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios. Mientras caminaba y pensaba, se encontró con un niñito que había excavado un pequeño pozo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una cuenca marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Esta actitud llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño qué era lo que estaba haciendo: “Intento meter toda el agua del océano en este pozo”, le respondió el niñito. “Pero eso es imposible –dijo San Agustín–, ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un pozo tan pequeñito?”. “Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…”. Y en ese instante el niñito desapareció. Ese niñito era su Ángel de la Guarda, que venía a auxiliarlo en su esfuerzo por conocer y amar a Dios Uno y Trino. Nuestra mente, entonces, es como un pequeño pozo excavado en la arena; Dios, en el misterio de la unidad de su Naturaleza y la diversidad de las Tres Divinas Personas, es el océano. Así como es imposible meter el océano en el pequeño pozo, así también es imposible comprender, para nuestra pobre razón, cómo es que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y no hay en Él tres dioses, sino Un solo Dios Verdadero y Tres Personas distintas.
         Otro ejemplo que podemos usar para tratar de entender este misterio, es el del sol, con su luz y el calor, como nos dice un diácono llamado San Efrén: “Toma como símbolos el sol para el Padre: para el Hijo, la luz, y para el Espíritu Santo, el calor. Aunque sea un solo ser, es una trinidad lo que se percibe en él (…) Este único es múltiple: uno formado de tres, y tres no forman sino uno (…) El sol es distinto de sus rayos aunque estén unidos a él; sus rayos también son el sol. Pero nadie habla, sin embargo, de dos soles, aunque los rayos son también el sol aquí abajo. Tampoco nosotros decimos que habría dos Dioses”. Dios Padre es el sol; Dios Hijo es el rayo de sol, la luz; Dios Espíritu Santo es el calor del sol, es decir, el Amor de Dios.

         Por último, hay algo que debemos saber y que también es un gran misterio: este Dios, que es Uno en naturaleza y Trino en Personas, viene a vivir en el corazón del que está en gracia y lo ama y adora con todas sus fuerzas. Esforcémonos entonces, no solo de evitar el pecado, sino de vivir siempre en gracia, confesándonos con frecuencia, para que el Dios católico, Dios Uno y Trino, la Santísima Trinidad, viva en nuestros corazones, y así empecemos a vivir, anticipadamente, desde esta tierra, en el cielo.

sábado, 3 de junio de 2017

El Evangelio para Niños: Solemnidad de Pentecostés


(Ciclo A – 2017)

         El Espíritu Santo, en Pentecostés, apareció como lenguas de fuego y como viento impetuoso, y muchos comenzaron a hablar en lenguas. ¿Esto quiere decir que si no lo vemos como lenguas de fuego y si no lo sentimos como viento y si no hablamos en lenguas, entonces, no tenemos al Espíritu Santo en nosotros? No, porque el Espíritu Santo obra en la Iglesia, no solo en Pentecostés, sino todo el tiempo, y no visiblemente, como lenguas de fuego o como viento, ni tampoco dando don de lenguas.
         ¿Cómo obra el Espíritu Santo?
         Iluminando nuestras mentes y corazones para que recemos el Credo, que es nuestra Fe católica, con mucha fe, con mucho fervor y con mucho amor; nos hace entender qué es cada una de las oraciones del Credo y nos hace amar a Jesús y desear el cielo. El Espíritu Santo actúa en la inteligencia y en el corazón, dándonos la Sabiduría y el Amor de Dios.
         Pero también actúa de otra manera: convierte nuestros cuerpos en templos del Espíritu y nuestros corazones en altares. Así como es el templo, así es nuestro cuerpo, y así como es el altar, así es nuestro corazón. ¿Podemos en el templo cantar canciones inmorales e indecentes, como cumbia, reggaetón, rock, con letras que ofenden a Dios y a la Virgen? No, entonces, tampoco lo debemos cantar en nuestros cuerpos, porque también son templos del Espíritu y por eso son sagrados. ¿Podemos, en el altar, poner figuras de ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, Buda, o cualquier otro ídolo? No, porque en el altar eucarístico sólo se adora a Jesús Eucaristía: de la misma manera, en nuestros corazones no puede haber lugar para esos ídolos, sino solo para Jesús Eucaristía.
         Así es como actúa el Espíritu Santo en nuestros cuerpos, en nuestras almas y corazones, todo el tiempo, y por eso debemos abrir nuestros corazones para que entre el Espíritu Santo, el Amor de Dios, no solo en Pentecostés, sino en toda época del año.

         

martes, 30 de mayo de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Gloriosos


         Primer Misterio Glorioso: la Resurrección del Señor (Mc 16, 5-6). Las santas mujeres van al sepulcro, en busca de Jesús muerto, pero el Ángel les anuncia la hermosa noticia: “Jesús de Nazareth ha resucitado, no está aquí”. Llenas de alegría, corren para dar a los demás la noticia de que el sepulcro de Jesús está vacío, porque ha vencido a la muerte. Nosotros debemos acudir al sagrario, para después anunciar al mundo la alegre noticia: ¡Jesús está resucitado y glorioso en la Eucaristía!

         Padre Nuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Segundo Misterio Glorioso: Jesús Asciende glorioso a los cielos (Mt 28, 18-19; Lc 24, 50-51). Después de resucitar, Jesús sube al cielo para prepararnos una morada en la Casa del Padre, porque Él nos ama tanto, que quiere que donde esté Él, también estemos nosotros. En la Casa del Padre, inmensa como los cielos eternos, hay habitaciones que tienen nuestro nombre y están listas y preparadas para que las habitemos, luego de esta vida. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que yo ame tanto a Jesús, que desee siempre vivir en gracia, para ir a habitar en la Morada del Padre en la vida eterna!

         Padre Nuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Tercer Misterio Glorioso: la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles (Hch 2, 1.3-4). Desde el cielo, Jesús cumple con su promesa de enviarnos el Amor de Dios y junto a Dios Padre, sopla el Espíritu Santo sobre María Santísima y los Apóstoles, reunidos en oración. El Espíritu Santo, que es Fuego de Amor divino, quiere encender nuestros corazones en el Amor de Dios. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, nuestros corazones, que sin la gracia de Dios son fríos y oscuros como el carbón; haz que se conviertan en brasas incandescentes y luminosas al recibir el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo!

         Padre Nuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Cuarto Misterio Glorioso: la asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos. La Virgen María, por ser la Madre de Dios, no podeía sufrir la corrupción de la muerte y es por eso que la Inmaculada siempre Virgen María, cuando finalizó su vida terrena, se durmió en la tierra y despertó en los cielos, revestida de la luz y de la gloria de Jesús. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, ayúdanos para que, viviendo siempre en gracia en esta vida terrena, logremos alcanzar el premio de la vida eterna, para estar contigo y con Jesús, en el Reino de Dios, para siempre!  

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

         Quinto misterio glorioso: la coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado (Ap 12, 1). Cuando llega al cielo, Jesús coloca en la cabeza de su Mamá una corona, más preciosa que el oro, porque está hecha de la luz y de la gloria de Dios. Para merecer esta corona, la Virgen aceptó con amor sufrir junto con su Hijo la Pasión, acompañándolo en todo momento, y sufriendo en su espíritu la coronación de espinas de Jesús. Así la Virgen nos enseña que, si queremos ser coronados de gloria en el cielo, aquí en la tierra debemos llevar la corona de espinas de su Hijo Jesús. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que deseemos siempre ser coronados con la corona de espinas de Jesús, para compartir tu corona de gloria en el cielo!

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.



domingo, 28 de mayo de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús Asciende a los cielos


(Domingo VII – TP – Ciclo A -2017)
         Después de morir en la cruz, Jesús resucita y sube a los cielos, para cumplir sus promesas: había prometido ir al cielo para prepararnos una morada en la casa del Padre, para que donde esté Él, ahí también estemos nosotros; es decir, sube al cielo para que nosotros tengamos una habitación, sola para cada uno, en la Casa de Dios en el cielo. Sube también al cielo para enviarnos el Espíritu Santo, para que el Espíritu Santo nos haga ser santos y así podamos ir al cielo, porque nadie que no sea santo, puede entrar en el Reino de Dios. Sólo los que tienen traje de fiesta, que es la gracia santificante, pueden entrar en la gran fiesta del Reino de Dios, y para eso Jesús sube al cielo, para enviarnos al Espíritu Santo, que nos haga santos como es Él, y así podamos entrar en el Reino de Dios.
         Pero antes de subir al cielo, Jesús hace una promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. ¿Y cómo puede ser que Jesús suba al cielo, pero al mismo tiempo esté con nosotros hasta el fin del mundo?
         Lo puede hacer porque Él, en la Última Cena, inventó una forma de quedarse en medio nuestro, estando al mismo tiempo en el cielo, y es la Eucaristía.

         En la Eucaristía, Jesús está con el mismo Cuerpo lleno de la luz y de la gloria de Dios, con el que Él está en el cielo. Quiere decir que cuando estamos cerca de Jesús Eucaristía, estamos cerca de Jesús que está en el cielo. Estar delante de Jesús Eucaristía y, mucho más, recibir a Jesús Eucaristía en el corazón, es como estar ya en el cielo, pero todavía en la tierra. Si queremos ir al cielo, y si queremos saber cómo es el cielo estando todavía en la tierra, tenemos que hacer dos cosas: adorar a Jesús en la Eucaristía, y recibirlo en el corazón, en estado de gracia.

sábado, 27 de mayo de 2017

El perfil de un catequista


         Podemos decir que en el perfil de un catequista hay distintos aspectos: espiritual, formativo y personal.

         Aspecto espiritual del perfil del catequista:

Ante todo, el catequista debe tener conciencia de su misión y de Quién es el que lo ha llamado a esta misión: la misión no es la de “enseñar un tema”, sino ante todo, la de transmitir la Fe, mediante la enseñanza de un tema, lo cual es algo muy distinto. Y la Fe que se debe transmitir, no es la propia fe, construida a la medida personal, sino la Fe de la Santa Iglesia Católica, la Fe de los Apóstoles, la Fe del Credo, la Fe que se explicita en el Magisterio de la Iglesia, la Fe que se transmite por la Tradición.
Y con respecto a Quién lo llamó para esta misión, debe ser consciente de que es un llamado divino, según Efesios 4, 11-12: “Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo”. En este caso, el don comunicado es el de “maestro”, para “la edificación del Cuerpo (Místico) de Cristo”. Ya en este llamado hay un contenido de misterio sobrenatural que el catequista debe tener en cuenta, para al mismo tiempo, reflexionar acerca de la importancia de su misión: no es un llamado humano, sino divino, y para “edificar el Cuerpo Místico de Cristo”, es decir, su Iglesia.
         El catequista debe saber que su Fe no es racional, en el sentido de que todo lo puede explicar con su razón, sino que precisamente es supra-racional, porque el contenido de la Fe católica no ha sido inventado por hombres, sino que nos ha sido revelado por la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, Nuestro Señor Jesucristo. Lo que el catequista no entienda con su razón, perteneciendo este contenido al depósito de Fe de la Iglesia, no debe “descartarlo” ni tratar de racionalizarlo –por ejemplo, quitando de los milagros el poder de Dios, racionalizándolos-, sino que debe enseñar tal como la Iglesia con su Magisterio lo enseña. De lo contrario, produce un gran daño al alma de sus alumnos.
Por eso el catequista debe llevar una vida de Fe, lo cual significa que debe alimentar su Fe con la oración cotidiana –no es “oración” signarse con la cruz y rezar un Padrenuestro antes de dormir-, dedicándole tiempo a la misma, pero también con la frecuencia de los Sacramentos, teniendo en cuenta que los Sacramentos no son ritos vacíos, sino la actuación y presencia del misterio redentor de Jesucristo que se hace presente por los sacramentos, para darnos su gracia santificante.
Llevar una vida de Fe significa que el catequista debe tener mucha oración, entre ellas, principalmente, el Santo Rosario, porque allí la Virgen, en silencio y misteriosamente, nos explica y nos ilumina las verdades de Fe.
También debe ser, en la medida de lo posible y según las condiciones de vida y estado de vida, adorador eucarístico, porque allí Jesús, el Maestro Divino, nos ilumina con su luz acerca de los misterios de la Fe y aumenta y fortalece nuestra Fe.
El catequista debe encomendarse, antes de cada clase, a los santos, ante todo, San Pío V, Papa, Patrono de los catequistas, y a santos niños, como por ejemplo, Imelda Lambertini, Antonieta Meo, José Sánchez del Río, San Tarcisio, y debe rezar y pedir a Nuestro Señor, a la Virgen, a los ángeles custodios de sus alumnos y a los santos, por sus alumnos, para que no solo aprendan las lecciones sino, ante todo, comiencen a vivir su Fe.

Aspecto formativo del perfil del catequista.

Todo trabajo debe ser hecho con la mayor perfección, porque el trabajo y el estudio son lugares de santificación, al ser ofrecidos a Dios con sacrificio, uniéndolos al sacrificio de Jesús. Pero a Dios no puedo ofrecerle un trabajo mal hecho, o una hora de estudio en la que solo hice pereza, del mismo modo a como en el Antiguo Testamento no se podía ofrecer en sacrificio a Dios un animal defectuoso, sino que debía ser el mejor animal de todos; entonces así debe ser mi clase: debo prepararla, saberla, tratar de comunicar a los demás y de transmitir los conceptos y las ideas. Además de estudiar los Encuentros, debo prepararlos y ver de qué manera los niños tomen el gusto por aprender. No significa transformar la clase en una fiesta, sino en no solo evitar que las clases sean monótonas, y en hacer al menos el intento de que las clases consigan su objetivo, que es la aprehensión vital y la incorporación a la vida de Fe del catequizando, del contenido que se enseña.
El catequista no se debe dar por satisfecho porque sus alumnos “aprenden de memoria” los contenidos: debe preocuparse porque verdaderamente los vivan en sus vidas cotidianas.
Como parte de su aspecto formativo, el catequista debe profundizar en las lecciones, acudiendo a la Sagrada Escritura, al Magisterio y a la Tradición. Debe tener en cuenta que no somos protestantes, por lo que la fuente de conocimiento de nuestra Fe no se reduce, de ninguna manera, a la Escritura, sino que nuestra fuente está formada por una tríada: la Escritura, el Magisterio y la Tradición.

Aspecto personal del perfil del catequista.

Presentación personal: corresponde al cristiano, y no solo al catequista, estar siempre bien presentado, bien aseado, en lo posible, con perfume, y esto no por vanidad, sino porque el cristiano debe “amarse a sí mismo”, como parte del Primer Mandamiento, y además porque debe reflejar a Cristo y la limpieza, la pulcritud, la fragancia, son símbolos de la gracia de Cristo.
Coherencia de vida cristiana: vivir como la fe que profesamos, si enseñamos los sacramentos, vivir como los sacramentos nos piden. En el caso del matrimonio, o casados o solteros, pero no en concubinato, y mucho menos comulgar, estando en concubinato. No puedo enseñar que es pecado mortal faltar a Misa sin causa grave, y al mismo tiempo, faltar a Misa por causas banales. No puedo enseñar que la Eucaristía es el alimento del alma, si yo mismo no me alimento de la Eucaristía.
Tampoco se puede practicar la magia, la brujería, el esoterismo, el ocultismo, el tarot, el vudú; no se puede creer en supersticiones, como la cinta roja, el gato negro, la mano de Fátima, el árbol de la vida, etc.; no se pueden usar amuletos, como el árbol de la vida, amuleto gnóstico; no se puede rezar a supersticiones prohibidas por la Iglesia, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte; no se puede acudir a brujos, ni leer ni hacer leer las cartas; no se puede asistir a cursos de Metafísica, de Ovnis o de Medicinas alternativas; no se puede practicar Reiki, Yoga, o las medicinas orientales. En otras palabras, es incompatible el ser catequista con las prácticas gnósticas y ocultistas de la Nueva Era.


domingo, 21 de mayo de 2017

El Evangelio para Niños: El que cumple los Mandamientos ama a Jesús


(Domingo VI - TC - Ciclo A - 2017)

         “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama” (Jn 14, 15-21). En el cielo, los santos que están más cerca de Jesús, son los que más lo amaron en la tierra. Con Jesús y nosotros, sucede como con los planetas y el sol: hay algunos planetas que están muy cerca del sol, mientras que hay otros planetas que están lejos del sol. Los que están más cerca del sol, reciben más luz y más calor y tienen vida, como nuestro planeta Tierra; los que están más lejos, reciben cada vez menos luz y menos calor, por lo que están a oscuras, hace mucho frío, y no hay vida en ellos. Así sucede entre nosotros y Jesús: cuanto más un alma ama a Jesús, “Sol de justicia”, más cerca está de Él y más recibe de Jesús su luz, su vida divina y su Amor; el que más lejos está de Jesús, está a oscuras, sin la vida de Dios y sin su Amor.
¿Cómo saber  “a qué distancia” estamos de Jesús? Porque la diferencia entre nosotros y los planetas, es que los planetas giran alrededor del sol en la órbita que Dios les fijó; en cambio, nosotros podemos girar alrededor de Jesús libremente, es decir, podemos girar cerca o lejos. ¿Cómo saber a qué distancia estoy de Jesús? El mismo Jesús nos da una forma de “medir” nuestra distancia con Él: si cumplimos sus Mandamientos, o si no los cumplimos.
¿Cuáles mandamientos? Por supuesto que los Diez Mandamientos, o sea, el Decálogo, pero también otros mandamientos que Él da en el Evangelio. ¿Cuáles son estos? Por ejemplo, cuando Jesús dice: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, y Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz. Quiere decir que si yo me enojo con mi hermano por cualquier cosa sin importancia –y aunque sea algo importante-, o si falto el respeto a los mayores, no cumplo lo que Jesús me dice, que los tengo que amar hasta la cruz, y eso quiere decir ser paciente, comprensivo, caritativo, y evitar siempre, siempre, los malos sentimientos.
Otro ejemplo: Jesús dice: “Carga tu cruz de cada día y sígueme”, lo cual quiere decir reconocer cuáles son mis pecados dominantes, los que cometo con más frecuencia, y como esos pecados son mi cruz y nacen de mi corazón y sólo me los puedo quitar si la Sangre de Jesús cae, gota a gota, sobre mi corazón, tengo que seguir a Jesús, que va camino del Calvario, para que cuando Él sea crucificado, yo esté a sus pies, arrodillado, para que su Sangre caiga sobre mí y me limpie mis pecados por la confesión sacramental. Si no reconozco mis pecados, si no me arrepiento los confieso en el Sacramento de la Penitencia, quiere decir que no cargo mi cruz y que no hago lo que dice Jesús y, por lo tanto, no amo a Jesús.

Cuanto más cumplamos los Mandamientos de Jesús, seremos como esos planetas que están más cerca del sol, los que reciben más luz, calor y vida, porque tanto más cerca estaremos de Jesús, que es el Sol de justicia, y cuanto más cumplamos sus Mandamientos, más luz divina, más calor de su Amor y más vida divina recibiremos de Él. No seamos como los planetas que están más lejos del sol, que viven a oscuras, fríos y sin vida; seamos como los planetas que están más cerca del sol, que son más luminosos y más vida tienen y, para eso, cumplamos los Mandamientos de Jesús. Amemos a Jesús, pero no de palabras, sino cumpliendo con amor sus Mandamientos.