Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

domingo, 15 de octubre de 2017

El Evangelio para Niños: vistamos siempre el traje de fiesta, la gracia santificante de Jesús


(Domingo XXVIII - TO - Ciclo A – 2017)

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” (cfr. Mt 22, 1-14). Un rey invita a muchos a la boda de su hijo; a los primeros invitados, debe dejarlos afuera porque ninguno quiere asistir a la boda, por lo que manda a sus sirvientes a que inviten a todos los que encuentren en el camino. Así hacen los invitados y el salón de la fiesta se llena de invitados. Entonces el rey decide salir a recibir a los que han aceptado la invitación, y en un momento determinado, se encuentra con uno de los invitados que no tiene traje de fiesta. Está vestido como pordiosero, y por eso contrasta con el resto de los invitados que, aunque son pobres, están todos limpios y bien perfumados. Por eso le pregunta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El hombre no sabe qué contestar y el rey, enojado, manda a sus sirvientes a que lo echen del salón de fiestas, a la oscuridad.
¿Qué quiere decir esta parábola? ¿Qué es el traje de fiesta, que hace que el que no lo tenga puesto, no pueda estar en el salón?
En esta parábola, el padre del hijo que se casa, es Dios Padre; el hijo, es Dios Hijo, es decir, Jesús de Nazareth; los primeros invitados, son los judíos, que rechazaron a Jesús y lo crucificaron; los segundos invitados, somos todos nosotros, que hemos recibido el bautismo sacramental; el salón de fiestas, es el Reino de los cielos, en la otra vida; la fiesta y la alegría de la fiesta es la salvación que nos trajo Jesús con su muerte en cruz; el encuentro del dueño de la fiesta con los invitados, es el Día del Juicio Final y el día del juicio particular. ¿Y el traje de fiesta? El traje de fiesta, y el hecho de que el invitado esté limpio y perfumado, es la gracia santificante, que espiritualmente es como un perfume exquisito, que la Escritura llama “el buen olor de Cristo”. Todos los invitados que tienen el traje de fiesta, están limpios y bien perfumados: son los hombres que, al momento de morir, están en gracia de Dios, es decir, con sus almas puras y santas por la gracia, sin la mancha del pecado y sin el olor nauseabundo del pecado, además de exhalar el perfume agradable del buen olor de Cristo.

El hombre que está sin el traje de fiesta, es el alma que, al morir, no está en gracia y, por lo tanto, está en pecado mortal. El pecado mortal es como una mancha que oscurece el alma, pero también la ensucia y, si pudiera ser olido en la realidad, da un olor como a podredumbre. Como la gracia es algo que Dios da gratuitamente y que el alma tiene que recibirla libremente, sin ser obligada, si alguien está en gracia al momento de morir, es porque aceptó la gracia salvadora de Jesús y por eso su alma está limpia y perfumada, con el perfume exquisito del buen olor de Cristo. Pero si alguien, al momento de morir, no tiene la gracia, su alma está manchada con el pecado mortal y huele horriblemente, pero no por culpa de Dios, sino por propia culpa, porque Dios a nadie niega su gracia. Y como en el juicio particular y en el Día del Juicio Final ya no hay tiempo para hacer una buena confesión y así salvar el alma, quien murió sin la gracia, sin el vestido de fiesta, no puede entrar en el Reino de los cielos y es echado fuera del Reino, al Infierno eterno. Eso es lo que representa el traje de fiesta y es la razón por la cual el rey echa del salón de fiestas a este hombre, porque en realidad él no quería estar en la fiesta y por eso no tenía puesto el traje de fiesta, que es la gracia santificante. Si queremos vivir en el cielo, en la alegría y en la fiesta eterna del Reino de Dios, entonces vivamos siempre con el traje de fiestas puesto, es decir, procuremos estar siempre en gracia de Dios, rechazando el olor pestilente del pecado, para así lucir impecables, limpios, con el perfume del buen olor de Cristo, en el día de nuestro juicio particular y en el Día del Juicio Final.

viernes, 13 de octubre de 2017

Quien no se alimente del Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, no entrará en el Reino de los cielos


(Homilía para Misa de Primeras Comuniones 2017)

         Para saber qué es lo que estamos por recibir, recordemos un episodio de la Biblia, en el que el Pueblo Elegido, habiendo sido sacado de Egipto por Dios a través de Moisés y luego de atravesar el desierto por cuarenta años, se dirigía a la ciudad de Jerusalén.
         En esa travesía, que duró cuarenta años, los hebreos se alimentaron con un maná que bajaba del cielo; bebían agua que salía de una roca y eran guiados por una nube luminosa en la noche, que les indicaba el camino. También tenían que protegerse de víboras venenosas, y para eso Moisés hizo una serpiente de bronce, que curaba con el poder de Dios, de manera que todos los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas, al mirar a la serpiente de bronce que había hecho Moisés, se curaban en el acto.
         Bueno, así como el Pueblo Elegido es sacado de Egipto y llevado al desierto, para llegar a la ciudad de Jerusalén, así nosotros hemos sido sacados de la esclavitud del Demonio, por el bautismo y somos llevados por el desierto, que es esta vida, hacia la Jerusalén celestial. Y así como los hebreos bebían del agua pura que salía de la roca, así nosotros bebemos del agua pura que es la gracia santificante, que se nos da por los sacramentos, sobre todo la confesión sacramental, y por eso la necesidad que tenemos de confesarnos con frecuencia, para que nuestra alma no muera de sed. Y la nube de luz que guiaba a los hebreos, es para nosotros la Virgen María, la Mujer revestida de sol, que nos guía en nuestro caminar hacia la Jerusalén del cielo, donde está su Hijo, que es el Cordero y es la Lámpara de la Jerusalén celestial.
         Por último, está el maná: los hebreos se alimentaban de un maná que bajaba del cielo, una especie de pan milagroso que satisfacía el hambre, y comían además perdices, que Dios enviaba desde el cielo. Así, los hebreos, alimentados con pan y carne de perdices y bebiendo del agua de la roca, pudieron llegar a Jerusalén.
         Nosotros tenemos otro maná, otro Pan del cielo, que es el Verdadero Maná, la Eucaristía: es un Pan bajado del cielo, sobre el altar eucarístico, en cada Santa Misa, y nos alimenta el alma, para que seamos capaces de atravesar el desierto de la vida y llegar a la otra vida, a la Jerusalén celestial. La Eucaristía es el Verdadero y único Maná bajado del cielo, y el que se alimenta de la Eucaristía durante su vida, puede llegar al cielo en la otra vida; el que no se alimenta de la Eucaristía, es como el que pretende atravesar un desierto sin comer y sin beber nada, termina muriendo de hambre y de sed. El agua para nosotros es la gracia santificante y la nube es la devoción y el amor a la Virgen María, que nos guía de la mano hasta llegar al cielo. Por último, también en este desierto de la vida, hay serpientes venenosas, pero no las de la tierra, sino los ángeles caídos, los demonios, que muerden e inyectan veneno, pero no muerden el cuerpo, sino el alma, el corazón, e inyectan el veneno del pecado, de la rebelión contra Dios, el veneno de la pereza, de la gula, de la avaricia, de la lujuria, pero así como los israelitas se curaban mirando a la serpiente de bronce, así nosotros nos curamos de dos maneras de este veneno espiritual que nos inyectan los demonios: por la confesión sacramental y por la contemplación de Jesús crucificado. Quien se confiesa con frecuencia y quien reza de rodillas ante Jesús crucificado, tiene siempre el alma sana y limpia, libre de la contaminación venenosa de esas serpientes del infierno que son los demonios.
         Hoy van a recibir por primera vez al Verdadero y Único Maná del cielo, la Eucaristía. Para muchos, será la última vez, porque muchos niños y jóvenes no se dan cuenta que sin la Eucaristía, el alma se muere de hambre, de hambre de Dios, de paz, de alegría. Creen que porque se hacen grandes y se alimentan con alimentos de la tierra, que alimentan sólo el cuerpo, ya no tienen necesidad de alimentarse de la Eucaristía, y por eso abandonan la Iglesia y no vuelven más. Están en un grave error y muy equivocados, quienes piensan que así van a sobrevivir en esta travesía por este desierto que es la vida, hasta llegar a la Jerusalén celestial, porque el que no se alimenta de la Eucaristía, no llega nunca a la Jerusalén celestial. Nadie los va a controlar si ustedes asisten o no a misa, para recibir el Pan bajado del cielo, la Eucaristía, pero sepan que si ustedes faltan a Misa por pereza o por cualquier motivo que no sea grave y no se alimentan de este Pan bajado del cielo, nunca van a entrar en el Reino de los cielos, aun cuando se cansen de comer comidas en la tierra.

         Solo si se alimentan de la Eucaristía, que hoy reciben por primera vez, van a llegar el Reino de los cielos. Si no lo hacen, si a partir de hoy ustedes desaparecen y se despreocupan de la Eucaristía, sepan que nunca van a entrar en el Reino de los cielos. Solo quien se alimenta de la Eucaristía, en estado de gracia, es decir, después de confesarse, todos los días de su vida, hasta el último día, solo ese, entrará en el Reino de los cielos.

martes, 3 de octubre de 2017

La Sagrada Familia, modelo de toda familia católica


         Aunque en nuestros días, en pleno siglo XXI, se pretendan implementar “nuevos modelos de familias”, muchos de ellos amparados en leyes contrarias a la ley natural y a la ley de Dios y favorecida esta implementación por el desarrollo científico y tecnológico –como por ejemplo, la Fecundación in Vitro, las técnicas de procreación asistida, etc.-, a los ojos de Dios, y según su divino pensamiento basado en el amor al hombre, que solo desea el mayor bien para su creatura amada, solo hay un modelo de familia, y es el de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Es por esta razón que la Iglesia siempre ha considerado a esta Sagrada Familia como el modelo único de la familia humana; la sigue considerando así, y la seguirá considerando hasta el fin de los tiempos. Es la familia formada por el papá-varón, la mamá-mujer, y los hijos, sean naturales o adoptados.
         Más allá de cómo estén conformadas las familias en la actualidad, y aunque muchas de ellas, debido al permisivismo moral que se refleja en las leyes y permite su constitución, no se conforman al plan original de Dios, toda familia debe contemplar a la Sagrada Familia y, según sus posibilidades, buscar de imitarla, al menos sino se puede en su ser, sí en su obrar.
         La razón es que la Sagrada Familia expresa el ideal de familia para el género humano, porque así la pensó Dios para el hombre, tal como lo dijimos, además de ser el modelo inigualable de santidad al que toda familia humana debe tender.
         En esta familia sagrada, todos sus miembros se santifican por su relación con Jesús y todo gira alrededor del Hijo de esta familia, Jesús. Cada integrante de esta Sagrada Familia, es modelo de santidad y de todo tipo de virtudes para los integrantes de la familia humana: San José es modelo para todo padre y esposo; la Virgen, para toda esposa y madre; Jesús, para todo hijo y hermano.
         Así, por ejemplo, San José es modelo para todo esposo y padre: para todo esposo, porque si bien San José no era esposo en el sentido terreno y carnal del término, porque jamás tuvo relaciones esponsales, sino que eran como hermanos con la Virgen, es modelo de esposo por su dedicación a la Virgen y a Jesús, porque toda su vida giraba en torno al trabajo, para mantener a la Sagrada Familia. Es modelo por su amor casto y por su amor puro a su esposa, porque es impensable que San José pudiera siquiera ver con ojos concupiscibles a cualquier mujer, ya que la Virgen era, ante todo, la Madre de su Hijo Jesús y no había nadie más en el mundo para San José, que María y Jesús. San José no solo trabajó sin descanso, hasta el último día de su vida para mantener a su familia –de acuerdo a la Tradición, murió en ocasión de un trabajo que debía cumplir en un pueblo vecino, enfermando de neumonía en el trayecto a causa de una gran tormenta de nieve-, sino que cuidó de ella en todo momento. Según las Escrituras, guiado por los santos ángeles, que le avisaron en sueños, llevó a la Sagrada Familia a un lugar seguro, cuando por ellos se enteró que su Hijo estaba en peligro de muerte, y luego los condujo nuevamente a Nazareth cuando ese peligro hubo pasado. San José es también modelo de padre, porque si bien no era el padre biológico de Jesús, sino su padre adoptivo, cuidó de Jesús y lo amó como si fuera su hijo, siendo que Jesús era al mismo tiempo, su Creador y Redentor y esto no dejaba de asombrar y maravillar a San José. Educó a su Hijo y le enseñó el noble oficio de carpintero, dejando su vida en el cuidado tanto de Jesús como de María. San José es también para los padres y esposos, modelo de amor a María y modelo de adorador eucarístico, porque se santificó en la fidelidad esponsal y en el amor fraterno a María y en la contemplación de su Hijo Jesús, que era Dios Hijo encarnado –el mismo Jesús que está en la Eucaristía-, y por eso es modelo para todo padre terreno que, como San José, debe amar a María con amor filial y contemplar a Jesús en la Eucaristía.
         La Virgen es modelo para toda esposa y madre: para toda esposa, porque si bien, como dijimos, fue esposa de San José sólo legalmente, porque nunca hubo relación de esposos terrenos, amó a San José con amor entrañable, por haber sido el Varón Virgen a quien Dios puso para la guarda y custodia de su matrimonio y de su Hijo. La Virgen es modelo para toda madre, porque dedicó cada instante de su vida a su Hijo Jesús, desde su Encarnación en su seno virginal, hasta su muerte en cruz, pasando por su niñez, su juventud, su edad adulta y, por supuesto, la Pasión, porque la Virgen participó de manera mística y espiritual de la Pasión de Jesús, al punto de sufrir en su Corazón Inmaculado y en su espíritu los dolores de la Pasión de su Hijo. Es también modelo de adoradora eucarística, porque en su Hijo Jesús no solo veía a su Hijo, sino también a su Dios, y extasiada en el amor de Dios, lo contemplaba y adoraba a cada instante, siendo así ejemplo para toda madre que, cuidando de su familia, de su esposo y de sus hijos, debe dedicar también un tiempo para la adoración eucarística.
         Con respecto a los hijos, Jesús es modelo para todo niño, para todo joven, para todo hijo, porque cumplió a la perfección todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero sobre todo, el primero, que manda amar a Dios por sobre todas las cosas –y Él, siendo Dios Hijo encarnado, amaba a su Padre Dios desde la eternidad, por sobre todas las cosas-, y el cuarto mandamiento, que manda honrar padre y madre, porque Jesús honró a sus padres terrenos, la Virgen y San José, con su amor, con su obediencia filial, con su dedicación a ellos y con su vida toda, pues por ellos dio su vida en la cruz.
          Por último, la Sagrada Familia es modelo de oración, de piedad, de oración y de contemplación, para toda familia, porque el centro de esta familia era Jesús, Dios Hijo encarnado, Fuente Increada de santidad y por Quien toda la familia es llamada "sagrada": la santidad de la Virgen y de San José brotaba del Corazón del Niño Dios, y es por eso que, así como sucedía en la Sagrada Familia, que el centro de la vida y el amor era Jesús, así también, en las familias católicas, el centro de la vida, del amor, de la paz y de la alegría de Dios, debe ser Jesús, el mismo Jesús por Quien María y José se santificaron, que es el mismo Jesús que está vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Así como la vida de la Sagrada Familia giraba en torno a Jesús, así la vida de toda familia católica debe girar en torno a Jesús Eucaristía.
         Por estos motivos, la Sagrada Familia es el modelo para toda familia humana, y lo seguirá siendo hasta el fin del mundo.

         

domingo, 24 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Vayan ustedes también a trabajar a mi viña


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2017)

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16). Jesús usa una parábola en la que el dueño de una viña contrata obreros a distintas horas del día: a la madrugada, al mediodía y a la tarde, y a todos les da el mismo salario. Los obreros que trabajaron todo el día, se quejan ante Jesús, porque los que empezaron a trabajar a última hora, reciben la misma paga que ellos, que han estado trabajando todo el día. Unos trabajadores le reclaman, pero el dueño de la viña les dice que eso es lo que pactaron, y que él puede hacer lo que quiera con su dinero, y que no tome a mal que él sea bueno.
Para entender, tenemos que ver qué significa cada elemento de la parábola:
El dueño de la viña es Dios;
La viña es la Iglesia;
El salario es el Reino de los cielos;
Los trabajadores de la viña somos los bautizados;
Los que empiezan a trabajar desde temprano, son los que están en la Iglesia desde hace mucho tiempo;
Los que empiezan a trabajar más tarde, son los que estaban en otra religión y se hacen católicos, o los que eran católicos pero vivieron toda su vida alejados de Dios y, al último momento, se convierten y se salvan;
Los obreros enojados son los católicos que, duros de corazón, se enojan porque consideran que algunos son demasiado pecadores como para estar en la Iglesia y que Dios no puede perdonarlos.
Estos últimos se creen los primeros, pero a los ojos de Dios, son últimos, porque piensan mal de sus prójimos y se enojan porque Dios es bueno con ellos.
Nosotros tenemos que tener cuidado de pensar mal de nuestros prójimos y si sucede que vemos que alguien, que se portaba muy mal, ahora cambió, porque recibió la gracia de la conversión, del amor  a Dios, no solo no debemos enojarnos, sino que debemos alegrarnos porque nuestro prójimo ha abandonado el camino del pecado, para recorrer ese Camino al cielo que es el Padre.
No juzguemos a los demás, no sea que, creyéndonos ser los primeros, seamos realmente los útimos.



sábado, 16 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Perdona siempre


(Domingo XXIV - TO - Ciclo A – 2017)

         “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a quien lo haya ofendido. Le pregunta si es suficiente con perdonar “hasta siete veces”, porque pensaba que eso era suficiente. Entonces, si tenía que perdonar hasta siete veces, quería decir que a la vez número ocho, ya podía actuar contra su prójimo, aplicando la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”.
         Pero Jesús lo sorprende al responderle que no basta con perdonar siete veces, sino “hasta setenta veces siete”, lo cual no quiere decir “seiscientas cuarenta veces”, sino “siempre”.
         ¿Por qué tenemos que perdonar siempre?
         Para encontrar la respuesta, tenemos que mirar a Jesús crucificado. En la Cruz, Jesús se interpone entre la Ira de Dios, desencadenada por nuestros pecados, y nosotros. Es decir, Él recibió el castigo que todos y cada uno debíamos recibir, en justicia, y así lo dice el profeta Isaías: “Fue herido por nuestros pecados”. Cuando contemplemos a Jesús crucificado, con su corona de espinas, con sus manos y pies clavados a la cruz por gruesos clavos de hierro, con sus heridas sangrantes, con todo el dolor que estar en la cruz supone, pensemos que así debíamos estar nosotros, delante de Dios, para siempre, y que Él se ofreció a sufrir la cruz, para que nosotros no fuéramos castigados. Pero no solo nos perdonó nuestros pecados, sino que nos dio el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que se derramó sobre nuestras almas con la Sangre que brotó de su Corazón traspasado.
         Entonces, así como Jesús nos perdonó a cada uno de nosotros, hasta la muerte de cruz, y además de perdonarnos nos dio el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo, así tenemos que hacer nosotros, “siempre”.

         Cuando alguien nos hace un daño, por grave que sea, jamás tenemos que pensar en venganza, porque eso desagrada mucho a Dios; tenemos que acordarnos de lo que la Virgen nos dice: “Hagan lo que Él les diga”. ¿Y qué nos dice Jesús que tenemos que hacer cuando alguien nos ofende? “Perdona setenta veces siete”, es decir, “siempre”, porque Yo te perdoné para siempre desde la cruz. Si yo te perdoné para siempre, tú perdona siempre a tu prójimo”. Así, vamos a estar haciendo lo que Él nos dice: “perdona setenta veces siete”, “ama a tus enemigos”. Y así, imitaremos a Cristo, que es perfecto, y seremos “perfectos, como nuestro Padre del cielo”.

sábado, 9 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Cómo corregir al hermano y a nosotros mismos


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A – 2017)

“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado” (Mt 18, 15-20).  Jesús nos enseña algo que se llama “corrección fraterna” y es muy parecido a cuando nuestros papás, después que hicimos algo que no estaba bien, nos llaman aparte para hablar con nosotros y hacernos ver qué es lo que hicimos mal. Es muy parecido a esto, solo que, en vez de padres e hijos, se da entre hermanos, amigos, o incluso entre desconocidos.
¿En qué consiste la corrección fraterna? Como dijimos, es muy parecido a como cuando, luego de haber hecho algo malo, un lío o algo por el estilo, papá o mamá nos dicen: “Juancito/Pepita, vení un momentito, por favor, que quiero decirte una cosa”. Cuando nos llaman, nos dicen, por ejemplo: “Juancito/Pepita, sé que has estado perdiendo el tiempo viendo mucha televisión y mucho internet, en vez de estudiar”. Y nosotros decimos que no, que es la maestra que no nos quiere, pero en realidad, sabemos que es así, que fuimos perezosos y por eso no estudiamos y trajimos malas notas. Entonces, reconocemos nuestro error, agachamos la cabeza ante mamá o papá, les decimos: “Tenés razón mamá, tenés razón, papá, estuve viendo mucha televisión y mucho internet, me dejé llevar por la pereza y por eso no estudié, y en realidad la maestra es muy buena y solo me quiere ayudar. De ahora en adelante, prometo que voy a estudiar y a hacer los deberes y solo con el permiso de ustedes, voy a ver algo de televisión o de internet”. Por lo general, el asunto finaliza ahí, pero si no, los papás aplican el “Plan B”, que es la chancleta voladora, muy eficaz.
Bueno, esto que suele pasar con mucha frecuencia, es lo que se llama “corrección fraterna”, solo que, como dijimos, no se da entre padres e hijos, sino entre prójimos iguales. El que hace la corrección fraterna, es decir, el que señala a su prójimo el error que ha cometido, tiene que hacerlo por amor a Dios y al prójimo, no por simple deseo de hacer resaltar lo que el otro hace mal. Esto lo tenemos que tener muy en cuenta, porque por lo general, somos especialistas en ver los defectos ajenos, hasta los más pequeños, pero no somos capaces de ver nuestros propios defectos, que son mucho más grandes que los de nuestros prójimos.
Y el que recibe la corrección fraterna –que podemos ser nosotros mismos-, a su vez, la debe recibir con humildad, es decir, debe reconocer su error y proponer la enmienda, la corrección del error. Si alguien reacciona con enojo frente a una corrección, ese alguien demuestra que es soberbio –recordemos que el primer soberbio es el Demonio- y que no es humilde, y nosotros tenemos el deber de ser humildes, o al menos intentarlo, así como son humildes Jesús y María. El que es humilde, no solo reconoce de buena gana su error, sino que agradece que lo hayan corregido, diciendo así: “Está bien, ahora que me lo decís, me doy cuenta que estaba en un error. De ahora en adelante, voy a tratar de corregirlo y de no cometer más este error”.
En teoría, la corrección fraterna debe funcionar así: el que la hace, debe hacerlo con amabilidad, caridad, comprensión; el que la recibe, debe aceptarla con humildad y agradecimiento.
¿Cómo hacer la corrección fraterna de la mejor manera posible? Pensando cómo actuaría Jesús, con este prójimo mío y en esta circunstancia. ¿Cómo lo trataría Jesús? ¿Cómo le diría que está equivocado y que debe corregirse? Con toda seguridad, no lo haría enfadado, ni de malas maneras, sino con todo el amor y la dulzura de su Sagrado Corazón.
Por último, un ejemplo de cómo puede ser la corrección fraterna: veo que un amigo usa “la cinta roja para la envidia”, y como eso es un pecado de superstición, tengo el deber de decirle que no debe usarla, porque ofende a Jesús, ya que lo único que nos protege del mal es la Sangre Preciosísima de Jesús y no un pedacito de tela roja. Otro ejemplo: alguien viene a Misa, pero en su casa tiene una imagen del Gauchito Gil, de la Difunta Correa, o de la Santa Muerte, que son todos ídolos y servidores del Diablo. Tengo el deber de decirle que está cometiendo un pecado de idolatría, y que debe echar agua bendita a esas imágenes y romperlas, confesarse y hacer el propósito de no volver a rezarle nunca más a esos ídolos. Otro ejemplo: alguien viene a Misa, reza, pero hace yoga, o reiki, o acude a brujos: es lo mismo, porque eso es pecado de idolatría y de superstición, por lo que debo hacer la corrección fraterna.
La corrección fraterna es algo muy parecido a como cuando alguien va al médico y el médico le dice: “Usted debe bajar de peso, debe hacer dieta, debe hacer ejercicio, y no pasarse tanto tiempo sentado frente a la televisión, si quiere vivir muchos años”. Sería un muy mal paciente quien se enojara con el médico, porque el médico le está aconsejando para su bien. Exactamente lo mismo, pero en el plano espiritual, es la corrección fraterna.
“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado (…)”. Con la corrección fraterna cumplimos el Primer Mandamiento, que dice: “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”, porque “amar es desear el bien del que se ama”, y el bien más grande para una persona, es salir del error y adherirse a la Verdad. A su vez, si somos nosotros los que recibimos la corrección fraterna, al aceptarla de buena gana y al agradecerla, nos da la oportunidad de practicar la mansedumbre de corazón de los Sagrados Corazones de Jesús y María.




sábado, 2 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Vigilemos nuestros pensamientos, para que sean siempre santos, como los de Jesús


Domingo XXII - TO - Ciclo A – 2017)

“Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres” (Mt 16, 23). En este Evangelio el protagonista es Pedro, el Primer Papa.
         Cuando Jesús pregunta quién dicen ellos que es Él, Pedro, iluminado por Dios Padre, responde que es el Hijo de Dios. Entonces Jesús lo felicita.
         Pero cuando Jesús les dice que Él, que es el Hijo de Dios, tiene que morir en cruz para luego resucitar y así salvar a los hombres, Pedro se opone a que Jesús muera en cruz. Entonces Jesús le da un reto bien fuerte: “Vade retro, Satán! Tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres”.
         ¿Qué le pasó a Pedro?
         Lo que le pasó es que primero, cuando aceptó a Jesús como Dios, sus pensamientos habían sido puestos en él por Dios Padre.
         Pero después, cuando rechaza la cruz, sus pensamientos fueron puestos por el Diablo, y es por eso que Jesús no le dice: “Vade retro, Pedro!”, sino “Vade retro, Satanás!”, porque es Satanás, el Diablo, el que no quiere la cruz, porque en la cruz el Diablo fue vencido y nosotros fuimos salvados.
         Así nos puede pasar a nosotros, que en un momento pensamos bien, y cuando el principio, el medio y el fin del pensamiento son buenos, entonces esos pensamientos vienen Dios, como nos enseña San Ignacio de Loyola.
         Pero cuando en nuestros pensamientos hay algo malo, sea en el principio, en el medio o en el fin, entonces en nuestros pensamientos hay algo malo, que nos pertenece, y algo malo, que es del Diablo.
         Cuando pensemos: “No necesito venir a Misa, no necesito confesarme, no necesito comulgar, no necesito rezar, no necesito cumplir los Mandamientos de Dios”, entonces tengamos cuidado, porque esos pensamientos, o vienen de nuestra mente mala, o vienen del Diablo, pero nunca de Dios.

         Y acordémonos del reto que Jesús le dio a Pedro, el Primer Papa.
          Vigilemos nuestros pensamientos, para sean siempre santos, como los de Jesús.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Dolorosos


         Primer Misterio de dolor: La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos (Lc 22, 39-44). En el Huerto de los Olivos, Jesús ve cómo nuestros pecados serán los que le harán sufrir la Pasión y ve también cómo su sacrificio será en vano para muchos, porque no lo aceptarán como a su Salvador. Sin embargo, pide que se haga la voluntad del Padre y no la suya: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. ¡Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos amar siempre y en todo momento la divina voluntad y que, detestando el pecado, vivamos siempre en gracia de Dios!

Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Segundo Misterio de dolor: La flagelación del Señor (Mt 27, 22; Mc 15, 15). Jesús es condenado a muerte, siendo inocente, y siendo también inocente, es condenado a recibir golpes de látigo que lastiman su piel y su cuerpo y hacen salir ríos de Sangre Preciosísima. Con esa Sangre lava mis pecados, sobre todo los pecados de impureza. ¡Oh Madre de Dios y Madre mía, haz que yo sea puro de cuerpo y alma, para que en mí habite Jesús!

Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Tercer Misterio de dolor: La coronación de espinas (Mc 15, 16-18). Para burlarse de Jesús, los soldados le colocan una tela color púrpura y trenzan una corona de duras, gruesas y filosas espinas, diciéndole burlonamente: “¡Salve, Rey de los judíos!”. Jesús se deja coronar de espinas para expiar mis pecados de pensamientos y se deja humillar, para expiar mi soberbia y vanidad. ¡Madre de Dios y Madre de mía, que yo siempre tenga los pensamientos santos y puros de Jesús y que mi corazón no se deje llevar por la soberbia y la vanidad, y que sea manso y humilde como el Sagrado Corazón!

Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Cuarto Misterio de dolor: Jesús con la cruz a cuestas (Jn 19, 16-18). Jesús abraza la Cruz, que es muy pesada y le provoca mucho dolor en sus hombros fatigados, porque el peso de la Cruz hace que en su hombro se abra una gran herida, de la cual brota mucha sangre. Lo que hace pesada a la Cruz, no es el madero, sino mis pecados. ¡Nuestra Señora de los Dolores, haz que yo prefiera morir antes que pecar, para no provocarle tantos dolores a Jesús!

Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Quinto Misterio de dolor: Jesús muere en la cruz (Jn 19, 26-27; Lc 23, 44-46). Al pie de la Cruz, mientras Jesús agoniza a causa de mis pecados, la Virgen Santísima lo acompaña y así Jesús ve suavizados sus dolores, al saber que su Madre está con Él. ¡Virgen Santísima, acompáñame tú por el Camino del Calvario, y dame de tus lágrimas, para poder llorar mis pecados!


Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

sábado, 26 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús es el Dios de la Eucaristía


(Domingo XXI – TO – Ciclo A – 2017)

         Jesús les pregunta a sus amigos qué es lo que la gente piensa que es Él, y sus amigos le dicen que la gente piensa que Él es Juan el Bautista, o Elías, o algún profeta. Después Jesús les pregunta a ellos qué es lo que ellos piensan que es Él, y el primero en responder y el único en responder de forma correcta es Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios”. Y Jesús lo felicita porque le dice que ha sido Dios Padre quien le ha inspirado la respuesta.
         Esto quiere decir que Jesús no es un hombre cualquiera, sino Dios Hijo encarnado, es decir, Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, que está unida a un cuerpo y a un alma humanos. Jesús es Dios, no es un hombre cualquiera.
         Por eso, el Jesús de la Iglesia Católica, es el Único Jesús verdadero, mientras que el Jesús de las sectas o de las iglesias evangélicas, son falsos, porque para ellos Jesús no es Dios, sino solo un hombre bueno, un profeta, pero solo un ser humano, y nunca Dios Hijo en Persona. Menos todavía es verdadero el Jesús de los judíos, para quienes es solo un hombre, o el Jesús de los musulmanes, para quienes también Jesús es solo un hombre.
         Sólo la Iglesia Católica cree en el verdadero Jesús, que es Dios Hijo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Y esto es muy importante, porque si Jesús es Dios, entonces la Eucaristía es Dios, porque la Eucaristía es Jesús, el Hijo de Dios, que está escondido, invisible, en la Eucaristía.
         Es por eso que solo los católicos adoramos la Eucaristía, porque sólo los católicos tenemos Eucaristía; los demás, solo tienen un pan bendecido. Y cuando comulgamos, nos unimos a Jesús y Él nos da su Espíritu Santo, que santifica y hace igual a Dios nuestras almas, además de purificar nuestros cuerpos.
         Por eso, cometen un gravísimo error los católicos que se van a las sectas o a otras religiones, porque dejan al Dios verdadero, que está en la Eucaristía, por un Jesús falso.

         Desde la Eucaristía, Jesús también nos pregunta a nosotros: “¿Y tú, hijo mío, quién dices que soy en la Eucaristía?”. Y nosotros, iluminados por el Espíritu Santo y con la luz de la Fe de la Iglesia, le decimos: “Jesús, Tú eres el Dios de la Eucaristía, y por eso nosotros te adoramos en la Eucaristía y te recibimos con amor en la comunión eucarística”.

domingo, 20 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: La fe de la mujer cananea


(Domingo XX - TO - Ciclo A – 2017)

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz” (Mt 15, 21-28). Una mujer que procedía de Caná –por eso “cananea”- se postra ante Jesús y le suplica que la libere de un demonio, que la atormenta. Jesús le concede el milagro, pero antes pone a prueba su fe, porque le dice que los que tienen que recibir milagros primero son los hebreos, que son como los hijos que se sientan a la mesa del padre, mientras que los paganos, como ella, son como los cachorritos que comen solo las migajas –lo que sobra- de la mesa de sus amos.
         La mujer le dice que sí es verdad, por lo que entonces ella quiere recibir esos milagros pequeños, que son como migajas. Entonces Jesús se admira de su fe, le dice: “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz”, por lo que su hija queda curada.
         La mujer cananea es ejemplo para nosotros de muchas cosas: fe, humildad, sabiduría para distinguir lo que es de Dios y lo que viene del Diablo, y caridad, que es el amor sobrenatural a Dios y al prójimo.
         Es ejemplo de fe, porque cree en Jesús como Dios, porque sabe que Jesús es Dios y que por eso tiene poder para expulsar los demonios. El único Jesús verdadero es el de la Iglesia Católica, que está en la Cruz y en la Eucaristía; todos los otros Jesús, son falsos.
         Es ejemplo de humildad, porque no se ofende porque Jesús le diga que ella es como esos cachorritos y los hebreos son como los hijos; al contrario, usa esa figura para decirle a Jesús que si ella es como un cachorrito que come migajas, que le dé entonces una migaja de sus milagros, que es expulsar al demonio que atormenta a su Hijo.
         Es ejemplo de amor y de adoración a Jesús, porque se postra ante Él, y así también debemos hacer nosotros, postrarnos ante Jesús en la Cruz y en la Eucaristía, porque Él es Dios y sólo a Dios se debe adorar con la postración.

         Le pidamos a la mujer cananea que interceda ante nosotros, para que seamos capaces de imitarla, aunque sea mínimamente, en su fe, en su humildad, en su sabiduría y en su amor y adoración a Jesús, que para nosotros está en la Eucaristía.

domingo, 13 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús en la Eucaristía no es un fantasma, es Dios Hijo hecho hombre, sin dejar de ser Dios


(Domingo XIX – TO – Ciclo A – 2017)

         En este episodio del Evangelio, los amigos de Jesús, junto con Pedro, están en la barca, mientras Jesús estaba en la orilla, porque se había quedado rezando. En un momento, comienza un tormenta, con viento y olas cada vez más altas; tanto, que la barca parecía que se iba a hundir. Jesús acude a ayudar a sus amigos y lo hace caminando sobre las aguas y esto lo puede hacer, porque Él es Dios. Los amigos de Jesús, en vez de alegrarse porque Jesús viene hacia ellos, lo confunden con un fantasma y gritan, llenos de terror: “¡Es un fantasma!”. Cuando Jesús se acerca, les tranquiliza y les dice que no tengan miedo, porque es Él, a quien ellos conocen. Pedro, para estar seguro que era Jesús, le pide que lo haga ir hacia Él y Jesús entonces lo llama y le dice: “Ven”.
         En un primer momento, Pedro también comienza a caminar sobre las aguas, porque tiene su mirada puesta en Jesús, pero cuando se distrae y deja de mirarlo, comienza a tener temor por las olas y el viento y comienza a hundirse y le dice a Jesús: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano, lo pone a seguro y le reprocha su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.
         Entonces, lo que vemos aquí, es que tanto Pedro, como los discípulos de Jesús, fallan en la Fe en Jesús como Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios: los discípulos lo confunden con un fantasma y Pedro comienza a hundirse cuando deja de contemplar a Jesús, para mirar las olas, altas por el viento.
         Esto también nos  puede suceder a nosotros: que pensemos que Jesús es un fantasma, porque no venimos a visitarlo en el sagrario, no hacemos adoración eucarística, no nos postramos en adoración ante Él. Y también nos puede suceder lo que a Pedro, que ante los problemas que pueden presentarse en la vida, dejamos de contemplar a Jesús y así comenzamos a hundirnos. De hecho, muchos tratan a Jesús como un fantasma, como un ser irreal, porque nunca van a visitarlo en la Eucaristía, para adorarlo, darle gracias y decirle que lo aman.

         No tratemos a Jesús Eucaristía como un fantasma, es decir, como alguien que no existe y demostremos que creemos que Él es Dios que nos ama, visitándolo en el sagrario, haciendo adoración eucarística, acudiendo a Él en las situaciones difíciles y también en las más tranquilas, confesándonos con frecuencia, para recibir a Jesús con un corazón limpio de pecado y brillante por la gracia santificante. Demostremos que nuestro corazón está desapegado del mundo y que está apegado a la Eucaristía; no tratemos a Jesús Eucaristía como a un fantasma, como a un ser irreal, sino como lo que Es: Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, que está en la Eucaristía para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, por medio de la comunión sacramental.

domingo, 6 de agosto de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús se transfigura en el Monte Tabor


(Ciclo  A – 2017)

         En un lugar que se llama “Monte Tabor”, Jesús se transfigura delante de sus discípulos. “Transfigurarse” quiere decir que su Rostro brillaba como miles de soles juntos y que su vestimenta estaba cubierta de luz, pero no de una luz que venía de afuera, sino una luz que venía de adentro de Jesús. Y esto sucede porque Jesús es Dios y Dios es luz, pero no una luz como nosotros la conocemos aquí en la tierra, sino que es una luz desconocida, de origen celestial, que da la Vida y el Amor de Dio al que ilumina.
         ¿Por qué se transfigura Jesús? Porque Él quiere que lo vean revestido de luz, para que se den cuenta de que Él es Dios, porque en poco tiempo tendrá que sufrir la Pasión, y ahí aparecerá en el Monte Calvario todo cubierto de sangre, de heridas abiertas, de golpes, de hematomas; en la Pasión aparecerá no cubierto de gloria, sino de humillación; no cubierto de la gloria de Dios, sino de la Sangre que los hombres le harán salir a causa de las flagelaciones y los golpes. Se transfigura para que cuando lo vean así en la Pasión –coronado de espinas, sangrando, humillado-, se acuerden de que Él es Dios y así tomen valor en esas duras y amargas horas.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que así como es el Cuerpo de Jesús en el Monte Tabor: en el cielo, todos estaremos resplandecientes de luz, con la luz de Dios; no habrá enfermedades, ni dolor, ni llanto, ni tampoco nadie envejecerá, sino que todos seremos eternamente jóvenes.

         Pero es también para que sepamos que, así como Jesús, antes de subir resucitado y glorioso, tuvo que pasar por la Cruz, así también nosotros, si queremos llegar al Cielo en la otra vida, en esta vida tenemos que abrazarnos a la Cruz y seguir por detrás de Jesús.

martes, 1 de agosto de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios Gozosos


         Primer Misterio de Gozo: la Anunciación del Ángel y la Encarnación del Hijo de Dios (Lc 1, 30-32, 38). El Arcángel Gabriel, enviado por Dios, le anuncia a María Santísima que ha sido elegida por Dios para ser la Madre de Dios Hijo encarnado. Cada vez que rezamos el Rosario, le recordamos a la Virgen el anuncio más hermoso que recibió en su vida: que conservando intacta su pureza, habría de ser la Madre de Dios, porque iba a engendrar a Dios Hijo por el poder del Espíritu Santo.

Segundo Misterio de Gozo: la Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel (Lc 1, 39-43). Estando encinta de Jesús, la Virgen emprende un largo viaje para ayudar a su prima Santa Isabel, quien también ha concebido por gracia de Dios, en su vejez. Con la Visita de María, Isabel se llena del Espíritu Santo y llama a la Virgen “Madre de Dios”, mientras que Juan Bautista, “salta de alegría” en el seno de Isabel, al escuchar el saludo de la Virgen. Y esto sucede porque cuando llega María, con María llega Jesús y Jesús sopla el Espíritu Santo sobre las almas. ¡Oh Virgen santa y Pura, visítanos, para que Contigo venga Jesús y Él nos dé el Espíritu Santo, y así nuestros corazones se verán llenos del Amor de Dios!

Tercer Misterio de Gozo: El Nacimiento de Jesús (Lc 2, 6-11). El Niño Jesús nace milagrosamente en Belén, Casa de Pan, de la misma manera a como un rayo de sol atraviesa un cristal, dejándolo intacto antes, durante y después de haber pasado por él. La Virgen es el Diamante celestial, la Roca de cristal, de la cual surge Cristo, Luz del mundo. ¡Madre de Dios y Madre mía, haz que Jesús nazca en mi corazón, pobre y oscuro como el Portal de Belén, para que viva yo iluminado por la luz de su gracia!

Cuarto Misterio de Gozo: La Presentación de Nuestro Señor en el Templo y la Purificación de María Santísima (Lc 2, 22-25, 34-35). Cumpliendo el precepto de la Ley, que mandaba ofrecer a Dios a todo primogénito, la Virgen lleva al Niño Dios al Templo, para ofrecerlo al Señor. ¡Oh María, haz que yo sea siempre como un niño pequeño, para que me lleves entre tus brazos, me estreches contra tu Inmaculado Corazón y unido a Jesús, me ofrezcas al Padre como sacrificio de alabanza!


Quinto Misterio de Gozo: El Niño Perdido y Hallado en el Templo (Lc 2, 41-47). Luego de subir a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, María y José regresan, por separado, a su hogar, pensando cada uno que el Niño está con el otro. Al darse cuenta de que el Niño no viene con ellos, lo buscan por tres días, hasta encontrarlo en el Templo, donde siempre había estado. ¡María Santísima, llévame de tu mano hasta el sagrario, para encontrar allí a tu Hijo amado, Jesús Eucaristía!

sábado, 29 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El Reino de Dios es como un tesoro en un campo


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-52). Jesús compara el Reino de los cielos a un tesoro que está escondido en un campo; también, a una perla de gran valor, y a una red llena de peces valiosos, que después pueden ser vendidos en el mercado por mucho dinero.
         Es como si nosotros fuéramos por el campo y encontráramos un cofre lleno de monedas de oro, o una caja fuerte con mucho dinero; entonces, vamos y vendemos todo lo que tenemos y con la plata que nos dan, nos compramos el campo y así nos ganamos el tesoro.
         ¿Qué es lo que tenemos que vender? No se trata de cosas materiales; no es que tenemos que vender casas, autos, o la mochila que usamos para el colegio. Lo que tenemos que “vender”, es decir, aquello de lo que nos tenemos que desprender para poder entrar en el Reino de los cielos, son todas las cosas malas que tenemos, como por ejemplo, envidia, celos, peleas, mentiras, porque nadie puede entrar en el cielo con todas estas cosas. ¿Dónde vendemos estas cosas? En el confesionario. ¿Y con qué pagamos el campo? Con la gracia que recibimos en la confesión sacramental, y con algo que vale más que todo el mundo y que todos los cielos eternos, y es la Eucaristía.
         Entonces, el campo es la Iglesia, lo que vendemos somos nuestros pecados, y lo que compramos es la vida eterna en el cielo, con la gracia que recibimos en la Confesión y con la Eucaristía, que es el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Y cómo es el Reino de los cielos? Es algo tan, pero tan hermoso, que ni siquiera podemos imaginarnos cómo es, porque lo que hace hermoso a los cielos, es Dios Uno y Trino, que es infinitamente hermoso. Dicen los santos que cuando el alma ve a Dios, en la otra vida, se queda con la vista fija en Dios, porque es tan hermoso, que no quieren ni desean ninguna otra cosa.
Vendamos lo que tenemos en la Confesión, y compremos el Reino de los cielos con la gracia y la Eucaristía, para que luego de esta vida, gocemos de la visión y la unión con Dios en el Amor, para siempre.


domingo, 23 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El trigo y la cizaña


(Domingo XVI – TO – Ciclo A - 2017)

                  “Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña” (Mt 13, 24-43). En esta parábola, Jesús nos cuenta de un campesino que siembra una buena semilla de trigo. Pero tiene un enemigo que quiere perjudicarlo y par eso siembra la cizaña, que es una planta parecida al trigo pero que no sirve para nada, por lo que solo se la usa para hacer fuego. La idea del enemigo era arruinarle la cosecha al campesino. Los trabajadores del hombre se dan cuenta y le preguntan si cortan la cizaña, pero el hombre les dice que no, porque si no así también van a cortar el trigo. Les dice que los dejen crecer juntos y que cuando llegue el tiempo de la cosecha, entonces sí los cortarán y separarán el trigo de la cizaña: el trigo, para almacenarlo; la cizaña, para quemarla.
¿Qué significa esta parábola? Es lo que va  a pasar el Día del Juicio Final y Jesús mismo la explica: “el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores son los ángeles”.
         Con esta parábola, entonces, Jesús nos dice cómo va a ser el Día del Juicio Final: los buenos, irán al cielo, y los malos, al Infierno. ¿Quiénes son los buenos? Los que aman a Jesús y se acercan a Él, que está en la Cruz y en la Eucaristía; los que tratan de vivir cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios, a los que llevan siempre en la mente y en el corazón; los que evitan hacer el mal y, si lo hacen, se confiesan en seguida; los que consideran a la Eucaristía como un Pan exquisito y más rico que cualquier comida del mundo, porque es el Pan de Vida eterna; los que tratan de cumplir los Mandamientos de Jesús, que es llevar la cruz todos los días, negarse a sí mismos y ser mansos y humildes de corazón, como Él; los que aman a la Virgen y le rezan y se acuerdan de Ella en todo momento.
¿Y quiénes son los malos, los que se condenarán en el Infierno? Son los que no cumplen los Mandamientos de la Ley de Dios; son los que no perdonan ni piden perdón, cuando son ellos los que se equivocaron; son los que no quieren arrepentirse de sus pecados; son los que no se preocupan por ayudar a sus hermanos más necesitados; son los que rechazan la Cruz y la Eucaristía; son los que practican la magia; son los que no creen en el Infierno.

Nadie caerá en el Infierno sin saberlo ni desearlo; nadie irá al Cielo si no quiere ir. Cada uno irá al lugar que elija ir, según sean sus obras: si son buenas, al Cielo; si son malas, al Infierno. Busquemos siempre a Jesús, en la Cruz y en la Eucaristía; confesemos nuestros pecados en la Confesión Sacramental; seamos buenos con todos, especialmente con los más necesitados, y así estaremos seguros de ir al Cielo, junto con Jesús y María.

domingo, 16 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús es la semilla y nuestro corazón la tierra donde cae la semilla


(Domingo XV – TO – Ciclo A – 2017)

         En esta parábola, Jesús utiliza la imagen de un sembrador, que va por el campo esparciendo la semilla. Las semillas caen en distintos tipos de terrenos, por lo que no todas germinan; por ejemplo, algunas “caen al borde del camino” y no germinan porque los pájaros las comen; otras, dice Jesús, “caen en terreno pedregoso”, pero como no hay mucha tierra, apenas germinan, se secan; otras semillas caen entre “cardos espinosos”, y estos cardos ahogan a las pocas que pueden germinar; por último, algunas semillas caen en tierra negra, húmeda, fértil, se hunden en la tierra, y como tienen humedad y nutrientes, terminan por germinar, crecen, se transforman en un árbol que da frutos exquisitos, aunque hay algunos árboles que están cargados de frutos, mientras que otros tienen menos.
         ¿Qué quiere decir esta parábola de Jesús?
         El sembrador que esparce la semilla es Dios Padre;
-la semilla es la Palabra de Dios, es decir, su Hijo Jesús, que viene a nosotros por la Escritura y por la Eucaristía;
-los distintos tipos de terrenos, son nuestros corazones.
¿Por qué en algunos corazones germina la Palabra de Dios y en otros no?
Jesús nos lo dice:
La semilla al borde del camino es el corazón de “alguien que oye la Palabra del Reino y no la comprende”, pero esta persona, en vez de preguntar a alguien que sepa, qué significa lo que no entiende, se queda de brazos cruzados, y entonces, dice Jesús, “viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón”, es decir, le quita las ganas de leer la Escritura o de comulgar, porque no entiende que la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino el Cuerpo de Jesús.
La semilla “en terreno pedregoso” es el corazón del que escucha la Palabra, comulga, está contento porque todo va bien, pero cuando Dios le pone una prueba o permite que lo persigan a causa de la Palabra, en seguida abandona y deja de leer y comulgar. Sería el caso, por ejemplo, de alguien que, cuando se están burlando de Jesús o de la Virgen, por miedo a que le digan algo, se queda callado, en vez de defenderlos.
La semilla que cae entre cardos espinosos es el corazón de aquel que escucha la Palabra, que lee la Escritura y comulga, pero le da mucha importancia a los problemas del mundo, o bien se deja tentar por la avaricia.
Por último, la semilla que cae en tierra negra, húmeda, fértil, es el corazón del que está en gracia –es la gracia la que transforma nuestros corazones en terreno fértil-; en este corazón, la semilla se hunde y como encuentra nutrientes y suficiente humedad, crece, echa raíces, y se transforma en un árbol, que es un árbol muy especial, la Santa Cruz de Jesús, cuyo fruto es el Sagrado Corazón de Jesús –el único Árbol de la vida es la Cruz de Jesús y no el amuleto en forma de árbol-. En este corazón, en donde la semilla se transformó en la Cruz, está tan unido al Corazón de Jesús, que da los frutos de la Cruz, que son: caridad, paciencia, bondad, pureza de cuerpo y alma, sacrificio, humildad.
Entonces, la parábola del sembrador nos lleva a pensar en qué clase de terreno es nuestro corazón: si un terreno pedregoso, lleno de cardos espinosos, que son los malos pensamientos, las mentiras y las malas acciones, o si por la gracia, es un terreno fértil en donde se ha plantado el Árbol de la Cruz, cuyo fruto exquisito es el Amor del Corazón de Jesús. En pocas palabras, podemos hacer una sencilla prueba para saber qué clase de terreno es nuestro corazón: si damos a los demás, amigos y enemigos, el Amor del Corazón de Jesús, entonces nuestro corazón es un terreno fértil, en donde está plantado el Árbol de la vida, la Santa Cruz de Jesús.





         

sábado, 8 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: Vengan a Mí y Yo los aliviaré


(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2017)

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 25-30). En este Evangelio, Jesús nos propone que hagamos con Él un cambio: nos dice que, si tenemos una preocupación, que vayamos adonde está Él y que Él nos dará su yugo, que es suave. Es decir, lo que tenemos que hacer, es ir adonde está Jesús –Jesús está en el sagrario y en la cruz- y, arrodillados ante Él, dejar a sus pies nuestras preocupaciones, y recibir a cambio lo que Él nos dé, su yugo. ¿Y en qué consiste ese yugo que nos dará Jesús? Consiste en tratar de ser como Él, que es “paciente y humilde de corazón”. Y cuando hagamos esto, obtendremos alivio.
Entonces, en esto consiste el cambio que nos propone Jesús: que vayamos ante el sagrario o ante la cruz, nos arrodillemos delante suyo, le dejemos aquello que nos preocupa, y recibamos su yugo, que consiste en tratar de ser como es Jesús: mansos, pacientes y humildes de corazón. Y así, obtendremos alivio.
Cuando haya algo que nos preocupe, hagamos lo que Jesús nos dice: vayamos adonde está Él y le dejemos a sus pies las preocupaciones y tomemos el yugo que Él nos dará, que significa tratar de ser mansos, pacientes y humildes como Él.

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. Los cristianos somos los más afortunados del mundo porque no hay problema, por grande que sea, que no pueda ser llevado por Jesús, y lo único que tenemos que hacer, a cambio de que Jesús lleve nuestros problemas, es tratar de imitarlo en su paciencia y mansedumbre.