Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

domingo, 10 de diciembre de 2017

El Evangelio para Niños: “Preparen el camino del Señor”


(Domingo II - TA - Ciclo B - 2017 – 2018)

“Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mc1, 1-8). Juan el Bautista, que es primo de Jesús y sabe que Él es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, nos anuncia que Jesús ya viene a nosotros, a buscarnos, para morir en la cruz y salvarnos y para llevarnos al Cielo. Pero él dice que, para que seamos capaces de recibirlo, debemos “allanar los senderos”, es decir, enderezar los caminos llenos de curvas y aplanar los caminos que tienen subidas y bajadas. Los caminos llenos de curvas son los corazones que no son rectos, porque están llenos de mentiras y de engaños, y los caminos con subidas y bajadas son los corazones soberbios y perezosos. Para poder recibir a Jesús, dice Juan el Bautista, debemos “allanar los senderos”, es decir, hacer que nuestros corazones sean transparentes y abandonen para siempre la mentira y el engaño, además de tratar de imitar a Jesús en su humildad y en su mansedumbre, porque Jesús es Dios Tres veces Santo, y Él no puede habitar en un corazón oscuro, un corazón que dice mentiras, que es altanero y perezoso.
El tiempo de Adviento es el tiempo que nos da la Iglesia para que hagamos este trabajo espiritual, de luchar contra nuestra tendencia ya sea a decir mentiras o a hablar de cosas vanas, sin nunca elevar la vista por encima del horizonte de esta vida y mirar al Cielo, hacia donde debemos ir, para ganar el Cielo con buenas obras.
El tiempo de Adviento es el tiempo que nos da la Iglesia para que meditemos en las palabras de Jesús: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”, es decir, para que aprendamos de Jesús a tener un corazón de cordero, manso y humilde, y no un corazón de lobo, soberbio y malo.
¿De qué manera vamos a “allanar los senderos” para que llegue el Niño Dios a nuestros corazones?
Primero, dejando de lado todo lo que no pertenece a la Navidad, como Papá Noel, o los regalos, o las comidas ricas, o el festejar hasta tarde, sin darnos cuenta que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena; mirar el Pesebre y pensar que el Niño del Pesebre es Dios, que se hace Niño para que yo no tenga miedo de acercarme a Dios, así como nadie tiene miedo de acercarse a un niño recién nacido, y que si Dios viene como un Niño para Navidad, es para que yo lo reciba abriendo las puertas de mi corazón de par en par; pedirle a la Virgen que convierta mi corazón en un Pesebre, en un Portal de Belén, para que su Hijo nazca en mi corazón por la gracia; hacer alguna de las obras de misericordia que me pide la Iglesia, según las medidas de mis posibilidades –por ejemplo, si hay alguien enfermo en casa, cuidr de él no solo sin quejarme, sino con amor, así como cuidaría al mismo Jesús-; hacer oración, confesarme con frecuencia y comulgar en gracia. Ésa es la forma de “preparar el camino del Señor”, que viene a nuestros corazones para Navidad.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Jesús es como un sol y nosotros somos los planetas


(Homilía para niños de Primera Comunión)


         En el mundo del espíritu, Jesús es como un sol; de hecho, es llamado “Sol de justicia”. ¿Por qué Jesús es llamado “Sol de justicia”? Porque así como el sol de nuestra galaxia emite luz, calor y vida –si no hay sol, no hay vida en nuestro planeta-, así también Jesús, al ser Dios, emite luz, calor y vida, pero la diferencia es que se trata de la luz de Dios –Él es “Luz de Luz” y por eso dice de sí “Yo Soy la luz del mundo”-, del calor del Amor de Dios –Él junto al Padre nos donan el Espíritu Santo, el Divino Amor-, y la vida de Dios –Él es la Vida Increada-. A su vez, nosotros somos como los planetas, porque nuestras vidas giran alrededor suyo, así como los planetas giran alrededor del sol. Pero, a diferencia de los planetas, que no pueden moverse de las órbitas en los que Dios Creador los puso, nosotros tenemos libertad y por eso podemos acercarnos o alejarnos a voluntad de ese Sol de justicia que es Jesús y que está en la Eucaristía y en la Cruz. Si nos acercamos a la Eucaristía y a la Cruz, recibiremos de Jesús todo lo que Jesús es y tiene para darnos: la luz de Dios, el Amor de Dios y la vida de Dios. Si nos alejamos de Jesús Eucaristía –dejamos la Confesión Sacramental y la Comunión Eucarística-, nos pasará lo que les pasa a los planetas que están más lejos del sol: no reciben luz, y por están a oscuras; no reciben calor, y por eso hacen temperaturas bajo cero en todo momento; no reciben vida, y por eso son planetas inertes, sin vida. Así nos va a suceder espiritualmente, si nos alejamos de Jesús Eucaristía: no vamos a tener la luz de Jesús, no vamos a tener su amor y tampoco su vida divina. No cometan el error de muchos niños de su edad, que eligen ser planetas oscuros, fríos y sin vida, porque se alejan –muchos, para siempre- del Sol de justicia, que es Jesús. Confiesen y comulguen con frecuencia, y tendrán la Luz, el Amor, la Vida de Jesús, en sus corazones, en esta vida y en la otra.

El Evangelio para Niños: Adviento es prepararnos para la Venida del Señor que vino, que viene y que vendrá


"Niño Jesús Rey"
(de la Escuela de Cuzco)

(Domingo I – TA – Ciclo B – 2017 – 2018)

         ¿Qué quiere decir la palabra “Adviento”? Significa “venida” o “llegada” y para nosotros los católicos es la venida o llegada de Jesús. El Adviento se coloca antes de la Navidad, porque nos preparamos para recordar, por medio de la liturgia, la Primera Venida de Jesús. Otro significado del Adviento es la preparación para cuando Jesús llegue por Segunda Vez, en su gloria, en los cielos.
         Entonces, como dijimos, el Adviento es tiempo para prepararnos espiritualmente para recordar litúrgicamente cuando Jesús vino por Primera Vez: vino como un Niño, siendo Dios, y vino sin que casi nadie lo supiera, a excepción de su Mamá, la Virgen y de San José, su padre adoptivo, además de los pastores, a los que les anunciaron los ángeles. Por eso es que en Adviento se leen algunas lecturas como la profecía de Isaías de que “el Mesías iba a nacer de una Virgen”.
         Además, el Adviento es tiempo de prepararnos espiritualmente para otra venida de Jesús, que es la Segunda Venida en la gloria, en la cual todos los veremos, porque habremos de estar delante de Él, para recibir el premio o el castigo por nuestras obras.
         Entre la Primera Venida en Belén y la Segunda Venida en las nubes del cielo, podemos decir que hay una “Venida intermedia”, que consiste en que Jesús baja del cielo, por el poder del Espíritu Santo, para que nosotros lo recibamos por la comunión eucarística. Por eso, cada Misa debe ser vivida con la expectativa de alguien que espera a la persona que ama: a quien se ama, no se espera de cualquier manera, sino lo mejor vestido posibles, perfumados y, si es posible, un pequeño presente, como por ejemplo, un niño que espera a su madre, la cual cumple años. En Adviento esperamos a Jesús en la gloria y como agradecimiento, le ofrecemos nuestro pobre corazón, adonado con la gracia santificante.
         Jesús viene en Navidad, viene en cada Santa Misa, viene para juzgarnos al Final del mundo y es para estas tres veces que viene Jesús, que la Iglesia nos da el tiempo de Adviento, para que nos preparemos para recibirlo en nuestros corazones, en estado de gracia y con mucho amor. ¿Cómo prepararnos para recibirlo? Por el sacrificio y la penitencia –eso significa el color morado- . ¿De qué manera podemos hacer sacrificio y penitencia? Como el Ángel les dijo a los pastorcitos, “De todo podéis hacer sacrificio”, lo cual quiere decir, por ejemplo, privarnos de cosas buenas que nos gustan, como un helado, pero sin decirlo a nadie, etc. hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, por amor y a través de las manos de la Virgen a Jesús, cosas que cuestan trabajo, como ser amable con el vecino que no nos simpatiza o ayudar a otro en su trabajo[1]. La penitencia es lo que hacemos, interior o exteriormente –por ejemplo, oración, ayuno, limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás-, con la intención de reparar por nuestros pecados y los de nuestros hermanos[2], además de reforzar nuestro deseo de luchar contra el pecado y de vivir en gracia, como hijos de Dios.
         Otra manera de vivir el Adviento es mediante la oración, porque sin oración no hay vida espiritual posible. Por último, la otra forma de vivir el Adviento, es obrando la misericordia –según las catorce obras de misericordia dispuestas por la Iglesia-, para que así nuestro corazón sea digno de recibir a Jesús, que es la Divina Misericordia encarnada, el Dios que vino, que viene y que vendrá.      

sábado, 25 de noviembre de 2017

El Evangelio para Niños: Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo


(Ciclo A - 2017)

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles” (cfr. Mt 25, 31-46). En el último domingo del año –para la Iglesia este domingo es como si fuera Año Nuevo, porque finaliza un Año litúrgico y comienza uno nuevo-, la Iglesia celebra la fiesta litúrgica llamada “Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo”[1].
Para nosotros, los católicos, Jesús es Rey: es Rey en su Nacimiento, en Belén; es Rey en la Cruz, en el Calvario; es Rey en la Eucaristía, en el sagrario; es Rey en el cielo, como Cordero de Dios, a quien adoran ángeles y santos. Jesús es Rey por derecho propio, porque es Dios Hijo encarnado y es Rey también por conquista, porque así como un rey en la Antigüedad salía a combatir a sus enemigos que querían invadir sus tierras y esclavizar sus habitantes, y regresaba victorioso luego de haberlos vencido, así Jesús es Rey victorioso, porque obtuvo la victoria en la Cruz sobre todos los enemigos de Dios y de las almas: el pecado, la muerte y el Demonio. Jesús es Rey para los católicos, y por eso nosotros, los católicos, debemos entronizarlo como Rey en nuestros corazones y allí debemos adorarlo y darle nuestro amor y nuestra acción de gracias, y no debemos nunca permitir que nada ni nadie suplante a Jesús, Rey de los hombres, en nuestros corazones. Cada corazón debe ser como un altar y allí debemos plantar la Santa Cruz de Jesús, y allí debe ir Jesús Eucaristía, cada vez que comulgamos, para recibir todo el amor del que seamos capaces y para adorarlo con todas nuestras fuerzas.
También para los que no son católicos, Jesús es Rey, y puesto que ellos no lo aceptan y muchos tampoco lo conocen, nuestro deber es hacerles saber que Jesús es Rey de los corazones, de las familias, de las naciones y de todo el mundo y este anuncio debemos hacerlo, más que con palabras, con santidad de vida, obrando la misericordia principalmente para con los más necesitados.
Jesús es Rey y así debemos proclamarlo, primero en nuestros corazones y después públicamente, aún si nos costara la vida. Y este nuestro Rey, que vino por Primera Vez como Niño en Belén, en la humildad de nuestra carne, y sin que nadie se enterase, excepto su Madre, la Virgen, San José y los pastores a los que anunciaron los ángeles, ha de venir por Segunda Vez, en la gloria, a juzgar al mundo, en el Día del Juicio Final; en ese Día –que es llamado “día de la Ira de Dios” en la Biblia-, Jesús separará a los buenos de los malos; a los buenos, les dará el cielo, y a los malos, el Infierno.
¿Cómo podemos hacer para ir al cielo, para estar con nuestro Rey Jesús para siempre? Obrando las obras de misericordia que nos pide la Iglesia –dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al que no tiene ropa, visitar a los enfermos y presos, dar un buen consejo, etc.-, porque esos son los que Jesús dejará pasar al Cielo. A los otros, los enviará adonde ellos quieren ir, al Infierno, en donde no hay nadie bueno y sólo se siente el rigor de la Divina Justicia. Seamos misericordiosos con nuestros hermanos más necesitados, y entonces reinaremos en el Cielo, para siempre, con Nuestro Rey Jesús.




[1] Fue el Papa Pío XI durante el Año Santo de 1925 que emitió una encíclica llamada, Quas Primas, para establecer este Día de la Fiesta del Rey de Nuestro Señor Jesucristo[1]

domingo, 19 de noviembre de 2017

El Evangelio para Niños: Parábola de los talentos


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes” (Mt 25, 14-30). Los talentos que da el señor a sus siervos, son monedas de plata; cuando regresa, les da un premio a los que multiplicaron las monedas haciendo buenos negocios, pero da un castigo al que por perezoso y malo no hizo nada.
A nosotros también nos da Jesús muchos talentos, más valiosos que las monedas de plata y estos talentos son, por ejemplo, la vida, la inteligencia, la voluntad, la libertad. Pero también son talentos el bautismo, la comunión, la confirmación, la confesión sacramental.
Cada vez que nosotros desaprovechamos la misa, por ejemplo, por pereza, somos como el siervo malo y perezoso de la parábola, porque enterramos la gracia que Dios nos da en la Misa, que es la Eucaristía, el Corazón de su Hijo Jesús. Cada vez que comulgamos indiferentes, sin amor a Jesús Eucaristía, enterramos la gracia o el talento de unirnos por el amor al Corazón de Jesús que late en la Eucaristía. Cada vez que dejamos de hacer una obra de misericordia, como dar un buen consejo, enterramos el talento; cada vez que faltamos al Cuarto Mandamiento, somos como el siervo perezoso y malo.
Si por pereza no rezamos; si por pereza no asistimos a misa; si por pereza y falta de amor no nos confesamos ni comulgamos; si por pereza no ayudamos a nuestros hermanos más necesitados, somos como el siervo malo y perezoso y cuando salgamos de esta vida, Jesús no nos hará entrar en el cielo y nos dirá: “Porque fuiste malo y perezoso, no entrarás en el Reino de los cielos, porque en el Reino de los cielos no entran los que se dejan dominar por la pereza y la malicia del corazón”. Esto nos hace ver cuán importante es combatir la pereza, tanto la corporal –por ejemplo, cuando debemos estudiar, o cuando debemos ayudar en casa-, como la espiritual –la que no nos deja rezar ni asistir a misa-, y la razón es que nadie que sea perezoso, podrá entrar en el Reino de los cielos. También es importante combatir la malicia, que es el pecado, que anida en nuestros corazones –por ejemplo, cuando tenemos ganas de pelear, o devolver mal por mal-, ya que nadie que sea malo, entrará en el Reino de Dios. El tercer siervo, el que se queda sin premio y fuera de la casa de su señor, es “malo y perezoso”, y por eso debemos evitar el ser “malos y perezosos”.
Jesús nos da los talentos para que los hagamos rendir, para que cuando termine nuestra vida en la tierra, Él nos pueda decir: “Servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor”.


sábado, 11 de noviembre de 2017

El Evangelio para Niños: Parábola de las vírgenes necias y prudentes


(Domingo XXXII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes” (Mt 25, 1-13). Para comprender la parábola, hay que saber qué significa cada cosa:
         Las vírgenes son las almas de los bautizados, es decir, cada uno de nosotros; las lámparas, son los cuerpos; el aceite, es la gracia; la luz, es la fe; la noche, es el día de la propia muerte y también el Día del Juicio Final; el esposo que viene de improviso es Jesús, que viene a nosotros como Juez en el Juicio Particular y como Justo Juez también en el Día del Juicio Final; la llegada de improviso es el desconocimiento que tenemos de cuándo será, tanto la propia muerte, como el Día del Juicio Final; la casa donde entra el novio es el Cielo; la fiesta de bodas, significa la vida feliz que los bienaventurados llevan en el cielo, sin penas ni tristezas de ningún tipo, y solo con alegría y amor, para siempre; la noche representa tanto la muerte particular, como el Día del Juicio Final y también el Infierno; las vírgenes necias son las almas que murieron sin la gracia, en pecado mortal, por propia decisión; no tenían luz, porque no tenían fe: son las almas que no quieren rezar, que no quieren confesarse ni comulgar, que no quieren asistir a misa, que no quieren ayudar a los más necesitados con las obras de misericordia que pide la Iglesia. Estas almas se condenan en el Infierno, pero se condenan por propia voluntad, porque Dios no obliga a nadie a venir a la Iglesia y a portarse bien, quien quiere hacerlo, lo hace, y se salva, pero el que no quiere hacerlo, Dios no lo obliga, pero no se salva. Por eso, las vírgenes necias se quedan fuera de la Casa de Dios, se quedan afuera, en las tinieblas, que representan el Infierno y la Segunda Muerte y nunca van a participar de la alegría de las vírgenes prudentes.
         Las vírgenes prudentes son las almas que murieron en gracia de Dios, y como su alma estaba en gracia, tenían la luz de la fe y por eso hicieron muchas obras de misericordia y así salvaron sus almas. Entran en la casa donde hay fiesta de bodas, porque quiere decir que por tener fe en Jesús Eucaristía, por confesarse seguido, por evitar el pecado y por obrar la misericordia, salvaron sus almas y ahora están en el Cielo, para siempre, donde todo es alegría, paz, amor y felicidad sobrenatural, porque todos contemplan a Dios Uno y Trino y Dios Uno y Trino les da a todos de su Ser, que es Paz, Amor y Alegría infinitas.

         Si Jesús viniera esta noche, ¿cómo encontraría mi alma? ¿Con la lámpara encendida, es decir, con fe y con obras? ¿O me encontraría con la lámpara apagada, sin fe y sin obras de amor? Hagamos como las vírgenes prudentes y mantengamos la lámpara de la fe siempre encendida, con el alma en gracia y con buenas obras, y así Jesús, el Esposos, cuando venga en medio de la noche, nos llevará a la Casa de su Papá, en el Cielo, para siempre.

domingo, 5 de noviembre de 2017

El Evangelio para Niños: “El que se humilla será ensalzado”


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A – 2017)

         “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (cfr. Mt 23, 1-12). “Ensalzarse” quiere decir creerse que uno es el mejor que todos, eso se llama “soberbia”, y se manifiesta de muchas maneras: el soberbio no soporta que lo corrijan, es egoísta, es vanidoso, es avaro. Piensa que es el mejor de todos y que todo el mundo gira alrededor de él. El soberbio nunca pide perdón, si es él el que se equivocó, y tampoco perdona nunca, si es otro el que lo ofendió. Por este motivo, el soberbio es susceptible –se ofende por cualquier cosa sin importancia-, además de ser muy rencoroso.
         El humilde, por el contrario, se considera, si no el peor, casi el peor de todos –aunque en realidad, muchas veces, no lo sea-; además, el humilde no piensa en sí mismo, sino que piensa primero en los demás, y si le queda tiempo, en sí mismo. El humilde pide perdón si fue él quien cometió un error, y busca repararlo, y si fue otro el que lo ofendió o le cometió alguna injusticia, lo perdona siempre, como lo pide Jesús: “Perdona setenta veces siete”. El humilde nunca juzga a su prójimo, y siempre piensa bien de los demás, y nunca guarda rencor contra nadie; por el contrario, siempre piensa bien de todos.
         ¿Quién fue el que se ensalzó a sí mismo en el cielo? El Demonio, porque él se creyó que era igual o más grande que Dios, cuando en realidad eso es imposible, porque el Demonio, comparado con Dios, es como si comparáramos a un granito de arena con todo el universo, con miles de millones de estrellas y planetas: el demonio es el granito de arena y el universo es Dios. Porque se ensalzó, fue humillado, porque San Miguel Arcángel lo echó del cielo, después de ganar la batalla a las órdenes de Jesús  de María, y después fue humillado cuando Jesús lo venció para siempre en la Cruz y la Virgen le aplastó su cabeza de Serpiente Antigua con su talón.
         Jesús, por el contrario, se humilló a sí mismo, porque siendo Dios, se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, para sufrir la muerte de cruz, la muerte más dolorosa y humillante que puede existir, para salvarnos, y como premio, Dios lo ensalzó en los cielos, coronándolo como Rey de cielos y tierra y dándole la gloria que tenía desde toda la eternidad.

         Si queremos ser como Jesús, le tenemos que pedir a la Virgen que interceda por nosotros para que participemos de su Pasión y seamos humillados junto con Él, en esta vida, para después ser coronados de gloria en el cielo.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos (explicada para Niños)


         Hoy la Iglesia festeja a los santos. ¿Quiénes son los santos? Los santos son personas que ahora y para siempre están en el cielo, junto a Jesús, a la Virgen, y a los ángeles, gozando de una alegría que nunca jamás se va a terminar. En el Cielo, en el Reino de Dios, en donde están ahora los santos, la vida es hermosísima; no solo no hay dolor, ni llanto, ni tristeza, sino que hay una alegría tan grande como el mismo Cielo.
         ¿Cómo llegaron al cielo?
         Los santos llegaron al cielo porque cuando ellos vivían aquí en la tierra, tenían tanto pero tanto amor por Jesús, que en lo único en lo que pensaban, era en cómo agradar a Jesús, para después de esta vida, llegar al Cielo, para estar con Jesús.
¿Y cómo agradaban a Jesús? Ellos sabían que Jesús ama las almas que están en gracia, porque al estar en gracia, son almas puras, humildes, llenas de la bondad y del amor de Dios. Un alma que está en gracia y no en pecado, es un alma que se convierte en una imagen viva de Dios en la tierra, y por eso Jesús las ama tanto.
Los santos amaban tanto a Jesús, que llevaban en sus mentes y en sus corazones los Mandamientos de la Ley de Dios y se esforzaban por vivir según los Mandamientos. Pero además, recordaban siempre las palabras de Jesús: “Perdona setenta veces siete”; “Ama a tus enemigos”; “Carga tu cruz y sígueme”. También los santos, cuando vivían en la tierra, se confesaban seguido, aun cuando no tuvieran pecados mortales, para mantener sus almas siempre impecables y perfumadas, con la pureza y el perfume de Cristo que da la gracia, y comulgaban lo más seguido posible, no solo los Domingos, porque se acordaban que Jesús había dicho: “El que coma de este Pan tendrá la vida eterna”. Por eso ellos comulgaban con frecuencia y con mucho amor, porque querían tener la vida eterna, que es la vida de Dios, en sus corazones.
Y, por supuesto, también rezaban el Rosario, porque sabían que era la oración que más le gustaba a la Mamá de Jesús, la Virgen y en todo momento hacían el esfuerzo por ser buenos con los demás, para dar a los demás el Amor de Dios que ellos recibían en la Confesión y en la Eucaristía. Así fue cómo los santos ganaron el cielo: amando a Jesús, cumpliendo sus Mandamientos, confesando y comulgando con frecuencia y siendo buenos con todos.

         Cada uno de nosotros debe tener uno o más santos a los cuales rezarles, y pedirles que nos protejan, a nosotros y a nuestros seres queridos, pero sobre todo, tenemos que pedirles a los santos una cosa: que nos ayuden para que, al igual que ellos, no solo tengamos el deseo de ser santos, sino que los imitemos en el camino de la santidad, para así poder llegar al Reino de Dios en la otra vida y vivir en el Amor de Dios, junto con Jesús, la Virgen, los santos y los ángeles, para siempre.

sábado, 28 de octubre de 2017

El Evangelio para Niños: Amar a Dios y al prójimo como a sí mismos con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.


(Domingo XXX - TO - Ciclo A – 2017)

         Cuando le preguntan a Jesús “cuál es el mandamiento más grande de la Ley”, Jesús responde: “Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo” (cfr. Mt 22, 34-40).
         Como los judíos conocían ya este mandamiento, puede parecer que no hay diferencias con el mandamiento de Jesús, pero sí hay diferencias y veremos cuáles.
         La primera diferencia es con respecto a Dios: los judíos creían en Dios Uno, pero no Trino, porque es Jesús quien revela que Dios, además de ser Uno, es Trino en Personas. Por eso los católicos, que no somos judíos, ni evangelistas, ni musulmanes, tenemos un Dios católico, y ese Dios católico es Uno y Trino: Uno en naturaleza y Trino en Personas. Los católicos adoramos y amamos a un Dios que es Uno solo, pero en el que hay Tres Divinas Personas.
         Otra cosa que cambia es el prójimo: para los judíos, el prójimo era solo el que era judío y hebreo, y todos los demás no eran considerados judíos. En cambio, a partir de Jesús, para el cristiano, todo ser humano es prójimo al cual amar, sin que importen ni su raza, ni su religión. Incluso, todavía más, para los judíos, al prójimo enemigo, se aplicaba la ley del Talión; pero Jesús suprime esta ley y manda amar a los enemigos: “Amen a sus enemigos”.
         Otra cosa que cambia, es el amor con el cual hay que amar a Dios, al prójimo y a uno mismo, porque los judíos amaban con un amor que salía de sus corazones, un amor humano, pero Jesús nos trae un amor que viene del cielo, que sale del Corazón del Padre y del Hijo, y es el Espíritu Santo. El cristiano tiene que amar a Dios, al prójimo y a sí mismo, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que permite amar al enemigo, perdonar setenta veces siete y amar a Dios con el mismo amor con el que Él mismo se ama, el Espíritu Santo.
         El mandamiento de Jesús, para los católicos, es distinto al mandamiento de los judíos, y queda así: “Amarás al Dios católico, que es Dios Uno y Trino, amarás al prójimo, que es todo ser humano, incluido en primer lugar, tu enemigo, y te amarás a ti mismo, y el Amor con el que amarás a Dios, al prójimo y a ti mismo, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo”.


domingo, 22 de octubre de 2017

El Evangelio para Niños: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios


(Domingo XXIX - TO - Ciclo A – 2017)

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21). ¿Qué quiere decir Jesús? El César es el mundo, lo que no es Dios; al César le corresponde el dinero, porque el dinero no es Dios. Lo que quiere decir Jesús es que no debemos apegarnos al dinero ni a lo que el dinero da: fama mundana, éxito mundano, bienes materiales, placeres terrenos. En el corazón del hombre hay un solo lugar, en el que puede caber, o el dinero, que es “el estiércol del Demonio”, como dicen los santos, o Dios. Es decir, en el corazón del hombre hay lugar para uno de dos: o el dinero –y detrás del dinero, el demonio-, o Dios. Si nos apegamos al dinero, nos olvidamos de Dios. Por eso Jesús nos dice que no debemos apegarnos al dinero, porque si nos aferramos al dinero y a lo que el dinero da, entonces, nos olvidamos de Dios, y lo peor que le puede pasar a una persona, es que se olvide de Dios, porque así, aunque tenga todo el mundo para él, su alma se va a perder en el Infierno.
A Dios debemos darle lo que es de Dios. ¿Y qué es lo que es de Dios? Lo que es de Dios, es todo nuestro ser, todo lo que somos y tenemos, porque Dios nos creó, nos salvó en la cruz por la Sangre de Jesús y nos santificó al darnos el Espíritu Santo, en Pentecostés y en la Confirmación. ¿Y qué quiere decir darle a Dios lo que somos y tenemos? Darle todo, desde la respiración que hacemos en este momento –por ejemplo, diciendo, “Te doy gracias, Dios mío, porque puedo respirar y estoy vivo”-, hasta el más pequeño pensamiento, rechazando todo pensamiento malo, porque nada malo podemos darle a Dios.

“Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”. Al César, el dinero y todo lo que el dinero da, para que nos desapeguemos, tanto del dinero, como lo que el dinero puede proporcionarnos; a Dios, nuestro ser, nuestra alma, nuestro corazón y nuestro cuerpo. ¿Dónde le damos a Dios todo lo que somos y tenemos? En la Santa Misa, porque en la Santa Misa Jesús baja del cielo, para quedarse en la patena con su Cuerpo y para dejar su Sangre en el cáliz. Desde lo más profundo del corazón, le decimos a Dios Padre: “Oh Dios mío, me ofrezco a Ti, con todo lo que soy lo que tengo, por medio de tu Hijo Jesús. Tú me creaste, me redimiste y me santificaste. Toma, Señor, mi humilde corazón, y únelo al Corazón de Jesús, para que unido al Sagrado Corazón, mi corazón sea inmolado con Jesús, para la salvación del mundo”.

jueves, 19 de octubre de 2017

Santo Rosario meditado para Niños: Misterios de Luz


         Primer Misterio de Luz: el Bautismo de Jesús en el Jordán. Jesús es Dios y por eso no tiene pecado; Él es el Cordero Inmaculado y la Fuente de la santidad. En el momento del bautismo, el cielo se abre, se oye la voz del Padre que lo proclama Hijo predilecto y el Espíritu desciende sobre Él. Cuando fuimos bautizados, se nos quitó la mancha del pecado original y el Espíritu de Dios nos convirtió en hijos adoptivos de Dios Padre. ¡Madre del cielo, ayúdame a dar gracias, todos los días, por haber sido adoptados como hijos de Dios y por tener como nuestro Hermano a tu Hijo Jesús!

Un Padre Nuestro, Diez Avemarías, Un Gloria.

         Segundo Misterio de Luz: las Bodas de Caná. Los esposos se habían quedado sin vino y aunque Jesús no quería hacer el milagro, finalmente terminó convirtiendo el agua en vino exquisito, gracias a la intervención de la Virgen María. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, pídele a Jesús que nuestros corazones sean como las tinajas de las Bodas de Caná, para que luego de ser repletas con el agua de vida, la gracia santificante, nuestros corazones reciban la Sangre del Cordero!

Un Padre Nuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

         Tercer Misterio de Luz: la predicación del Reino y el llamado a la conversión. Jesús anuncia que el Reino de Dios está cerca y que para poder entrar en él, debemos convertir nuestros corazones, es decir, despegarlos de la tierra y elevarlos al Sol de justicia, Jesús Eucaristía. Lo que nuestros corazones necesitan es una conversión eucarística. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que nuestros corazones se conviertan a tu Hijo Jesús, vivo y glorioso en la Eucaristía!

Un Padre Nuestro, Diez Avemarías, Un Gloria.

         Cuarto Misterio de Luz: la Transfiguración en el Monte Tabor. En el Monte Tabor, Jesús resplandece con la luz de la gloria eterna que le pertenece desde la eternidad, por ser Hijo de Dios. En el Calvario, se cubrirá, no con luz, sino con su propia Sangre, para lavar nuestros pecados y concedernos la gracia santificante. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, ayúdanos a que deseemos confesarnos con frecuencia, para vivir en gracia de Dios, evitar el pecado y recibir a Jesús glorioso en la Eucaristía!

Un Padre Nuestro, Diez Avemarías, Un Gloria.

         Quinto Misterio de Luz: la Institución de la Eucaristía. En la Última Cena, que es también la Primera Misa, Jesús nos deja su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, para que al recibirlo por la comunión, nuestros corazones se llenen del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Comulgar es recibir, junto con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, al Amor de Dios, el Espíritu Santo. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, intercede para que cada día aumenten más nuestra fe y nuestro amor al Dios de la Eucaristía, tu Hijo Jesús!

Un Padre Nuestro, Diez Avemarías, Un Gloria.


miércoles, 18 de octubre de 2017

El Niño Jesús, modelo a imitar para todo niño


"Cristo en casa de sus padres",
(Sir Jhon Ever Millais, 1849)

         Al celebrar la Santa Misa pidiendo por las familias, no podemos dejar de constatar que en el mundo de hoy han aparecido numerosos “modelos” de familias: dos papás, dos mamás, un papá y dos mamás, etc., y a cada uno de estos modelos de familias, se les llama familia y se pretende que sean lo más normal y natural del mundo. Sin embargo, como católicos, no podemos dejar de tener en cuenta que, para Dios, solo hay un modelo de familia para todo el género humano y ese modelo de familia es la Sagrada Familia de Nazareth. Así como está formada la Sagrada Familia –papá-varón, mamá-mujer, hijo natural o adoptado-, así debe ser la familia humana y, sobre todo, la familia católica. Si alguna familia no está constituida de esta manera, de todos modos, no por eso la Sagrada Familia deja de ser un modelo a contemplar e imitar, como para las familias católicas.
En la Sagrada Familia de Nazareth hay una característica, y es la que toda familia debe contemplar e imitar, y es que el Niño de esta familia, que es el Niño Dios, es el centro alrededor del cual gira la familia. El Niño Dios es no solo ejemplo de bondad, sino ante todo, es fuente de santidad, lo cual es distinto y superior a la bondad. Ser buenos es algo bueno, valga la redundancia, pero ser santos, es infinitamente superior a ser buenos, porque es ser buenos con la bondad misma de Dios. En la Sagrada Familia de Nazareth, el Niño Dios ocupa el centro de la familia y todos sus integrantes se santifican por Él, porque el Niño Dios es la Fuente Increada de la santidad. La Madre de esta familia, la Virgen, se santifica en el momento mismo de su Concepción, porque es concebida Inmaculada, es decir, sin la mancha del pecado original, y es concebida Inmaculada y Llena del Espíritu Santo, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios, la Madre del Niño Dios. Y a lo largo de su vida, toda su vida gira alrededor de su Hijo Jesús, desde que es concebido por obra del Espíritu Santo, hasta que muere en la cruz. El padre de esta familia, San José, es Padre y es Virgen, es el Padre Virgen, porque era esposo solo legal de la Virgen y su trato con María era como de hermanos, y San José fue elegido por la Trinidad para que fuera el padre adoptivo del Hijo de Dios y el esposo legal de la Virgen y Madre de Dios, y su vida también fue una vida de santidad, como la de la Virgen, porque su mente y su corazón estaban en el Niño Dios, que era su Dios, Creador, Santificador y Redentor, y al mismo tiempo su Hijo adoptivo. La Virgen y San José se santificaron porque en sus mentes y en sus corazones había pensamientos y amor sólo para el Niño Dios y, en el Niño Dios, para todo prójimo. El Niño Dios no tenía necesidad de santificarse, porque como dijimos, Él era la Santidad Increada y por Él fueron santos su Mamá, la Virgen y San José, su Padre Virgen adoptivo.
De esto vemos que, en las familias, siempre el centro de la familia debe ser el Niño Dios: toda madre, todo padre y todo hijo, debe tener al Niño Dios en el pensamiento y en el corazón, en primer lugar, y girar alrededor del Niño Dios, así como los planetas giran alrededor del sol. De modo especial, los niños y los jóvenes, deben aspirar a ser como el Niño Dios, como el Joven Dios, dejando de lado los modelos humanos, tal como sucede en nuestros días, en los que aparecen muchos personajes, en la televisión, en internet, en el cine, que se proponen como modelos para los niños: deportistas, actores, futbolistas, cantantes. Cuando se pregunta a un niño qué quiere ser, lo más común es que diga: “Yo quiero ser como el futbolista tal, o como el actor tal, o como el director técnico tal”.
         Pero los niños católicos sólo tienen un modelo para contemplar e imitar, es decir, los niños católicos sólo tienen que buscar ser como una persona, solo una: el Niño Jesús. Un niño que desee ser no solo bueno, sino santo, es decir, que desee ir al cielo después de esta vida, solo tiene que contemplar e imitar al Hijo de María y José, el Niño de la Sagrada Familia, Jesús de Nazareth. El niño y el joven católico que desee ser santo, debe pensar, amar y obrar como lo haría Jesús, el Niño Dios. Y como Jesús era Dios, todo lo que Jesús pensaba, amaba y obraba, no solo era bueno, sino que era santo, lo cual quiere decir bueno, pero con la bondad de Dios, que es infinita. Para un niño católico, el primero en la lista para contemplar e imitar, debe ser siempre el Niño Jesús.
         ¿Y de qué manera se puede ser como Jesús? Por ejemplo, antes de pensar, de desear o de obrar algo, el niño debería preguntarse: “¿Jesús estaría pensando esto que estoy pensando yo?”; “¿Jesús estaría deseando esto que estoy deseando yo?”; “¿Jesús estaría haciendo esto que estoy haciendo yo?”. Y si la respuesta es “No”, entonces debería el niño católico dejar de pensar, desear o hacer eso que el Niño Jesús no lo pensaría, ni desearía, ni haría. Y si la respuesta es “Sí”, entonces sí. Si algo es bueno del principio al fin, entonces Jesús lo quiere, y el niño católico también debe quererlo. Y así en todo, en cualquier momento del día, en cualquier lugar, con cualquier persona, pero sobre todo, con los papás y los hermanos. Otro ejemplo: “¿Jesús, siendo Dios Niño y Amor infinito, trataría a sus papás así como yo los estoy tratando, enojado?”. No, por supuesto que no. Entonces, no debo tratar así a mis papás. Otro ejemplo: “Si la Virgen le pedía alguna tarea a Jesús en la casa, ¿Jesús haría pereza para obedecer? ¿Se iría a jugar en vez de obedecer a su Mamá?”. Por supuesto que no, entonces, el niño católico tampoco debe desobedecer a su mamá ni a su papá ni mucho menos hacer pereza para lo que le pidan. “¿El Niño Jesús estaría peleando con sus primos y amiguitos, como lo hago yo? ¿Sería egoísta al momento de compartir sus juguetes?”. Por supuesto que no, entonces el niño que quiere ser santo como Jesús, tampoco debe pelear ni ser egoísta. “¿El Niño Dios amaría a sus padres más que a nada en el mundo?”. Por supuesto que sí, entonces el niño que desee ser como el Niño Jesús, debe amar a sus padres, imitando al Niño Dios.

         Entonces, para un niño, no debe haber otro modelo para contemplar e imitar, que no sea el Niño Jesús. Si a un niño católico alguien le preguntara: “¿Como quién querés ser?”, la respuesta de todo niño católico debería ser: “Yo quiero ser santo como el Niño Jesús”.

domingo, 15 de octubre de 2017

El Evangelio para Niños: vistamos siempre el traje de fiesta, la gracia santificante de Jesús


(Domingo XXVIII - TO - Ciclo A – 2017)

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” (cfr. Mt 22, 1-14). Un rey invita a muchos a la boda de su hijo; a los primeros invitados, debe dejarlos afuera porque ninguno quiere asistir a la boda, por lo que manda a sus sirvientes a que inviten a todos los que encuentren en el camino. Así hacen los invitados y el salón de la fiesta se llena de invitados. Entonces el rey decide salir a recibir a los que han aceptado la invitación, y en un momento determinado, se encuentra con uno de los invitados que no tiene traje de fiesta. Está vestido como pordiosero, y por eso contrasta con el resto de los invitados que, aunque son pobres, están todos limpios y bien perfumados. Por eso le pregunta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El hombre no sabe qué contestar y el rey, enojado, manda a sus sirvientes a que lo echen del salón de fiestas, a la oscuridad.
¿Qué quiere decir esta parábola? ¿Qué es el traje de fiesta, que hace que el que no lo tenga puesto, no pueda estar en el salón?
En esta parábola, el padre del hijo que se casa, es Dios Padre; el hijo, es Dios Hijo, es decir, Jesús de Nazareth; los primeros invitados, son los judíos, que rechazaron a Jesús y lo crucificaron; los segundos invitados, somos todos nosotros, que hemos recibido el bautismo sacramental; el salón de fiestas, es el Reino de los cielos, en la otra vida; la fiesta y la alegría de la fiesta es la salvación que nos trajo Jesús con su muerte en cruz; el encuentro del dueño de la fiesta con los invitados, es el Día del Juicio Final y el día del juicio particular. ¿Y el traje de fiesta? El traje de fiesta, y el hecho de que el invitado esté limpio y perfumado, es la gracia santificante, que espiritualmente es como un perfume exquisito, que la Escritura llama “el buen olor de Cristo”. Todos los invitados que tienen el traje de fiesta, están limpios y bien perfumados: son los hombres que, al momento de morir, están en gracia de Dios, es decir, con sus almas puras y santas por la gracia, sin la mancha del pecado y sin el olor nauseabundo del pecado, además de exhalar el perfume agradable del buen olor de Cristo.

El hombre que está sin el traje de fiesta, es el alma que, al morir, no está en gracia y, por lo tanto, está en pecado mortal. El pecado mortal es como una mancha que oscurece el alma, pero también la ensucia y, si pudiera ser olido en la realidad, da un olor como a podredumbre. Como la gracia es algo que Dios da gratuitamente y que el alma tiene que recibirla libremente, sin ser obligada, si alguien está en gracia al momento de morir, es porque aceptó la gracia salvadora de Jesús y por eso su alma está limpia y perfumada, con el perfume exquisito del buen olor de Cristo. Pero si alguien, al momento de morir, no tiene la gracia, su alma está manchada con el pecado mortal y huele horriblemente, pero no por culpa de Dios, sino por propia culpa, porque Dios a nadie niega su gracia. Y como en el juicio particular y en el Día del Juicio Final ya no hay tiempo para hacer una buena confesión y así salvar el alma, quien murió sin la gracia, sin el vestido de fiesta, no puede entrar en el Reino de los cielos y es echado fuera del Reino, al Infierno eterno. Eso es lo que representa el traje de fiesta y es la razón por la cual el rey echa del salón de fiestas a este hombre, porque en realidad él no quería estar en la fiesta y por eso no tenía puesto el traje de fiesta, que es la gracia santificante. Si queremos vivir en el cielo, en la alegría y en la fiesta eterna del Reino de Dios, entonces vivamos siempre con el traje de fiestas puesto, es decir, procuremos estar siempre en gracia de Dios, rechazando el olor pestilente del pecado, para así lucir impecables, limpios, con el perfume del buen olor de Cristo, en el día de nuestro juicio particular y en el Día del Juicio Final.

viernes, 13 de octubre de 2017

Quien no se alimente del Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, no entrará en el Reino de los cielos


(Homilía para Misa de Primeras Comuniones 2017)

         Para saber qué es lo que estamos por recibir, recordemos un episodio de la Biblia, en el que el Pueblo Elegido, habiendo sido sacado de Egipto por Dios a través de Moisés y luego de atravesar el desierto por cuarenta años, se dirigía a la ciudad de Jerusalén.
         En esa travesía, que duró cuarenta años, los hebreos se alimentaron con un maná que bajaba del cielo; bebían agua que salía de una roca y eran guiados por una nube luminosa en la noche, que les indicaba el camino. También tenían que protegerse de víboras venenosas, y para eso Moisés hizo una serpiente de bronce, que curaba con el poder de Dios, de manera que todos los que habían sido mordidos por las serpientes venenosas, al mirar a la serpiente de bronce que había hecho Moisés, se curaban en el acto.
         Bueno, así como el Pueblo Elegido es sacado de Egipto y llevado al desierto, para llegar a la ciudad de Jerusalén, así nosotros hemos sido sacados de la esclavitud del Demonio, por el bautismo y somos llevados por el desierto, que es esta vida, hacia la Jerusalén celestial. Y así como los hebreos bebían del agua pura que salía de la roca, así nosotros bebemos del agua pura que es la gracia santificante, que se nos da por los sacramentos, sobre todo la confesión sacramental, y por eso la necesidad que tenemos de confesarnos con frecuencia, para que nuestra alma no muera de sed. Y la nube de luz que guiaba a los hebreos, es para nosotros la Virgen María, la Mujer revestida de sol, que nos guía en nuestro caminar hacia la Jerusalén del cielo, donde está su Hijo, que es el Cordero y es la Lámpara de la Jerusalén celestial.
         Por último, está el maná: los hebreos se alimentaban de un maná que bajaba del cielo, una especie de pan milagroso que satisfacía el hambre, y comían además perdices, que Dios enviaba desde el cielo. Así, los hebreos, alimentados con pan y carne de perdices y bebiendo del agua de la roca, pudieron llegar a Jerusalén.
         Nosotros tenemos otro maná, otro Pan del cielo, que es el Verdadero Maná, la Eucaristía: es un Pan bajado del cielo, sobre el altar eucarístico, en cada Santa Misa, y nos alimenta el alma, para que seamos capaces de atravesar el desierto de la vida y llegar a la otra vida, a la Jerusalén celestial. La Eucaristía es el Verdadero y único Maná bajado del cielo, y el que se alimenta de la Eucaristía durante su vida, puede llegar al cielo en la otra vida; el que no se alimenta de la Eucaristía, es como el que pretende atravesar un desierto sin comer y sin beber nada, termina muriendo de hambre y de sed. El agua para nosotros es la gracia santificante y la nube es la devoción y el amor a la Virgen María, que nos guía de la mano hasta llegar al cielo. Por último, también en este desierto de la vida, hay serpientes venenosas, pero no las de la tierra, sino los ángeles caídos, los demonios, que muerden e inyectan veneno, pero no muerden el cuerpo, sino el alma, el corazón, e inyectan el veneno del pecado, de la rebelión contra Dios, el veneno de la pereza, de la gula, de la avaricia, de la lujuria, pero así como los israelitas se curaban mirando a la serpiente de bronce, así nosotros nos curamos de dos maneras de este veneno espiritual que nos inyectan los demonios: por la confesión sacramental y por la contemplación de Jesús crucificado. Quien se confiesa con frecuencia y quien reza de rodillas ante Jesús crucificado, tiene siempre el alma sana y limpia, libre de la contaminación venenosa de esas serpientes del infierno que son los demonios.
         Hoy van a recibir por primera vez al Verdadero y Único Maná del cielo, la Eucaristía. Para muchos, será la última vez, porque muchos niños y jóvenes no se dan cuenta que sin la Eucaristía, el alma se muere de hambre, de hambre de Dios, de paz, de alegría. Creen que porque se hacen grandes y se alimentan con alimentos de la tierra, que alimentan sólo el cuerpo, ya no tienen necesidad de alimentarse de la Eucaristía, y por eso abandonan la Iglesia y no vuelven más. Están en un grave error y muy equivocados, quienes piensan que así van a sobrevivir en esta travesía por este desierto que es la vida, hasta llegar a la Jerusalén celestial, porque el que no se alimenta de la Eucaristía, no llega nunca a la Jerusalén celestial. Nadie los va a controlar si ustedes asisten o no a misa, para recibir el Pan bajado del cielo, la Eucaristía, pero sepan que si ustedes faltan a Misa por pereza o por cualquier motivo que no sea grave y no se alimentan de este Pan bajado del cielo, nunca van a entrar en el Reino de los cielos, aun cuando se cansen de comer comidas en la tierra.

         Solo si se alimentan de la Eucaristía, que hoy reciben por primera vez, van a llegar el Reino de los cielos. Si no lo hacen, si a partir de hoy ustedes desaparecen y se despreocupan de la Eucaristía, sepan que nunca van a entrar en el Reino de los cielos. Solo quien se alimenta de la Eucaristía, en estado de gracia, es decir, después de confesarse, todos los días de su vida, hasta el último día, solo ese, entrará en el Reino de los cielos.

martes, 3 de octubre de 2017

La Sagrada Familia, modelo de toda familia católica


         Aunque en nuestros días, en pleno siglo XXI, se pretendan implementar “nuevos modelos de familias”, muchos de ellos amparados en leyes contrarias a la ley natural y a la ley de Dios y favorecida esta implementación por el desarrollo científico y tecnológico –como por ejemplo, la Fecundación in Vitro, las técnicas de procreación asistida, etc.-, a los ojos de Dios, y según su divino pensamiento basado en el amor al hombre, que solo desea el mayor bien para su creatura amada, solo hay un modelo de familia, y es el de la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Es por esta razón que la Iglesia siempre ha considerado a esta Sagrada Familia como el modelo único de la familia humana; la sigue considerando así, y la seguirá considerando hasta el fin de los tiempos. Es la familia formada por el papá-varón, la mamá-mujer, y los hijos, sean naturales o adoptados.
         Más allá de cómo estén conformadas las familias en la actualidad, y aunque muchas de ellas, debido al permisivismo moral que se refleja en las leyes y permite su constitución, no se conforman al plan original de Dios, toda familia debe contemplar a la Sagrada Familia y, según sus posibilidades, buscar de imitarla, al menos sino se puede en su ser, sí en su obrar.
         La razón es que la Sagrada Familia expresa el ideal de familia para el género humano, porque así la pensó Dios para el hombre, tal como lo dijimos, además de ser el modelo inigualable de santidad al que toda familia humana debe tender.
         En esta familia sagrada, todos sus miembros se santifican por su relación con Jesús y todo gira alrededor del Hijo de esta familia, Jesús. Cada integrante de esta Sagrada Familia, es modelo de santidad y de todo tipo de virtudes para los integrantes de la familia humana: San José es modelo para todo padre y esposo; la Virgen, para toda esposa y madre; Jesús, para todo hijo y hermano.
         Así, por ejemplo, San José es modelo para todo esposo y padre: para todo esposo, porque si bien San José no era esposo en el sentido terreno y carnal del término, porque jamás tuvo relaciones esponsales, sino que eran como hermanos con la Virgen, es modelo de esposo por su dedicación a la Virgen y a Jesús, porque toda su vida giraba en torno al trabajo, para mantener a la Sagrada Familia. Es modelo por su amor casto y por su amor puro a su esposa, porque es impensable que San José pudiera siquiera ver con ojos concupiscibles a cualquier mujer, ya que la Virgen era, ante todo, la Madre de su Hijo Jesús y no había nadie más en el mundo para San José, que María y Jesús. San José no solo trabajó sin descanso, hasta el último día de su vida para mantener a su familia –de acuerdo a la Tradición, murió en ocasión de un trabajo que debía cumplir en un pueblo vecino, enfermando de neumonía en el trayecto a causa de una gran tormenta de nieve-, sino que cuidó de ella en todo momento. Según las Escrituras, guiado por los santos ángeles, que le avisaron en sueños, llevó a la Sagrada Familia a un lugar seguro, cuando por ellos se enteró que su Hijo estaba en peligro de muerte, y luego los condujo nuevamente a Nazareth cuando ese peligro hubo pasado. San José es también modelo de padre, porque si bien no era el padre biológico de Jesús, sino su padre adoptivo, cuidó de Jesús y lo amó como si fuera su hijo, siendo que Jesús era al mismo tiempo, su Creador y Redentor y esto no dejaba de asombrar y maravillar a San José. Educó a su Hijo y le enseñó el noble oficio de carpintero, dejando su vida en el cuidado tanto de Jesús como de María. San José es también para los padres y esposos, modelo de amor a María y modelo de adorador eucarístico, porque se santificó en la fidelidad esponsal y en el amor fraterno a María y en la contemplación de su Hijo Jesús, que era Dios Hijo encarnado –el mismo Jesús que está en la Eucaristía-, y por eso es modelo para todo padre terreno que, como San José, debe amar a María con amor filial y contemplar a Jesús en la Eucaristía.
         La Virgen es modelo para toda esposa y madre: para toda esposa, porque si bien, como dijimos, fue esposa de San José sólo legalmente, porque nunca hubo relación de esposos terrenos, amó a San José con amor entrañable, por haber sido el Varón Virgen a quien Dios puso para la guarda y custodia de su matrimonio y de su Hijo. La Virgen es modelo para toda madre, porque dedicó cada instante de su vida a su Hijo Jesús, desde su Encarnación en su seno virginal, hasta su muerte en cruz, pasando por su niñez, su juventud, su edad adulta y, por supuesto, la Pasión, porque la Virgen participó de manera mística y espiritual de la Pasión de Jesús, al punto de sufrir en su Corazón Inmaculado y en su espíritu los dolores de la Pasión de su Hijo. Es también modelo de adoradora eucarística, porque en su Hijo Jesús no solo veía a su Hijo, sino también a su Dios, y extasiada en el amor de Dios, lo contemplaba y adoraba a cada instante, siendo así ejemplo para toda madre que, cuidando de su familia, de su esposo y de sus hijos, debe dedicar también un tiempo para la adoración eucarística.
         Con respecto a los hijos, Jesús es modelo para todo niño, para todo joven, para todo hijo, porque cumplió a la perfección todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero sobre todo, el primero, que manda amar a Dios por sobre todas las cosas –y Él, siendo Dios Hijo encarnado, amaba a su Padre Dios desde la eternidad, por sobre todas las cosas-, y el cuarto mandamiento, que manda honrar padre y madre, porque Jesús honró a sus padres terrenos, la Virgen y San José, con su amor, con su obediencia filial, con su dedicación a ellos y con su vida toda, pues por ellos dio su vida en la cruz.
          Por último, la Sagrada Familia es modelo de oración, de piedad, de oración y de contemplación, para toda familia, porque el centro de esta familia era Jesús, Dios Hijo encarnado, Fuente Increada de santidad y por Quien toda la familia es llamada "sagrada": la santidad de la Virgen y de San José brotaba del Corazón del Niño Dios, y es por eso que, así como sucedía en la Sagrada Familia, que el centro de la vida y el amor era Jesús, así también, en las familias católicas, el centro de la vida, del amor, de la paz y de la alegría de Dios, debe ser Jesús, el mismo Jesús por Quien María y José se santificaron, que es el mismo Jesús que está vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Así como la vida de la Sagrada Familia giraba en torno a Jesús, así la vida de toda familia católica debe girar en torno a Jesús Eucaristía.
         Por estos motivos, la Sagrada Familia es el modelo para toda familia humana, y lo seguirá siendo hasta el fin del mundo.

         

domingo, 24 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Vayan ustedes también a trabajar a mi viña


(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2017)

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16). Jesús usa una parábola en la que el dueño de una viña contrata obreros a distintas horas del día: a la madrugada, al mediodía y a la tarde, y a todos les da el mismo salario. Los obreros que trabajaron todo el día, se quejan ante Jesús, porque los que empezaron a trabajar a última hora, reciben la misma paga que ellos, que han estado trabajando todo el día. Unos trabajadores le reclaman, pero el dueño de la viña les dice que eso es lo que pactaron, y que él puede hacer lo que quiera con su dinero, y que no tome a mal que él sea bueno.
Para entender, tenemos que ver qué significa cada elemento de la parábola:
El dueño de la viña es Dios;
La viña es la Iglesia;
El salario es el Reino de los cielos;
Los trabajadores de la viña somos los bautizados;
Los que empiezan a trabajar desde temprano, son los que están en la Iglesia desde hace mucho tiempo;
Los que empiezan a trabajar más tarde, son los que estaban en otra religión y se hacen católicos, o los que eran católicos pero vivieron toda su vida alejados de Dios y, al último momento, se convierten y se salvan;
Los obreros enojados son los católicos que, duros de corazón, se enojan porque consideran que algunos son demasiado pecadores como para estar en la Iglesia y que Dios no puede perdonarlos.
Estos últimos se creen los primeros, pero a los ojos de Dios, son últimos, porque piensan mal de sus prójimos y se enojan porque Dios es bueno con ellos.
Nosotros tenemos que tener cuidado de pensar mal de nuestros prójimos y si sucede que vemos que alguien, que se portaba muy mal, ahora cambió, porque recibió la gracia de la conversión, del amor  a Dios, no solo no debemos enojarnos, sino que debemos alegrarnos porque nuestro prójimo ha abandonado el camino del pecado, para recorrer ese Camino al cielo que es el Padre.
No juzguemos a los demás, no sea que, creyéndonos ser los primeros, seamos realmente los útimos.



sábado, 16 de septiembre de 2017

El Evangelio para Niños: Perdona siempre


(Domingo XXIV - TO - Ciclo A – 2017)

         “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a quien lo haya ofendido. Le pregunta si es suficiente con perdonar “hasta siete veces”, porque pensaba que eso era suficiente. Entonces, si tenía que perdonar hasta siete veces, quería decir que a la vez número ocho, ya podía actuar contra su prójimo, aplicando la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”.
         Pero Jesús lo sorprende al responderle que no basta con perdonar siete veces, sino “hasta setenta veces siete”, lo cual no quiere decir “seiscientas cuarenta veces”, sino “siempre”.
         ¿Por qué tenemos que perdonar siempre?
         Para encontrar la respuesta, tenemos que mirar a Jesús crucificado. En la Cruz, Jesús se interpone entre la Ira de Dios, desencadenada por nuestros pecados, y nosotros. Es decir, Él recibió el castigo que todos y cada uno debíamos recibir, en justicia, y así lo dice el profeta Isaías: “Fue herido por nuestros pecados”. Cuando contemplemos a Jesús crucificado, con su corona de espinas, con sus manos y pies clavados a la cruz por gruesos clavos de hierro, con sus heridas sangrantes, con todo el dolor que estar en la cruz supone, pensemos que así debíamos estar nosotros, delante de Dios, para siempre, y que Él se ofreció a sufrir la cruz, para que nosotros no fuéramos castigados. Pero no solo nos perdonó nuestros pecados, sino que nos dio el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que se derramó sobre nuestras almas con la Sangre que brotó de su Corazón traspasado.
         Entonces, así como Jesús nos perdonó a cada uno de nosotros, hasta la muerte de cruz, y además de perdonarnos nos dio el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo, así tenemos que hacer nosotros, “siempre”.

         Cuando alguien nos hace un daño, por grave que sea, jamás tenemos que pensar en venganza, porque eso desagrada mucho a Dios; tenemos que acordarnos de lo que la Virgen nos dice: “Hagan lo que Él les diga”. ¿Y qué nos dice Jesús que tenemos que hacer cuando alguien nos ofende? “Perdona setenta veces siete”, es decir, “siempre”, porque Yo te perdoné para siempre desde la cruz. Si yo te perdoné para siempre, tú perdona siempre a tu prójimo”. Así, vamos a estar haciendo lo que Él nos dice: “perdona setenta veces siete”, “ama a tus enemigos”. Y así, imitaremos a Cristo, que es perfecto, y seremos “perfectos, como nuestro Padre del cielo”.