Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 3 de diciembre de 2022

Comulgar es abrir el corazón para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús

 



(Homilía en ocasión de la Santa Misa de Primeras Comuniones, Villa Regina, Leales)

Si alguien, que no conoce nuestra religión católica, al ver que un católico comulga, diría que la Comunión es nada más que recibir un pedacito de pan sin levadura, de forma circular y de color blanco, que ha sido bendecido en una ceremonia religiosa. Pero el que dice esto, es porque solo ve con los ojos del cuerpo, pero no ve con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe católica. El que tiene los ojos del alma abiertos e iluminados por la luz de la fe, puede “ver”, por así decir, que la Comunión, la Sagrada Eucaristía, no es un pedacito de pan bendecido, sino una Persona, la Segunda Persona de la Trinidad, Jesús, el Hijo de Dios, que bajando del cielo en la consagración, convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, para quedarse en Persona en la Eucaristía, para que cuando nosotros comulguemos, lo recibamos a Él en Persona.

Por eso, si alguien nos preguntara qué es la Comunión, nosotros, que podemos “ver” con los ojos de la fe católica, fe que hemos recibido en el Bautismo, tendríamos que contestarle que la Comunión es abrir el corazón, purificado previamente por el Sacramento de la Confesión, para recibir a una Persona, a Jesús, que ingresa en nuestros corazones con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y que, al ingresar, derrama sobre nosotros el Amor de su Sagrado Corazón, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

Esto es así porque en la Santa Misa, cuando el sacerdote extiende las manos sobre el pan y el vino y pronuncia las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Ésta es mi Sangre”-, Jesús baja desde el cielo y con su poder divino, convierte la substancia del pan en su Cuerpo y convierte la substancia del vino en su Sangre, de manera que antes de la consagración solo hay pan y vino, mientras que después de la consagración ya no hay más pan y vino, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Algo más que debemos tener en cuenta es que la expresión “Primera Comunión” significa “Primera de muchas”, tantas como pueda recibir a lo largo de la vida terrena; no significa “última”, como lamentablemente muchos parecen así creer, porque muchos niños y jóvenes, reciben la Primera Comunión y luego no regresan nunca más a comulgar, no se vuelven a confesar nunca más, no preparan sus corazones para la Comunión y no asisten nunca más a la Santa Misa dominical, con lo cual se privan de recibir al Corazón Eucarístico de Jesús.

El niño o el joven que ame verdaderamente a Jesús, no cometerá este error, porque se dará cuenta que no hay nada más hermoso y grandioso en esta vida, que comulgar, es decir, abrir el corazón para recibir a Jesús Eucaristía, quien a su vez nos dará el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo.

No cometamos el error de cerrar el corazón, impidiendo el ingreso de Jesús; por el contrario, acudamos cada vez a la Santa Misa, para abrir nuestros corazones, purificados por el Sacramento de la Penitencia, para recibir a Jesús Eucaristía, para adorarlo en nuestros corazones, convertidos en otros tantos altares y para darle, por medio de la Virgen, a cambio de su Corazón Eucarístico, nuestro pobre corazón.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Tomar la Primera Comunión es comenzar a vivir una vida nueva en Cristo

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones, Fronterita, Leales)

         ¿Qué es recibir la Primera Comunión?

         Visto desde afuera, es como si alguien recibiera en su boca un pedacito de pan blanco, sin levadura.

         Sin embargo, tomar la Primera Comunión es algo muy distinto, porque la Eucaristía no es un pedacito de pan, es una Persona, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que está vivo, glorioso, resucitado, en persona, en la Eucaristía. Jesús baja del cielo, en la Santa Misa, para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos en nuestros corazones, que deben estar purificados por la gracia que recibimos en la Confesión sacramental.

         Entonces, si recibir la Primera Comunión no es comer un pedacito de pan, sino recibir a una Persona, al Hijo de Dios, entonces la Primera Comunión es comenzar una nueva vida en la que Jesús es el centro. Recibir la Primera Comunión es recibir a Jesús en Persona y como es una persona -la Segunda de la Trinidad-, entonces comulgar es establecer una relación de vida y de amor con Dios Hijo, con Jesús. Cuanto más lo reciba en mi corazón, con amor, con fe, con piedad, en estado de gracia, tanto más crecerá mi amistad y mi amor con Jesús Eucaristía.

         Muchos pueden decir: “Yo no siento nada, no escucho a Jesús, no veo a Jesús” y es así, porque no vemos ni escuchamos a Jesús con los ojos y los oídos del cuerpo, pero no porque no lo veamos, no quiere eso decir que Jesús no esté Presente, en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía. Por eso es tan importante y tan hermoso recibir la Comunión, porque es recibir a Jesús en Persona, quien me da todo el Amor de su Sagrado Corazón.

         No cometamos el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión es la última, porque luego nunca más vuelven a la Iglesia para recibir a Jesús. Primera Comunión no significa “última”, sino la primera de muchas, tantas como pueda recibirlas. Además, si recibir la Comunión es lo más hermoso de esta vida, ¿porqué nos vamos a privar de lo más hermoso que tiene esta vida?

         Antes de comulgar por primera vez, digamos esta oración a Jesús: “Querido Jesús Eucaristía, Tú bajas desde el cielo en cada Santa Misa, para venir a mi corazón y para darme tu Amor; ayúdame a recibirte con amor y piedad y que esta Primera Comunión sea la primera de muchas más. Jesús Eucaristía, Tú me das tu Corazón en cada comunión, yo a cambio te doy mi pobre corazón, para que lo enciendas en el Fuego de tu Amor. Amén”.

sábado, 22 de octubre de 2022

En la Eucaristía, Jesús nos da su Sagrado Corazón

 



Una vez, en una de sus apariciones a Santa Margarita, Jesús le dijo lo siguiente: le dijo que le diera su corazón y la santa así lo hizo, entregándoselo a Jesús. Ella decía que su corazón, comparado con el horno de fuego que era el pecho de Jesús, era como un granito de arena en un inmenso horno de fuego.

Entonces Jesús tomó el corazón de la santa y lo introdujo en su pecho, luego lo sacó y se lo devolvió, pero no ya como corazón de carne, sino como una llama en forma de corazón. Estas llamas eran las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo, las mismas llamas que envuelven al Sagrado Corazón. El Sagrado Corazón había convertido al corazón de Margarita en una pequeña copia de su propio Corazón Divino.

Cuando pensamos sobre esta experiencia, nos ponemos a pensar cuán dichosa fue la santa, porque Jesús convirtió su corazón en una copia del suyo. Pero cuando nos ponemos a pensar bien, con cada Comunión Eucarística -y no solo con la Primera Comunión-, Jesús hace con nosotros algo infinitamente más grande y hermoso: a nosotros, Jesús no nos pide nuestro corazón para introducirlo en su pecho, sino que NOS DA su propio Sagrado Corazón en la Eucaristía, para que nosotros lo introduzcamos en nuestros pechos por la Comunión. Y una vez que el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús está en nuestro pecho, le transmite las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones se incendien de amor con el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. Aunque no sintamos nada, si recibimos la Eucaristía con fe y con amor y en estado de gracia, después de confesarnos, lo que sucede es eso: el Sagrado Corazón nos comunica su Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones ardan en el Fuego del Divino Amor. Por esta razón es que no hay nada más hermoso, en esta vida, que recibir la Sagrada Comunión, porque lo que recibimos, que por fuera parece un pan, en realidad es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Cuando nosotros vemos una imagen del Sagrado Corazón, vemos una representación, pero en la Eucaristía, el Sagrado Corazón está vivo, palpitando de Amor Divino; está real, glorioso, resucitado, deseoso de concedernos su Amor.

Ustedes van a recibir ahora al Sagrado Corazón en la Eucaristía por primera vez, y eso es lo más hermoso que le puede pasar a una persona en esta vida. No cometan el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión es la última, porque nunca más vuelven a recibir a Jesús Eucaristía. En cada Santa Misa, Jesús repite el milagro de bajar del Cielo para dejar su Corazón en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos con un corazón puro y lleno de amor. Si ustedes no vienen a recibir al Sagrado Corazón en las misas de Domingo, Jesús se queda triste y solo en el sagrario. Hagamos el propósito de asistir a la Santa Misa del Domingo, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

viernes, 14 de octubre de 2022

Recibir la Primera Comunión es recibir al Rey del cielo, Cristo Jesús


 


         ¿Qué es recibir la Primera Comunión?

         Cuando uno mira desde afuera y ve que alguien comulga, le parece como si estuviera recibiendo un pedacito de pan; en este caso, un pan bendecido en una ceremonia religiosa.

         Pero la Sagrada Comunión, la Eucaristía, no es eso, no es un pedacito de pan bendecido: es una Persona y esa Persona es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es Dios Hijo encarnado que continúa su Encarnación en la Eucaristía. En la Eucaristía está Jesús en Persona, vivo, glorioso, resucitado, con su Corazón Eucarístico lleno del Amor de Dios, el Espíritu Santo, para darnos todo su Amor cuando lo recibimos en gracia, con fe, con piedad y con amor.

         Comulgar no es comer un pedacito de pan, es recibir al Rey del cielo, al Rey de reyes y Señor de señores, que viene desde el cielo solo para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos con un corazón puro y santo por la gracia santificante de la Confesión sacramental. Comulgar es abrir de par en par las puertas del corazón para que ingrese el Rey de los cielos, Cristo Jesús. No hay nada más hermoso en este mundo que recibir la Sagrada Eucaristía, porque es recibir al Rey de los ángeles y de los hombres, Cristo Jesús, nuestro Dios, nuestro Señor y nuestro Redentor. Somos nosotros los que necesitamos de su Amor, de su Fuerza, de su Paz, de su Alegría y no es Él quien necesita de nosotros. A partir de ahora debe comenzar una nueva vida en ustedes, niños, una vida caracterizada por la relación de amor personal con Cristo Jesús en la Eucaristía, pero si ustedes no vienen los Domingos, nunca van a ser amigos de Jesús y se van a perder lo mejor de esta vida, que es la amistad y el Amor con Jesús Eucaristía.

Por eso da tanta pena ver a tantos niños y jóvenes que desprecian la Eucaristía, toman la Primera Comunión y ya no la vuelven a tomar más, dejándolo solo a Jesús en el Sagrario. No cometan el mismo error, no dejen a Jesús solo en el sagrario, vengan a visitarlo, a conversar con Él, a dejarse amar por Él, vengan los Domingos a recibirlo en la Eucaristía, con el corazón purificado por la Confesión Sacramental.

        

miércoles, 12 de octubre de 2022

Recibir la Primera Comunión quiere decir comenzar una nueva vida en Cristo

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Muchos niños y jóvenes, cuando toman la Primera Comunión, al terminar el tiempo de formación en Catequesis, piensan que con eso, han terminado sus compromisos con la Iglesia y con Dios. Muchos piensan, equivocadamente, que recibir la Primera Comunión es como cuando alguien termina la primaria o la secundaria: así como quien termina la primaria y la secundaria no regresa más, así también muchos, luego de recibir la Primera Comunión, no regresan más y nunca más vuelven, ni a confesarse, ni a comulgar. Alguno, con suerte, asistirá a alguna misa cuando lo inviten para el aniversario de un difunto, o para cuando algún conocido cumpla años, pero por lo general, no volverá nunca más, ni a la Confesión sacramental, ni a la Sagrada Comunión. Para estos, la Primera Comunión es la última, pero eso indica que no entendieron nada de lo que en realidad se trata el Sacramento de la Eucaristía.

         Recibir la Primera Comunión no es finalizar algo, sino comenzar algo, es comenzar una nueva vida, una vida caracterizada por la relación personal con Jesús, que es Dios y que se queda en Persona en la Eucaristía, para venir a nuestros corazones y para colmarnos con el Amor de su Sagrado Corazón. Por esta razón es que comulgar no es comer un pedacito de pan bendecido: comulgar es abrir el corazón para recibir a Jesús con todo el amor del que seamos capaces, para adorarlo, para darle gracias, para bendecirlo y para hablar con Él, así como se habla con un padre, con un amigo, con un hermano. Comulgar es recibir a una Persona, la Segunda Persona de la Trinidad, que por la Eucaristía viene a habitar en mi corazón, pero no porque Él tenga obligación de hacerlo, sino solamente porque me ama con todo el Amor de su Corazón, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         No cometamos el error de muchos que toman la Primera Comunión y luego desaparecen de la Iglesia. Recibir la Primera Comunión es comenzar una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, la vida de la luz de Dios, la vida en la que Jesús Eucaristía tiene que ocupar el centro de mi vida y de mi corazón.

sábado, 24 de septiembre de 2022

Recibir la Primera Comunión es recibir a Jesús

 



         El día de la Primera Comunión es un día muy importante en la vida de una persona, en la vida de un niño y la razón es que van a comenzar una nueva vida, porque van a recibir a una Persona muy pero muy especial y esa Persona se llama Jesús. Es muy especial porque Él es Dios, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad y también porque Él está, escondido, en la Eucaristía, en algo que parece un pedacito de pan, pero no lo es, porque la Eucaristía es Jesús en Persona.

         Es por esto que tomar la Primera Comunión no es algo que puede pasar desapercibido: es lo más hermoso que le puede pasar a una persona en esta vida, porque lo más hermoso de esta vida es recibir a Jesús en el Corazón por medio de la Hostia consagrada.

         Por eso, al comulgar, no debemos estar distraídos ni pensando en cualquier cosa: en lo único en lo que tenemos que pensar, al recibir la Eucaristía, es en Jesús, que, por la Comunión, viene para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón. Jesús viene a nosotros por la Comunión para darnos su Amor; por eso mismo, nosotros debemos responder dándole a Jesús todo el amor de nuestro corazón, como dice el dicho: “Amor con amor se paga” y si Jesús me da su Amor, el Amor de su Corazón, entonces yo tengo que darle el amor de mi corazón.

         La Primera Comunión es la primera de muchas, de ahora en adelante, ustedes van a comenzar una nueva vida, en la que van a entrar en relación de amor con Jesús Eucaristía y para eso tienen que venir los Domingos, para recibir a Jesús y al Amor de su Corazón en la Eucaristía.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Comulgar no es comer un poco de pan, es recibir al Hijo de Dios, Jesús

 



(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Recibir la Primera Comunión es el acontecimiento más maravilloso, más grandioso, más hermoso que pueda sucederle a una persona en esta vida terrena. Para saber por qué, recordemos qué es lo que enseña la Iglesia Católica acerca de la Santa Misa.

         Cuando el sacerdote extiende las manos sobre el pan y el vino y pronuncia las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Éste es el Cáliz de mi Sangre”-, sucede algo misterioso, invisible, pero no menos real: Jesús, el Hijo de Dios, baja desde el cielo y, con su poder divino, convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, de manera que la Eucaristía deja de ser pan, para ser solo apariencia de pan, puesto que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Ahora bien, el Cuerpo y la Sangre de Jesús no están solos, en el aire, por así decirlo, sino que pertenecen a Jesús y Jesús está donde está su Cuerpo y su Sangre, de la misma manera a como ahora, en este momento, nuestro cuerpo y nuestra sangre están con nosotros y nosotros estamos donde está nuestro cuerpo y nuestra sangre. Esto quiere decir que cuando decimos que la Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, estamos diciendo que con el Cuerpo y la Sangre de Jesús está Jesús en Persona. Esto quiere decir también que en la Eucaristía Jesús está en el altar así como está en el cielo, es decir, con su Cuerpo y con su Sangre gloriosos y resucitados y es por eso que nosotros adoramos la Eucaristía, porque adoramos a Jesús, que es el Cordero de Dios, que está en Persona y es Dios Hijo.

         Por todo esto, es que decimos que comulgar no es comer un pedacito de pan: es recibir al Hijo de Dios, Jesús, que está en Persona en la Eucaristía; comulgar es abrir el corazón para que ingrese Dios Hijo encarnado, Jesús, oculto en algo que parece pan, pero no es pan, sino el Hijo de Dios en Persona. No recibamos la Comunión como si fuera un poco de pan; antes de comulgar, hagamos un acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía y recibámoslo de rodillas, con todo el amor con el que seamos capaces de dar a Jesús. Por último, recordemos que recibir la Primera Comunión no es el fin de algo, sino el comienzo de una nueva vida, la vida de los hijos de Dios, en la que nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibidos en cada Domingo. Antes de recibir a Jesús, de rodillas y en la boca, debemos repetir interiormente esta oración: "¡Jesús, Dios Eterno, te amo, ven a mi corazón por la Sagrada Eucaristía!".

sábado, 10 de noviembre de 2018

Tomar la Primera Comunión es comenzar a vivir una vida nueva en Cristo



(Homilía en ocasión de la Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Hasta antes de tomar la Primera Comunión, solo habíamos oído hablar de Jesús: su vida, sus milagros, sus enseñanzas. Sólo lo conocíamos de oídas y a causa de tener que aprender las lecciones para aprobar las pruebas de Catecismo. Una vez que finalizamos el estudio, estamos en condiciones de tomar la Primera Comunión. Pero eso no significa que haya terminado nuestra tarea: ahora comienza una nueva etapa en nuestras vidas. Si antes conocíamos a Jesús sólo de oídas, ahora, por la Comunión Eucarística, lo vamos a conocer de otra manera: personalmente. Es decir, vamos a comenzar a entablar una relación de vida y de amor con Cristo Jesús, Dios Hijo hecho hombre, porque cada vez que yo comulgue, Jesús va a venir a mi corazón y yo voy a poder conocerlo y amarlo personalmente, no sólo de oídas. Por la Comunión Eucarística, Jesús entra en mi corazón y entra para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Eso quiere decir que yo, al comulgar, debo estar muy atento, para escuchar los latidos del Corazón de Jesús y para eso, debo permanecer en silencio y recoger mis sentidos, de manera tal que sólo piense en Jesús y sólo escuche no los latidos de mi corazón, sino los latidos del Corazón de Jesús. Tomar la Primera Comunión quiere decir comenzar la mejor etapa de nuestras vidas, porque quiere decir que Dios vendrá a mi corazón y me hablará al oído y de lo que Dios me quiere hablar, es sólo del Amor que Él siente por mí, un Amor tan pero tan grande, que lo llevó a dar su vida por mí en la cruz, en el Calvario, hace dos mil años y lo lleva a renovar cada vez, en la Santa Misa, el don de su vida divina, por la Eucaristía. Comulgar quiere decir que voy a comenzar a conocer en Persona a Jesús, porque Jesús en Persona va a venir a mi corazón. Si amo a Jesús, entonces voy a tratar de comulgar todas las veces que pueda y cuando no pueda hacerlo sacramentalmente, entonces haré una comunión espiritual. Cuando dos personas se aman, quieren verse y esto es lo que Jesús quiere hacer conmigo: me ama tanto, pero tanto, que baja desde el cielo, invisible, en cada Santa Misa, para quedarse en la Eucaristía y así poder entrar en mi corazón. Quien ame a Jesús, se va a diferenciar de quien no lo ame, por la Comunión Eucarística: quien no ame a Jesús, no le importará no venir a Misa y no recibir la Comunión; en cambio, el que ame a Jesús, hará todo lo posible para venir a Misa y comulgar en gracia, no solo el Domingo, sino todos los días, si fuera posible. En esto se diferencian aquellos que no aman a Jesús y aquellos que sí lo aman: quienes sí lo aman, desean recibirlo en sus corazones por la Eucaristía y por eso acuden a la Santa Misa, no por obligación, sino por amor, para recibir el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Que esta Primera Comunión sea la primera de muchas y que por la Comunión comencemos la mejor etapa de nuestras vidas: el conocimiento personal de Jesús y la comunión de vida y amor con Él, Presente en la Eucaristía.
Le vamos a pedir a Nuestra Señora de la Eucaristía que nuestros corazones sean como la madera seca o como el pasto seco, para que al contacto con ese Carbón encendido en el Fuego del Amor de Dios, que es la Eucaristía, ardan al instante con las llamas del Espíritu Santo.

viernes, 26 de octubre de 2018

Comulgar no es comer un pedacito de pan, es recibir el Amor infinito de Dios




(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Debido a que la Eucaristía parece pan, tiene el sabor del pan, el color del pan, muchos piensan que comulgar es igual a cuando en el hogar comemos un trocito de pan. Muchos piensan que la comunión es algo similar a cuando comemos un poco de pan, solo que la comunión es comer un poco de pan en un ambiente distinto al del hogar. Pero es un error pensar así, porque solo externamente la comunión eucarística es algo similar a cuando comemos un poco de pan. Comulgar, recibir la comunión, tomar la comunión, es algo infinitamente más grandioso que comer un trocito de pan, por dos motivos: porque la Eucaristía no es un pedacito de pan, aunque parece pan, y porque lo que nuestra alma recibe no es la materia del pan, sino el Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús.
         Cuando comemos un poco de pan, en el hogar, por ejemplo, sentimos el gusto y el sabor del pan y vemos el pan antes de comer y cuando el pan ingresa a nuestro cuerpo, lo alimenta con su substancia. Comer un poco de pan alimenta el cuerpo y permite que el cuerpo no muera de hambre, porque le da de su substancia y así le permite seguir con vida. Si alguien tiene mucha hambre y su vida peligra por falta de comida, el pan ingerido lo salva, porque permite que su cuerpo siga viviendo.
         Pero no es esto lo que sucede cuando comulgamos, aunque exteriormente parezca lo mismo. No es lo mismo comer un poco de pan, que comulgar, porque la Eucaristía NO ES pan, sino Jesús, el Hijo de Dios, oculto en algo que parece pan pero ya no lo es. Comulgar es recibir a Jesús en Persona, al mismo Jesús que es Dios y que en el Cielo es adorado por ángeles y santos. El mismo Jesús que está glorioso en el Cielo, es el mismo Jesús que ingresa en nuestra alma, en nuestro corazón, cuando comulgamos. Y cuando comulgamos, Jesús nos da una nueva vida, la vida suya, que es la vida de Dios y nos da también el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo. Por eso comulgar no es comer un poco de pan, sino que es recibir el Amor infinito de Dios, que late en la Eucaristía, en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. No es nuestro cuerpo el que es alimentado con un poco de trigo y agua, como sucede cuando comemos el pan en el hogar, sino que es nuestra alma, la que es colmada con el Amor infinito del Corazón de Dios, el Corazón de Jesús, cuando comulgamos. No comulguemos distraídamente; no nos dejemos engañar por los sentidos del cuerpo, que  nos hacen creer que la Eucaristía es un pedacito de pan, que tiene sabor a pan y apariencia de pan: cuando comulguemos, recordemos lo que aprendimos en el Catecismo, que la Eucaristía ya no es pan, sino Jesús en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, que viene a nosotros desde su Cielo, no porque necesite algo de nosotros, que siendo Dios no necesita de nada ni de nadie, sino que viene para darnos su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón. ¡Cuán equivocados están quienes confunden a la Eucaristía con un pedacito de pan y la desprecian, dejando de venir a Misa los Domingos, dejando de confesarse, porque así se pierden la mayor alegría y el mayor honor que alguien jamás pueda tener en esta vida, que es el recibir el Amor infinito del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús! No cometamos el error de tantos niños y jóvenes y también adultos, que dejan de lado la Eucaristía por creer que es solo un poco de pan bendecido y acudamos cada Domingo –cada día, si fuera posible-, a recibir la Comunión, a recibir el Amor infinito del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Que esta Primera Comunión no sea la última, sino la Primera de muchas, muchas comuniones que por la gracia de Dios haremos en la vida, para llenar nuestras almas del Amor de Dios.

jueves, 18 de octubre de 2018

No hay alegría más grande que recibir la Primera Comunión



 (Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Todos los seres humanos tenemos algo en común: todos queremos ser felices. Nadie quiere ser infeliz. Nadie quiere la infelicidad y todos queremos la felicidad. La razón es que hemos sido hechos por Dios para ser felices. El problema está, dice San Agustín, que buscamos la felicidad en lugares donde no la podemos encontrar y no la vamos a encontrar nunca. Muchos, equivocadamente, creen que la felicidad está en el dinero, o en el poseer bienes  materiales, o en tener fama, éxito, poder. Muchos creen que en las cosas del mundo está la felicidad. Esto es un grave error, porque esas cosas no pueden saciar la sed de felicidad que tenemos los seres humanos. Para que nos demos una idea, imaginemos la siguiente escena: imaginemos a un hombre que está parado al borde de un abismo, un abismo tan profundo que no llega a verse el fondo. Imaginemos que este hombre se diera a la tarea de llenar el abismo arrojando vasos de arena. Nunca lo conseguirá, nunca podrá llenar el abismo con la arena, porque el abismo es demasiado grande. Podrá pasar cientos de años en la tarea, y nunca se llenará el abismo. El abismo es nuestra alma y su deseo de felicidad; el vaso de arena con el que el hombre del ejemplo trata de llenarlo, son los bienes materiales, el dinero, el éxito, la fama, el poder. Así como el abismo de la imagen no se llenará nunca con vasos de arena, así nuestra alma nunca, pero nunca, podrá saciar su sed de felicidad con los bienes materiales, con el dinero, con la fama y el éxito. Esas cosas lo único que harán es hacernos más infelices cada vez y nos hará perder el tiempo, porque estaremos buscando la felicidad en donde jamás la vamos a encontrar.
         Entonces, hemos sido creados por Dios para ser felices, pero resulta que nada de lo creado –y mucho menos las cosas mundanas- puede satisfacer nuestra alma. Sin embargo, sí hay algo que sí puede llenar este abismo vacío y sediento de felicidad que es nuestra alma. ¿Qué es eso que puede llenar de felicidad nuestra alma? Lo que puede llenar de felicidad nuestra alma es la Sagrada Eucaristía, porque la Sagrada Eucaristía es Dios Hijo en Persona, Cristo Jesús y Cristo Jesús es la Alegría y la Felicidad Increadas  y cuando Él entra en un alma por la comunión eucarística, lo único que quiere hacer es derramar la Alegría y la Felicidad de su propio Corazón en nuestros corazones. Cuando Jesús entra en nuestros corazones, derrama tanto Amor, que ese abismo vacío y sediento de felicidad que es nuestra alma, queda extra-colmado y rebosante de amor, de alegría, de felicidad, de paz. Sólo la Eucaristía puede hacernos verdaderamente felices, en esta vida y en la otra. Por esta razón es que decimos que tomar la Primera Comunión es la alegría más grande que jamás alguien pueda experimentar. Jesús Eucaristía puede llenar y sobre-llenar nuestras almas, con su Alegría y Felicidad divinas, de manera tal, que después no vamos a desear nada en este mundo ni en el otro, que no sea el mismo Jesús.
         No cometamos el error de muchos niños y jóvenes que toman la Primera Comunión y, lamentablemente, se convierte para ellos en la última, porque nunca más vuelven a la Iglesia. Si queremos ser felices en esta vida y en la otra, acudamos a recibir la Sagrada Eucaristía, no solo en la Primera Comunión, sino en cada Misa que podamos asistir y que la Primera Comunión no sea la última, sino la Primera de muchas comuniones que, por la gracia de Dios, haremos hasta el día en que lleguemos a la otra vida. Tomar la Primera Comunión y comulgar con frecuencia, con todo el amor del que seamos capaces, nos hará felices en esta vida y en la otra, pero no se trata de una felicidad humana, ni tampoco se trata de que vamos a andar riéndonos por la vida de cualquier cosa. No consiste en eso la felicidad que nos da Jesús: es una felicidad mucho más profunda, una felicidad que no consiste en la risa, sino en la paz del alma que se sabe amada por Dios y es una felicidad que está presente incluso cuando en la vida hay tristezas y tribulaciones.
         Tomar la Primera Comunión es un regalo inmenso de Dios, porque Dios no nos da sus dones, lo cual ya sería algo en sí mismo inmenso, sino que se nos da Él mismo, en Persona, oculto en apariencia de pan. No dejemos de comulgar, que nuestra Primera Comunión no sea la última, sino la primera de muchas; cuanto más comulguemos, más anticipadamente viviremos, en la tierra, con la felicidad eterna del Reino de los cielos. No hay dicha más grande que recibir la Primera Comunión, Jesús, Dios Eterno, glorioso, resucitado, sacramentado.

La Primera Comunión es el comienzo de una nueva vida en Cristo


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Primeras Comuniones)


         La finalización del estudio del Catecismo puede hacer creer, tanto al catequista, como al niño, que ha finalizado una etapa. En efecto, se puede decir, tal vez: “Hemos finalizado el Catecismo de Primera Comunión. Terminó una etapa. Ahora empieza la etapa final, que es la de la Confirmación. Pero la etapa de la Primera Comunión está finalizada”. No hay nada más erróneo que pensar de esta manera. Finalizar la instrucción del Catecismo, preparándonos para recibir la Primera Comunión, no significa el fin de nada, sino el Principio de una nueva vida, la vida de la unión, en la fe y en el amor, con Jesús Eucaristía. A partir de la finalización de la Primera Comunión, comienza una nueva etapa en la vida del niño, la etapa del conocimiento y de la unión con Jesús de un nuevo modo, bajo la Eucaristía. Si antes conocíamos a Jesús sólo de oídas, ahora, por la comunión sacramental, lo podemos conocer de un nuevo modo, mucho más íntimo, personal, interior, porque Jesús ahora viene, por la Eucaristía, en Persona a mi corazón. Ya no es que pienso en Jesús, deseo estar con Jesús, me imagino a Jesús: ahora, Jesús EN PERSONA viene a mi corazón por la Comunión Eucarística. Y el hecho de que venga en Persona, quiere decir que lo que comulgo no es un poco de pan, sino a Jesús en apariencia de pan, que viene con su Cuerpo glorioso, con su Sangre resucitada, con su Alma glorificada, con su Divinidad, a mi corazón, para darme miles y miles de gracias, en cada Comunión Eucarística y tantas pero tantas gracias, que si las pudiéramos ver aunque sea por un momento, moriríamos de alegría y de amor. Eso es lo que le pasó a Imelda Lambertini, la niña que murió de amor en el día de su Primera Comunión: su corazón estaba tan dispuesto por la gracia, para recibir todo el amor que Jesús le pudiera comunicar, que murió de amor. Su corazón no resistió tanta alegría y tanto amor y por eso murió de amor luego de su Primera Comunión. Si a nosotros no nos pasa eso, lo más probable, se debe a que estamos tan distraídos al momento de comulgar, que Jesús entra en nuestras almas y se queda ahí, con todos los regalos de su gracia, sin poder darnos nada, a causa de nuestra distracción. Es como si invitáramos a nuestro mejor amigo a pasar a nuestra casa y nuestro amigo, que viene con un montón de regalos para nosotros, se queda solo, porque lo dejamos solo y nos vamos a otro lado. No comulguemos de modo distraído, sino que prestemos atención al momento de comulgar, pensando en Jesús y cómo Jesús quiere colmar mi corazón con su gracia, su alegría y su amor.  Finalizar la Primera Comunión no significa que ya no tengo que venir a la Iglesia; por el contrario, significa que ahora es cuando más debo comenzar a venir, para recibir a Jesús Eucaristía todos los días, si fuera posible. Cuando dos personas se aman, se verían todos los días, si fuera posible. Jesús me ama y quiere venir a mi corazón todos los días por la Eucaristía, pero si yo no acudo a la Iglesia para recibirlo, no me puede dar su amor.
         Entendamos, entonces, que finalizar la Primera Comunión es en realidad comenzar la Primera Comunión de muchas comuniones, realizadas en la fe y en el amor, para unir nuestros corazones cada vez más a Jesús Eucaristía.

jueves, 12 de noviembre de 2015

La Primera Comunión es recibir al Niño que tiene la Virgen entre sus brazos


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones de niños de la Catequesis Familiar -          CAFA)

         ¿En qué consiste la Primera Comunión? Para saberlo, contemplemos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía: la Virgen está de pie, avanzando hacia nosotros, con el gesto de entregarnos a su Niño; el Niño, a su vez, tiene un racimo de uvas rojas, que sostiene con su mano izquierda, ayudado por su Madre. La Virgen que nos da a su Niño, representa a la Iglesia, que por medio del sacerdote ministerial nos da al Hijo de María, Jesús, en la Eucaristía; el Niño que está en brazos de la Virgen y que la Virgen nos entrega, representa a ese Niño Jesús, nacido en Belén, Casa de Pan, que se nos entrega voluntariamente en la Eucaristía, Pan de Vida eterna, con su Cuerpo y con su Sangre: así como en la imagen la Madre de Jesús, la Virgen nos entrega a su Niño con su Cuerpo real y también con su Sangre, representada en las uvas –con las uvas se hace el vino de Misa y el vino en la Misa se convierte en la Sangre de Jesús por la “Tran-subs-tan-cia-ción”, así la Santa Madre Iglesia nos entrega, en la Misa, el Cuerpo de Jesús Sacramentado, en la Eucaristía, y su Sangre, vertida en el cáliz.
La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, en la que la Virgen que nos da a su Niño nacido en Belén, Casa de Pan, representa a la Iglesia y al sacerdote ministerial que por la Misa nos dan a Jesús, Pan de Vida eterna; el Cuerpo real del Niño en brazos de la Virgen representa al Cuerpo de Jesús, lleno de luz y de gloria, resucitado, en la Eucaristía; las uvas que lleva el Niño, representan su Sangre, derramada en la cruz y vertida en el cáliz en la Santa Misa, porque con las uvas se hace el vino y el vino, por la Transubstanciación, se convierte en la Sangre de Jesús.
         Entonces, cuando contemplemos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, recordemos que así es la Comunión: así como la Virgen nos entrega el Cuerpo y la Sangre de su Hijo, así la Santa Madre Iglesia nos entrega el Cuerpo y la Sangre de su Hijo en la Eucaristía. Y como la Virgen nos entrega a su Hijo por Amor, para que su Hijo nos dé el Amor de su Sagrado Corazón, así nosotros, debemos entregarle, en la Primera Comunión y en toda comunión, nuestros corazones con todo el amor allí contenido, a Jesús. Recibir la Primera Comunión es recibir al Hijo de la Virgen María, Jesús Eucaristía, como si estuviéramos parados delante de la imagen, para recibir al Niño que nos da la Virgen: la diferencia con la imagen, en donde la Virgen nos da a su Niño y por lo tanto tenemos que estirar los brazos para recibirlo, es que en la Primera Comunión recibimos al Hijo de María en el corazón, porque viene a nosotros por la Eucaristía. Si en la imagen la Virgen da un paso hacia adelante para darnos a su Hijo Jesús, en la Primera Comunión recibimos al Hijo de María Virgen, que nos lo da la Iglesia oculto en apariencia de pan.
         Por lo tanto, al recibir la Primera Comunión, pensemos en el Niño que la Virgen tiene entre sus brazos, porque ese Niño Jesús está en la Eucaristía, no representado en un yeso, sino en la realidad, y viene a mi corazón para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón y para darme el fruto de las uvas, que es su Sangre derramada por cada uno de nosotros en la cruz. Al recibir a Jesús Eucaristía por primera vez en nuestros corazones, no debemos estar distraídos con cosas que no son Jesús: debemos pensar en Él y sólo en Él, como cuando invitamos a nuestro mejor amigo a nuestra casa, para estar con él y sólo con él. La Primera Comunión es el primer intercambio de amor entre el Corazón Eucarístico de Jesús y el nuestro: Jesús nos da su Corazón –que late, vivo, con toda la fuerza del Amor de Dios, el Espíritu Santo- contenido en la Eucaristía y con Él nos da todo su Amor, por lo que nosotros no podemos hacer otra cosa que entregarle nuestro corazón, con todo el amor a Él allí contenido, por pequeño que sea.

Por último, la Primera Comunión no puede ni debe ser nunca la “última”, como ocurre en muchos casos, lamentablemente: es la Primera de muchas, porque cuanto más amemos a Jesús, más desearemos comulgar en gracia, para que más tiempo esté Jesús con nosotros, en nuestro corazón. La Eucaristía recibida en la Primera Comunión debe quedar entronizada en nuestros corazones, para ser allí amada y adorada, para que la Eucaristía sea el Centro de vida y amor divinos que guíe nuestras vidas. Y puesto que estamos en familia, la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre que nos da la Virgen María, debe ser el alimento celestial no solo para los niños de las familias que hoy reciben la Primera Comunión, sino para toda la familia, para todos los integrantes de la familia; es decir, la Eucaristía –sólo la Eucaristía y nada más que la Eucaristía- debe ser el centro de vida y amor de la familia; si algo reemplaza a la Eucaristía –el televisor, la computadora, el celular, etc.-, nada de eso podrá ser lo que la Eucaristía es para toda la familia: el centro y la fuente inagotable del Amor, de la Paz, de la Alegría de Dios Hijo encarnado, el Hijo de María.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Jesús dio su vida en la cruz para que nosotros pudiéramos recibirlo en la Primera Comunión


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Al recibir la Primera Comunión, tenemos que recordar qué nos enseña la Iglesia, para saber bien qué es lo que estamos recibiendo: recibimos no un poco de pan bendecido, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía.
         Otra cosa que tenemos que saber es que lo que recibimos, la Eucaristía, que nos parece algo tan fácil recibirla –viene el sacerdote, celebra la Misa, paso a comulgar, recibo la Eucaristía-, a Jesús le costó muy pero muy mucho: le costó su Sangre y su Vida. Es decir, para que ustedes puedan recibir hoy la Eucaristía, Jesús tuvo que entregar su vida en la cruz y sufrir muy pero muy mucho.
Jesús sufrió mucho para poder estar en la Eucaristía y para que ustedes lo puedan recibir: le costó nada menos que su vida, entregada en el sacrificio del Calvario el Viernes Santo; Jesús entregó su vida por ustedes en la cruz, para que lo pudieran recibir en la Comunión y esto que hizo Jesús no lo hizo por obligación, sino que Él entregó su vida por Amor a cada uno de ustedes. Cuando Jesús subió a la cruz, subió por Amor a todos nosotros y cuando lo hacía, lo único que tenía en la mente era el nombre de cada uno de ustedes, y a todos los tenía en su Sagrado Corazón, porque los amaba a todos con locura. Cuando le clavaban los clavos, cuando agonizaba por tres horas, cuando estaba por entregar su Espíritu en manos de su Padre, Jesús pensaba en ustedes y los amaba en su Corazón a todos y cada como si fueran los únicos, como si no hubieran otros niños en el mundo. Y desde que Él entregó su vida en la cruz y resucitó y subió al cielo, está esperando, desde entonces, este momento, el momento en el que Él va a entrar en sus corazones por primera vez en sus vidas para darles todo su Amor.
Esto quiere decir que si Jesús entregó su vida por Amor a ustedes y que quiere entrar en sus corazones sólo para darles su Amor, lo que quiere Jesús a cambio es recibir el amor de cada uno y es por eso que, al recibirlo en la Primera Comunión –como en cada Comunión-, no solo no tenemos que estar distraídos, sino que tenemos  que estar muy concentrados, pensando en Jesús, diciéndole que lo adoramos y que queremos darle todo el amor de nuestros corazones. En la comunión, Jesús nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico, lleno del Amor de Dios. Si en una imagen el Sagrado Corazón está sólo representado, porque no está ahí en la realidad, en la Eucaristía, en cambio, está el Sagrado Corazón en Persona. Para que sepamos que esto es real y verdadero, Jesús hizo un milagro en la Edad Media, en un pueblito llamado Orvieto: como el sacerdote que celebraba la Misa tenía dudas de fe con respecto a la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, Jesús hizo que parte de la Hostia consagrada se convirtiera en músculo del corazón vivo y sangrante, con tanta sangre, que rebasó el cáliz, manchó el corporal y hasta cayó en el mármol del pavimento, quedando impregnado ese mármol hasta el día de hoy con la Sangre de Jesús. Pero todavía faltaba algo más: la parte de la Hostia que estaba en contacto con los dedos del sacerdote, no se convirtió en músculo del corazón, sino que siguió siendo apariencia de pan, para que nos diéramos cuenta que la Eucaristía que recibimos es el mismo Sagrado Corazón de Jesús. Y Jesús hace todo este milagro sólo para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón, que es como un océano de Amor, sin playas y sin fondo. Es por eso que, si Jesús nos da su Amor, también nosotros debemos darle nuestro amor, el pobre amor de nuestros corazones.
Si hacemos así, si le damos a Jesús Eucaristía todo nuestro amor en la Primera Comunión, vamos a enamorarnos de Jesús Eucaristía y entonces vamos a querer comulgar no sólo en la Primera Comunión –que para muchos, lamentablemente, es la última-, sino que vamos a querer comulgar todas las veces que sea posible, porque el que ama a una persona, quiere estar con esa persona todo el tiempo: si amamos a Jesús, vamos a querer que Jesús esté en nuestros corazones todo el tiempo que sea posible y para eso vamos a venir a comulgar seguido. Si amamos a Jesús en la Eucaristía, no vamos a faltar a Misa por pereza, ni por el fútbol, ni por el paseo, ni por el descanso, y nuestros papás no van a tener que estar insistiéndonos para que vengamos a Misa: nosotros mismos vamos a pedir venir a Misa, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que lo único que quiere es darme todo su Amor. Y así, la Primera Comunión no va a ser la última, sino la primera de muchas, de muy muchas.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Por la Primera Comunión recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

            Para que podamos entender la inmensidad del don que nos hace Jesús en la Primera Comunión, tenemos que recordar un milagro eucarístico -de entre tantos- muy especial: el milagro de Orvieto-Bolsena, ocurrido hace muchos años, en la Edad Media.
         ¿Qué sucedió en ese milagro? Un sacerdote, que tenía dudas de fe, comenzó a celebrar la Misa. En el momento de la consagración, es decir, cuando el sacerdote pronuncia las palabras “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”, que por el poder del Espíritu Santo convierten al pan y al vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, tuvo dudas de fe. Es decir, dudó de que realmente las palabras de la consagración produjeran la conversión de las substancias muertas del pan y del vino, en la substancia gloriosa de Jesús resucitado.
         Entonces, el mismo Jesús, con su poder divino, hizo uno de los milagros más grandiosos de todos los milagros grandiosos de Dios: ante su propia vista convirtió la Hostia, que acababa de ser consagrada, en músculo cardíaco vivo, que comenzó a sangrar; la sangre, que caía en el cáliz, era tanta, que rebalsó el cáliz, manchó el corporal y cayó al mosaico de mármol, quedando impregnado el mármol hasta el día de hoy. Pero además, sucedió otro milagro dentro del milagro: la parte de la Hostia que era sostenida por los dedos del sacerdote, no se convirtió en músculo del corazón que sangraba, sino que permaneció con apariencia de pan, y esto lo hizo Jesús para que nos diéramos cuenta que, en cada Eucaristía, lo que está contenido ahí adentro –y que por lo tanto, es lo que recibimos-, no es pan, como aparece a nuestros sentidos, sino su Sagrado Corazón que, por estar en la Eucaristía, le decimos “Sagrado Corazón Eucarístico”. Jesús hizo este gran milagro eucarístico para que supiéramos que lo que nos enseña la Iglesia, de que el pan y el vino se convierten en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la consagración, es cierto.

         Entonces, esto es lo que vamos a recibir en la Primera Comunión: al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que late de Amor por nosotros. Pero no solo en la Primera Comunión recibimos al Sagrado Corazón de Jesús, sino en cada comunión que hagamos. Si amamos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, nuestra Primera Comunión será la primera de muchas, muchísimas, porque no vamos a querer perdernos ninguna comunión.

viernes, 30 de octubre de 2015

Por la Primera Comunión, Jesús nuestro mejor Amigo, entra en nuestros corazones por primera vez


(Homilía para la Santa Misa de Primeras Comuniones)

         La Primera Comunión es como cuando hacemos una fiesta e invitamos a nuestro mejor amigo a nuestra casa: preparamos nuestra casa y la limpiamos bien, para que cuando llegué esté todo impecable; antes de que llegue, estamos ansiosos, esperando que se haga la hora del encuentro; cuando llega, nos ponemos contentos porque ya llegó; le dedicamos toda nuestra atención; hablamos con él; le servimos cosas ricas; hablamos de las cosas que más queremos, y todo porque como es nuestro mejor amigo, hacemos de todo para que se sienta lo mejor posible.
Bueno, en la Primera Comunión, el que entra en nuestros corazones, que es nuestra casa, es Jesús, nuestro mejor Amigo. Antes de su llegada, estamos ansiosos, esperando el momento de comulgar; para que se sienta cómodo, preparamos previamente nuestros corazones por la gracia santificante, que llena el corazón de luz, de paz, de amor; además, puesto que la gracia nos da la santidad de Jesús, nuestro corazón está limpio, puro, brillante, perfumado “con el buen olor de Cristo”, y el buen olor de Cristo es como si fuera un campo infinito de flores de aroma exquisito; estamos alegres, porque nada menos que el Hijo de Dios, al que los ángeles adoran en el cielo, viene a nuestros corazones, para quedarse con nosotros; y cuando Jesús Eucaristía está dentro nuestro, hablamos con Él, le decimos cuánto lo queremos y que le agradecemos que nos haya venid a visitar por la Eucaristía y le pedimos también por nuestros papás, nuestros hermanos y nuestros seres queridos. Entonces, la Primera Comunión es como cuando viene nuestro mejor amigo a visitarnos, sólo que Jesús es el mejor amigo de todos nuestros mejores amigos.
         Y una vez que Jesús llega a nuestros corazones, ¿cuánto tiempo se queda con nosotros? Jesús se queda todo el tiempo que nosotros queramos, por eso tenemos que estar siempre pensando en Jesús y diciéndole cuánto lo amamos: “Jesús, te amo; Jesús, en Vos confío; Jesús, ven a mí” y tenemos que evitar todo tipo de cosas malas. Jesús sólo se va cuando dejamos de pensar en Él y sobre todo cuando hacemos algo malo, porque donde está Jesús, no puede estar el pecado, y donde está el pecado, no puede estar Jesús. Cuando cometemos un pecado, Jesús se va, con mucha tristeza, de nuestro corazón, porque Él no puede quedarse ahí. El pecado es algo malo, oscuro, y Jesús es bueno y es luz, por eso no puede estar en un corazón que desea cosas malas. Para que Jesús Eucaristía nunca se vaya de nuestros corazones, tenemos que pensar, hablar, querer y hacer cosas buenas, santas, y nunca nada malo, por pequeño que sea. Para que Jesús no se vaya de nuestros corazones, nunca debemos decir ninguna mentira, por pequeña que sea, ni tampoco debemos pelear, ni desobedecer, ni decir cosas malas, ni desear cosas malas. Tenemos que tratar a todos con amor, con cariño y respeto, como lo haría Jesús. Si hacemos así, entonces Jesús Eucaristía se va a sentir muy a gusto en nuestros corazones y no se va a ir nunca.

         Otra cosa que tenemos que tener en cuenta es que, por la Primera Comunión, Jesús viene por Primera Vez a nuestros corazones: entonces, hagámoslo sentir como en su casa, como si nuestro corazón fuera su casa y su habitación más querida; al comulgar, digámosle que lo amamos y que queremos que nunca se vaya de nuestros corazones, démosle todo nuestro amor y le prometamos también que vamos a recibirlo en la Comunión Eucarística todas las veces que sea posible, porque lo amamos mucho y queremos que esté con nosotros el mayor tiempo que sea posible. Si amamos a Jesús Eucaristía, la Primera Comunión va a ser la primera de muchas, porque si amamos a Jesús, vamos a querer comulgar todas las veces que sea posible, para que Jesús esté siempre en nuestros corazones. El que ama a Jesús, quiere venir a Misa para recibirlo no solo en la Primera Comunión, sino todas las veces que sea posible; el que no lo ama, en cambio, no le importa faltar a Misa, porque no le importa recibirlo en la Comunión. Le pidamos a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que desde la Primera Comunión, que ahora tomamos, que aumente cada vez más nuestro amor a su Hijo Jesús en la Eucaristía, y que haga que nuestros corazones sean como la casa de Jesús, para que Jesús nunca quiera irse y se quede para siempre con nosotros.
      Le pidamos a la Virgen que haga que amemos tanto, pero tanto, a Jesús Eucaristía, que deseemos comulgar -en gracia- todas las veces que sea posible.

viernes, 23 de octubre de 2015

Jesús quiere entrar en sus corazones por la Eucaristía


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Queridos niños, ustedes van a recibir hoy la Primera Comunión. ¿Cómo qué podemos comparar a la Primera Comunión? Para saberlo, veamos cómo está como está preparado hoy el templo, de manera especial: el templo está limpio, iluminado, con el perfume de las flores que están a los pies del altar, se escuchan cantos y reina un ambiente de mucha alegría; las puertas están abiertas de par en par, para que ustedes entren en la Iglesia para participar de la Santa Misa. Así como es el templo, así es nuestro corazón en este día de la Primera Comunión: por la gracia de la Confesión Sacramental, nuestro corazón está limpio, sin pecado; está iluminado, porque la gracia es luz y disipe las tinieblas del pecado; está perfumado con el “buen aroma de Jesús”, que es el perfume de la santidad; al igual que en el templo, que se escuchan canciones y hay ambiente de alegría, nuestra alma entona cantos y está alegre porque está por llegar Jesús, y al igual que en el templo las puertas se abrieron de par en par, así tenemos que abrir, de par en par, las puertas de nuestros corazones, para que entre en ellos Jesús Eucaristía.
Pero lo más importante es el altar: sobre ese altar, bajará Jesús desde el cielo, en la Santa Misa, en la Consagración del pan y del vino, para quedarse en la Eucaristía, y es por eso que después de la Consagración, ya no hay más pan y vino, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús va a bajar del cielo hasta el altar, para quedarse en la Eucaristía. Entonces, así como en el templo hay un altar, también en nosotros, en nuestro interior, hay un altar y ese altar es nuestro corazón, adonde irá Jesús cuando entre por la Comunión. Ahí, en el altar de nuestro corazón, vamos a recibir a Jesús, cuando Él entre en nosotros por medio de la Primera Comunión.
Tenemos que ver el altar, para saber qué debemos hacer en la Primera Comunión: cuando vemos el altar, vemos que está Jesús Eucaristía. ¿Hay alguien más aparte de Jesús Eucaristía en el altar? No, porque el altar es sólo de Jesús Eucaristía y de nadie más que de Jesús Eucaristía; entonces, así como pasa en el altar de la misa, así tiene que pasar en nuestro corazón, que es nuestro altar interior: allí tiene que estar Jesús y sólo Jesús y nadie más que Jesús. Entonces, esto es lo que tenemos que hacer en la Primera Comunión: amar y adorar a Jesús Eucaristía, porque si en el altar de la misa sólo se adora a Jesús Eucaristía y a nadie más que Él, entonces, en el altar de nuestro corazón lo vamos a amar y adorar, sólo a Jesús Eucaristía y a nadie más que Él.
         ¿Qué hará Jesús cuando entre en nuestros corazones? Cuando entre Jesús Eucaristía, Él nos donará todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, que es como un océano sin playas y sin fondo; su Amor es como un Fuego, pero un fuego que no arde ni quema, sino que llena al alma de amor, alegría y paz, porque ese Fuego que está en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Jesús quiere entrar en nuestros corazones por la Eucaristía, sólo para darnos su Amor y nada más que para darnos su Amor; no tiene ningún otro interés que darnos su Amor, el Espíritu Santo. Entonces, si Jesús nos da su Amor, también nosotros debemos darle nuestro amor y para eso, tenemos que estar muy concentrados al recibir la Comunión y pensar en Jesús y sólo en Jesús, y decirle: “Jesús, te amo; Jesús, te amo; Jesús, te amo; te doy gracias por haber venido a mi corazón”. Así, va a haber un intercambio de amor entre Jesús y nosotros, y como los que se intercambian amor son los que se aman, entonces vamos a amar a Jesús Eucaristía y vamos a querer comulgar no solo en la Primera Comunión, sino todas las veces que sea posible, incluso diariamente, porque el que ama a una persona, desea estar con esa persona todo el tiempo que sea posible. Si nos enamoramos de Jesús Eucaristía, vamos a querer tenerlo en nuestro corazón todo el tiempo y para eso vamos a venir a la Iglesia, a la Santa Misa, sin que nadie nos diga nada, porque vamos a querer tener a Jesús en nosotros. Así, la Primera Comunión no va a ser la última –lamentablemente, para muchos, la Primera Comunión es la última-, sino la Primera de muchas, porque vamos a querer comulgar, con el alma limpia por la Confesión, todos los días que sea posible.

         Entonces, recordemos que tenemos que estar en silencio en el momento de la Comunión y cuando lo recibamos a Jesús, decirle, con todo el amor del que seamos capaces: “Jesús Eucaristía, te amo; Jesús Eucaristía, te amo; Jesús Eucaristía, te amo y te doy gracias por haber venido a mi corazón para darme el Amor de tu Sagrado Corazón Eucarístico; toma a cambio todo el amor que hay en mi pobre corazón, y no permitas que nunca salga de tu Corazón”.

viernes, 16 de octubre de 2015

Jesús esperó diez años para entrar en sus corazones


(Homilía para Santa Misa de Primeras Comuniones)

         Vamos a tomar la Primera Comunión, y para eso, ustedes se prepararon durante dos años, asistiendo a clases y estudiando el Catecismo que les enseñaban sus maestros catequistas. Durante dos años, ustedes se han preparado para este momento, y por eso es que el templo está todo iluminado, con flores y limpio, y a medida que se acerca más y más el momento de la Comunión, están más ansiosos y más deseosos de recibir a Jesús Eucaristía.
Pero si ustedes, niños, están ansiosos y deseosos de recibir a Jesús Eucaristía, Jesús lo está mucho más, porque esperó más tiempo que ustedes: ustedes esperaron dos años para recibirlo, pero Él esperó nueve, diez, once años para que llegara este momento; todavía más, como Jesús es Dios, Él sabía, desde toda la eternidad, que ustedes lo iban a recibir en este día, y por eso Él, desde toda la eternidad, estaba esperando que ustedes nacieran, crecieran, comenzaran a venir a Catecismo y dispusieran sus almas y sus corazones para recibirlo.
Desde toda la eternidad, Jesús esperaba este día, el día más hermoso para ustedes, porque es el día en el que Jesús va a entrar, por primera vez, en sus corazones, escondido detrás de lo que parece un poco de pan. En el cielo, Jesús no veía la hora de que ustedes prepararan sus mentes y sus corazones para recibirlo en la Eucaristía, y es por eso que, si ustedes están ansiosos y deseosos de recibirlo, Jesús lo está mucho más por entrar en sus corazones.
¿Qué pasa en el Corazón de Jesús en este momento? ¿Vieron que el corazón late cuando vemos a una persona muy amada, que está por llegar después de un largo viaje? Si nuestra mamá o nuestro papá se ausentan por largo tiempo, cuando vamos a recibirlos a la estación de ómnibus, nuestros corazones laten cada vez más rápido y más fuerte, porque se acerca el momento en el que vamos a verlos después de mucho tiempo, y esto sucede porque los amamos. Bueno, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, late así de rápido y de fuerte, pero más rápido y más fuerte, y a cada minuto que pasa, late cada vez con mayor fuerza y velocidad, porque desea, con todas sus fuerzas, entrar en sus corazones, para darles todo el Amor que Él tiene en su Corazón. Jesús no ve las horas de que ustedes lo reciban en la Primera Comunión, para darles el Fuego que le quema en el Corazón, el Fuego de su Amor.
Entonces, al comulgar, tenemos que estar muy atentos, y tenemos que abrir los oídos del alma, para poder escuchar los latidos de Amor del Sagrado Corazón de Jesús, que está escondido en la Eucaristía; tenemos que abrir nuestros corazones, de par en par, así como se abren las puertas, de par en par, para que Jesús Eucaristía entre en ellos y pueda derramar sobre nosotros todo su Amor, que es como un océano infinito, sin playas y sin fondo. Jesús quiere darnos todo su Amor, que es el Amor de Dios, y ese Amor está encerrado en su Sagrado Corazón Eucarístico, pero no puede derramar su Amor, si nosotros, cuando comulgamos, estamos distraídos, pensando en cualquier cosa que no sea Él. Le pidamos a la Virgen, la Mamá del Sagrado Corazón, que nos ayude a concentrarnos en esta Primera Comunión, para que Jesús se sienta contento con nosotros y pueda darnos todo lo que Él tiene pensado para nosotros, todo el Amor de su Corazón, que late en la Eucaristía. A su vez, nosotros debemos responder con amor, como dice el dicho: “amor con amor se paga”; quiere decir que si Jesús nos todo su Amor, entonces también debemos darle todo nuestro amor.

         Si hacemos esto, es decir, si abrimos nuestros corazones para que Jesús derram e su Amor en ellos y si también le damos nuestro amor, la Primera Comunión no será la última, sino la primera de muchas, porque así nos vamos a enamorar de Jesús y si nos enamoramos de Jesús en la Primera Comunión, vamos a querer que Jesús esté siempre con nosotros, y para eso vamos a querer recibirlo seguido en la Comunión, con el alma limpia por la Confesión. Que la Primera Comunión, entonces, sea la primera de muchas, y que en cada una de ellas, sea como la Primera: que así como en la Primera Comunión, le vamos a dar a Jesús todo nuestro amor, así también, en cada una de las comuniones que sigan, le demos a Jesús todo nuestro amor, en acción de gracias por habernos dado antes Él, como prenda de amor, su Sagrado Corazón Eucarístico.

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Como qué es la Primera Comunión?



     

         Es como un templo preparado para la Santa Misa: hay un altar, está todo limpio, iluminado, perfumado; hay muchas flores alrededor del altar, del sagrario, de la imagen de la Virgen; se escuchan cantos de Misa, que son cantos de alabanza y de honor a Dios Trino.
         Así tiene que estar el corazón en la Primera Comunión, como un templo preparado para la Santa Misa: al igual que el templo, el corazón tiene que estar todo perfumado, limpio, iluminado, dispuesto como un altar; tiene que tener la presencia de la Virgen, se tienen que escuchar cantos de alabanza y de honor a Dios Trino, y sobre todo, tiene que haber un gran deseo, basado en el amor, de recibir a Jesús en la Eucaristía.
         Pero al igual que sucede con el templo, que algunas veces puede no estar limpio, ni con flores, ni iluminado, también puede suceder que el corazón se encuentre sin luz, oscurecido; puede suceder que en vez de cantos de alabanza a Dios, se escuchan cantos del mundo, que aturden y ensordecen y alejan de Dios; puede suceder que en vez de amor a Jesús, el corazón esté ocupado por otros sentimientos, como sentimientos de enojo, de egoísmo, de orgullo, y como en un corazón así no está Jesús, tampoco está la Virgen, su Mamá; puede suceder que el corazón, en vez de tener paz y amor, tenga sentimientos de discordia, de desunión, y también de pereza y de ganas de no recibir a nadie.
         Entonces, ¿cómo preparar el corazón para la Primera Comunión, para que no solo no esté así, sino para que esté de fiesta, todo luminoso, todo lleno de flores, de perfumes, de alegría y con deseos de recibir a Jesús en la Eucaristía?
         La única manera de tener bien preparado el corazón para recibir a Jesús Eucaristía, es por la gracia santificante, que viene por la Confesión sacramental, porque es la gracia la que hace que el corazón esté limpio, luminoso, resplandeciente, con perfume de flores frescas; sólo la gracia santificante hace que el corazón tenga deseos de recibir a Jesús; sólo por la gracia santificante, en el corazón se encuentra la Virgen, esperando a Jesús, porque por Ella nos vienen todas las gracias, y nos viene el Autor de toda Gracia, Cristo Jesús.
         Así tiene que estar el corazón para recibir a Jesús por primera vez en la Eucaristía, pero no tiene que estar así sólo el día de la Primera Comunión, sino que tiene que estar así todos los días de la vida: limpio, fresco, puro, con perfumes más ricos que los de las flores, dispuesto como un altar para una fiesta; todos los días el corazón tiene que estar en gracia, para recibir al Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, que baja desde el cielo para venir a quedarse en nuestro corazón, y para hacer de nuestro corazón un altar en donde Él pueda quedarse para siempre.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Santa Misa de Primeras Comuniones


¿A qué podemos comparar la Primera Comunión?

A la visita de un ser muy querido, al cual hace mucho tiempo que no vemos. Puede ser, por ejemplo, papá, mamá, algún hermano, algún abuelo, primo, tío, o algún amigo, que regresan luego de un viaje que ha durado mucho tiempo, y viene de un lugar muy lejano y muy lindo.

Pensemos en el ser más querido de nuestras vidas, pero para nuestra historia, nos quedemos con la imagen de un querido amigo. Viene a nuestro encuentro, y aunque no hemos visto nada, nos han dicho que nos trae regalos hermosísimos del lugar donde estuvo, y los que han visto los regalos que nos trae, se han quedado sorprendidos, y tan sorprendidos, que nos dicen: “¡No vas a poder creer cuántos regalos te trae, y cuando los veas, no vas a poder decir ni una palabra, de tan contento que vas a estar!”. Estamos ansiosos por los regalos que nos trae, pero más lo estamos por su presencia, porque nos quiere tanto este ser, que su sola presencia es ya un regalo.

Con esta expectativa, nos apuramos por arreglar la casa, nuestra habitación, y también nos preocupamos por estar limpios y perfumados, con la ropa impecable y los zapatos brillantes, para cuando llegue.

¿Qué pasa cuando llega?

Pueden pasar dos cosas.

La primera es que, cuando llega, lo recibimos fríamente, apenas le decimos “hola”, lo hacemos pasar, le decimos que se siente, y que nos espere, que ya venimos. Nos vamos, y en vez de estar con él y decirle que lo extrañábamos, lo dejamos solo y nos ponemos a jugar con los juegos de la computadora, o salimos por la ventana a jugar al fútbol con otros amigos, o nos quedamos viendo televisión.

Luego de pasado un tiempo largo, nuestro querido, que venía con la ilusión de dejarnos muchísimos regalos, tantos, que no iba a haber lugar en toda la casa, se retira, desilusionado y triste, llevándose todo lo que había traído.

Esto es lo que pasa con la Comunión cuando comulgamos distraídos, sin pensar en Jesús, que viene a nuestra alma en la Eucaristía.

Jesús es ese gran amigo, que viene de muy lejos, viene del Cielo, donde vive para siempre junto a su Padre Dios, y junto al Espíritu Santo, y cuando viene por la comunión, nos trae algo más valioso que miles de millones de regalos: nos trae su gracia, que es la vida de Dios, algo que vale más que todo el universo y que todos los ángeles juntos.

En cada Comunión, Jesús nos hace el regalo de su gracia divina, y todavía más que eso: nos regala su Corazón, que late en la Eucaristía, y late de amor por cada uno de nosotros. Cada vez que comulgamos, el Corazón de Jesús late con más fuerza y más rápido, porque tiene tanto amor por nosotros, que le da mucha alegría que lo recibamos.

Jesús no se contenta con dejarnos el gran regalo de la gracia: nos regala su mismo Corazón, para que nos deleitemos y nos alegremos con él, para que nos sumerjamos en el océano infinito de Amor que hay dentro suyo.

Pero Jesús se pone muy triste cuando ve que, al recibirlo, en vez de alegrarnos por su Presencia en nuestra alma, en vez de hacer actos de amor y de adoración a Él que por la Hostia está dentro nuestro, no le dirigimos la palabra, no le hablamos, no le decimos nada, y encima, echamos a volar nuestra imaginación, igual como si prendiéramos una televisión en nuestro cerebro, y nos ponemos a pensar en cosas inútiles, sin tenerlo en cuenta a Él. Otros, incluso, ¡lo reciben masticando chicle! ¿Cómo se siente Jesús cuando pasa eso? Muy apenado, muy triste, muy desconsolado, porque todo el Amor que Él tiene en su Corazón, no lo puede dar, porque el que lo recibe, está pensando en otra cosa.

Lo otro que puede pasar, cuando viene Jesús a nuestra alma, es que lo recibamos con alegría, y para poder escuchar su Voz, que nos dice cuánto nos ama, hacemos silencio, cerramos los ojos, nos olvidamos de todo lo que nos rodea, incluso de nuestros papás, de nuestros hermanos, y hasta de nosotros mismos, y nos concentramos en la Presencia de Jesús, que viene para quedarse en lo más profundo de nuestro corazón.

Desde ahí, le decimos que lo amamos, y que queremos recibir los infinitos tesoros de gracia divina que están en su Corazón; le decimos que queremos sacar de su Corazón tantos tesoros como nos sea posible, para nosotros y para los demás; le decimos que, ya que hemos recibido de Él en la Comunión un Amor sin medida, como un océano sin playas, vamos a tratar de compartir con los demás este amor, y por eso prometemos de ahora en más ser más buenos con todos, empezando por los papás y los hermanos, y terminando con aquél prójimo con el que tal vez no me llevo bien, pero como Jesús me ha dado tanto Amor, me sobra para darle un poco a él.

Cada uno puede elegir cómo es su Comunión, no solo la Primera, sino todas, hasta la última, en el día de su muerte. En cada Comunión, se nos presenta la misma posibilidad de hablar con Jesús, de recibir su Amor infinito, y los tesoros inagotables de su gracia divina, que se nos regalan sin medida con su Corazón eucarístico. No desaprovechemos la oportunidad, distrayéndonos con cosas sin importancia.

Cerremos los ojos del cuerpo, y abramos las puertas del corazón a Jesús que viene en la Eucaristía.