Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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miércoles, 24 de agosto de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 35 - El Santo Rosario



Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 35 - El Santo Rosario


Las apariciones de la Virgen en Fátima a los tres Pastorcitos son una de las más grandiosas manifestaciones marianas de todos los tiempos y dentro de todos sus mensajes espirituales, uno de los más importantes está relacionado con el rezo del Santo Rosario: ese mensaje es que la Virgen quiere que sea rezado por todos, pero especialmente por los niños, porque cuando la Virgen se les apareció, los Pastorcitos tenían edades que oscilaban entre los siete y los diez años.
         Ya desde la primera aparición, acaecida el 13 de mayo de 1917, la Virgen manifestó su interés –que es el interés del mismo Dios Trino- en que se rezara el Rosario. En esa ocasión Lucía le preguntó si ella y Jacinta irían al cielo, y la Virgen le contestó que sí, pero cuando preguntó por Francisco, la Madre de Dios contestó: “También irá, pero tiene que rezar antes muchos rosarios”. Aquí hay una primera indicación que señala al Rosario como camino para llegar al cielo. Luego de decir esto, la Virgen de Fátima abrió sus manos y les comunicó a los tres Pastorcitos una luz divina muy intensa. Ellos cayeron de rodillas y alabaron a la Santísima Trinidad y al Santísimo Sacramento. Luego la Virgen señaló: “Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. La Virgen les hace experimentar la luz de Dios, después de pedirles que recen el Rosario, para que nos demos cuenta que esa misma luz invade el alma, por la gracia, cuando se reza el Rosario. Después les pide que recen el Rosario “todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”, porque en ese entonces, se desarrollaba la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, al poco tiempo, esta Guerra terminó y hoy si bien no hay una Guerra Mundial, sí hay muchos motivos para rezar el Rosario, ya que se necesita paz para las personas, para las familias, para la sociedad y también para todo el mundo. Y algo muy importante, la paz que se obtiene por el rezo del Rosario, no es una paz que viene de los hombres, sino que es una paz que, viniendo de Dios, nos la trae la misma Virgen María.
En la segunda aparición la Virgen María se les presentó después que ellos rezaron el Santo Rosario, para que nos demos cuenta de cómo Ella está escuchando nuestro rezo de cada Rosario, y en la tercera ocasión Nuestra Señora les enseñó una oración para pedir ser librados del infierno y la misericordia divina: “Cuando recen el Rosario, decid después de cada misterio: ‘Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia’”. Como podemos ver, el Rosario, además de alcanzarnos la paz de Dios, es una oración que nos ayuda a llegar al cielo y evitar el infierno, y además para implorar misericordia a Dios, pidiéndole por la conversión de los pecadores.
Para la cuarta aparición Jacinta le preguntó a la Madre de Dios lo que quería que se hiciera con el dinero que la gente dejaba en Cova de Iría. La Virgen les indicó que el dinero era para la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario y que lo que quedaba era para una capilla que se debía construir. En esa misma aparición, la Virgen tomó un aspecto muy triste y les dijo: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quién se sacrifique y rece por ellas”. La expresión de tristeza de la Virgen se debe a que, como Madre, Ella ve cómo muchos de sus hijos se dirigen a la condenación eterna, por no tener quién rece por ellos. En las apariciones de Fátima, la Virgen se mostraba con su Inmaculado Corazón rodeado de espinas, que significan nuestros pecados y su dolor porque sus hijos no se convierten a Dios y este dolor se calma, en gran medida, por el rezo del Rosario. Nuevamente, aquí se manifiesta el gran poder que tiene el Rosario para pedir por los pecadores, y además, para calmar el gran dolor de la Virgen, ya que la Virgen experimenta un gran consuelo cuando rezamos el Rosario pidiendo por sus hijos que están más alejados de Dios. ¡Un motivo más para rezar el Santo Rosario!
Al llegar el día de la quinta aparición, los niños llegaron a Cova de Iría con dificultad debido a las miles de personas que les pedían que presentaran sus necesidades a Nuestra Señora. Los pastorcitos se pusieron a rezar el Rosario con la gente y la Virgen, al aparecerles, animó nuevamente a los niños a continuar rezando el Santo Rosario para alcanzar el fin de la guerra. Una vez más, la Virgen se les aparece después que ellos rezan el Rosario, lo cual nos hace ver cómo está María presente, en medio nuestro, cuando rezamos el Rosario.
En la última aparición, antes de producirse el famoso milagro del sol, en el que el astro pareció desprenderse del firmamento y caer sobre la muchedumbre, la Madre de Dios pidió que hicieran en ese lugar una capilla en su honor y se presentó como la “Señora del Rosario”. Posteriormente, tomando un aspecto más triste dijo: “Que no se ofenda más a Dios Nuestro Señor, que ya es muy ofendido”. Esto sucedió el 13 de octubre de 1917. El rezo del Santo Rosario puede causar milagros más grandes que el ver danzar al sol, y es la conversión de un corazón a Jesús, Sol de justicia, y esto se debe a que, en el Rosario, interviene la Madre de Dios concediendo sus gracias, aunque nosotros no nos demos cuenta.
Después de las Apariciones de la Virgen, unos 40 años después, Lucía, convertida en monja carmelita descalza, dio una entrevista al entonces Postulador de la Causa de Beatificación de Francisco y Jacinta Marto y a algunos miembros del alto clero. Allí manifestó que la Santísima Virgen les dijo, tanto a sus primos como a ella, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el Santo Rosario y el Inmaculado Corazón de María. Esto es particularmente importante para nuestros días, por lo que debemos rezar el Santo Rosario con fervor y amor, y consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, para aliviar al Corazón de Jesús, que sufre por las almas que no quieren convertirse y viven en el camino del error y del mal.
Pero además, el Rosario es fuente de gracias inimaginables; podemos decir que tenemos en nuestras manos la llave que abre los tesoros del Corazón de Jesús, y ésa llave es el Santo Rosario. Con el Rosario podemos conseguir todas las gracias que pidamos y la solución de todos los problemas, porque es la Virgen, nuestra Madre, la que interviene cuando le pedimos algo a través del Rosario. Dice así Sor Lucía: “No hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias, del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario”. “No hay problema que no pueda ser resuelto por medio del rezo del Santo Rosario”; entonces, ¿qué esperamos para rezarlo?
Sor Lucía dijo también que con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. “Por eso, el demonio hará todo lo posible para distraernos de esta devoción; nos pondrá multitud de pretextos: cansancio, ocupaciones, etc., para que no recemos el Santo Rosario”, advirtió.
Por medio del Santo Rosario, el camino de la salvación eterna será fácil y agradable, porque con el Santo Rosario “practicaremos los Santos Mandamientos, aprovecharemos la frecuencia de los Sacramentos, procuraremos cumplir perfectamente nuestros deberes de estado y hacer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros”.
Por último, dice Sor Lucía que el Rosario es un arma, un arma espiritual, una de las más grandiosas que podamos tener en nuestras manos; un arma con la que nos venceremos a nosotros mismos, a la tentación y al Demonio y lograremos resonantes triunfos espirituales: “El Rosario es el arma de combate de las batallas espirituales de los últimos tiempos”, afirmó la vidente de la Virgen de Fátima.
Además de todo esto, podemos decir que el Santo Rosario es la forma más hermosa de agradar a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, porque cada Ave María es una rosa espiritual que le regalamos a la Virgen, lo que significa que cada Rosario es un hermoso ramo de rosas que le damos a Nuestra Madre celestial. Y es la oración que más le gusta, porque le hacemos recordar el momento en que el Ángel le anunció la noticia más maravillosa para toda la humanidad: que Ella sería la Madre de Dios. También le recordamos que esté con nosotros en la hora en que debamos pasar de este mundo a la otra vida, para luego seguir estando con Ella y con Jesús para siempre. Con el Rosario, entonces, agradamos al Inmaculado Corazón de María y le quitamos un poco la tristeza que le dan muchos de sus hijos, que no se acuerdan de Ella.
Paz de Dios, conversión de los pecadores, alivio del Corazón de María, alivio del Corazón de Jesús, fuente de gracias, cumplimiento de la voluntad de Dios, vida de santidad. ¡Recemos el Rosario!


Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 34 - Las figuras de la Eucaristía - La Comunión Eucarística

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 34 -  Las figuras de la Eucaristía - La Comunión Eucarística
Doctrina
         ¿Qué es la Sagrada Comunión? La Sagrada Comunión es recibir al mismo Jesucristo bajo las especies de pan y vino. En otras palabras, quiere decir que, aunque nosotros vemos algo que parece pan y tiene sabor a pan, en la Eucaristía está el mismo Jesucristo en Persona. Es como si se nos apareciera, con su Cuerpo glorioso y resucitado, pero escondido bajo lo que parece pan y vino. Al comulgar, hacemos que Jesús entre en nuestros corazones, por eso es que tenemos que tener el corazón en gracia santificante y libre de amores mundanos, para poder amar a Jesús que viene a visitarnos a la habitación más privada de nuestra casa, que es nuestro corazón. Cuando comulgamos, tenemos que olvidarnos de todo y pensar que recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para poder darle todo nuestro amor, ya que Jesús nos da todo el Amor de su Corazón en cada Comunión, sin reservarse nada. Si no sabemos cómo comulgar dignamente, le podemos pedir a la Virgen que nos ayude a comulgar, pidiéndole que Ella reciba nuestra Comunión en lugar nuestro, para que le dé a Jesús Eucaristía, de parte nuestra, todo el amor que nosotros no podemos darle.
         ¿Para qué recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión? Recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión para que Él nos alimente nuestras almas con su Vida eterna y su Amor misericordioso. Lo recibimos también para que Jesús venga en Persona a nuestros corazones y nosotros podamos decirle que lo amamos y lo adoramos y que queremos que nunca nos deje solos.
         ¿Cuántas cosas son necesarias para recibir la Comunión? Para recibir la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas:
         1-Estar en gracia de Dios (es decir, limpios de pecado mortal).
         2-Guardar el ayuno eucarístico (significa no haber comido ni bebido nada desde una hora antes de comulgar. El agua no rompe el ayuno).
         3-Saber a quién vamos a recibir: esto quiere decir que no puede comulgar quien no sabe qué es la Eucaristía, o que no sabe que Jesús está en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía.
         ¿Quién puede comulgar todos los días? El que se encuentre en estado de gracia y tenga recta intención (deseando recibir a Jesucristo y su Amor, guardando el ayuno eucarístico) puede comulgar todos los días.
         Explicación

Jesús Eucaristía es el Cordero de Dios
         Las figuras de la Eucaristía
         La 1ª figura es el Cordero Pascual, imagen viva de Jesucristo, que fue muerto y sacrificado en el altar de la cruz por la salvación de los hombres. En el Antiguo Testamento, en la Pascua, los hebreos comían cordero asado, pan ázimo, es decir, sin levadura, y bebían en la copa el vino pascual. Pero la pascua judía era solo una figura de la verdadera Pascua, que es la que celebramos nosotros en la Santa Misa: allí comemos la Carne del Cordero de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna. Los cristianos participamos de la Pasión de Cristo comiendo su carne en la Sagrada Comunión y recordando que Cristo se dejó matar y se sacrificó por nosotros como manso cordero, uniéndonos a Él como víctimas de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, para la salvación de las almas.
         La 2ª figura es el Maná: en el desierto, los israelitas recibieron un alimento milagroso llamado “Maná”, y así pudieron llegar a la Tierra Prometida, la Jerusalén de la tierra. Pero ese maná era sólo una figura y un anticipo del verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía. Los cristianos caminamos por el desierto de la vida hacia la Jerusalén celestial, y el alimento que nos da fuerzas para llegar a nuestro destino final, es el Verdadero Maná bajado del cielo, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
         La 3ª figura de la Eucaristía es Melquisedec, rey y sacerdote, que ofrece pan y vino en memoria de una gran victoria por Abraham. Melquisedec es figura de Jesucristo y el pan y el vino son figuras de la Eucaristía y el Vino de la Nueva Alianza, ofrecidos a Dios Padre por la victoria de Jesucristo en la cruz sobre los tres grandes enemigos de la humanidad: el demonio, el pecado y la muerte.
         La 4ª figura es el Arca de la Alianza: el Arca simboliza nuestros Sagrarios, en donde se guarda la Sagrada Eucaristía: así como en la Antigua Arca se guardaba una porción del Maná con que Dios alimentó a su Pueblo, así en nuestros Sagrarios se guarda el Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, con la que nosotros, Nuevo Pueblo de Dios, somos alimentados por nuestro Padre Dios, en nuestro camino hacia la Nueva Tierra Prometida, la Jerusalén celestial.
         La 5ª figura es el pan que dio un ángel al profeta Elías quien, desfallecido, no podía llegar al término del viaje, pero una vez que recibió este milagroso alimento, pudo andar cuarenta días sin cansarse, hasta el monte Horeb. Ese pan que recibió Elías es figura de la Eucaristía, el Pan Vivo bajado del cielo, que nos nutre con la vida y el amor de Dios y nos da fuerzas en nuestro peregrinar al cielo, durante el tiempo que dura nuestra vida terrena.
Práctica: Si sé que Jesús está en la Eucaristía en Persona, es decir, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y que está ahí para darme TODO        el Amor de su Sagrado Corazón, haré el propósito de no faltar nunca a Misa por las cosas del mundo, y también haré el propósito de hacer Adoración Eucarística y de visitarlo a menudo en el Sagrario.
Palabra de Dios: “Jesús dijo: ‘Tomad y comed: Esto es mi Cuerpo…” (Mt 26, 26); “Si alguno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51-57). Pero notemos lo que dice San Pablo de la comunión indigna, es decir, hecha en pecado mortal: “Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese a sí mismo el hombre, y entonces coma del pan y beba del cáliz, pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11, 27-28).
Ejercicios bíblicos: Jn 6, 51; Cor 11, 23-24; Lc 22, 19; Jn 6, 54.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 33 - La Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 33 - La Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz


Introducción.
Al asistir a la Santa Misa, debemos tener en cuenta algo muy importante: se trata del Misterio de Jesús en la cruz, que está en el altar, invisible, y por eso no podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero sí podemos verlo con los ojos de la fe. Para asistir a la Santa Misa, es muy importante que hagamos silencio, exterior e interior, y también es muy conveniente traer al alma el recuerdo del Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado, porque ese mismo Jesús crucificado, se hará Presente, invisible, en el altar, en la consagración. Esta es la razón por la que la Santa Misa se llama también: “Santo Sacrificio del Altar”, porque se trata del mismo y único sacrificio de la cruz, sólo que oculto bajo lo que parece pan y vino. En otras palabras, asistir a Misa es como asistir a la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo, por lo que debemos pedirle a la Virgen que nos dé sus mismos sentimientos y su mismo amor, los que Ella tenía cuando estaba de pie al lado de la Cruz, para que así asistamos a la Santa Misa.
Ahora sí, veamos brevemente los diferentes momentos de la Santa Misa.
La Santa Misa inicia con lo que se denomina Rito de Entrada. En este momento, desde el inicio mismo de la Santa Misa, debemos tener en cuenta, antes que nada, que la Santa Misa es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que en la Misa se desarrolla algo que no podemos ni entender con nuestra razón, ni podemos ver con los ojos del cuerpo, y que solo lo podemos apreciar con la fe y con la luz del Espíritu Santo. Para asistir a la Santa Misa con provecho, tenemos que considerar que es un misterio del cielo, que se desarrolla ante nuestros ojos, es decir, hay una realidad invisible que no es percibida con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Y esta realidad misteriosa, que no se ve, que es invisible, es la representación del sacrificio en cruz de Jesús, lo cual quiere decir que la realidad invisible de la Misa es el Santo Sacrificio del Calvario, el sacrificio de la cruz de Jesús en el Monte Calvario, el Viernes Santo. Lo primero que tenemos que tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa, es el sacrificio en cruz de Jesús, el sacrificio de su vida por nuestra salvación. Y puesto que es un sacrificio por amor, porque Jesús no tenía ninguna obligación de salvarnos, entonces, lo que debemos tener al venir a la Santa Misa, es amor y agradecimiento a Jesús, por su muerte en cruz por nosotros. La alegría que debemos experimentar es la alegría que viene de saber que Jesús nos ama tanto, que ha llegado al extremo de dar su vida por nosotros. Desde ya vemos cómo la Misa no es ni divertida ni aburrida, sino un misterio fascinante, porque es casi como viajar en el tiempo, para estar en la cima del Monte Calvario, de rodillas ante la cruz y acompañados por la Virgen. El que se aburre en Misa es porque no se da cuenta de que está viviendo el misterio más fascinante que puede existir en el cielo y en la tierra, y el que busca diversión en la misa, es porque tampoco entendió que Jesús se sacrifica en el altar, como lo hizo en la cruz, no para divertirnos, sino para salvarnos y darnos el Amor infinito de su Sagrado Corazón.
En el Acto Penitencial, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es decir, por todas las faltas a su Amor, porque el pecado es eso: un acto de malicia de nuestros corazones, que ofende a Dios, que es infinitamente bueno. Pedimos perdón por las veces que dijimos mentiras, por las veces que nos dejamos llevar por la pereza, por las veces que contestamos mal a nuestros padres, por las veces que tuvimos envidia, en vez de alegrarnos por las cosas buenas que les suceden a nuestros hermanos. Nos reconocemos pecadores y hacemos el propósito de no volver a pecar. Cuando el sacerdote da la absolución, esta absolución, más la Comunión Eucarística, nos perdonan los pecados veniales, aunque no los pecados mortales. Si solo tenemos pecados veniales, con esta absolución del sacerdote, ya podemos comulgar, pero no podemos comulgar si tenemos pecados mortales.
Luego viene la Liturgia de la Palabra, en la que escuchamos el Antiguo Testamento, los Salmos y el Nuevo Testamento, para lo cual necesitamos estar en silencio y muy atentos, porque Dios habla en el silencio, y además San Agustín dice que la Biblia es una carta personal que Dios escribe para cada uno de nosotros, entonces, tenemos que estar atentos para escuchar lo que nuestro Papá Dios nos escribe, con mucho amor, desde el cielo.
Luego viene la Presentación de las ofrendas, que consisten en pan y vino, aunque lo que tenemos que tener en cuenta aquí que las ofrendas consisten, ante todo, en el pan y el vino que han sido convertidos en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En este momento, y en silencio, desde lo más profundo del corazón, tenemos que ofrecernos, con el pan y el vino que van a ser depositados en el altar, con todo nuestro ser, con lo que somos y tenemos, con nuestra vida pasada, la presente y la futura, para unirnos al sacrificio de Jesús que hará en el altar, en el momento de la consagración.
En el Prefacio, esa oración larga que dice el sacerdote y que finaliza con el canto del triple “Santo”, tenemos que estar muy atentos, porque el sacerdote se dirige a Dios en nombre nuestro, y nos presenta ante Él, para que, en el silencio, le expresemos el amor de nuestros corazones y la adoración que se merece, adoración que la unimos a la adoración de los ángeles y santos en el cielo. Luego llega la Plegaria Eucarística, que es el momento más maravilloso y grandioso de todos, porque cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, se produce el Milagro de los milagros, que se llama “transubstanciación” y significa que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ese momento es que debemos adorar la Eucaristía, porque ya está Presente, sobre el altar, la Presencia real del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Es el momento en el que debemos maravillarnos y alegrarnos, sorprendernos y maravillarnos, porque sobre el altar, oculto en lo que parece ser un poco de pan, está el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, a quien adoran, en el cielo, los ángeles y santos. Podemos decir que, luego de la consagración, tenemos con nosotros al Verbo de Dios, lo que quiere decir estamos en la tierra ante Jesús, así como los ángeles y santos están ante el mismo Jesús en el cielo.
Luego viene el Rito de Comunión, en el que se reza el Padrenuestro, en el cual agradecemos a Nuestro Padre celestial por el don de su Hijo Jesús en la Eucaristía. En el saludo de la paz, se da solamente a quien está a mi lado, y hay que considerar que no es un saludo tal como nos saludamos en la calle; se trata de un saludo en el que damos la paz a nuestros hermanos, a los que tenemos al lado, pero también a aquellos con los cuales podemos estar enemistados, por algún motivo circunstancial. El saludo de la paz que damos, es el saludo de la paz que nos da Jesús, que pacifica nuestros corazones y los reconcilia con Dios, al lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la cruz. Cuando el sacerdote parte la Eucaristía y coloca una fracción en el Cáliz, eso significa la Resurrección de Jesús, así como la consagración por separado del pan y el vino significaba la separación del Cuerpo y Sangre de Jesús en la cruz.
Luego viene la Comunión, momento en el que tenemos que estar muy atentos, no solo rechazando todo pensamiento que nos pueda distraer, sino poniendo toda nuestra atención en la Comunión, porque el Rey del cielo, Cristo Jesús, viene a nuestras almas; debemos disponer nuestros corazones para alojar allí, con todo el amor del que seamos capaces, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para amarlo y adorarlo con todas nuestras fuerzas. Al comulgar, debemos adorar la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, además de amarlo con todas las fuerzas de nuestros corazones. Al comulgar, entonces, debemos hacerlo con la mente despierta, para creer firmemente en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, y con nuestro corazón listo para adorar y amar al Cordero de Dios, que dio su vida por mi amor.
Finalmente, viene el Rito de despedida, finalizando la Santa Misa con la bendición del sacerdote. Contrariamente a lo que pueda parecer, con la bendición final y despedida, no es que “termina la misa”, sino que comienza nuestra tarea como cristianos, que es la de dar a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia, al menos una ínfima parte del Amor recibido del Sacrificio de Jesús en la cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el altar.
Como vemos, en la Santa Misa, cuando se participa adecuadamente, es decir, espiritual e interiormente, con el silencio, con la mente despierta y concentrada en el misterio del altar, que es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz, y con el corazón deseoso de dar todo nuestro amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que baja del cielo a la Eucaristía sólo para darme su Amor, no tenemos tiempo para aburrirnos, ni tampoco para “divertirnos”, sino para vivir, intensamente, el misterio más fascinante y maravilloso de todos los misterios de Dios, y es la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Y si no sabemos cómo participar, interiormente y con amor, de la Santa Misa, tenemos que pedirle que nos ayude a hacerlo a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que ama y adora a su Hijo Jesús en ese sagrario viviente que es su Inmaculado Corazón.



jueves, 11 de agosto de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 32 – La Santa Misa. La Eucaristía como sacrificio

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 32 – La Santa Misa. La Eucaristía como sacrificio
Doctrina
¿Qué es la Santa Misa? La Santa Misa es el sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo ofrecido en nuestros altares bajo las especies de pan y vino, en memoria del sacrificio de la Cruz.
¿Por qué decimos que la Santa Misa es sacrificio? Decimos que la Santa Misa es sacrificio porque en ella Jesucristo se ofrece como víctima en reconocimiento de la suprema majestad de Dios y en reparación por nuestros pecados.
¿Es la Misa el mismo sacrificio de la cruz? Sí, porque en uno y otro el mismo Jesucristo es sacerdote y víctima.
La Misa es, pues, el sacrificio de la cruz perpetuado; en sustancia es el mismo que ofreció Jesucristo en el Calvario, y la diferencia que hay entre uno y otro es accidental:
1)                                 En el Calvario, o sea, en la cruz se ofreció Él mismo, y en la Misa se ofrece bajo las especies de pan y vino por el ministerio de los sacerdotes; 2) En la cruz el sacrificio fue cruento o con derramamiento de sangre, y en la Misa es incruento o sacramental; 3) en la cruz Jesucristo nos redimió, y aunque bastó para redimirnos, porque el sacrificio de la cruz es infinito, sin embargo el sacrificio de la Misa actualiza y perpetúa el sacrificio de la cruz, no para añadir eficacia a aquel, sino para aplicarnos los frutos de la redención. En otras palabras: cuando asistimos a la Santa Misa, es como si asistiéramos, el Viernes Santo, a la Crucifixión de Jesús, solo que no podemos vez de ver a Jesús con los ojos del cuerpo, porque está invisible y oculto en lo que parece pan y vino, la Eucaristía.
2)                                 El sacrificio es inmolación o destrucción de una víctima ofrecida a Dios en reconocimiento de su supremo dominio sobre todas las cosas. El sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Misa, son un único y mismo sacrificio, por lo que en los dos se inmola, por nosotros, la Víctima Inocente, Jesús, solo que en el Calvario se inmola en la Cruz, y en la Misa se inmola, invisible, en el Altar.
¿Cuáles son los fines de la Santa Misa? Los fines de la Santa Misa son cuatro: adorar a Dios, darle gracias, pedirle beneficios y satisfacer por nuestros pecados.
¿Cuántas partes tiene la Misa?

Las partes de la Misa con dos: Liturgia de la Palabra y Liturgia de la Eucaristía.
         Explicación

El Padre Pío celebrando la Santa Misa.
Cuando el sacerdote ofrece el Sacrificio del Altar, que es la Santa Misa, se actualiza y se perpetúa el Santo Sacrificio de la Cruz, es decir, en la Santa Misa es como si estuviéramos delante de Jesús, que muere en la Cruz el Viernes Santo, en el Calvario. Dios Padre recibe, por lo tanto, con el mismo agrado con el que recibió el Sacrificio de Jesús en la Cruz, el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. Para Dios Padre, la Misa es tan agradable como el Sacrificio de Jesús en el Calvario, porque es el mismo y único sacrificio, solo que ofrecido de modo incruento y sacramental.
         La Eucaristía no es únicamente un sacramento, sino que es además el sacrificio perenne de la Nueva Ley. Este sacrificio se llama la Santa Misa. El sacrificio de la Misa es el mismo sacrificio del Calvario, y fue anunciado cinco siglos antes por el profeta Malaquías (1, 11).
         En la Santa Misa primero se consagra el Cuerpo de Cristo y luego separadamente la Sangre, para representar mejor a Cristo como Víctima en el sacrificio: así como en la Cruz el Cuerpo de Jesús se separó de su Sangre, porque su Sangre salió a borbotones de sus heridas y de su Costado traspasado, así en la Misa se consagran el Cuerpo y la Sangre separados, para indicar que es el mismo sacrificio de la cruz. La diferencia es que la Sangre de Jesús, que en el Calvario caía en la tierra, en la Misa se recoge en el Cáliz del altar.
         Cuando se ofrece la Santa Misa por las Almas del Purgatorio, estas se ven libres de sus penas y así pueden entrar en el cielo. Luego, esas almas, ya siendo santos en el cielo, interceden por nosotros.
         En la Santa Misa también podemos “impetrar”, es decir, pedir a Dios por nuestras necesidades, sean materiales o espirituales, y el que pide por nosotros a Dios Padre, es el mismo Jesucristo en Persona.
         De Dios recibimos innumerables beneficios –la vida, el ser hijos de Dios por el bautismo, el alimentarnos con su Cuerpo y Sangre, el recibir el Espíritu Santo en la Confirmación, etc.-, y como no podemos “pagar” por todo lo que Dios nos da gratuitamente, la Santa Misa es el medio digno de dar gracias por todo lo que de su Divina Bondad recibimos. Es decir, la acción de gracias es uno de los motivos por los que tenemos que mandar celebrar una Misa.
         Práctica: amar la Misa y asistir con frecuencia. Si yo supiera que Jesús bajará del cielo sólo para mí, y sólo para darme su Corazón, lleno del Amor de Dios, ¿pondría algún pretexto para faltar a la cita? Pues bien, ¡eso es lo que sucede en la Santa Misa! Jesús baja del cielo en la Santa Misa y en el altar hace lo mismo que en la Cruz: así como en la cruz entregó su Cuerpo y derramó su Sangre por mi amor, así en la Misa entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para darme su Amor, el Amor de Dios. En la Santa Misa, Jesús me da su Sagrado Corazón Eucarístico, lleno del Amor de Dios. ¡No me lo puedo perder por nada del mundo!
         Palabra de Dios: la Misa sustituyó a todos los sacrificios de la Antigua Ley, por eso no tiene sentido realizar esos sacrificios, que ya no valen nada a los ojos de Dios: “Así dice el Señor: ‘No tengo en vosotros complacencia alguna, no me son gratas las ofrendas de vuestras manos, porque desde que sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece al hombre mío una oblación pura” (Mal 1, 11). Ese sacrificio es la Santa Misa.
         Ejercicios bíblicos: 1 Cor 11, 23; Lc 22, 19; Hech 4, 32; 1 Cor 10, 17.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 31 – El Sacramento de la Eucaristía

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 31 – El Sacramento de la Eucaristía
Doctrina
¿Qué es la Eucaristía? La Eucaristía es el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Jesucristo bajo las especies de pan y vino.
¿Para qué instituyó Jesucristo la Eucaristía? Para estos tres fines:
         1-Para cumplir su promesa de que habría de estar “todos los días con nosotros, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 20). Al quedarse en la Eucaristía, Jesús está en medio nuestro, para que nosotros tengamos la posibilidad de acudir al sagrario para amarlo en la adoración eucarística, para darle gracias por su Amor y para pedirle por todo lo que necesitemos, siempre que sea conveniente para nuestra eterna salvación.
         2-Para que, ofreciéndose por nosotros en el Santo Sacrificio de la Misa, que es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario, nosotros, que vivimos en el siglo XXI y alejados miles de kilómetros del Monte Calvario, pudiéramos acceder a los beneficios de la Redención obtenidos al precio de su Sangre derramada en la Cruz. Asistir a la Santa Misa es como si “viajáramos en el tiempo” y estuviéramos, el Viernes Santo, asistiendo al Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz.
         3-Para darse como alimento espiritual en la sagrada Comunión: en la Comunión, Jesús nos alimenta con un manjar celestial, que consiste en Pan, Carne y Vino: el Pan de Vida Eterna, su Cuerpo resucitado en la Eucaristía; la Carne del Cordero de Dios, su Cuerpo glorificado en la Eucaristía; y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre derramada en la Cruz y vertida en el Cáliz eucarístico.
         ¿Cuándo comienza a estar Jesucristo en la Eucaristía? Jesucristo empieza a estar en la Eucaristía en el momento de la consagración de la Misa.
         ¿Qué es la Hostia antes y después de la consagración? La Hostia antes de la consagración es pan de trigo, y después de la consagración es el Cuerpo de Jesucristo.
         ¿Qué hay en el cáliz antes y después de la consagración? En el cáliz antes de la consagración hay vino con unas gotas de agua, y después está la Sangre de Jesucristo.
         Conviene notar que en la Hostia consagrada no está solamente el Cuerpo de Jesucristo, sino Jesucristo todo entero, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, tal como está en el cielo. Después de la consagración no queda pan y vino, sino solamente las especies de pan o accidentes del pan y vino, y si se parte la Hostia no se parte o divide Jesucristo, sino queda todo entero en todas y cada una de las partes. Sucede como cuando un espejo está intacto y cuando se rompe en varios fragmentos: la imagen se ve toda entera, tanto en el espejo intacto, como en cada uno de los fragmentos, si el espejo se rompe.
         Explicación

Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía el Jueves Santo, vísperas de su muerte, en el Cenáculo de Jerusalén, y lo hizo de la siguiente manera: tomó el pan, lo bendijo y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed: ESTO ES MI CUERPO”. Luego tomó el cáliz en el que había vino, lo bendijo y se lo dio diciendo: “Tomad y bebed: ESTO ES MI SANGRE”. HACED ESTO EN MEMORIA MÍA”.
         El milagro, que Jesucristo hizo en la Última Cena, se actualiza y renueva todos los días, en todas las Misas que se celebran, en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la Consagración, quedando el pan y el vino convertidos en el verdadero Cuerpo y Sangre de Jesucristo.
         Hay dos tipos de comuniones: la comunión en estado de gracia y la comunión en pecado mortal. Si alguien comulga en pecado mortal a sabiendas, comete un horrible sacrilegio. El que comulga en pecado mortal, dice la Escritura, “come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11, 29).
         El Sacramento de la Eucaristía es un sacramento que sólo debe recibirse si se sabe lo que se recibe; de lo contrario, no puede ser recibido. Esto nos hace ver la importancia de asistir a las clases de Catecismo y de estudiar y aprender lo que allí se nos enseña. Si alguien, por motivos no graves –es decir, por descuido o pereza- no asiste por lo menos a las ¾ partes de las lecciones y si no sabe el Catecismo de Primera Comunión, no puede hacer la Primera Comunión porque, como dijimos, para recibirla, es necesario saber lo que se recibe.
         La Comunión que se da a los enfermos –a los que están imposibilitados de movilizarse y sobre todo, a los que están en peligro de muerte- se llama “Viático”, porque da fuerzas para llegar al término del viaje del cristiano, que es el cielo. La Eucaristía es el “Verdadero Maná” bajado del cielo, que alimenta con la vida eterna de Jesús.
         Práctica: Al saber que la Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, y que al comulgar Jesús en Persona viene a mi corazón, entonces trataré de comulgar todas las veces que pueda, por supuesto que en estado de gracia.
         Palabra de Dios: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan y después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros’. Y asimismo después de cenar, tomó el cáliz diciendo: ‘Éste es el cáliz de la Nueva Alianza en mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía’” (1 Cor 11, 23-26); “Yo Soy el Pan de Vida (…) bajado del cielo” (Jn 6, 48-51).
         Ejercicios bíblicos: Jn 6, 27; Jn 6, 48-49; Jn 6, 68; Jn 13, 1.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

viernes, 29 de julio de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 30 – El Sacramento de la Confesión o Penitencia

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 30 – El Sacramento de la Confesión o Penitencia
Doctrina
¿Qué es el Sacramento de la Confesión o Sacramento de la Penitencia? Es el sacramento que nos perdona los pecados cometidos después del Bautismo.
¿Cuándo recibimos el Sacramento de la Penitencia? Cuando nos confesamos bien, y recibimos la absolución.
¿Cuántas cosas son necesarias para confesarnos bien? Son necesarias cinco cosas: Examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca o auricular y satisfacción de obra (cumplir con la penitencia impuesta por el confesor).
¿Qué es examen de conciencia? Es recordar los pecados no confesados. Al empezar el examen oremos así: “Señor, dadme luz y gracia para conocer mis pecados y arrepentirme de ellos”, luego pensar si hemos cumplido o no los Mandamientos de Dios, con nuestro deber de estado, si contestamos mal, si hicimos pereza para hacer lo que debíamos hacer, etc.
¿Qué es contrición de corazón? Es un dolor o pesar del alma por el que aborrecemos los pecados cometidos y proponemos no volver a cometerlos jamás.
¿Qué es propósito de enmienda? Es estar firmemente decidido a nunca jamás ofender a Dios gravemente y a huir de las ocasiones de pecar. Conviene recordar el ejemplo de Santo Domingo Savio, el día de su Primera Comunión: “Prefiero morir, antes que pecar”. Santo Domingo Savio prefería morir, antes que perder la gracia por un pecado mortal (o venial deliberado).
¿Qué es confesión de boca o auricular? Es manifestar, sin engaño ni mentira, todos los pecados mortales al confesor, con intención de cumplir la penitencia. Debemos confesar con nuestra boca, con voz audible y clara, y en el oído del confesor (eso significa auricular). Esto quiere decir que, por un lado, no está permitido hablar de manera que el confesor no entienda lo que decimos y, por otro lado, implica que debemos confesar absolutamente todos los pecados, sobre todo los mortales –estos últimos, con especie y número- y que no debemos callarnos ningún pecado por vergüenza. Si callamos un pecado por vergüenza, ese pecado no queda perdonado y, además, toda la confesión es inválida, debiéndola hacer nuevamente. Es distinto si, cuando nos confesamos, nos olvidamos un pecado: si no confesamos un pecado por olvido, no hay ningún problema, y lo que debemos hacer, es confesarlo en la próxima confesión. Aunque no estamos obligados a confesar los pecados veniales, es bueno y provechoso hacerlo, de manera de recibir la gracia para estar más fortalecidos espiritualmente. Recordemos que los pecados veniales se perdonan con la confesión que se hace al inicio de cada misa, y con la comunión eucarística. El que cae en pecado mortal, debería confesarse lo antes posible, y si no es posible, debe hacer un acto de perfecta contrición con propósito de enmendarse y confesarse cuando y como lo manda la Santa Madre Iglesia.
¿Qué es satisfacción de obra? Es cumplir la penitencia impuesta por el confesor. Por ejemplo, rezar un Padrenuestro, hacer alguna obra de caridad, leer un párrafo del Evangelio, etc.
Explicación

El Padre Pío de Pietralcina, confesando.
El origen del Sacramento de la Confesión o Penitencia, se encuentra en Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Él dio a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados y lo hizo con estas palabras: “Recibid el Espíritu Santo: A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos” (Jn 20, 21-23).
Un ejemplo de contrición perfecta del corazón, es decir, de dolor intenso y vivo de los pecados cometidos, es Santa María Magdalena, la cual baña con sus lágrimas de arrepentimiento los pies de Jesús (cfr. Lc 7, 38). Otro ejemplo es el del hijo pródigo quien, echándose en los brazos de su padre, recibe de él su perdón y su amor, luego de confesarle su falta: “Padre, pequé contra el cielo y contra Ti” (Lc 15, 21).
Cuando una persona calla, por vergüenza, sus pecados, hace una mala confesión, comete un sacrilegio, no se le perdona ninguno de los pecados que confesó y además sale del confesionario con un pecado más de los que ya tenía.
Por el contrario, cuando una persona se confiesa bien, el demonio huye de esta persona y su ángel de la guarda adorna su alma con la vestidura de la gracia.
Práctica: Si tuviera la desgracia de cometer alguna vez un pecado mortal, lo mejor sería confesarlo en seguida. No vivas intranquilo y con peligro de morir desdichado.
Palabra de Dios: “Si el malvado se retrae de su maldad y guarda todos mis mandamientos y hace lo que es recto y justo, vivirá y no morirá” (Ez 18, 21-22).
Ejercicios bíblicos: Jn 20, 21-23; 2 Cor 5, 18; Lc 5, 21-22; 1 Jn 1, 9.



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

sábado, 23 de julio de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 29 – El Perdón de los Pecados - Parte 2

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 29 – El Perdón de los Pecados - Parte 2
Doctrina
¿Qué es contrición de corazón? Es un dolor o pesar del alma por el que aborrecemos los pecados cometidos y proponemos no volver a cometerlos jamás.
¿De cuántas maneras es la contrición de corazón? De dos maneras: una perfecta y otra menos perfecta, que se llama atrición.
¿Qué es contrición perfecta? Contrición perfecta es un dolor o pesar sobrenatural –quiere decir que es una gracia de Dios- de haber ofendido a Dios, por ser quien es, esto es, por ser infinitamente bueno y digno por sí mismo de ser amado sobre todas las cosas, con propósito de confesarse, enmendarse y cumplir la penitencia. Es como cuando un hijo, luego de haber faltado el respeto a su madre o a su padre, se arrepiente profundamente, al darse cuenta de la malicia de su acto –el pecado-, por un lado, y de la bondad de su madre o su padre –el arrepentimiento perfecto-. Es un arrepentimiento perfecto, nacido del amor que tiene a sus padres.
¿Qué es atrición? Atrición es un dolor o pesar sobrenatural de haber ofendido a Dios, pero no tanto porque Dios es infinitamente bueno, sino que el dolor es por la fealdad del pecado, o por temor al infierno, o por haber perdido la Gloria, e implica el propósito de confesarse y cumplir la penitencia. Es como cuando un hijo, luego de haber faltado el respeto a su madre o a su padre, se arrepiente, pero no tan profundamente, y no porque se da cuenta que sus padres lo aman, sino porque le desagrada la falta cometida, o porque tiene temor al castigo, o porque se da cuenta que recibirá un castigo, como por ejemplo, quedarse sin la mesada mensual, o sin poder ir a visitar a sus amigos. Es un arrepentimiento imperfecto, porque nace del propio orgullo, herido por la fealdad de la falta cometida, o porque en su egoísmo, se da cuenta de que se quedará sin algo bueno que le agradaba, como una salida con sus amigos.
De estos dos dolores, el más perfecto, es el dolor de contrición, porque nace del amor filial, es decir, del amor que el alma tiene a Dios, y porque por él, antes de que uno se confiese, se le perdonan todos los pecados mortales y se pone en gracia de Dios. Es por esto que el dolor de contrición es salvífico, mientras que el dolor de atrición no lo es.
Explicación

En la imagen vemos la realidad del Sacramento de la Confesión: cuando nos confesamos ante el sacerdote ministerial, es Jesús quien perdona los pecados, a través del sacerdote. Es decir, el sacerdote perdona, pero en nombre de Jesucristo, y lo que quita el pecado del alma, es la Sangre de Jesús. El alma, luego de la absolución, queda pura e inmaculada, porque ya no tiene en ella la mancha oscura del pecado, sino que brilla con el esplendor de la gracia santificante de Jesús.
Para poder seguir perdonando a todos los hombres, Jesucristo dio a su Iglesia, es decir, a sus apóstoles y a todos sus sucesores: Papa, obispos, sacerdotes, la facultad divina de perdonar los pecados, por muchos y graves que puedan ser.
La penitencia como “virtud” consiste en el arrepentimiento y detestación de nuestros pecados, y como “sacramento” es un rito instituido pro Jesucristo para perdonarlos.
El pecado mortal se perdona, única y exclusivamente, por el Sacramento de la Penitencia o Confesión Sacramental, en tanto que los pecados veniales se perdonan por los sacramentales, como por ejemplo: agua bendita, el rezo del Santo Rosario y otras oraciones, la Sagrada Comunión (que tiene la virtud de sacramento) y la mortificación voluntaria. Sin embargo, aunque el pecado venial se perdona de esta manera, es conveniente, igualmente, confesarlos, para así ser fortalecidos por la gracia.
El pecado mortal se perdona también con la contrición perfecta y con el propósito de confesarse.
Práctica: Si nos arrepentimos de nuestras faltas, debemos esperar, llenos de confianza, el perdón. Dios es infinitamente misericordioso y perdona absolutamente todos nuestros pecados; el único pecado que no perdona, es el que no se confiesa, por eso es necesario confesarlos a todos, sin callar ninguno. Una buena práctica es confesarnos con el sacerdote cada diez días, aproximadamente.
Palabra de Dios: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18, 23); “Volveos a mí, dice el Señor, y Yo me volveré a vosotros” (Zac 1, 3); “En el cielo habrá más alegría por un pecador que haga penitencia, que por noventa y nueve justos que no la necesitan” (Lc 15, 7).
Ejercicios bíblicos: Jn 20, 22-23; Cor 5, 18; Lc 5, 20; Mc 1, 15.




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.