Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 21 de abril de 2011

El Viernes Santo para Niños y Adolescentes

La cruz quedó empapada con la Sangre de Jesús,
y desde entonces, los cristianos adoramos la Santa Cruz.

¿Qué pasó con Jesús el Viernes Santo? Después que lo arrestaron en el Huerto de los Olivos, y lo tuvieron preso toda la noche, lo llevaron por la mañana para hacerle un juicio, y ahí, a pesar de que Él era inocente, porque era el Hijo de Dios, lo condenaron a muerte en cruz.

Pilatos lo hizo azotar, y los soldados lo flagelaron hasta casi hacerlo morir. Le pegaron tantos latigazos, que le arrancaron casi toda la piel de la espalda, y le hicieron salir mucha sangre.

Después que le dieron los latigazos, hasta quedar cansados, le pusieron una corona de espinas diciéndole: “Esta corona es para ti, Rey de los judíos”, y para que le quedara bien ajustada, mientras le ponían la corona, le daban bastonazos, y como le había tapado los ojos, le decían: “Adivina quién te pegó”, y se reían, haciéndole burlas y más burlas, y escupiéndolo en la cara.

Después cargaron la cruz de madera sobre el hombro de Jesús, y lo llevaron por el Camino de la Cruz, que en latín se dice: “Via Crucis”, y le seguían pegando latigazos, trompadas y patadas, mientras lo escupían y lo insultaban, no solo los soldados, sino también todos los que estaban al costado del camino.

Finalmente, llegaron a la cima del Monte Calvario, y le sacaron la túnica a Jesús, haciéndole doler de nuevo, porque la sangre ya se había secado, y cuando le sacaron la túnica, le arrancaron la sangre seca que se había pegado a su espalda.

Jesús se recostó en la cruz, y dejó que le clavaran los clavos en las manos y en los pies, y así quedó durante tres horas, desde las doce del mediodía, hasta las tres de la tarde.

¿Cómo estaba Jesús en la cruz todo ese tiempo?

En la cruz, Jesús sentía que le ardía la garganta, de tanta sed que tenía, y le había dado sed porque se había deshidratado, porque había perdido mucha sangre, y cuando Él dijo: “Tengo sed”, en vez de darle un poco de agua, le dieron a beber vinagre y hiel, que es algo muy amargo; tenía fiebre, a causa de los hematomas y moretones que se le habían formado dentro del cuerpo, porque cuando hay moretones dentro del cuerpo, eso da fiebre; sentía mucha falta de aire, por la poca sangre, y por la posición de los brazos y de los pies, que le hacía muy difícil respirar; le dolían muchísimo las heridas de la cabeza, y también le dolían los músculos del cuello, pero no podía descansar, porque cuando hacía la cabeza para atrás, para descansar un poco, le punzaban las espinas en la parte de atrás de la cabeza, y en la nuca; tenía un ojo completamente cerrado, porque le habían dado una trompada, y le había salido un hematoma en el párpado, que no lo dejaba ver; en la cara tenía un corte, porque cuando el criado del sacerdote judío le dio una trompada, llevaba puesto un anillo, y le cortó la cara con el anillo; tenía todos los cabellos pegados, como un mazacote, porque le había salido mucha sangre cuando le pusieron la corona de espinas, y después esa sangre se secó y le quedaron todos sus cabellos pegados y sucios, llenos de polvo, porque cuando se caía con la cruz, su cabeza daba con el piso; tenía toda la cara cubierta de polvo y de sangre, que era la sangre que le caía de su cabeza, coronada de espinas, pero era también sangre que le salía de la nariz, por las trompadas que le habían dado, y era la sangre del corte del anillo del criado del sacerdote judío; los oídos, y los ojos, estaban tapados de sangre, por toda la sangre que le caía de la cabeza; tenía los brazos cansados, de tanto tenerlos estirados en la cruz, y además, porque había venido cargando la cruz todo el Via Crucis; el hombro derecho le dolía mucho, porque para poder atravesar su mano con el clavo, le estiraron tanto, que le hicieron salir de su lugar; tenía los dedos anular y meñique de las manos contraídos, vueltos hacia dentro de la mano, y los otros tres extendidos, porque los clavos de hierro habían traspasado un nervio, que hacía que los dedos se pusieran en esa posición; tenía los pies juntos, puestos uno sobre el otro, atravesados por un grueso clavo de hierro, y esas heridas de los pies le dolían cada vez que respiraba, porque tenía que apoyarse en los pies para poder respirar, y cada vez que lo hacía, el dolor de las heridas de los pies era insoportable.

Dice una santa, Ana Catalina Emmerich, que cuando subieron la cruz, los pies de Jesús quedaron a una altura en la que sus amigos podían besarlos. Además, en el momento en el que la cruz fue izada, y se deslizó en su base para quedar anclada en el pozo que habían excavado en el Calvario, en ese momento, cuando la cruz chocó contra el fondo del pozo, todas las heridas de Jesús se reabrieron, provocándole todavía más dolor, y haciendo brotar nuevamente la sangre de sus heridas. Pero también pasó algo más: en ese momento en el que la cruz fue levantada hacia lo alto, Satanás, los demonios, y el infierno entero, comenzó a aullar de miedo, de terror y de espanto, porque los había vencido el Amor de Dios Uno y Trino.

Jesús fue abandonado por todos sus amigos, y por todos los que habían recibido milagros de Él, e incluso hasta Dios Padre parecía que lo había abandonado –aunque nunca lo abandonó, pero Jesús sentía como que lo había abandonado-, pero había alguien que nunca lo abandonó, y ese alguien era la Virgen.

Desde que lo apresaron, y durante todo el tiempo que estuvo preso, y cuando le dieron los latigazos, hasta que lo crucificaron, la Virgen estuvo siempre cerca de su Hijo; Ella lo acompañaba de cerca, y veía cómo le pegaban a lo que más quería en el mundo, Jesús, y cuando veía que le pegaban, se acordaba de cuando era chiquito, que cuando Jesús se lastimaba, o se caía, ella salía corriendo a atenderlo, y ahora sufría y lloraba, porque no podía auxiliar a su querido Hijo. La Virgen veía cómo le pegaban a su Hijo, y aunque no le pegaban a Ella, le parecía sufrir los mismos dolores, porque cada golpe que recibía su Hijo Jesús, lo recibía Ella en espíritu, en su Corazón de Madre.

La Virgen sufrió los dolores de su Hijo, todos, en su Corazón Inmaculado, y con sus dolores nos salvó, por eso Ella es nuestra Salvadora, junto a su Hijo Jesús.

A las tres de la tarde, Jesús dio un fuerte grito, y dijo a su Papá del cielo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y entonces murió.

En ese momento, el cielo hizo luto, como cuando muere el hijo único, para expresar su dolor: aparecieron nubes negras en el cielo, que taparon el sol, y se puso tan oscuro, que parecía casi de noche, y eran las tres de la tarde; hubo un temblor muy fuerte, y la iglesia de los judíos, de los que habían condenado a Jesús, se partió en dos; salieron muchos muertos, que resucitaron, de sus tumbas, mientras los ángeles lloraban la muerte de Jesús.

Cuando Jesús ya estaba muerto, vino un soldado, y con una lanza le atravesó el pecho y de su Corazón salió sangre y agua, y con la sangre y el agua, el Espíritu Santo se derramó sobre la humanidad, porque Dios Padre perdonaba a los hombres que habían matado a su Hijo dándoles su Amor.

Después, bajaron a Jesús de la cruz, y la Virgen María lo lloraba en silencio, junto a Juan y a las piadosas mujeres. Después, se llevaron el Cuerpo muerto de Jesús a la tumba.

Sólo quedó en el Calvario la cruz, que era de madera dura, que quedó toda empapada de la sangre de Jesús, y porque esa sangre era la sangre del Cordero de Dios, los cristianos, desde entonces, adoramos la cruz.

Adorar quiere decir saber que somos nada delante de Dios, que somos como un granito de arena, comparado con el sol, y que aún así, siendo nada más que un granito de arena en comparación con el sol, amamos a Dios, que es Sol de Amor eterno, con todas nuestras fuerzas.

Adoremos la cruz, en el Viernes Santo, porque está empapada con la Sangre de Jesús, la sangre que nos salvó y nos hizo ser hijos de Dios.

jueves, 14 de abril de 2011

Rosario meditado para niños para NACER - Misterios Dolorosos




Misterios Dolorosos

Primer Misterio Doloroso: La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos.

Jesús ora en el Huerto,
y siente mucha tristeza, y suda sangre,
porque ve que muchos no se quieren convertir.
Le prometamos a Jesús, que por mí sufre en el Huerto,
que nuestro corazón va a ser como un girasol,
que siempre lo busque a Él, el Sol de Dios.

Pasaje del Evangelio: Jn 15, 13ss.

Meditación: Este misterio se llama “La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos”, y nos acordamos de cuando Jesús fue a rezar, el día antes de subir a la cruz. Era una noche muy oscura, sin luz de luna casi, porque las nubes negras cubrían todo el cielo. A Jesús lo habían acompañado Pedro, Juan y Santiago, pero ellos, en vez de rezar con Él, se durmieron y lo dejaron solo. Cuando Jesús estaba rezando, empezó a sentir mucho pero mucho miedo, y también mucha tristeza, y sintió tanto miedo y tanta tristeza, que lloraba mucho, y además sudaba sangre.

¿Por qué sentía miedo, y por qué sentía tristeza? Sentía miedo, porque Él, como era Dios, podía ver los pecados de todos los hombres, que tienen formas horribles, como de animales muy feos y malos; además, para que Dios Padre no nos castigue a todos nosotros, Él se había ofrecido para que lo castigaran a Él, y sabía que, para quitar nuestros pecados, iba a tener que sufrir todo lo que sufrió después en la cruz. ¿Y la tristeza? Sentía mucha pero mucha tristeza, porque Él también veía que muchas almas, a pesar de que Él iba a dar su vida por ellas, no lo iban a querer, y no se iban a convertir, y se iban a morir en pecado mortal, y se iban a ir al infierno. Él sufría muchísimo cuando veía un alma que se condenaba, y por eso estaba muy triste. Pero había veces que Jesús estaba más contento, y era cuando veía almas que sí lo iban a querer, que sí lo iban a acompañar camino de la cruz, y que sí se iban a convertir y a salvar. Ahí era cuando Jesús no estaba tan triste, y tenía un poco menos de miedo.

¡Le prometamos a Jesús que vamos a rezar mucho, y que vamos a tratar de cambiar el corazón, para ser santos, y así estar con Él para siempre en el cielo!

Segundo Misterio Doloroso: La flagelación de Jesús.

Jesús es flagelado,
a causa de mis pecados.
¡Jesús, que me duelan mis pecados,
para que Tú no sufras más!

Pasaje del Evangelio: Mt 27, 26ss.

Meditación: Este misterio se llama “La flagelación de Jesús”, y nos acordamos aquí de cuando a Jesús le pegaron muchos latigazos en la espalda, en las piernas, en los brazos, y en la parte de adelante del cuerpo, en el pecho y en el abdomen, y le hicieron doler muchísimo, y le hicieron salir mucha sangre. Una vez, una santa, que se llamaba Brígida de Suecia, quería saber cuántas heridas había recibido en total en la Pasión, y Jesús se le apareció y le dijo que eran 5130 heridas. ¡Muchísimas! ¿Por qué Jesús dejó que le pegaran así? Porque Dios Padre estaba muy enojado con todos nosotros, por nuestros pecados, entonces, Jesús le dijo a Dios Padre que Él iba a reparar por nosotros, y para que Dios Padre no se enojara con nosotros, Jesús dejó que la justicia divina descargara sobre Él el castigo que merecíamos todos los hombres. Jesús se puso entre Dios Padre y nosotros, para recibir Él todo el castigo que merecíamos, y así fue como Dios nos perdonó, y todos nos hicimos amigos de Dios, gracias a Jesús.

Si Jesús se nos apareciera, ¿le pegaríamos un latigazo? ¡Por supuesto que no! Pero lamentablemente, lo que no haríamos en la imaginación, sí lo hacemos en la realidad, porque cada vez que cometemos un pecado, es como pegarle un latigazo a Jesús.

Le prometamos a Jesús que vamos a cuidar nuestro cuerpo como lo que es: el templo del Espíritu Santo, y le pidamos que, así como a Él le dolieron los latigazos, así a nosotros nos duelan los pecados, para que nunca lo ofendamos, y crezca nuestro amor a Él.

Tercer Misterio Doloroso: La coronación de espinas.

Jesús es coronado de espinas,
para que nuestros pensamientos sean puros y santos,
como los suyos.

Pasaje del Evangelio: Jn 19, 2

Meditación: Este misterio se llama: “La coronación de espinas”, y nos acordamos de cuando a Jesús le pusieron una corona de gruesas espinas. Esas espinas le hicieron doler mucho a Jesús, y le hicieron salir mucha sangre, que corrió desde su cabeza, por toda su cara, hasta la barba y el cuello, y llegó hasta el pecho y sus manos. La sangre pasó por su frente, para que tengamos pensamientos santos y puros; pasó por sus ojos, para que veamos sólo cosas buenas; pasó por su nariz y por sus oídos, para que nuestros sentidos sientan lo que Él sintió en la cruz; pasó por sus labios, para que hablemos sólo cosas buenas, como alabanzas a Dios y bendiciones a los demás; pasó por sus manos, para que nuestras manos se eleven para bendecir a Dios, y estén siempre tendidas en ayuda de nuestros hermanos; pasó por su pecho, para que nuestro corazón arda en el fuego del Amor de Dios.

¡Que por la sangre de Jesús coronado de espinas, nuestros pensamientos sean siempre santos y puros, como los tuvo Él en la cruz!

Cuarto Misterio Doloroso: Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario.

Jesús con la cruz a cuestas,
camino del Calvario.
¡Jesús, que yo te siga
en el camino de la cruz,
para llegar contigo
al Reino de los cielos!

Pasaje del Evangelio: Jn 20, 17

Meditación: Este misterio se llama: “Jesús, con la cruz a cuestas, marcha camino del Calvario”, y nos acordamos de cuando Jesús iba, con la cruz sobre sus hombros, a un monte, que se llama: “Calvario”. Jesús llevaba una cruz de madera, muy pesada, tan pesada, que lo hizo caer muchas veces a lo largo del camino. Y en cada caída, se lastimaba sus rodillas, sus manos, y le dolía mucho la espalda y también el hombro, pero siempre se levantaba y seguía. Jesús no arrastraba la cruz, sino que la abrazaba y la besaba, porque sabía que con la cruz nos iba a salvar, y nos iba a llevar al cielo. En la vida muchos nos dicen que sigamos muchos caminos: ser ingenieros, médicos, bomberos, astronautas, plomeros. En realidad, hay un solo camino: el camino de la cruz de Jesús, porque por ese camino se llega al cielo. Jesús nos pide que lo sigamos, que vayamos detrás de Él, y si nosotros le hacemos caso, y lo seguimos, cargando nuestra propia cruz, estaremos seguros, segurísimos, de llegar al cielo.

¡Jesús, que yo nunca reniegue de la cruz! ¡Dame la gracia de abrazar y besar mi cruz, y así caminar contigo, todos los días de mi vida, el Via Crucis, hasta que llegue a contemplarte en la eternidad!

Quinto Misterio Doloroso: La crucifixión de Jesús.

Jesús es crucificado.
Te adoro, Dios mío,
Jesús crucificado.
¡Que yo esté con la Virgen
al pie de la cruz,
para estar siempre contigo
en la eternidad!

Pasaje del Evangelio: Jn 20, 18

Meditación: Este misterio se llama: “La crucifixión de Jesús”, y nos acordamos de cuando Jesús estaba crucificado, en la cima del monte que se llama “Calvario”. Jesús en la cruz es pobre, porque tiene sólo lo necesario para salvarnos: la corona de espinas, los clavos de hierro, un cartel que dice: “Éste es el Rey de los judíos”, y la cruz, y así Jesús nos enseña a ser pobres, como Él, a no desear nada que no sea lo necesario para nuestra salvación. Jesús en la cruz es también es nuestro rey, que reina desde un trono que no es de oro ni de plata, sino de madera, porque es la cruz, y así como todo rey bueno da regalos a sus súbditos, así Él nos da el regalo más hermoso que podamos recibir, y es el regalo de su Cuerpo y de su Sangre, y con su Sangre, el Espíritu Santo. Todo eso lo tenemos en la Santa Misa, porque en la Misa, Jesús hace lo mismo que en la cruz: entrega su Cuerpo en la Eucaristía, y derrama su Sangre en el cáliz. Ir a Misa es ir a ver a Jesús que, invisible, baja crucificado, desde el cielo al altar, para darnos su Cuerpo en la Hostia y su Sangre en el cáliz. Ir a Misa es ir a estar junto a Jesús, que por mí muere en la cruz, y es ir a ofrecerme a Dios Padre, unido a Jesús, para la salvación del mundo.

¡Nunca dejemos la Misa, que es Jesús en la cruz, por las diversiones del mundo, que no son nada! ¡Que yo te ame, Jesús, en la cruz, en la Santa Misa!