Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 30 de mayo de 2015

La Santísima Trinidad explicada para Niños


         ¿Cómo es Dios? Los católicos lo sabemos porque Jesús nos lo reveló en el Evangelio y todo lo que Jesús nos reveló en el Evangelio, la Iglesia nos lo enseña en el Catecismo. ¿Y qué dice el Catecismo acerca de Dios? Nos enseña el Catecismo que Dios es Uno y Trino: “Uno en naturaleza y Trino en Personas”. Que sea “Uno en naturaleza”, quiere decir que hay un solo Dios, y que no hay más que uno, y que sea “Trino en Personas”, quiere decir que en Él hay “Tres Personas” Distintas, las cuales son: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero son iguales porque las tres son el mismo y único Dios, por lo que las Tres merecen la misma adoración, el mismo honor, la misma gloria y el mismo amor.
También podemos decir que para nosotros, los católicos, en Dios sucede algo parecido a lo que sucede en nuestras familias: en las familias hay personas y hay amor: en Dios hay Tres Personas, unidas por el Amor: las Tres Personas son: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y hay Amor, porque el que los une al Padre y al Hijo, es el Amor, el Espíritu Santo.
Pero no tenemos que pensar que esas Tres Personas están allá lejos en el cielo, sin preocuparse por nuestras vidas: las Tres Divinas Personas nos aman y nos aman tanto, que quieren llevarnos a todos al cielo y para que todos vayamos al cielo, las Tres Divinas Personas se reunieron en el cielo, en donde viven e idearon un plan, el plan de salvación: Dios Padre, movido por el Amor, le pidió a su Hijo que se encarnara en el seno de la Virgen, para que luego pudiera subir a la cruz y dar su vida por nosotros; Dios Hijo, movido por el Amor, le dijo que “Sí” a su Papá, Dios, y se encarnó en el seno de su Mamá, la Virgen; nació milagrosamente en Belén y, cuando fue grande, subió a la cruz, entregó su Cuerpo en la cruz y derramó su Sangre, para perdonar nuestros pecados; Dios Espíritu Santo, que es el Amor de Dios, fue el que llevó al Padre y al Hijo a salvar a la humanidad, que se había apartado de Dios por escuchar la voz de la Serpiente en el Paraíso. Finalmente, como parte del plan de salvación, las Tres Personas de la Trinidad nos dieron lo que Ellas más amaban, la Virgen, que es el don de la Trinidad para todos nosotros. La Virgen es Hija de Dios Padre; es Madre de Dios Hijo y es Esposa de Dios Espíritu Santo, y las Tres Divinas Personas nos la dieron, para que fuera nuestra Madre del cielo, para que la Virgen, al pie de la cruz, nos adoptara a todos como hijos suyos, nos cubriera con su manto, nos refugiara en su Inmaculado Corazón y nos alimentara con el Pan de Vida Eterna, el Sagrado Corazón Eucarístico de su Hijo Jesús.

Como vemos, las Tres Personas idearon ese plan de salvación, para que todos vayamos al cielo y es por eso que no podemos decir que las Tres Divinas Personas no se interesan por nosotros: mucho más que interesarse, nos aman tanto, que nos dan lo que más aman, a Jesús en la Eucaristía y a la Virgen como Madre. Por tanto amor recibido de las Tres Divinas Personas, nosotros, en acción de gracias y en adoración, le pedimos a la Virgen que sea Ella la que tome nuestros corazones y los coloque en la patena, para que todo nuestro amor a Dios Trino se una al Amor contenido en la Eucaristía, que es el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, y así suba, por sus manos, como una ofrenda agradable, hasta el trono de Dios Uno y Trino en el cielo.  

viernes, 13 de junio de 2014

El Evangelio para Niños: La Santísima Trinidad


(TO – Ciclo A – 2014)
         ¿Cómo es Dios? Los católicos sabemos cómo es Dios, porque Jesús, en el Evangelio, nos lo enseñó y la Iglesia, con el Catecismo, nos lo hace aprender para cuando recibimos la Primera Comunión. Conocer y amar a Dios, como nos lo enseñan Jesús y la Iglesia, es la aventura más hermosa que jamás nadie pueda vivir en esta vida y en la otra, y este solo hecho justifica vivir y  morir cientos de miles de veces. ¿Cómo es Dios? Jesús nos enseña que Dios es “Uno y Trino”, es decir, que es Uno en Naturaleza y Trino en Personas, y esto no quiere decir que existan tres dioses, sino que Dios es Uno solo y que en Él hay Tres Personas. Sólo los católicos sabemos toda la verdad acerca de Dios; solo los católicos sabemos que Dios es la Santísima Trinidad, que Dios es Uno solo, de una sola naturaleza y que en Él hay Tres Personas. Es algo parecido a una familia formada por papá, mamá y el hijo: tres personas, y una familia, unidas por el amor. ¡Es un misterio maravilloso! Y como todo misterio, no lo podemos entender, solo lo podemos creer y lo creemos con amor, porque Jesús, que es Dios, no nos puede mentir ni engañar, y si Jesús nos lo dice, es porque es Verdad.
¿Qué nos enseña Jesús? Jesús nos enseña que Él es Dios, igual que su Papá, pero también nos enseña que el Espíritu Santo es Dios, y que las Tres Divinas Personas son un solo Dios verdadero; no que son tres dioses, sino un solo Dios verdadero. Jesús nos enseña también que las Tres Divinas Personas nos aman tanto, que quieren que todos vayamos al cielo, y para que vayamos al cielo, el Papá de Jesús lo mandó a Él, a que viniera aquí, a la tierra, para que muriera en la cruz y con su Sangre nos limpiara de nuestros pecados y nos dejara su Cuerpo para que nos alimentáramos de Él. Pero además, la Trinidad nos ama tanto, que no solo quiere que nos salvemos, sino que quiere convertir a nuestros corazones, en algo más grande que los cielos: quiere convertir a nuestros corazones en su morada, en su lugar de residencia, y así lo dice Jesús: “El que me ama, cumplirá mis mandamientos, y mi Padre y Yo lo amaremos, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Quiere decir que si alguien ama a Jesús, Jesús, que es Dios, vendrá al corazón del que lo ame, y junto con Él, vendrán Dios Padre y Dios Espíritu Santo, que es el Amor del Padre y del Hijo, y las Tres Divinas Personas “harán morada en ese corazón”, es decir, las Tres Divinas Personas vendrán a vivir en ese corazón. ¡Qué hermosísimo misterio, el de la Santísima Trinidad!

Las Tres Divinas Personas quieren que, por la gracia que Jesús nos consiguió con su Sangre en la Cruz, nuestro pobre corazón se convierta en la casa en donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, vengan a vivir para siempre. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Puede acaso alguien imaginar algo más maravilloso que ver a su pobre corazón, hermoseado por la gracia y habitado por las Tres Divinas Personas, las Personas Divinas del Dios Uno y Trino? ¡Alabemos por siempre a la Santísima Trinidad, que ha querido enviar a Dios Hijo, Jesucristo, a morir en la Cruz, para donarnos su gracia, para que por la gracia, convirtamos nuestra alma, nuestro corazón y nuestro cuerpo, en templo, sagrario y custodia de las Tres Amabilísimas, Adorabilísimas y Preciosísimas Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo! Démosle gracias también, a la Santísima Trinidad, por habernos dado a la Flor de los cielos, la Virgen María, porque por Ella vino a este mundo, Dios Hijo, Jesucristo, Nuestro Rey y Señor, enviado por Dios Padre, para donarnos al Amor de Dios, el Espíritu Santo. 

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Evangelio para niños: “En el cielo nadie se casa porque todos son como ángeles”


(Domingo XXXII – TO – Ciclo C – 2013)
         En este Evangelio, Jesús nos cuenta cómo es el cielo: en el cielo, no hay casamientos, porque todos los que están en el cielo “son como ángeles” y por eso no hay necesidad de casarse (cfr. Lc 20, 27-38).
         ¿Qué quiere decir “ser como ángeles”? Quiere decir tener un cuerpo, este mismo cuerpo, pero resucitado, sano y sin ninguna enfermedad, lleno de la luz y de la gloria de Dios.
¿Cómo es un cuerpo “resucitado”? Es un cuerpo que no siente cansancio ni necesidad de dormir; tampoco experimenta hambre ni sed, y por eso no hay necesidad en el cielo de comer papas fritas ni tomar gaseosa, porque ya no hay más hambre ni sed; puede atravesar las paredes, como hizo Jesús cuando, después de resucitar el Domingo de Resurrección, entró en la habitación donde estaban los discípulos con la puerta cerrada; es un cuerpo que se puede mover muy rápido, basta pensar con ir a un lugar, para ya estar ahí en ese mismo momento; es un cuerpo que ya no se enferma, ni tiene fiebre, ni envejece, y es siempre joven; tampoco siente ningún dolor y, lo más importante de todo, está unido a su alma, que está siempre feliz, alegre, contenta, porque está siempre mirando a Tres Personas hermosas, las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, y eso le causa una gran alegría, tanta, que no puede creer de tanta alegría que tiene.
¿Y quiénes son los que resucitan?

Los que mueren en gracia de Dios, porque la gracia santificante es como una lucecita en el corazón, que no se ve en esta vida, pero que en el momento de la muerte, empieza a volverse cada vez más grande, hasta ocupar todo el cuerpo, y a medida que va ocupando el cuerpo, lo va llenando de la vida, de la luz y de la gloria de Dios, hasta que el cuerpo queda todo lleno de luz, y esto es lo mismo que le pasó a Jesús el día que, con sus propias fuerzas, después de haber muerto el Viernes Santo, resucitó el Domingo de Resurrección. El que resucita es el que está unido a Jesús por la gracia, por la fe y por el Amor, y nadie puede resucitar para ir al cielo, sino es por la gracia de Jesús, y por eso es tan importante vivir y morir en gracia de Dios. Los que no están en gracia de Dios, también resucitan, pero su cuerpo, en vez de ser un cuerpo de luz, es un cuerpo oscuro, como el carbón, y como no están en gracia, nunca van a poder entrar en el cielo; esos van a un lugar donde no está Dios, y es el Infierno. El que va a ese lugar, es porque eligió morir en pecado y no en gracia de Dios. Por eso hay que rezar todos los días, pidiendo la gracia de la perseverancia final en la fe y en las buenas obras, para morir en gracia y resucitar y así, con el cuerpo y el alma llenos de la luz y de la gloria de Dios, entrar en la Casa del Padre para siempre.

viernes, 24 de mayo de 2013

El Evangelio para Niños - Santísima Trinidad



         Hoy en esta fiesta la Iglesia se acuerda de todo lo que Jesús nos enseñó sobre Dios. Jesús nos dijo que Dios es Uno solo, pero en Él hay Tres Personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Es lo que se llama “el misterio de la Santísima Trinidad”. Hasta que vino Jesús, nadie lo sabía, porque nadie sabía cómo era Dios por dentro y Jesús lo sabía porque Él es el Hijo de Dios, que conoce a su Papá desde hace mucho pero mucho tiempo, en la eternidad, y lo ama con el mismo amor con el que lo ama su Papá, el Espíritu Santo.
         Jesús nos enseñó la única verdad sobre Dios: es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y quiere que todos nos salvemos y que vayamos al cielo para siempre. Dios quiere tanto pero tanto que nos salvemos, que las Tres Divinas Personas se pusieron a trabajar para rescatarnos: Dios Padre pensó la mejor manera para salvarnos, y era mandando a su Hijo Jesús aquí a la tierra, para que muriera en Cruz, nos perdonara los pecados y, cuando su Corazón fuera traspasado por la lanza del soldado romano, nos regalara a Dios Espíritu Santo, que venía con la Sangre de su Corazón. Por eso el que bebe en gracia la Sangre del Corazón de Jesús, que es el Vino de la Misa, se salva, porque lo que nos salva es el Amor de Dios.
         Muchos no saben cómo es Dios, porque no estudiaron el Catecismo, pero también muchos que estudiaron el Catecismo, después se olvidaron, y empezaron a creer en un “dios” que no es el Dios de la Iglesia Católica. Muchos creen que Dios es como una corriente eléctrica que anda por las estrellas; otros, que es un dios que está en un planeta lejano y que no sabe nada de los hombres; otros, creen que dios es como cuando alguien tira un “spray” en aerosol. Nadie sabe la Verdad sobre Dios, solo la Iglesia Católica, y es la Verdad más linda, porque nos muestra que las Tres Personas que hay en Dios Uno, nos aman con locura: Dios Padre nos ama tanto, que envió a su Hijo a que muriera en la Cruz para salvarnos; Dios Hijo nos ama tanto, que murió en la Cruz y resucitó para salvarnos, y para acompañarnos hasta que lleguemos al cielo, se queda en la Eucaristía; Dios Espíritu Santo nos ama tanto, que aceptó derramarse sobre nosotros junto con la Sangre que sale del Corazón de Jesús traspasado por la lanza del soldado romano.
¡Qué hermoso es creer en Dios Uno y Trino, en la Santísima Trinidad!
Es muy hermoso porque al que cree en Dios Uno y Trino, Jesús le ayuda a llevar la Cruz para que suba al Monte Calvario, para que ahí, en el Monte Calvario, que es la Puerta abierta al cielo, sea recibido por Tres Personas, que lo llevarán al cielo y lo harán feliz por toda la eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (III): Tercera Aparición del Ángel de Portugal



La Tercera Aparición del Ángel
Según Lucía, la tercera aparición del ángel ocurrió entre finales de Septiembre y comienzos de Octubre de 1916. Sucedió un día en el que los pastorcitos, que habían llevado a su rebaño hasta Cabeco, se encontraban arrodillados con la frente en tierra, en la posición que el ángel les había enseñado, rezando la oración que el Ángel les había enseñado en la Primera Aparición: “Dios mío, yo creo en ti, yo te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”. El Ángel se apareció envuelto en una luz “más blanca que la nieve”, y se les presentó bajo la apariencia de un joven de unos 14 ó 15 años, transparente y de una gran belleza.
Veamos cómo la Hermana Lucía narra la tercera y última aparición del Ángel: “En cuanto llegamos allí, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del ángel: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo...”. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración, cuando advertimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos incorporamos para ver lo que pasaba y vimos al ángel trayendo en la mano izquierda un cáliz sobre el cual estaba suspendida una Hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. Dejando el cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración:
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el precioso Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sagrado Corazón y por los del Inmaculado Corazón de María, os pido humildemente por la conversión de los pobres pecadores”.
Después se levantó, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la Hostia, y me dio la Hostia a mí. Lo que contenía el cáliz se lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: ‘Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios’.
De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: ‘Santísima Trinidad...’. Y desapareció.
Llevados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía, imitábamos al ángel en todo; es decir, nos postrábamos como él y repetíamos las oraciones que él decía. La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa, que nos absorbía y aniquilaba casi por completo. Parecía como si nos hubiera quitado por un largo espacio de tiempo el uso de nuestros sentidos corporales. En esos días, hasta las acciones más materiales las hacíamos como llevados por esa misma fuerza sobrenatural que nos empujaba. La paz y felicidad que sentíamos era grande, pero sólo interior; el alma estaba completamente concentrada en Dios. Y al mismo tiempo el abatimiento físico que sentíamos era también fuerte”.

Enseñanzas espirituales en la Tercera Aparición del Ángel de Portugal
         -A diferencia de la Segunda Aparición del Ángel, en la que los niños están jugando, aquí se encuentran orando y con la oración que el mismo Ángel les había enseñado. Además de la oración, los pastorcitos demuestran que habían aprendido la lección de rezar a Dios en todo momento, no por obligación, sino por amor: quien ama a alguien, gusta de hablar con quien ama; quien ama a Dios, gusta de rezarle, porque rezar es hablar con Él y recibir de Él su infinito amor misericordioso.
         -El Ángel viene envuelto en una luz “más blanca que la nieve”, símbolo de la gracia santificante en la que él vive; tiene la apariencia de un joven de catorce o quince años, y es de gran belleza. Como todos los ángeles, él también fue sometido a una prueba por Dios: les preguntó si querían servirlo y amarlo a Él o no, y el Ángel de Portugal eligió servir y amar a Dios, y por eso está envuelto en luz y aparece envuelto en luz. La diferencia con los ángeles que no quisieron servir a Dios, es que estos últimos viven en la oscuridad, y nunca jamás podrán amar y servir a Dios, porque ellos eligieron libremente ser enemigos de Dios, uniéndose al Príncipe de las tinieblas, que cuando se le preguntó si quería amar y servir a Dios, dijo: “No amaré y no serviré a Dios”, y ahí fue cuando perdió para siempre la gracia santificante, quedando envuelto en tinieblas y oscuridad. El Ángel envuelto en luz, con su apariencia joven y hermosura, nos indica que es en el cielo en donde se vive la juventud para siempre, dada por la gracia santificante, y que es esta, y no la apariencia externa, lo que concede belleza a una persona. En la tierra, la juventud pasa pronto; en el cielo, se es eternamente joven, porque Cristo es Dios eternamente joven, y allí nadie tiene más de treinta y tres años, que es la edad de Cristo al morir en la Cruz.
         -El Ángel trae en sus manos un cáliz y una Hostia, de la cual caen gotas de sangre en el cáliz. El Ángel enseña que la Eucaristía no es un pan bendecido: parece un pan, tiene sabor a pan, pero es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. El hecho de que caigan gotas de sangre desde la Hostia hacia el cáliz, indica que en la Hostia está palpitante, vivo, resucitado y glorioso, Cristo Jesús, con su Sagrado Corazón traspasado, que es de donde sale la Sangre para ser recogida en el cáliz. La Sangre nos recuerda que la Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, sólo que incruento, y es al mismo tiempo el signo que nos indica el Amor sin límites de Jesús por cada uno de nosotros: si alguien quiere saber cuál es la medida del Amor de Jesús, sólo tiene que recordar la Sangre que cae de la Hostia al cáliz, para saberlo: nos ama hasta la muerte de Cruz, nos ama hasta dar la vida por nosotros, por cada uno, en la Cruz.
Luego deja el cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, se postra en tierra y repite por tres veces una oración: “Santísima Trinidad…”. De esta manera, les enseña a adorar la Eucaristía y a ofrecerla en reparación por los pecados de los hombres, principalmente los pecados de ingratitud. Jesús murió por toda la humanidad, dio su vida por todos y cada uno de los hombres, y está Presente en cada Eucaristía, en los sagrarios, para dar de su Amor a quien se le acerque, pero los hombres prefieren sus vanas distracciones –fútbol, música, deportes, salidas, recreaciones-, antes que asistir a Misa el Domingo, y muchos que van a Misa el Domingo, e incluso comulgan, lo hacen con un corazón malo, corazón con el que daña a su prójimo de palabra o de obra, y esto ofende mucho a Jesús. El Ángel pide reparaciones para consolar al Corazón de Jesús, ofendido por tantos ultrajes, sacrilegios e indiferencias, pero para poder reparar los “crímenes” de los hombres, es necesario que uno mismo no solo no cometa esos crímenes, sino que aprecie de tal manera la vida de la gracia, que prefiera “morir antes que pecar”, como pedía Santo Domingo Savio en el día de su Primera Comunión.
-Enseña además a comulgar: de rodillas, y haciendo antes un acto de adoración a Cristo Dios Presente en la Eucaristía. No se puede comulgar sin hacer una adoración interior, desde lo más profundo del corazón, y como esta adoración se origina en el amor a Jesús Eucaristía, no se puede comulgar sin amor a Jesús. La adoración y el amor interior se acompañan de un gesto exterior que los representa, y es la comunión de rodillas. Quien comulga de rodillas, pero no hace un acto previo, interior, de amor y adoración a Jesús Eucaristía, no comulga según las enseñanzas del Ángel. Quien comulga, y más todavía si lo hace de rodillas, debe hacer previamente un profundo acto de amor y de adoración a Jesús Presente en la Eucaristía.
-Cuando les da la comunión, el Ángel les dice: ‘Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios’. El Ángel tiene presente, en el momento de la comunión, al Sagrado Corazón de Jesús, “horriblemente ultrajado” por la maldad del corazón humano. El que comulga debe tener también presente al Sagrado Corazón, y pedirle perdón por los pecados propios y los de los demás. La expresión “horriblemente ultrajado” es muy fuerte, y da idea de la magnitud de las ofensas hechas a Jesús en la Eucaristía. La comunión, hecha con amor y adoración, es un acto reparador, que en algo consuela a Jesús, “horriblemente ultrajado por los hombres ingratos”, quienes con sus pecados, llamados “crímenes”, ofenden continuamente su majestad divina; quien comulga con intención de reparar esos pecados, “consuela” a Jesús. Comulgar entonces no puede ser nunca un acto distraído, como quien recibe en la boca y come un poco de pan; tiene que ser un acto de amor, de adoración y de reparación, para consolar a Jesús que sufre por la ingratitud de los hombres.
-La visita del Ángel se acompaña de la Presencia de Dios, Presencia que se hace sentir no sólo interiormente, sino también en el aspecto físico. La Presencia de Dios produce un estado de paz y de intensa alegría y felicidad, además de dejar concentrada al alma en Él, porque el alma se siente tan bien en presencia de Dios, que no quiere dejarlo nunca, y por eso ora continuamente. La visita de un ángel de luz se reconoce por estos efectos: paz, alegría, deseos de orar, movidos por el intenso amor a Dios.
Esta fue la última aparición del Ángel, quien de esta manera preparó los corazones de los pastorcitos para la visita de la Reina de los cielos, la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima.

viernes, 23 de marzo de 2012

La Santa Misa para Niños (V) Invocaciones: Señor, ten piedad



         Esta parte de la Misa se llama “Invocaciones”. ¿Qué quiere decir “invocar”? “Invocar”, viene de “vocación”, quiere decir “llamar” a alguien, como cuando un joven está llamado a la vida religiosa, se dice que ese joven tiene “vocación”, es decir, es “llamado” por Dios.
También se dice que invocamos o llamamos a alguien cuando, por ejemplo, estamos esperando y ya se está haciendo tarde. Cuando queremos llamar a alguien, lo “invocamos”, diciendo: “Juan, vení, te estamos esperando, necesitamos que nos ayudes”, o “María, apresúrate, porque se hace tarde”.
En esta parte de la Misa “invocamos”, es decir, llamamos a alguien, pero ese alguien al que llamamos en Misa, es alguien muy especial, porque no pertenece a este mundo, a la tierra: llamamos a Jesús, que es Dios, pero como Dios no habita en la tierra, sino en el Reino de los cielos, el llamado es un poco especial.
¿Para qué llamamos a Cristo Dios? Lo llamamos para que perdone nuestros pecados; para que se apiade de nosotros, que somos débiles e inclinados al mal, con una oración que se llama “Kyrie”, que traducido significa: “Señor, ten piedad”. Antes, en el tiempo de los reyes, se usaba el título Kyrios para nombrar al rey de los reyes, que es el emperador. “Señor”, en inglés, se dice “Sir”, y en francés “Sire”, pero en francés, cuando se usa para el rey, se traduce por “Majestad” [1]. La Iglesia lo usa para su Rey y Señor, Jesucristo, que es “Rey de reyes y Señor de señores”, como dice el Apocalipsis.
En el rezo de la Misa cotidiana, los Kyries se cantan así:
Sacerdote: Señor, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.
Sacerdote: Cristo, ten piedad.
Todos: Cristo, ten piedad.
Sacerdote: Señor, ten piedad.
Todos: Señor, ten piedad.
Llamamos a Dios para pedirle que perdone nuestros pecados y para lograr su perdón le ofrecemos las llagas, las heridas, los golpes de Jesús en la Cruz, y así estamos seguros de que Dios nos perdonará, viendo cómo ha quedado Jesús, tan herido y golpeado para salvarnos.
Rogamos a Cristo nuestro Señor, que se digne tomar en sus “sangrientas manos paternales”, en sus manos sagradas, que están crucificadas y bañadas en su sangre, nuestras oraciones y las presente ante la faz de nuestro Padre[2].
En  esta parte de la Misa somos como el ciego Bartimeo, que imploraba ser curado de su ceguera, gritando: “Señor, ten piedad de mí” (cfr. Mc 10, 47), o también como el padre de un niño poseído por el demonio: “¡Si algo puedes, ayúdanos, ten piedad de nosotros!” (Mc 9, 22). Somos como el ciego Bartimeo porque “Dios es luz” y cuando obramos el mal, vivimos en la oscuridad, y somos como el padre del niño endemoniado, porque sin la ayuda de Jesús, el demonio, que es el “Príncipe de este mundo”, nos domina y nos tiene bajo su poder. Jesús, que es Dios, tiene poder de perdonarnos nuestros pecados, de iluminarnos y de comunicarnos su bondad, y también de alejar al demonio de nuestras vidas, y para esto es que lo invocamos.
Invocamos y saludamos a Cristo así como antes se invocaba y saludaba a los reyes, que entraban triunfantes después de la batalla, trayendo encadenados a sus enemigos, solo que en la Iglesia, el que vuelve triunfante de la batalla, es nuestro Rey Jesucristo, y la insignia victoriosa que enarbola es la Cruz ensangrentada, y los enemigos vencidos y encadenados, a quienes Jesús los ha derrotado para siempre con su Cruz, son la muerte, el pecado y el demonio con todo el infierno junto.
Otro significado que tenían los Kyries en la antigüedad, era el ser cantos con los que los antiguos saludaban al sol, cuando salía por la mañana. La Iglesia tomó esta costumbre pero para cantarle no al astro sol, al sol estrella de nuestro sistema planetario -hacer eso sería un grave pecado de idolatría-, sino a Jesucristo, uno de cuyos nombres es el de Verdadero Sol de justicia, “Sol que nace de lo alto” (cfr. Lc 1, 78): “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto”. Jesús es como un sol, que viene a este mundo para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte” y para “guiar nuestros pasos por el camino de la paz”[3].
Jesucristo es la luz de Dios que ilumina a este mundo de tinieblas, que derrota para siempre a las tinieblas del infierno, que da la Vida eterna a quienes la reciben en la comunión; es el Sol de justicia, que irradia la luz divina, y se manifiesta en el tiempo sacramental de la Iglesia bajo apariencia de pan, y por todo esto lo saludamos con el Kyrie..
Por último, en la Edad Media, los Kyries eran nueve en honor a la Santísima Trinidad, y por eso es también para algunos es un himno trinitario: en los tres primeros se honra al Padre, en los tres segundos se honra al Hijo y en los tres últimos se honra al Espíritu Santo[4].





[1] Cfr. Schnitzler, ibidem.
[2] Cfr. Schnitzler, ibidem.
[3] Cfr. Liturgia de las Horas, Cántico de Laudes.
[4] Cfr. Schnitzler, ibidem.

domingo, 18 de marzo de 2012

La Santa Misa para Niños (IV) Acto penitencial



Sacerdote: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre, y la comunión del Espíritu Santo, estén con todos ustedes. 

 Esta introducción nos habla, desde el comienzo, el gran amor que nos muestra la Santísima Trinidad al invitarnos a la Santa Misa: Jesús nos da su gracia, Dios Padre nos da su Amor, y el Espíritu Santo nos une en el amor con Dios Padre y Dios Hijo. 

En la Misa vemos cómo de Dios Trinidad sólo obtenemos bienes y amor, y por eso nos da pena por todos aquellos que, en vez de la Misa, en donde se recibe el Amor deDios, muchos prefieren las atracciones de la tierra. El otro motivo por el que el sacerdote saluda de esta manera, es que la Misa no es nunca una obra de los hombres, sino de la Santísima Trinidad, y por eso es que el sacerdote pide la gracia de Jesús, el amor de nuestro Padre Dios, y la comunión del Espíritu Santo, para que podamos aprovechar a fondo el misterio del altar. Sin la ayuda de las Tres Divinas Personas, nos vamos a equivocar, y vamos a pensar que la Misa es aburrida y que la Eucaristía es solamente un pedacito de pan, pero con la ayuda de la Trinidad, vamos a darnos cuenta de que es el sacrificio de Jesús en el altar. 

 Acto penitencial. Sacerdote: Hermanos, para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados. 

 Todos: Yo confieso, ante Dios Todopoderoso, y antes ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos, y a ustedes hermanos, que intercedan por mí ante Dios nuestro Señor.

 ¿Por qué rezamos el acto penitencial? Para saberlo, tenemos que pensar primero en qué es lo que vamos a recibir en la Comunión: el Amor de Dios, que late en el Corazón Eucarístico de Jesús, que es como un océano sin playas. Para recibir al Amor, nuestro corazón tiene que tener amor, y como puede suceder que hayamos tenido faltas en el amor, a lo largo de la semana, entonces es necesario que confesemos estas culpas, que se llaman “pecados veniales”. 

¿Cuáles son estas faltas de amor? Tal vez cosas que no son muy grandes, pero que a la larga van apagando el fuego del amor en el corazón, como cuando uno tiene un brasero con muchas brasas, y de a poco le va arrojando agua: al final, en vez de fuego, queda solo humo, carbón negro y cenizas. 

Para que no ocurra eso, reconocemos nuestras faltas, como por ejemplo: un gesto de fastidio, un enojo, una contestación enfadada, antipática, un gesto agrio al saludar, haber hecho pereza en la semana, jugando en exceso en la Play o en Internet, o viendo mucha televisión, también haber desobedecido a los papás, cuando nos mandaban a estudiar, o a hacer algo en la casa, o haber peleado con los hermanos, o con los compañeros de la escuela, o haber contestado a alguna maestra, o haber dicho mentiras, etc. Todas estas son faltas pequeñas pero que, si son muchas, se vuelven muy importantes, además que impiden que podamos recibir al Amor de Dios que late en el Corazón de Jesús. 

Es como cuando alguien está con mucho calor y mucha sed, y quiere tomar agua de un arroyo de la montaña, que es un agua fresquita, transparente, cristalina, y usa un vaso de vidrio limpio pero que, en el fondo, tiene barro. ¿Qué sucede cuando quiere tomar el agua? Que el agua se mezcla con el barro, y ya no está más transparente. Así se pone nuestro corazón con los pecados veniales, y por eso no podemos tomar del agua fresca que es el Amor divino que late en el Corazón Eucarístico de Jesús. Con el acto penitencial, nos acordamos de esas faltas, para no volverlas a repetir nunca más, y así, de esta manera, verdaderamente arrepentidos de haber hecho, dicho, pensado u obrado esas cosas malas, nuestro corazón es purificado por la absolución del sacerdote, y ya podemos recibir en paz a Jesús que vendrá dentro de poco, desde el cielo, hasta la Eucaristía. 

¿Cómo qué más es un corazón con pecado? 

Un corazón con pecado mortal es como una cueva, excavada en la montaña, muy profunda y a oscuras, en donde no entra la luz del sol, porque el hueco por donde se ingresa es pequeño y no deja pasar ni el más pequeño rayo de luz, y no se puede ver nada; en esta cueva se refugian y merodean, en cada rincón y por todos lados, toda especie de alimañas, algo así como si fueran roedores, grandes, de mal olor; es un lugar lleno además de insectos repugnantes, como cucarachas y arañas; es un lugar asfixiante, sin aire, todo maloliente. Un alma con pecados veniales en cambio es como una habitación en penumbras: no está ni toda iluminada, ni toda oscura; se pueden ver algunas cosas, pero es más lo que no se ve que lo que se ve; está limpia, pero no tanto, ya que hay mucha humedad y mucha tierra que cubre todos los objetos; hay varios insectos, muy molestos, como los mosquitos. Y una habitación sin pecado mortal, sin pecado venial, y con mucho deseo de amar a Dios, es como una habitación limpia, perfumada, ordenada, iluminada, sin insectos ni alimañas. 

¿Cómo es nuestra alma antes de recibir a Jesús que quiere entrar en nuestro pobre corazón? Porque Él, desde la Eucaristía, nos dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien me escucha y me abre, entraré y cenaré con él y él Conmigo” (Ap 3, 20). 

Jesús Eucaristía no puede entrar en una cueva; y le es un poco triste entrar en una habitación que esté un poco descuidada. Jesús quiere entrar en una habitación limpia, luminosa, aireada, fragante, humilde, sencilla, sin lujos, sin cosas costosas e innecesarias, en donde hay un lugar central en donde se levante un altar, para que Él sea adorado como Dios. 

Entonces, pedimos perdón, en esta parte de la Misa, para que se nos perdonen los pecados veniales –no los mortales, que sí o sí deben ser confesados en la confesión sacramental- y para que nuestro corazón esté limpio, puro, perfumado con la gracia divina, para poder recibir a Jesús y recibir de Él todo su Amor y toda su gracia.

domingo, 11 de marzo de 2012

La Santa Misa para niños (II): "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"



Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, SE SANTIGUAN CON LA SEÑAL DE LA CRUZ, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

¿Por qué nombramos a las Personas de la Santísima Trinidad? Para saberlo, tomemos un ejemplo de lo que pasa en la vida de todos los días. En el mundo hay personas que organizan y preparan eventos de todo tipo, por ejemplo: un partido de fútbol, de rugby, un espectáculo teatral, una excursión al cerro, etc. Los bomberos organizan todas sus cosas para apagar incendios; los médicos, para hacer operaciones y curar a la gente; los kiosqueros, para vender sus cosas; los zapateros, para arreglar zapatos. Para que las cosas salgan bien, las personas se preguntan: “para qué” y “cómo” hacer lo que se va hacer. Así, los bomberos se reúnen y dicen: “A veces se producen incendios muy grandes, en los que se pone en peligro la vida de muchas personas; por eso, tenemos que tener camiones grandes y potentes y tenemos que entrenarnos mucho”. Los médicos también se reúnen y dicen: “La gente se enferma y necesita ser atendida, entonces hagamos hospitales grandes y con muchos medicamentos, para que todos puedan ser curados”. Y si un grupo de niños organiza un partido de fútbol, ¿qué cosas dirían? -“¿Juguemos al fútbol?” -“¡Dale! -¿Dónde jugamos?” “¿Cómo hacemos los equipos?” -“¿A cuántos goles llegamos?”. En este caso, el motivo para organizar este partido de fútbol no es otro que el de la diversión. Es decir, en todo momento, y en todo lugar, hay personas que organizan cosas, unas para ganarse la vida, otras, por diversión, otras, para salvar vidas, etc. 
 En la Misa, también hay personas que organizan la Misa, y que antes de la Misa se reúnen para que todo salga bien, y se preguntan para qué y cómo. ¿Quiénes son estas personas? Para empezar, no son ni el sacerdote, ni los sacristanes, sino unas personas que están el cielo: las Tres Personas Divinas de la Santísima Trinidad, y es por eso es que nos santiguamos al inicio y las nombramos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 
 La Santa Misa es un evento organizado por las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. ¿De qué manera organizan la Misa? ¿Qué se dicen entre ellos para que la Misa se lleve a cabo? 

El que comienza a hablar es Dios Padre, quien le dice a su Hijo: “Hijo mío muy amado, mira cómo los hombres se han extraviado a causa del pecado. Mira cómo se han cubierto de una nube oscura de ignorancia y de mal; mira cómo han extraviado el camino que los traía hacia mí; mira cómo les cuesta reconocer la verdad de un solo Dios, y cómo están dominados por la ignorancia y el error; mira cómo la muerte ha entrado en los hombres, y ya no tienen más la vida divina. ¿Quieres salvarlos, querido Hijo, por medio de la Cruz del Calvario, y por medio de la Cruz del altar, en la Santa Misa? Es un pedido de mi corazón de Padre”. 

 Y Jesús, que es Dios Hijo, contesta: “Padre amado, Yo haré lo que Tú me pides; me encarnaré y viviré en medio de ellos, y al final de mis días, dejaré que me pongan una corona de espinas para que el hombre reciba una corona de luz; dejaré que mis manos y mi s pies sean taladrados por gruesos clavos de hierro, para que obren el bien y caminen por la senda de la salvación; Yo les enseñaré que Yo Soy el Camino que deben recorrer, la Verdad que deben conocer, y la Vida que deben recibir y vivir. Y así te los traeré a todos hacia Ti. Todo esto lo haré desde la Cruz, visiblemente, en el Monte Calvario, y lo repetiré, invisiblemente, desde la Cruz del altar, en cada Santa Misa”. 

Y Dios Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que estaba escuchando con mucha atención lo que decían el Padre y el Hijo, dice a su vez: “Yo, que soy el Amor del Padre y del Hijo, me derramaré en los corazones de los hombres, junto con la Sangre del costado abierto de Jesús, para que los hombres puedan cumplir el primer y único mandamiento necesario para la salvación: Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Yo, que soy el Amor divino, me daré a Mí mismo, y convertiré sus corazones de piedra en corazones de carne, que sean solamente capaces de amor y no de odio, para que con ese amor vivan el primer mandamiento, el mandamiento del amor, el mandamiento que abre las puertas del cielo. Todo esto lo haré cuando sea traspasado el Corazón de Jesús en el Calvario, y lo repetiré en cada Santa Misa, cuando esa Sangre bendita sea recogida en el cáliz del altar”. 

 La Santa Misa entonces es obra de la Santísima Trinidad, y por eso las nombramos a su inicio. Desde su Cielo eterno, cooperan para que en ese trozo de Cielo en la tierra que es el altar, Jesús done su vida, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como lo hizo en la cruz: Dios Padre envía a Dios Hijo para que se sacrifique por los hombres, y les done a Dios Espíritu Santo. 

 El pueblo responde: Amén. “Amén” quiere decir “así es” . Con esta sola palabra estamos diciendo que creemos que la Misa es obra de la Trinidad, la obra más maravillosa que pueda haber en la tierra y en los cielos: la renovación sin dolor, escondida debajo de lo que parece pan y vino, del sacrificio doloroso y cruento de Jesús en la cruz.