Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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miércoles, 24 de agosto de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 33 - La Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 33 - La Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz


Introducción.
Al asistir a la Santa Misa, debemos tener en cuenta algo muy importante: se trata del Misterio de Jesús en la cruz, que está en el altar, invisible, y por eso no podemos verlo con los ojos del cuerpo, pero sí podemos verlo con los ojos de la fe. Para asistir a la Santa Misa, es muy importante que hagamos silencio, exterior e interior, y también es muy conveniente traer al alma el recuerdo del Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado, porque ese mismo Jesús crucificado, se hará Presente, invisible, en el altar, en la consagración. Esta es la razón por la que la Santa Misa se llama también: “Santo Sacrificio del Altar”, porque se trata del mismo y único sacrificio de la cruz, sólo que oculto bajo lo que parece pan y vino. En otras palabras, asistir a Misa es como asistir a la Crucifixión de Jesús el Viernes Santo, por lo que debemos pedirle a la Virgen que nos dé sus mismos sentimientos y su mismo amor, los que Ella tenía cuando estaba de pie al lado de la Cruz, para que así asistamos a la Santa Misa.
Ahora sí, veamos brevemente los diferentes momentos de la Santa Misa.
La Santa Misa inicia con lo que se denomina Rito de Entrada. En este momento, desde el inicio mismo de la Santa Misa, debemos tener en cuenta, antes que nada, que la Santa Misa es un misterio sobrenatural, lo cual quiere decir que en la Misa se desarrolla algo que no podemos ni entender con nuestra razón, ni podemos ver con los ojos del cuerpo, y que solo lo podemos apreciar con la fe y con la luz del Espíritu Santo. Para asistir a la Santa Misa con provecho, tenemos que considerar que es un misterio del cielo, que se desarrolla ante nuestros ojos, es decir, hay una realidad invisible que no es percibida con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Y esta realidad misteriosa, que no se ve, que es invisible, es la representación del sacrificio en cruz de Jesús, lo cual quiere decir que la realidad invisible de la Misa es el Santo Sacrificio del Calvario, el sacrificio de la cruz de Jesús en el Monte Calvario, el Viernes Santo. Lo primero que tenemos que tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa, es el sacrificio en cruz de Jesús, el sacrificio de su vida por nuestra salvación. Y puesto que es un sacrificio por amor, porque Jesús no tenía ninguna obligación de salvarnos, entonces, lo que debemos tener al venir a la Santa Misa, es amor y agradecimiento a Jesús, por su muerte en cruz por nosotros. La alegría que debemos experimentar es la alegría que viene de saber que Jesús nos ama tanto, que ha llegado al extremo de dar su vida por nosotros. Desde ya vemos cómo la Misa no es ni divertida ni aburrida, sino un misterio fascinante, porque es casi como viajar en el tiempo, para estar en la cima del Monte Calvario, de rodillas ante la cruz y acompañados por la Virgen. El que se aburre en Misa es porque no se da cuenta de que está viviendo el misterio más fascinante que puede existir en el cielo y en la tierra, y el que busca diversión en la misa, es porque tampoco entendió que Jesús se sacrifica en el altar, como lo hizo en la cruz, no para divertirnos, sino para salvarnos y darnos el Amor infinito de su Sagrado Corazón.
En el Acto Penitencial, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados, es decir, por todas las faltas a su Amor, porque el pecado es eso: un acto de malicia de nuestros corazones, que ofende a Dios, que es infinitamente bueno. Pedimos perdón por las veces que dijimos mentiras, por las veces que nos dejamos llevar por la pereza, por las veces que contestamos mal a nuestros padres, por las veces que tuvimos envidia, en vez de alegrarnos por las cosas buenas que les suceden a nuestros hermanos. Nos reconocemos pecadores y hacemos el propósito de no volver a pecar. Cuando el sacerdote da la absolución, esta absolución, más la Comunión Eucarística, nos perdonan los pecados veniales, aunque no los pecados mortales. Si solo tenemos pecados veniales, con esta absolución del sacerdote, ya podemos comulgar, pero no podemos comulgar si tenemos pecados mortales.
Luego viene la Liturgia de la Palabra, en la que escuchamos el Antiguo Testamento, los Salmos y el Nuevo Testamento, para lo cual necesitamos estar en silencio y muy atentos, porque Dios habla en el silencio, y además San Agustín dice que la Biblia es una carta personal que Dios escribe para cada uno de nosotros, entonces, tenemos que estar atentos para escuchar lo que nuestro Papá Dios nos escribe, con mucho amor, desde el cielo.
Luego viene la Presentación de las ofrendas, que consisten en pan y vino, aunque lo que tenemos que tener en cuenta aquí que las ofrendas consisten, ante todo, en el pan y el vino que han sido convertidos en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En este momento, y en silencio, desde lo más profundo del corazón, tenemos que ofrecernos, con el pan y el vino que van a ser depositados en el altar, con todo nuestro ser, con lo que somos y tenemos, con nuestra vida pasada, la presente y la futura, para unirnos al sacrificio de Jesús que hará en el altar, en el momento de la consagración.
En el Prefacio, esa oración larga que dice el sacerdote y que finaliza con el canto del triple “Santo”, tenemos que estar muy atentos, porque el sacerdote se dirige a Dios en nombre nuestro, y nos presenta ante Él, para que, en el silencio, le expresemos el amor de nuestros corazones y la adoración que se merece, adoración que la unimos a la adoración de los ángeles y santos en el cielo. Luego llega la Plegaria Eucarística, que es el momento más maravilloso y grandioso de todos, porque cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, se produce el Milagro de los milagros, que se llama “transubstanciación” y significa que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. En ese momento es que debemos adorar la Eucaristía, porque ya está Presente, sobre el altar, la Presencia real del Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Es el momento en el que debemos maravillarnos y alegrarnos, sorprendernos y maravillarnos, porque sobre el altar, oculto en lo que parece ser un poco de pan, está el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, a quien adoran, en el cielo, los ángeles y santos. Podemos decir que, luego de la consagración, tenemos con nosotros al Verbo de Dios, lo que quiere decir estamos en la tierra ante Jesús, así como los ángeles y santos están ante el mismo Jesús en el cielo.
Luego viene el Rito de Comunión, en el que se reza el Padrenuestro, en el cual agradecemos a Nuestro Padre celestial por el don de su Hijo Jesús en la Eucaristía. En el saludo de la paz, se da solamente a quien está a mi lado, y hay que considerar que no es un saludo tal como nos saludamos en la calle; se trata de un saludo en el que damos la paz a nuestros hermanos, a los que tenemos al lado, pero también a aquellos con los cuales podemos estar enemistados, por algún motivo circunstancial. El saludo de la paz que damos, es el saludo de la paz que nos da Jesús, que pacifica nuestros corazones y los reconcilia con Dios, al lavar nuestros pecados con su Sangre derramada en la cruz. Cuando el sacerdote parte la Eucaristía y coloca una fracción en el Cáliz, eso significa la Resurrección de Jesús, así como la consagración por separado del pan y el vino significaba la separación del Cuerpo y Sangre de Jesús en la cruz.
Luego viene la Comunión, momento en el que tenemos que estar muy atentos, no solo rechazando todo pensamiento que nos pueda distraer, sino poniendo toda nuestra atención en la Comunión, porque el Rey del cielo, Cristo Jesús, viene a nuestras almas; debemos disponer nuestros corazones para alojar allí, con todo el amor del que seamos capaces, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para amarlo y adorarlo con todas nuestras fuerzas. Al comulgar, debemos adorar la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, además de amarlo con todas las fuerzas de nuestros corazones. Al comulgar, entonces, debemos hacerlo con la mente despierta, para creer firmemente en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, y con nuestro corazón listo para adorar y amar al Cordero de Dios, que dio su vida por mi amor.
Finalmente, viene el Rito de despedida, finalizando la Santa Misa con la bendición del sacerdote. Contrariamente a lo que pueda parecer, con la bendición final y despedida, no es que “termina la misa”, sino que comienza nuestra tarea como cristianos, que es la de dar a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia, al menos una ínfima parte del Amor recibido del Sacrificio de Jesús en la cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el altar.
Como vemos, en la Santa Misa, cuando se participa adecuadamente, es decir, espiritual e interiormente, con el silencio, con la mente despierta y concentrada en el misterio del altar, que es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz, y con el corazón deseoso de dar todo nuestro amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que baja del cielo a la Eucaristía sólo para darme su Amor, no tenemos tiempo para aburrirnos, ni tampoco para “divertirnos”, sino para vivir, intensamente, el misterio más fascinante y maravilloso de todos los misterios de Dios, y es la Presencia de Jesús en la Eucaristía. Y si no sabemos cómo participar, interiormente y con amor, de la Santa Misa, tenemos que pedirle que nos ayude a hacerlo a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que ama y adora a su Hijo Jesús en ese sagrario viviente que es su Inmaculado Corazón.



sábado, 9 de mayo de 2015

La Santa Misa explicada a Monaguillos 2


         En la Primera Parte, dijimos que la Misa era un “sacrificio”, el mismo y único “Santo Sacrificio de la Cruz”. Ahora bien, para poder comprender el sentido espiritual del Sacrificio de la Misa, leamos y meditemos acerca de un milagroso suceso ocurrido por medio del profeta Elías, en el Antiguo Testamento[1]. Dicho suceso se encuentra en el Primer Libro de los Reyes, entre los versículos 21 al 39 y dice así: “21. Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste.» Pero el pueblo no le respondió nada. 22. Dijo Elías al pueblo: «He quedado yo solo como profeta de Yahveh, mientras que los profetas de Baal son 450. 23. Que se nos den dos novillos; que elijan un novillo para ellos, que los despedacen y lo pongan sobre la leña, pero que no pongan fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego. 24. Invocaréis el nombre de vuestro dios; yo invocaré el nombre de Yahveh. Y el dios que responda por el fuego, ése es Dios.» Todo el pueblo respondió: «¡Está bien!» 25. Elías dijo a los profetas de Baal: «Elegíos un novillo y comenzad vosotros primero, pues sois más numerosos. Invocad el nombre de vuestro dios, pero no pongáis fuego.» 26. Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: «¡Baal, respóndenos!» Pero no hubo voz ni respuesta. Danzaban cojeando junto al altar que habían hecho. 27. Llegado el mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: «¡Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará!» 28. Gritaron más alto, sajándose, según su costumbre, con cuchillos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos. 29. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta la hora de hacer la ofrenda, pero no hubo voz, ni quien escuchara ni quien respondiera. 30. Entonces Elías dijo a todo el pueblo: «Acercaos a mí.» Todo el pueblo se acercó a él. Reparó el altar de Yahveh que había sido demolido. 31. Tomó Elías doce piedras según el número de las tribus de los hijos de Jacob, al que fue dirigida la palabra de Yahveh diciendo: «Israel será tu nombre.» 32. Erigió con las piedras un altar al nombre de Yahveh, e hizo alrededor del altar una zanja que contenía como unas dos arrobas de sembrado. 33. Dispuso leña, despedazó el novillo y lo puso sobre la leña. 34. Después dijo: «Llenad de agua cuatro tinajas y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña.» Lo hicieron así. Dijo: «Repetid» y repitieron. Dijo: «Hacedlo por tercera vez.» Y por tercera vez lo hicieron. 35. El agua corrió alrededor del altar, y hasta la zanja se llenó de agua. 36. A la hora en que se presenta la ofrenda, se acercó el profeta Elías y dijo: «Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado toda estas cosas. 37. Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahveh, eres Dios que conviertes sus corazones.» 38. Cayó el fuego de Yahveh que devoró el holocausto y la leña, y lamió el agua de las zanjas. 39. Todo el pueblo lo vió y cayeron sobre su rostro y dijeron: «¡Yahveh es Dios, Yahveh es Dios!»”.
         Aquí tenemos que notar dos cosas: una, que es un milagro que llueva fuego del cielo, y que eso solo lo puede hacer Dios; la segunda cosa, es que cae tanto fuego, que asa la carne cruda del novillo y la convierte en humo que se eleva al cielo y esto significa que la ofrenda ha dejado de pertenecer a los hombres, para pasar a pertenecer a Dios, y lo que ha perfeccionado a la ofrenda, ha sido el fuego. Antes, cuando el novillo estaba “crudo”, por así decirlo, estaba en la tierra, y todavía no le pertenecía a Dios, pero por la acción del fuego, el novillo es asado y convertido en humo y así, convertido en humo, asciende al cielo y así puede pertenecer a Dios. Es el fuego el que perfecciona a la ofrenda del sacrificio. Esto es importante tenerlo en cuenta para lo que sigue.
         ¿Por qué nos interesa este episodio del Antiguo Testamento?
         Porque es una figura de lo que sucede en la Santa Misa. Cada elemento del episodio de Elías, es una figura de la Santa Misa: Elías representa al sacerdote ministerial; el altar de piedra, representa al altar de la parroquia; el novillo, representa el pan y el vino sin consagrar; el agua que se derrama, representa las gotitas de agua que se vierten sobre el agua; el fuego que cae del cielo milagrosamente y consume el novillo, transmutándolo en humo que asciende al cielo, representa al Espíritu Santo, que es Fuego de Amor Divino, que por las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, “caen” sobre las ofrendas, produciendo lo que se llama “TRANSUBSTANCIACIÓN”, convirtiendo el pan y el vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, que es la verdadera ofrenda del sacrificio, que se eleva al cielo, glorificada, para adorar a Dios en nombre nuestro, expiando nuestros pecados, dando gracias en nombre nuestro e impetrando misericordia ante el trono de Dios Uno y Trino. Es decir, antes de la consagración, el pan y el vino representan el novillo crudo del profeta Elías, que no pueden elevarse a Dios; después de la consagración, el fuego del Espíritu Santo, que cae sobre el pan y el vino y los convierte en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, hace que estos sí puedan elevarse hasta el trono de Dios, porque están glorificados y santificados con la gloria de Dios. La verdadera ofrenda del sacrificio es la Eucaristía, y no el pan y el vino, porque la Eucaristía ha sido TRANSUBSTANCIADA por la acción del Espíritu Santo, que ha descendido sobre el pan y el vino en el momento de la consagración.
         Por último, al igual que los que contemplaron el milagro de Elías -que hizo llover fuego del cielo sobre el altar, para convertir la carne cruda del novillo en humo que ascendía al cielo y por lo tanto en ofrenda perfecta que le pertenecía a Dios-, que luego del milagro, reconociendo el poder de Dios, se postraron sobre sus rostros y adoraron a Dios diciendo: “¡Yahveh es Dios!”, así también nosotros, reconociendo que es el Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, el que convierte el pan y el vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús en la Eucaristía, luego de la consagración eucarística, debemos adorar, desde lo más profundo de nuestros corazones, a Jesús en la Eucaristía, diciendo: “¡Jesús Eucaristía es Dios!”.



[1] http://www.bibliacatolica.com.br/es/la-biblia-de-jerusalen/i-reyes/18/#.VU4J-fl_NBc