Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

martes, 8 de septiembre de 2026

Homilía de Santa Misa de Primeras Comuniones

 



(Septiembre - Octubre 2026)

         Queridos niños, hoy es un día muy especial para ustedes, porque van a recibir, por primera vez, a Jesús en la Eucaristía. Ustedes se han preparado por dos años para recibirlo a Jesús, pero es en realidad Jesús quien los ha elegido desde la eternidad y es Él quien ha estado esperando este momento, desde antes de que ustedes nacieran. A partir de hoy, ustedes van a poder abrir las puertas de sus corazones, así como se abren las puertas de una casa, para que Jesús Eucaristía entre en sus corazones y los ilumine con su gracia y los colme con el Amor del Espíritu Santo. A partir de hoy, ustedes tienen que empezar a vivir una vida nueva, la vida de los hijos de Dios; ustedes tienen que alimentarse espiritualmente de la Eucaristía y vivir para la Eucaristía y por la Eucaristía.

Esta nueva vida se llama “Conversión Eucarística” y para saber qué es, tomemos la imagen del girasol: cuando es de noche, el girasol está inclinado hacia la tierra, con su corola mirando a la tierra y con sus pétalos cerrados, pero cuando amanece, cuando aparece la Estrella de la mañana, la Aurora, la estrella que anuncia la llegada del sol, el girasol comienza un movimiento que consiste en dejar de mirar a la tierra, para comenzar a mirar hacia arriba, hacia el cielo, hacia donde aparece el sol. El girasol es el alma de ustedes antes de tomar la Comunión, antes de recibir a Jesús: así como el girasol está mirando a la tierra, así el alma sin Jesús Eucaristía está en la oscuridad, mirando a la tierra y deseando cosas de la tierra. Pero cuando aparece en el cielo la Estrella de la mañana, que es la Virgen de la Eucaristía, que trae a su Hijo Jesús en la Eucaristía, el alma se despega de las cosas de la tierra y comienza a elevar su mirada al Cielo, en donde está el Sol de justicia, Jesús Eucaristía. Esto es lo que se llama “Conversión Eucarística” y es lo que ustedes deben comenzar a hacer desde hoy: elevar sus miradas a Jesús Eucaristía y alimentarse de los rayos de su gracia, así como el girasol, mirando al sol, se alimenta de sus rayos.

         Para entender porqué ustedes comienzan una vida nueva con la Eucaristía, llamada “Conversión Eucarística”, tenemos que saber qué es lo que sucede invisiblemente en la Santa Misa: Jesús baja con su cruz desde el Cielo y deja su Cuerpo en la Hostia y derrama su Sangre en el Cáliz, por eso cuando comulgamos, no comulgamos nunca un poco de pan, sino el Cuerpo y la Sangre glorificados de Cristo. Lo que hace especial a este día de Primeras Comuniones es que Jesús baja con su sacrificio en la cruz desde el cielo hasta el altar y entrega su cuerpo en la Eucaristía y derrama su sangre en el cáliz para derrotar a la muerte, vencer al demonio y perdonarnos nuestros pecados y para darnos su vida de hijo de Dios para que vivamos como hijos de Dios y al morir seamos llevados al cielo para vivir para siempre en la alegría de Dios Uno y Trino.

         Queridos niños, tomen conciencia de que no van a recibir a una cosa, sino a Alguien y ese Alguien es Dios y se llama “Jesús de Nazareth”; Él viene desde el Cielo para quedarse en la Eucaristía, para que ustedes lo reciban en sus corazones y tengan con ustedes el Amor y la Alegría de Dios. No sean como la inmensa mayoría de niños, jóvenes y adultos, que son indiferentes al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y hagan el propósito, a partir de hoy, que esta Primera Comunión no sea la última, sino la Primera de muchas Comuniones, de todas las Comuniones que tomen hasta llegar al Cielo.


martes, 21 de julio de 2026

Solemnidad del Divino Niño Jesús

 



(Ciclo A – 2026)

         Santa Teresita de Lisieux le dijo al Divino Niño Jesús: “Haz de mi corazón tu morada”.

¿Qué quiere decir esto?

Por un lado, es la petición que todo ser humano debe hacer al Divino Niño, porque en la realidad, todo corazón humano, el corazón de cada hombre nacido en esta tierra, sin importar la raza, el credo, la nacionalidad, la geografía, está creado por Dios para ser un trono del Sagrado Corazón del Divino Niño Jesús. Esto quiere decir que en nuestros corazones solo debe estar entronizado el Corazón del Divino Niño y, por añadidura, el Inmaculado Corazón de María, porque donde está el Hijo está la Madre y donde está la Madre está el Hijo. Nuestros corazones, entonces, han sido creados para ser tronos de los Sagrados Corazones de Jesús y María y por eso Santa Teresita hace esta petición, de que el Divino Niño haga de su corazón su morada.

Por otro lado, la petición de Santa Teresita es una correspondencia a la invitación que Jesús hace en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien me abre, entraré y cenaré con él”. Jesús, Dios Hijo encarnado, llama a la puerta de nuestros corazones, como cuando un amigo que nos quiere mucho llama a la puerta de nuestra casa, para saber si estamos, porque viene a visitarnos. Pero Jesús no se contenta solo con pasar: Él dice: “Cenaré con él y él conmigo”. ¿De qué cena se trata? No es una cena material, sino espiritual, celestial, sobrenatural: Jesús trae con Él la cena y esta cena no es otra cosa que la Carne del Cordero de Dios, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, es decir, la Eucaristía. Jesús entra en nuestras almas, para hacer de ellas su morada y además nos convida con su Ser divino, con su Amor divino, con su Sangre, su Alma y su Divinidad, que es la Eucaristía. Por esto debemos sentirnos honrados por recibir al Divino Niño en la Eucaristía, porque somos indignos de recibirlo, pero a Él no le importa nuestra indignidad, solo quiere un corazón “contrito y humillado”.

Junto a Santa Teresita, le pedimos también a Jesús que haga de nuestros corazones, contritos y humillados, su morada y que esta morada sea eterna, para siempre, que comience en esta y no termine nunca, que esta morada de nuestro corazón sea la morada del Divino Niño para toda la eternidad.

Guiados de la mano de Nuestra Madre, la Virgen María, la Mamá de Jesús y Madre Nuestra, le decimos así al Divino Niño: "Divino Niño Jesús, tesoro de nuestras almas, delicia del Cielo, dulzura celestial, te suplicamos que tu gracia convierta nuestros pobres corazones, oscuros y desolados por el pecado, en una luminosa morada en la que Tú vengas a habitar, por la Eucaristía, en lo que resta de mi vida en la tierra y luego por toda la eternidad. Amén".