Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 23 de abril de 2015

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 3 – La Santísima Trinidad

Catecismo para Niños de Primera Comunión[1]

Lección 3 – La Santísima Trinidad

Doctrina

¿Cuántos dioses hay? Hay un solo Dios.

¿Quién es la Santísima Trinidad? La Santísima Trinidad es el mismo y único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.

El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; pero no son tres dioses; sino un solo Dios, porque los tres tienen una sola naturaleza divina. Esto quiere decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tienen el mismo Ser Divino trinitario y la misma Naturaleza divina y por esto tienen el mismo poder y la misma majestad, y por lo tanto, son merecedores de recibir, las Tres Divinas Personas, el mismo honor, la misma alabanza, la misma adoración y la misma gloria. Solo se distinguen por ser Tres Personas distintas, pero reciben la misma adoración, porque las Tres Divinas Personas son un mismo y Único Dios Verdadero.

                                          
                                          La Santísima Trinidad 
                                                    (de Rublev)

En este ícono bizantino, llamado “La Santísima Trinidad”, del pintor ruso Rublev, vemos que las Tres Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, están representadas, las Tres, exactamente iguales, sin distinción alguna. Esto es hecho a propósito por el artista, para hacer ver el misterio de la Santísima Trinidad, en el que las Tres Divinas Personas solo se distinguen por su procedencia (el Hijo procede del Padre, el Espíritu Santo del Padre y del Hijo y el Padre no procede de ninguno), pero son iguales en cuanto a majestad, honor y gloria.



        El Bautismo de Jesús

En esta lámina vemos a Nuestro Señor Jesucristo recibiendo el bautismo de manos de San Juan Bautista a la orilla del río Jordán. Aquí aparece claramente la distinción de las Tres Divinas Personas: El Padre, que habla desde el cielo diciendo: “Este es mi Hijo amado…”; El Hijo es bautizado, y el Espíritu Santo baja en forma de paloma (Mt 3, 16-17).
Dios es Uno y Trino; es Trinidad de Personas, y cada Persona divina conoce, ama y obra libremente en el amor, y las Tres Personas están empeñadas en salvarnos: por pedido de Dios Padre, Dios Hijo se encarna sin dejar de ser Dios en el cuerpo y el alma humanos de Jesús de Nazareth, para morir en Cruz y donarnos a Dios Espíritu Santo por medio de la Sangre vertida a través de su Corazón traspasado. Y este Dios Uno y Trino, cuya Segunda Persona es Dios Hijo, Jesús de Nazareth, está en la Eucaristía, para que en el tiempo que dura nuestra vida en la tierra nos unamos a Él por la fe y por el amor, por la adoración y por la comunión, de manera tal que al fin de nuestras vidas ingresemos en la vida eterna, en donde adoraremos y amaremos por la eternidad a Dios Uno y Trino, y en esto consistirá nuestra salvación.


San Agustín y el ángel en forma de niño en la playa

         En esta imagen vemos a San Agustín, paseándose por la orilla del mar, meditando sobre el misterio de la Santísima Trinidad. De pronto vio a un niño que estaba pasando el agua del mar a un pequeño pozo excavado en la arena y San Agustín le pregunta: “¿Qué haces aquí?” El niño respondió: “Quiero pasar el agua del mar a este pequeño pozo”. “¿No ves que es imposible?”, le dijo San Agustín. Y el niño le contestó: “Más fácil me sería a mí meter toda el agua del mar en este pequeño pozo que a ti comprender el misterio de la Trinidad”. Y diciendo esto, el niño desapareció. Era un ángel que Dios había mandado, para dar a entender a San Agustín que este misterio es incomprensible a la razón humana, aunque no contrario a ella.

         En el Símbolo llamado “Atanasiano”, leemos: “La fe católica es que veneramos a un solo Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la Unidad; sin confundir a las Personas ni separar la substancia. Porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad”.
         Las Tres Divinas Personas son eternas e iguales en perfección. El Hijo es la Palabra del Padre, y existe desde que existe el Padre, y lo mismo el Espíritu Santo.

         Ejemplo aclaratorio: “El fuego produce su resplandor, el cual existe desde el mismo instante que existe el fuego. “Si hubiera un fuego eterno, eterno sería su resplandor”, y como en la Biblia se nos dice que el Hijo es como el brillo de la luz eterna (Sab 7, 26), el resplandor de la gloria del Padre… (Heb 1, 3), tenemos que la imagen perfectísima de Dios existe desde que existe Dios…

         Práctica: Recordarás este misterio al santiguarte: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, y al decir: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”.

         Palabra de Dios: Jesús dijo a sus apóstoles: “Id, enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” (Mt 28, 18-20). “La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios Padre y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor 23, 1-3).

         Ejercicios bíblicos: 1 Cor 8, 6; Jn 1, 1; 10, 30; Hch 5, 3-4; (estos textos prueban la divinidad de cada una de las Tres Divinas Personas).



[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. Benjamín Sánchez, Apostolado Mariano, Sevilla 3 1997.

sábado, 13 de septiembre de 2014

El Evangelio para Niños: “Perdona 70 veces multiplicado por 7”



(Domingo XXIV – TO - Ciclo A – 2014)
         Una vez, Pedro le preguntó a Jesús si estaba bien perdonar siete veces a un hermano que le hiciera algo malo (el siete era el número perfecto para los hebreos). Pedro creía, como todos los hebreos, que con perdonar hasta siete veces, ya era bastante, y por eso se sorprendió mucho cuando Jesús le dijo: “No te digo que perdones siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Hagamos la cuenta y multipliquemos setenta por siete, a ver cuánto nos da: cuatrocientos noventa. No quiere decir que cuando se llegue al cuatrocientos noventa y uno, ya no se deba perdonar más: lo que Jesús nos quiere decir, es que debemos perdonar siempre, sin importar si nuestro hermano nos sigue haciendo daño y sin importar si no nos pide perdón. Perdonar “setenta veces siete”, quiere decir perdonar “siempre”.
         ¿Por qué nos pide esto Jesús?
         Para saberlo, tenemos que ir a arrodillarnos delante de Jesús crucificado y levantar los ojos y verlo a Él, clavado con tres clavos de hierro, coronado de espinas, con su costado abierto, con la Sangre que sale de su costado, y tenemos que darnos cuenta que nosotros, con nuestros pecados, lo pusimos ahí en la cruz, y Jesús, como nos ama muchísimo, en vez de pedirle a su Papá que nos castigara, por haberle hecho tanto daño con nuestros pecados, le dijo: “Papá, perdonalos, porque no saben lo que hacen”. Pero si me fijo bien, la Virgen está de pie, al lado de Jesús, y Ella también me perdona, porque Ella hace la misma oración a Dios Padre, pidiendo que me perdone, aun cuando yo he clavado a su Hijo Jesús en la cruz con mis pecados. Y también Dios Padre me perdona, porque escucha las oraciones de Jesús y de la Virgen, y dice que sí, que nos perdona, y para que sepamos que nos perdona, nos manda a Dios Espíritu Santo, que sale en forma de paloma, por el costado abierto de Jesús, cuando el soldado romano le traspasó su Sagrado Corazón, y el Espíritu Santo es el que nos quita los pecados, nos hace ser hijos de Dios y nos conduce, en el Amor, unidos a Jesús, a la Casa de nuestro Papá del cielo.

Entonces, si Jesús, la Virgen y Dios Padre, nos perdonaron desde la cruz, porque nos aman, ¿cómo no voy a perdonar yo a mis compañeritos de escuela que me molestan, o a mis hermanos, o a cualquiera que me haga cualquier daño? Esto quiere decir Jesús cuando nos dice que perdonemos “setenta veces siete”, es decir, siempre.

sábado, 5 de mayo de 2012

La Santa Misa para Niños (VIII) Liturgia de la Palabra


         Ahora comienza una parte de la Misa que se llama “liturgia de la Palabra”. Para aprovecharla, tenemos que estar muy atentos, como cuando alguien está por recibir una noticia muy importante, y muy linda, porque le están por anunciar algo maravilloso.
¿Cómo qué es esta parte de la Misa? Imaginemos que un padre, muy pero muy bueno, que está en un lugar lejano, escribe una carta a sus hijos, que están en un lugar muy peligroso, a punto de morir de hambre y de frío, y rodeados de animales salvajes.
Imaginemos que este padre les escribe para decirles que se alegren, porque Él ya está en camino, y ha venido para salvarlos y para rescatarlos[1],[2].
¿Quién es el que anuncia una noticia? El que anuncia, a través de las lecturas, es nada menos que Dios. Las lecturas que se leen en la Misa no fueron inventadas por seres humanos, sino que fueron dictadas por Dios Espíritu Santo en Persona, y por eso es tan importante escuchar qué es lo que dice.
Las Escrituras entonces son como una “carta” escrita por Dios, como cuando un papá, que está lejos, escribe a sus hijos queridos, anunciándoles una hermosa noticia.
Y aquí viene la otra pregunta: ¿para quién es la “carta” que escribió Dios, dictándola a sus amigos hace mucho tiempo? Para nosotros. Toda la Biblia, y por supuesto todas las Lecturas sagradas que escuchamos en la Misa, es una enorme carta de amor que nos escribe Dios para cada uno de nosotros. Cuando escuchamos las Lecturas de la Misa, tenemos que escucharlas como si hubieran sido escritas para cada uno de nosotros, personalmente.
¿Cuál es la “noticia” que nos comunica Dios en las Lecturas y en la Sagrada Escritura? Es una “buena noticia”, la Buena Noticia de la salvación de Jesucristo. Toda la Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, habla de esta noticia: Jesús ha venido a nuestro mundo para salvarnos, para vencer a los tres grandes enemigos que tenemos los seres humanos: el demonio, el pecado y la muerte.
Pero hay algo más: además de anunciarnos una gran noticia, Dios nos alimenta con su Palabra, porque la Palabra de Dios es algo que tiene vida eterna, vida del cielo, que hace que la persona que la escucha en esta tierra, viva ya con un pedacito de cielo en el corazón.
Y otra cosa más: como sucede a lo largo de toda la Misa, también aquí necesitamos el auxilio de la gracia para no confundir la Palabra de Dios con voces humanas. Antes de escuchar la Palabra de Dios, tenemos que pedir el auxilio del Espíritu Santo para no confundirnos y creer que la Palabra de Dios es invento de los hombres.
        

Silencio.

Antes de las lecturas bíblicas, todos hacemos silencio. ¿Por qué es necesario el silencio? Porque Dios no está en el bullicio, en los gritos, en las voces destempladas, y tampoco se lo puede escuchar en medio de la dispersión exterior. Dice el Santo Padre Benedicto XVI que Dios “habla en el silencio”[3]. No podemos escuchar de cualquier manera, ya que es Dios quien habla, y lo que dice lo dice para cada uno en persona.
¡Dios está por hablarnos! ¿Qué diríamos si nos enteramos que un personaje famoso, como el mejor futbolista del mundo, al que más admiramos, o que el más renombrado actor de películas, o un conocido multimillonario, o el presidente de nuestro país, acaban de comunicar que viene a nuestro encuentro para hablar con nosotros? ¿Acaso estaríamos distraídos, o fingiríamos que no nos importa? ¿No saltaría de gozo nuestro corazón? Y cuando lo tuviéramos enfrente, y nos comenzara a hablar, ¿se nos ocurriría dejarlo hablando solo, para nosotros retirarnos? ¿Se nos ocurriría no prestarle atención para revisar la casilla de correo de nuestro celular? ¡Por supuesto que no! ¡Estaríamos más que atentos a lo que nos dijera, y por supuesto que haríamos silencio, para no perdernos ni una palabra suya! ¡Y además, nuestro corazón saltaría de alegría!
Pues bien, si para escuchar a alguna persona que para nosotros es importante, haríamos silencio, ¡cuánto más debemos hacer silencio para escuchar a Dios, que nos habla a través de las lecturas bíblicas y a través del Evangelio!
En la Escritura, por ejemplo, el profeta Elías, refugiado en una caverna, escucha el huracán, siente el temblor del terremoto y ve el fuego, pero en ninguno de esos está Dios; sí está, en cambio, “en el susurro de la suave brisa” –símbolo del silencio-, y cuando el profeta lo reconoce se cubre el rostro con el manto, porque se considera indigno de ver la majestad de Dios.
Dice así el pasaje: “Le dijo: ‘Sal y ponte en el monte ante Yahveh’. Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz  que le dijo: ‘¿Qué haces aquí, Elías?’” (1 Re 19, 11-12). Elías reconoce a Dios en la dulzura de la brisa –la humildad, la sencillez, el amor-, y lo puede reconocer porque él mismo está en silencio; Elías sabe que Dios no está en el huracán, en el terremoto, en el fuego –símbolos de la soberbia, la ira, el odio-, y lo puede saber porque su alma vibra con la vibración divina: en él hay silencio, tanto exterior como interior.
De otro modo, no podría ser percibido Dios, así como no puede ser percibido el ligero viento si se está hablando continuamente, de modo disperso, en alta voz. Esta es la razón por la que la asamblea hace silencio antes de las lecturas, para imitar al profeta Elías que quiere escuchar a Dios.
El silencio –interior y exterior- es entonces absolutamente necesario para que podamos escuchar la Palabra de Dios, Jesucristo, quien se hará Presente por medio de las lecturas bíblicas[4]. 

Lecturas bíblicas.
        
La Sagrada Escritura es una “carta” escrita por Dios y dirigida personalmente para cada ser uno. En la Santa Misa se leen párrafos del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque no solo no hay entre ellos disonancia alguna, sino que ambos están unidos de modo indisoluble, de manera tal que uno es iluminado por el otro, de forma recíproca. Por medio de las lecturas el Pueblo de la Nueva Alianza escucha a su Dios, que se pronuncia con su Palabra, tal como lo hacía Yahvéh con el Pueblo Elegido, y tal como lo hacía Jesucristo con sus contemporáneos. La disposición del alma debe ser, pues, la de aquel que está deseoso de escuchar a su Dios, quien le descubre los tesoros de su amor a través de la Sagrada Escritura: “Por las lecturas se prepara para los fieles la mesa de la Palabra de Dios y abren para ellos los tesoros de la Biblia”[5].

Salmo responsorial.

Para la comunidad monástica, la recitación de los salmos implica reafirmar la verdad de que el monje está en el monasterio para buscar a Dios[6].
Esto, que se da entre los monjes, en la recitación del Oficio Divino, también es realidad para la asamblea que, por el salmo responsorial asciende, de grado en grado, a la contemplación de su Dios que en pocos momentos más, se manifestará sobre el altar como Pan de Vida eterna.

Aclamación antes de la lectura del Evangelio.

Antes de escuchar el Evangelio entonamos el “Aleluya” que significa “alegría”, y expresa el estado espiritual y de ánimo –gozo, exaltación, alegría- en el que nos encontramos en este momento de la Misa porque es Jesús en Persona quien habla a través del Evangelio[7]. Para muchos, les parecerá extraño que quienes están en Misa se alegren, porque tienen una idea equivocada de lo que es la Misa y Dios Trino, en quien se origina la Misa. La Misa no es, como muchos lo suponen, algo "aburrido" o "serio", en el que hay que inventar cosas -palabras, gestos, movimientos, canciones, y hasta ¡disfraces!- para que sea menos "aburrida".
La Misa es causa de alegría y de una alegría infinita porque se trata nada menos que de la renovación del sacrificio en Cruz de Jesús, sacrificio por el cual nos redimió y nos abrió las puertas del Cielo. La alegría, por este motivo, es algo propio de la Misa y de quien asiste a ella.
El momento de escuchar el Evangelio es un momento de gran alegría, una alegría mucho más grande que saber que la selección ganó un campeonato mundial, mucho más grande que cualquier alegría mundana y terrena, porque la alegría de escuchar a Jesús que es Dios no es la alegría del mundo; es la alegría que surge del Domingo de Resurrección; es la alegría de saber que Cristo, con su muerte en cruz, ha resucitado, y ha vencido para siempre a los enemigos mortales del hombre, la muerte, el pecado y el demonio.
La alegría del cristiano es la alegría que anuncian los ángeles a los pastores en la fría noche de Belén: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (cfr. Lc 2, 11-12), no tanto porque esa noche se haga presente, sino más bien porque lo que se hace presente es la realidad sobrenatural de Dios Hijo encarnado, que renueva su encarnación y su nacimiento virginal en el misterio del altar.
Todavía más, el Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, decía que si realmente supiéramos cuánto vale una Santa Misa, nuestra alegría sería tan grande que nuestro corazón no resistiría, y nos moriríamos de tanta dicha y gozo: “Si conociéramos el valor de La Santa Misa nos moriríamos de alegría”.
Verdaderamente, tendríamos que morir de alegría con el solo hecho de saber que Jesús, que está por hablar en el Evangelio, vendrá en pocos minutos más, sobre el altar, con su Cruz, con la cual ha vencido al demonio, nos ha perdonado los pecados, nos ha concedido ser hijos de Dios, y nos ha abierto las puertas del Cielo.
Cuando cantamos el “Aleluya” expresamos la alegría celestial que nos viene al escuchar la Palabra de Dios, porque “Dios es alegría infinita”[8], y escuchar su Palabra, es ya tener de esa misma alegría en el corazón. ¿Qué sucedería si Dios no nos hablara? ¿Qué sucedería si Dios, al ser ofendido por nosotros, no nos perdonara y se quedara mudo y sin hablarnos más? ¡Cuánta tristeza invadiría nuestras almas, al no tener palabras de vida eterna, palabras de esperanza, de luz, de vida y de amor! Pero Dios nos ha perdonado en Jesús, y la prueba es su muerte en Cruz, y nos habla a través de Jesús, a través de su Sangre derramada, y ése es el motivo de nuestra gran alegría.
La alegría de la Misa viene al alma cuando contemplamos y adoramos a Dios Uno y Trino, y así vemos cómo la Misa no es ni “aburrida” ni “seria”, sino alegre, con una alegría celestial, que viene del Corazón mismo de Dios. En la Misa nos alegramos con la misma alegría de los ángeles, porque para ellos, adorar y contemplar a Dios no significa cansancio, aburrimiento, ni nada de lo que en nuestra ignorancia nos imaginamos; por el contrario, significa para estos seres espirituales y puros como una “explosión” de alegría que no finaliza nunca; para ellos, contemplar a Dios Trino significa exaltar de gozo y de felicidad a cada momento, sabiendo que nunca habrá de terminar, porque la alegría de ver a Dios y gozar de su hermosura es para siempre.
Cuando entonemos el Aleluya, nos acordemos de nuestros ángeles custodios, que se alegran ante Dios y, llenos de “santa envidia” por su gozo, pidámosle que nos contagien un poco de él, para que también nosotros exultemos de felicidad por la hermosura de Dios Trinidad.
Pero además de alegrarse por la visión de la hermosura del ser trinitario de Dios, los ángeles se alegran por otra cosa más, y es por los pecadores que se convierten. Así lo dice el Evangelio: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por cien justos que no necesitan conversión” (cfr. Lc 15, 7)[9].
         Esta parte de la Misa, entonces, nos tiene que llevar a hacernos esta pregunta: ¿cómo estará nuestro ángel? Seguro que feliz, porque contempla a Dios Trino, pero, ¿estará feliz por nosotros? ¿O seremos nosotros los que le damos una ocasión de quitarle un poco de su alegría cuando se acerca por nuestro mundo?
         Tenemos la libertad de hacer que nuestro ángel se sienta alegre o triste, si vivimos o no en gracia, y si vivimos en gracia, nuestro ángel nos hará participar de su alegría de ver a Dios Trino por la eternidad, como un anticipo de esa misma alegría que vamos a tener nosotros si vamos al cielo.
         Acudamos a Misa en gracia, para participar plenamente de la felicidad y de la alegría de Dios Trino, la misma felicidad y alegría que experimentan nuestros ángeles custodios.




[1] “(Cristo) Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla”; Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia, 7.
[2] Cfr. OGMR, 55.
[3] Cfr. Ratzinger, J., Audiencia general del miércoles 10 de agosto, L’Osservatore Romano, Año XLIII, número 33, 14 de agosto de 2011, 8.
[4] Cfr. OGMR, ibidem, 56.
[5] Cfr. OGMR, ibidem, 57.
[6] Cfr. Merton, T., Il pane nel deserto, Garzanti Editore, Milán 1962, 18.
[7] Cfr. OGMR, ibidem, 62.
[8] Cfr. Santa Teresa de los Andes, Escritos, 14-05-1919; en Marino Purroy, R., Teresa de los Andes cuenta su vida, Ediciones Carmelo Teresiano, Santiago de Chile 1992, 137.
[9] Cfr. Scheeben, M., J., Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 347-348.

domingo, 11 de marzo de 2012

La Santa Misa para niños (II): "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"



Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, SE SANTIGUAN CON LA SEÑAL DE LA CRUZ, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

¿Por qué nombramos a las Personas de la Santísima Trinidad? Para saberlo, tomemos un ejemplo de lo que pasa en la vida de todos los días. En el mundo hay personas que organizan y preparan eventos de todo tipo, por ejemplo: un partido de fútbol, de rugby, un espectáculo teatral, una excursión al cerro, etc. Los bomberos organizan todas sus cosas para apagar incendios; los médicos, para hacer operaciones y curar a la gente; los kiosqueros, para vender sus cosas; los zapateros, para arreglar zapatos. Para que las cosas salgan bien, las personas se preguntan: “para qué” y “cómo” hacer lo que se va hacer. Así, los bomberos se reúnen y dicen: “A veces se producen incendios muy grandes, en los que se pone en peligro la vida de muchas personas; por eso, tenemos que tener camiones grandes y potentes y tenemos que entrenarnos mucho”. Los médicos también se reúnen y dicen: “La gente se enferma y necesita ser atendida, entonces hagamos hospitales grandes y con muchos medicamentos, para que todos puedan ser curados”. Y si un grupo de niños organiza un partido de fútbol, ¿qué cosas dirían? -“¿Juguemos al fútbol?” -“¡Dale! -¿Dónde jugamos?” “¿Cómo hacemos los equipos?” -“¿A cuántos goles llegamos?”. En este caso, el motivo para organizar este partido de fútbol no es otro que el de la diversión. Es decir, en todo momento, y en todo lugar, hay personas que organizan cosas, unas para ganarse la vida, otras, por diversión, otras, para salvar vidas, etc. 
 En la Misa, también hay personas que organizan la Misa, y que antes de la Misa se reúnen para que todo salga bien, y se preguntan para qué y cómo. ¿Quiénes son estas personas? Para empezar, no son ni el sacerdote, ni los sacristanes, sino unas personas que están el cielo: las Tres Personas Divinas de la Santísima Trinidad, y es por eso es que nos santiguamos al inicio y las nombramos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 
 La Santa Misa es un evento organizado por las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. ¿De qué manera organizan la Misa? ¿Qué se dicen entre ellos para que la Misa se lleve a cabo? 

El que comienza a hablar es Dios Padre, quien le dice a su Hijo: “Hijo mío muy amado, mira cómo los hombres se han extraviado a causa del pecado. Mira cómo se han cubierto de una nube oscura de ignorancia y de mal; mira cómo han extraviado el camino que los traía hacia mí; mira cómo les cuesta reconocer la verdad de un solo Dios, y cómo están dominados por la ignorancia y el error; mira cómo la muerte ha entrado en los hombres, y ya no tienen más la vida divina. ¿Quieres salvarlos, querido Hijo, por medio de la Cruz del Calvario, y por medio de la Cruz del altar, en la Santa Misa? Es un pedido de mi corazón de Padre”. 

 Y Jesús, que es Dios Hijo, contesta: “Padre amado, Yo haré lo que Tú me pides; me encarnaré y viviré en medio de ellos, y al final de mis días, dejaré que me pongan una corona de espinas para que el hombre reciba una corona de luz; dejaré que mis manos y mi s pies sean taladrados por gruesos clavos de hierro, para que obren el bien y caminen por la senda de la salvación; Yo les enseñaré que Yo Soy el Camino que deben recorrer, la Verdad que deben conocer, y la Vida que deben recibir y vivir. Y así te los traeré a todos hacia Ti. Todo esto lo haré desde la Cruz, visiblemente, en el Monte Calvario, y lo repetiré, invisiblemente, desde la Cruz del altar, en cada Santa Misa”. 

Y Dios Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que estaba escuchando con mucha atención lo que decían el Padre y el Hijo, dice a su vez: “Yo, que soy el Amor del Padre y del Hijo, me derramaré en los corazones de los hombres, junto con la Sangre del costado abierto de Jesús, para que los hombres puedan cumplir el primer y único mandamiento necesario para la salvación: Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Yo, que soy el Amor divino, me daré a Mí mismo, y convertiré sus corazones de piedra en corazones de carne, que sean solamente capaces de amor y no de odio, para que con ese amor vivan el primer mandamiento, el mandamiento del amor, el mandamiento que abre las puertas del cielo. Todo esto lo haré cuando sea traspasado el Corazón de Jesús en el Calvario, y lo repetiré en cada Santa Misa, cuando esa Sangre bendita sea recogida en el cáliz del altar”. 

 La Santa Misa entonces es obra de la Santísima Trinidad, y por eso las nombramos a su inicio. Desde su Cielo eterno, cooperan para que en ese trozo de Cielo en la tierra que es el altar, Jesús done su vida, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como lo hizo en la cruz: Dios Padre envía a Dios Hijo para que se sacrifique por los hombres, y les done a Dios Espíritu Santo. 

 El pueblo responde: Amén. “Amén” quiere decir “así es” . Con esta sola palabra estamos diciendo que creemos que la Misa es obra de la Trinidad, la obra más maravillosa que pueda haber en la tierra y en los cielos: la renovación sin dolor, escondida debajo de lo que parece pan y vino, del sacrificio doloroso y cruento de Jesús en la cruz.