Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 16 de noviembre de 2013

El Evangelio para Niños: “Antes de mi Segunda Venida, los perseguirán pero se salvarán los que tengan fe”


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo C - 2013)

         En este Evangelio Jesús nos dice que, antes de su Segunda Venida, a todos los que crean en Él y lo amen, los van a perseguir y los van a poner presos, pero que Él les va a estar con ellos, a su lado, invisible y, más que a su lado, va a estar en sus corazones, y les va a dictar en secreto lo que tienen que decir en esos momentos: que Jesús es el Hijo de Dios y que ha muerto en la Cruz y ha resucitado para salvarnos, para derrotar al diablo y al pecado, para hacernos ser hijos adoptivos de Dios y llevarnos al cielo.
         Lo que sucede es que todo este mundo, así como lo conocemos, va a desaparecer en el Último Día, el Día del Juicio Final, así como se enrolla una hoja de papel, para que todos podamos ver a las Tres Personas de la Trinidad; en ese momento, Dios nos va a juzgar por nuestras obras y, si son buenas, nos dará como premio el cielo. Si alguien no tiene obras buenas, nunca va a poder entrar en el cielo y va a tener que ir a un lugar de mucho sufrimiento que se llama “Infierno”.
         Pero antes de que pase eso, a todos los que crean en Jesús en la Eucaristía y lo amen y lo adoren, los van a poner presos y les va a pasar algo parecido a los cristianos de antes, que los llevaban presos y después los llevaban al circo romano para que los coman los leones. Pero así como estos cristianos, antes de morir, les decían a todos que amaban a Jesús y que con gusto daban sus vidas por Jesús, y esto lo podían hacer porque el Espíritu de Dios les daba fuerzas y amor -estos cristianos se llaman "mártires" y e que muere como mártir tiene un lugar en el cielo, al lado de Jesús-, así también, a los que los persigan y pongan presos antes del Juicio Final, también va a estar con ellos el Espíritu Santo y también les va a dar fuerzas y amor para que puedan decirles a todos que Jesús ha resucitado y está vivo en la Eucaristía. Y así, ellos se van a salvar, porque todo el que da la vida por Jesús se salva.
A nosotros no nos llevan al circo romano para que nos coman los leones, ni tampoco nos llevan presos porque creemos y amamos a Jesús, pero igualmente, todos los días, tenemos que decirle al mundo, con nuestras buenas obras, que Jesús ha muerto en la Cruz y ha resucitado y está vivo, con su Cuerpo resucitado y lleno de la gloria de Dios, en la Eucaristía, y que lo amamos y adoramos con toda la fuerza de nuestros corazones. Si hacemos así, dice Jesús que vamos a salvar nuestras almas.

sábado, 3 de septiembre de 2011

El ejemplo de los jóvenes mártires de Uganda que murieron por rezar el Credo




El Credo, al que muchas veces rezamos de modo distraído, es un resumen de nuestra fe católica, de aquello en lo que creemos y en lo que esperamos.
¿Cuál es la primera oración del Credo? La primera oración dice así: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”.
Cuando aprendemos el Credo, y después, cuando lo rezamos, domingo a domingo, lo hacemos casi en forma distraída, como si fuera una costumbre, pero lo que no nos damos cuenta es que, en algunas partes, y en algunos casos, puede costar la vida. Pero frente a nuestra oración distraída y sin compromiso, hay quienes dieron sus vidas por la oración del Credo.
¿Pasó alguna vez que alguien, por rezar el Credo, fuera asesinado? Sí, pasó hace muchos años, en el año 1885, en África, ese lugar donde hace mucho calor y donde hay mucha selva y animales salvajes. En África, en un país llamado Uganda, unos jóvenes, de entre 10 a veinte años, murieron por rezar el Credo .
¿Qué fue lo que pasó?
Sucedió que había un rey, que era pagano, y como todo pagano, no creía en Jesucristo, que es el único Dios verdadero, sino que creía en muchos dioses. Pero creer en muchos dioses es igual a decir que creen en los demonios, como dicen los Salmos y San Pablo: “Los dioses de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 20, 21; Sal 95, 5), y por eso ser pagano, y creer en eso, es algo muy dañino para el alma.
En nuestros tiempos, son paganos los que creen en cualquier cosa menos en Jesús, como por ejemplo, los que creen en el Gauchito Gil, o en la Difunta Correa.
La cuestión es que un día este rey pasó cerca de un catequista que le estaba enseñando el catecismo a un niño. Al escuchar el nombre de Jesús, un demonio que acompañaba siempre al rey, lo hizo enojar mucho, y le dijo que le sacara una lanza a un soldado suyo que lo acompañaba –los reyes van siempre acompañados de soldados que lo cuidan- y que lo matara, lo cual hizo el rey de inmediato: con la lanza le atravesó el corazón al catequista, el que murió en el acto.
Pero el rey no estaba contento con esto; quería matar a todos los cristianos de su tierra, entonces al otro día, mandó que todos se reunieran en la plaza, y cuando estaban ahí, les dijo: “El que sea cristiano, que de un paso adelante”. Entonces diez jóvenes, de entre 10 y 20 años, que creían en Jesucristo, pasaron al frente. El rey mandó a sus soldados que los ataran y que envolvieran sus cuerpos con ramas secas y que les prendieran fuego.
Cuando los jóvenes estaban ya empezando a quemarse, empezaron todos a rezar el Credo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”, y murieron rezando el Credo.
Pero estos jóvenes, como todo mártir, luego de morir, fueron al cielo, y por eso ahora y para siempre, los jóvenes son santos, porque fueron declarados mártires por el Papa en el año 1920, y se los conoce como “Los jóvenes mártires de Uganda”.
Cuando recemos el Credo en la Santa Misa, no lo hagamos tan distraídos y pensemos cómo, a los jóvenes mártires de Uganda, les costó la vida el poder rezarlo.


viernes, 26 de agosto de 2011

El amor de Santa Filomena a Jesús, más fuerte que la muerte


Santa Filomena era la hija de un matrimonio romano, que se convirtió por las oraciones de un médico llamado Publio. Cuando la bautizaron le pusieron “Filomena” (filia luminis), que quiere decir: “hija de la luz”.

Es representada con un ancla, tres flechas, una paloma y una flor, todo lo cual indica su particular camino al cielo.

Cuando tenía doce o trece años, fue llevada a Roma por sus padres, al palacio del emperador Diocleciano, donde el padre tenía concertada una audiencia. Apenas la vio, el emperador quedó enamorado de ella, y le dijo al padre que le apoyaría en sus proyectos, con toda la fuerza de su imperio, si él le daba a su hija como esposa. El padre, y también la madre de Filomena, le insistían para que aceptara, pero Filomena les decía, con lágrimas en los ojos: “¿Ustedes desean que por el amor de un hombre yo rompa la promesa que he hecho a Jesucristo? Mi virginidad le pertenece a Él y yo ya no puedo disponer de ella”. Incluso le rogaban de rodillas y le suplicaban que accediera al trato, por el bien de ellos y de la patria, pero Filomena, asistida por la gracia de Dios, les decía: “No, no, Dios y el voto de virginidad que le he hecho, está primero que ustedes y mi patria. Mi reino es el Cielo”.

Cuando Diocleciano se enteró de la respuesta de Filomena, obligó a su padre a que la llevara delante de él, y como continuaba negándose a sus propuestas, el emperador se enojó mucho, la amenazó y la hizo encerrar encadenada en un calabozo.

La visitaba todos los días, y le soltaba las cadenas para que pudiera comer el pan y tomar el agua que le traía, con la esperanza de que el sufrimiento, la humillación, el hambre y la sed, la hicieran cambiar de parecer, pero Filomena se encomendaba a Jesús y a la Virgen, y así podía resistir.

Estuvo en la cárcel treinta y siete días en total, y alrededor del día quince, se le apareció la Virgen con el Niño en sus brazos y le dijo: “Hija, tres días más de prisión y después de cuarenta días, se acabará este estado de dolor. Tu eres LUMENA, y tu Esposo es llamado Luz. No tengas miedo. Yo te ayudaré. En el momento del combate, la gracia vendrá para darte fuerza. El ángel Gabriel vendrá a socorrerte, Yo le recomendaré especialmente a él, tu cuidado”. La visión desapareció dejando la prisión llena de un perfume celestial.

En un primer momento, Filomena se alegró, porque la Virgen le había dicho que iba a salir de prisión pronto, pero luego le vino mucha angustia, porque también le había dicho que tenía que sufrir mucho, pero toda su angustia desapareció cuando recordó las palabras de la Virgen: “En el momento del combate, la gracia vendrá para darte fuerza”, y además se acordó que el ángel Gabriel la iba a ayudar especialmente.

Dioclesiano se dio cuenta de que Filomena no iba a ceder nunca, entonces decidió torturarla públicamente, delante de todos. El primer tormento fue hacer que la flagelaran, atada a una columna. Le dieron muchísimos latigazos, y quedó toda bañada en sangre, y así como estaba, la arrastraron a la prisión, para que muriera.

Pero en medio de la oscuridad de la cárcel, aparecieron dos ángeles de luz que derramaron un bálsamo sobre sus heridas, y la curaron por completo, dándole todavía más fuerza que antes.

Cuando el emperador se enteró de lo que había pasado, hizo que la llevaran delante de él, y trató de convencerla de que el que la había curado no era Jesús, sino un demonio llamado Júpiter, que se hacía adorar como un dios por los romanos. Le decía que la había curado, porque quería que fuera emperatriz de Roma.

Pero el Espíritu Santo la iluminaba interiormente, llenándola de luz y de conocimiento, y le hacía saber que todo eso era falso, porque quien la había curado era Jesús.

Entonces el emperador ordenó que le ataran un ancla al cuello y la hundieran en el río Tíber. Pero en el momento en el que los soldados la estaban por hundir, dos ángeles cortaron la soga que estaba atada al ancla, y la llevaron, delante de todos, a la orilla del río, sana y salva. Muchos de los que estaban viendo lo que pasaba, se convirtieron al cristianismo.

El emperador dijo que todo se debía a la magia, y ordenó que la arrastraran por las calles de Roma y que después le arrojaran flechas. Filomena estaba muy lastimada, y así la llevaron nuevamente al calabozo, en donde fue nuevamente auxiliada por el cielo. Se durmió profundamente, y cuando despertó, estaba totalmente curada.

Lleno de rabia, el emperador volvió a ordenar que fuera atravesada por las flechas, para lo cual los arqueros tensaron sus arcos, pero por más que hacían fuerza, las flechas no salían.

El emperador seguía creyendo que todo era magia, y entonces decidió usar el fuego para romper lo que él creía, erróneamente, que era un hechizo: les dijo a los soldados que calentaran al rojo vivo las puntas de las flechas y le dispararan a Filomena. Ellos lo hicieron así, pero las flechas, antes de llegar a Filomena, invirtieron su recorrido e hirieron a los mismos soldados que las habían tirado. Murieron seis arqueros de esta forma. Muchos de esos soldados renunciaron al paganismo, y todo el pueblo comenzó a alabar a Dios, porque con su poder había protegido de manera tan admirable a Filomena.

Todo esto hizo enfurecer todavía más a Diocleciano, quien ordenó que decapitaran a Filomena.

Cuando eso pasó, el alma de Filomena subió directamente ante la Presencia de Jesús, que era su Esposo, y Él le puso la corona del martirio y le concedió la palma de la virginidad.

Filomena amaba tanto a Jesús, que es Dios, que le dio su cuerpo, su virginidad y su alma. Ella tenía muy presente las palabras de San Pablo: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), y por eso no quería a nadie que no fuera Jesús, y es para Él que ella se conservó siempre pura. Filomena no permitió que nada impuro entrara en su corazón, porque sabía que su cuerpo era templo de Dios. Así como un templo material, como es también templo de Dios, tiene que ser mantenido limpio, perfumado, con flores, porque Jesús está en el sagrario, en la hostia, así el cuerpo que es templo del Espíritu Santo, debe mantenerse limpio y perfumado, y adornado con algo mucho más hermoso que la más hermosa de las flores, la gracia de Dios. Si a un templo de la tierra no dejamos entrar a los animales, porque estos ensucian el piso, tampoco al templo que es el cuerpo, y a su sagrario, que es el corazón, deben entrar pensamientos o deseos impuros.

Filomena no le tuvo miedo ni al hambre, ni a la sed, ni a las espadas, ni a las flechas, ni a la muerte, porque el amor a Jesús que Dios le había puesto en su corazón, era “más fuerte que la muerte”, como dice el Cantar de los cantares (2, 8).

De esta manera comprendemos el significado de los elementos con los cuales se la representa: el ancla y las flechas, porque son los instrumentos de su martirio; la paloma, porque representa al Espíritu Santo, el Amor de Dios, que inhabitaba en su corazón, y fue lo que la llevó a dar su vida por Jesús; la rosa blanca, por su virginidad, conservada intacta, símbolo del amor puro a Dios Trinidad, amor que no se contamina con los placeres del mundo.

Muchos años después, la venerable Paulina Jaricot, luego de ser curada por Santa Filomena de una grave enfermedad cardíaca, fundó la obra apostólica: “Rosario viviente de Santa Filomena”, que consiste en rezar, todos los días de la vida, hasta el día de la muerte, una decena del Santo Rosario –un Padrenuestro, diez Ave Marías y un gloria-, meditando el misterio asignado por la asociación, por una intención: el triunfo del Inmaculado Corazón de María.

Recemos siempre a Santa Filomena, pidiendo la gracia de amar a Jesucristo con todas las fuerzas, con todo el corazón, como lo hizo ella, para que nada nos separe del amor de Cristo.