Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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martes, 20 de julio de 2021

El Divino Niño Jesús y la necesidad de la infancia espiritual para alcanzar el Reino de los cielos

 



Cuando nos preguntamos acerca del origen de la devoción, hay que decir que desde los primeros tiempos de la Iglesia, el misterio de la infancia del Hombre-Dios Jesucristo ha sido motivo de gran devoción, además de ser objeto de estudio y de asombro para todos los santos, porque el hecho de que Dios se haya encarnado es lo más grandioso que le pueda haber ocurrido a la humanidad y dentro de ese misterio, está el hecho de que el Hombre-Dios ha querido vivir todas las etapas de la vida humana, incluida la niñez y esto es motivo de asombro, de estudio, de contemplación y de crecer cada vez más en el amor a Dios, que por tener nuestro amor, no ha dudado en encarnarse y en vivir como niño. Por otra parte y también en cuanto al origen de la devoción, hay quienes afirman que la devoción al Divino Niño empezó en el Monte Carmelo (Israel), donde, según la tradición, Jesús iba frecuentemente a pasear y a rezar con sus padres, San José y la Virgen María, y sus abuelos San Joaquín y Santa Ana[1].

Al contemplar al Divino Niño y considerando que ese Niño es Dios, surge una pregunta: ¿porqué Dios se nos manifiesta como Niño, siendo que podría manifestarse en todo el esplendor de su gloria y majestad? A esta pregunta hay que decir que Dios se ha encarnado y ha querido vivir como niño, incluso como niño recién nacido para que, entre otras cosas, no tengamos miedo en acudir a Dios, porque así como nadie tiene miedo de un recién nacido, así tampoco nadie puede poner como excusas de que tiene miedo de acercarse a Dios, por su gran majestad, cuando Él se ha hecho niño para que nosotros nos acerquemos a Él. Pero también se ha hecho niño por otro motivo: para que lo imitemos a Él en su niñez y así lo dice desde las Sagradas Escrituras, el mismo Jesús: “Quien no se haga como niño, no entrará en el Reino de los cielos”. Esto no significa ser infantiles, sino adquirir la verdadera infancia espiritual, caracterizada por la inocencia y la pureza de cuerpo y alma, todo lo cual no lo conseguimos por nosotros mismos, sino que nos lo concede la gracia santificante. Cuando Jesús nos dice que nos hagamos “como niños” para entrar en el Reino de los cielos, quiere en primer lugar que lo imitemos a Él en su niñez: en su inocencia –Él es la Inocencia Increada-; en su vivir en su humanidad en completo, plenísimo y perfectísimo estado de gracia –Él es la Gracia Increada- y así, si perdimos la gracia por la desgracia del pecado, acudamos al Sacramento de la Confesión para recuperarla; quiere que lo imitemos en su niñez porque es la etapa de su vida terrena en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, porque si bien siendo ya joven y adulto no se separó nunca espiritual y místicamente de la Virgen, sí se separó físicamente, porque tenía que predicar y que sufrir la Pasión, por eso la edad de su niñez es la edad en la que más estuvo entre los brazos de la Virgen, físicamente hablando: Jesús quiere que lo imitemos en esto y si bien no podemos estar físicamente entre los brazos de la Virgen, sí podemos, como hijos pequeños de la Virgen que somos, consagrarnos a su Inmaculado Corazón y vivir dentro del Corazón de la Virgen, como niños pequeños, hasta que llegue el momento de nuestra partida terrena a la otra vida.

Imitemos entonces al Niño Jesús en su niñez, pero como dijimos, esto no depende de nuestras fuerzas, sino de la gracia santificante, porque es la gracia la que nos comunica la inocencia, la pureza, la candidez, del Niño Jesús; por eso, cuanto más estemos en gracia, tanto más seremos como niños y tanto más estaremos seguros de entrar en el Reino de los cielos.

Por último, hay que decir que todos los santos, sin excepción, tuvieron, en mayor o menor grado, devoción al Niño Jesús. En el año 1636, Jesús le hizo una promesa a una monja carmelita del convento de Beaune en Francia, conocida como la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento. Cristo le dijo: “Todo lo que quieras pedir, pídemelo por los méritos de mi infancia, y nada te será negado”. Otra anécdota entre los santos es la que le sucedió a Santa Teresa de Ávila, de quien se dice en su biografía que cuando emprendía el camino para fundar un convento, llevaba consigo una hermosa imagen del Niño Jesús, porque era muy devota del Niño Jesús. Se cuenta una anécdota, real, que experimentó la santa, como premio a su amor por el Niño Jesús: una vez estaba la santa en el convento, al pie de unas escaleras, cuando ve hacia arriba, en el rellano de las escaleras, a un niño; entonces la santa, extrañada por la presencia de un niño, le dijo: “¿Quién eres, Niño? Yo soy Teresa de Jesús”, a lo que el Niño Jesús le respondió: “Y Yo Soy Jesús de Teresa”. Y luego desapareció.

Honremos y adoremos a Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que nosotros, hechos niños por la gracia, seamos capaces de entrar en el Reino de los cielos.

 

sábado, 25 de agosto de 2018

El Evangelio para Niños: “Son duras estas palabras”



(Domingo XXII – TO – Ciclo B – 2018)

          “Son duras estas palabras”. Cuando Jesús les dice a sus discípulos que deben “comer su Carne y beber su Sangre”–alimentarse de la Eucaristía- y cuando les dice que deben “cargar la cruz de cada día y seguirlo” –negarse a sí mismos- para ir al Cielo –dejar de pensar en esta vida como si fuera la definitiva- muchos de sus discípulos se molestan con Jesús y lo abandonan, diciéndole: “Son duras estas palabras”.
         ¿Por qué? Porque para comulgar, hay que dejar de estar pensando en los manjares terrenos que alimentan el cuerpo, para desear el alimento celestial que es la Eucaristía y para eso, para poder comulgar, hay que comulgar en estado de gracia, para lo cual hay que confesarse con frecuencia. Para llevar la cruz de cada día, hay que luchar contra las propias pasiones, contra la tendencia a la ira, a la pereza, a la gula, etc., y esa lucha es ardua, árida, porque implica parecerse a Jesús, que es casto, puro, manso y humilde de corazón. Para ir al Reino de los cielos hay que desear ir al Reino y para eso, hay que asumir que algún día hemos de morir y por lo tanto hay dejar de pensar menos en las cosas de este mundo, que son pasajeras, y pensar más en la muerte, en el Juicio Particular, en el Cielo, el Purgatorio y el Infierno y también en el Juicio Final y eso quiere decir dejar de pensar en la comodidad de esta vida y comenzar a desear el Cielo y comenzar a obrar de manera tal de ganar el Reino de los cielos.
         “Son duras estas palabras”. Cuando Jesús hace milagros como multiplicar panes y peces y expulsar demonios, todos lo quieren seguir, incluso lo quieren hacer rey. Pero cuando no hace milagros ni expulsa demonios y dice qué es lo que hay que hacer para ir al cielo –cargar la cruz y seguirlo a Él, combatir contra uno mismo, luchar contra las pasiones, vivir los Diez Mandamientos, alimentarse de la Eucaristía, confesarse con frecuencia, pensar en que esta vida se termina pronto y viene la eterna, pensar que si no morimos en gracia nos condenamos-, entonces, dicen: “son duras estas palabras” y muchos de sus discípulos lo abandonan.
         Pero Pedro no lo abandona: él dice: “¿A quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Imitemos a Pedro y no a los discípulos que dejan a Jesús, y sigamos a Jesús por el camino de la cruz, alimentándonos de la Eucaristía cada día, para que así lleguemos algún día a la Vida eterna en el Reino de los cielos.

sábado, 29 de julio de 2017

El Evangelio para Niños: El Reino de Dios es como un tesoro en un campo


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-52). Jesús compara el Reino de los cielos a un tesoro que está escondido en un campo; también, a una perla de gran valor, y a una red llena de peces valiosos, que después pueden ser vendidos en el mercado por mucho dinero.
         Es como si nosotros fuéramos por el campo y encontráramos un cofre lleno de monedas de oro, o una caja fuerte con mucho dinero; entonces, vamos y vendemos todo lo que tenemos y con la plata que nos dan, nos compramos el campo y así nos ganamos el tesoro.
         ¿Qué es lo que tenemos que vender? No se trata de cosas materiales; no es que tenemos que vender casas, autos, o la mochila que usamos para el colegio. Lo que tenemos que “vender”, es decir, aquello de lo que nos tenemos que desprender para poder entrar en el Reino de los cielos, son todas las cosas malas que tenemos, como por ejemplo, envidia, celos, peleas, mentiras, porque nadie puede entrar en el cielo con todas estas cosas. ¿Dónde vendemos estas cosas? En el confesionario. ¿Y con qué pagamos el campo? Con la gracia que recibimos en la confesión sacramental, y con algo que vale más que todo el mundo y que todos los cielos eternos, y es la Eucaristía.
         Entonces, el campo es la Iglesia, lo que vendemos somos nuestros pecados, y lo que compramos es la vida eterna en el cielo, con la gracia que recibimos en la Confesión y con la Eucaristía, que es el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Y cómo es el Reino de los cielos? Es algo tan, pero tan hermoso, que ni siquiera podemos imaginarnos cómo es, porque lo que hace hermoso a los cielos, es Dios Uno y Trino, que es infinitamente hermoso. Dicen los santos que cuando el alma ve a Dios, en la otra vida, se queda con la vista fija en Dios, porque es tan hermoso, que no quieren ni desean ninguna otra cosa.
Vendamos lo que tenemos en la Confesión, y compremos el Reino de los cielos con la gracia y la Eucaristía, para que luego de esta vida, gocemos de la visión y la unión con Dios en el Amor, para siempre.


sábado, 20 de agosto de 2016

El Evangelio para Niños: “Traten de entrar por la Puerta estrecha”



(Domingo XXI – TO – Ciclo C - 2016)

En este Evangelio, Jesús nos dice que debemos entrar a un lugar, pero que para ir a ese lugar, tenemos que pasar por una “puerta estrecha: “Traten de entrar por la puerta estrecha” (Lc 13, 22-30). Entonces, nos preguntamos dos cosas: ¿Dónde está la puerta estrecha, para pasar por ella? Y la otra pregunta es: ¿Adónde nos conduce esa puerta estrecha?
Lo que tenemos que saber es que la “Puerta estrecha” es el mismo Jesús, porque Él se nombra a sí mismo como: “Puerta”, cuando dice: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”: la Puerta es Él y nosotros somos las ovejas.
Entonces, la Puerta que tenemos que atravesar, es Jesús. Y como Jesús está en la Cruz, con su Corazón traspasado por la lanza del soldado romano, la Puerta por la que debemos pasar, es su Corazón, abierto por la lanza. Así como una puerta se abre de par en par, así el Corazón de Jesús es abierto de par en par, por la lanza del soldado romano. Esto quiere decir que, para porder pasar por la Puerta estrecha que es el Corazón de Jesús, tenemos que subir a la Cruz, para ser crucificados junto con Él, porque Él está crucificado en la Cruz. El Corazón abierto de Jesús en la Cruz por la lanza del soldado romano, es la puerta estrecha que tenemos que atravesar.

La otra pregunta es: ¿Adónde nos conduce esta Puerta? Jesús mismo lo dice: “Traten de entrar al cielo por la Puerta estrecha”. Quiere decir que, si podemos meternos en el Corazón abierto de Jesús por la lanza, vamos a llegar al cielo, al Reino de los cielos. Sólo hay una puerta, y es estrecha, para entrar en el Reino de los cielos, y esa puerta es el Corazón de Jesús. Si queremos llegar al Reino de Dios, no hay ninguna otra puerta que nos lleve a él. Pero al Corazón de Jesús sólo pueden entrar los que son “puros de corazón” –no dicen mentiras, no pelean, no son perezosos, obedecen a los papás, rezan a Dios todos los días, asisten a Misa por amor y no por obligación-, porque el Corazón de Jesús es puro y nada impuro o malo puede entrar en él. Y por eso es una puerta estrecha, porque no entran los que están llenos de soberbia o de malos pensamientos y malos deseos. Tratemos de ser puros, buenos y santos, como los Sagrados Corazones de Jesús y María, y así entraremos en el Reino de los cielos, por la Puerta estrecha, el Corazón de Jesús abierto en la Cruz por la lanza del soldado romano.

sábado, 18 de julio de 2015

El Evangelio para Niños: Jesús siente tristeza porque la gente parece como ovejas sin pastor



(Domingo XVI – TO – Ciclo B - 2015)

         Jesús ve a la gente que parece “como ovejas sin pastor” y siente tristeza (cfr. Mc 6, 30-34).
         ¿Por qué siente tristeza Jesús por esta gente?
         Para saberlo, veamos qué le pasa a las ovejitas cuando no tienen pastor: no saben dónde ir para conseguir pastos verdes y agua fresca y un lugar para descansar, porque el pastor lo que hace, es guiarlas con su cayado a un buen lugar, así ellas puedan alimentarse, beber agua, descansar y luego regresar al redil, a la casita de las ovejas. Entonces, las ovejitas sin pastor sienten hambre, sed y cansancio, porque no hay un pastor que las guíe. Pero hay otra cosa que les pasa a las ovejas: están solas y no se pueden defender, entonces los asaltantes y ladrones de ovejas, vienen y se roban todas las que encuentran, y por eso las ovejitas tienen miedo. Y hay otra cosa más todavía: cuando no hay pastor, no hay perro guardián –generalmente son los ovejeros alemanes los que cuidan a las ovejas- y entonces se acerca el lobo, que siente en el aire el olor a las oveja y viene para devorárselas a todas, con sus colmillos largos, gruesos y afilados, que trituran la carne tierna de las pobres ovejitas. Otra cosa que les puede pasar a las ovejitas sin pastor, es que se caigan por el barranco, quebrándose sus patitas y quedando a merced del lobo, que las ataca sin piedad, porque no puede escapar para defenderse.
         Esas ovejitas somos nosotros, cuando estamos sin Jesús, porque Jesús es el Buen Pastor, Él es el Sumo y Eterno Pastor, que nos conduce, con el cayado de la cruz, a un lugar en donde hay algo más hermoso que pastos verdes, agua  fresca, y un lugar para descansar: con el cayado de la cruz, Jesús nos conduce al Reino de los cielos, a la Casa de su Papá, que también es nuestra casa. También, como Buen Pastor que es, Jesús impide que caigamos en el barranco, porque Él nos conoce y nos llama por nuestro nombre, y cuando ve que estamos por acercarnos a un peligro, nos llama por nuestro nombre, para que no sigamos en esa dirección. Además, Jesús, con el cayado de su cruz y con su sacrificio en cruz, vence al Lobo del infierno, el demonio, y ahuyenta a los falsos pastores, que solo quieren aprovecharse de la lana y de la carne de las ovejas.

         Y finalmente, Jesús hace otra cosa: se pone a “enseñarles” a las ovejas sin pastor, dice el Evangelio. ¿Y qué les enseña? Que Él es el Hombre-Dios, que ha venido para dar su vida en la cruz por todos y cada uno de nosotros; que está Presente en la Eucaristía, esperando que lo vayamos a visitar, y que Él, como Buen Pastor que es, nos conduce, con el cayado de la cruz, a un lugar hermoso, más allá de las estrellas, más allá de esta vida, y es la Casa de su Papá, el Reino de los cielos, en donde reina el Amor y la Paz de Dios. Jesús, Buen Pastor, nos enseña el camino a la vida eterna y ese camino es a través de su cruz.

viernes, 25 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: “El Reino de los cielos es como un tesoro escondido, como una perla fina, como una red llena de peces”


(Domingo XVII – TO – Ciclo A – 2014)
         En este Evangelio, Jesús nos enseña que el Reino de los cielos es como tres cosas: como un tesoro escondido; como una perla preciosa; como una red llena de peces.
         Es como un tesoro escondido, dice Jesús, que un hombre encuentra, y que cuando lo encuentra, va corriendo a vender todo lo que tiene, para comprar el campo donde está el tesoro y quedarse con el tesoro. ¿Qué es el tesoro? El tesoro es la gracia. ¿Y qué son las cosas que vende el hombre? Las cosas que vende el hombre, son todos nuestros defectos –impaciencias, enojos, mentiras, perezas, hablar de los demás, no hacer caso, pelear, etc., etc.-, que no nos dejan vivir la vida de la gracia, vivir como hijos adoptivos de Dios. Cuando los vendemos, es decir, cuando luchamos contra ellos y cuando nos confesamos, adquirimos el tesoro de la gracia –somos como el hombre de la parábola del Evangelio que compra el campo donde está el tesoro- y somos felices, porque por la gracia, tenemos a Jesús en el corazón.
         Algo muy parecido es la perla fina: el negociante que “vende todo lo que tiene” para comprar una perla muy fina, somos nosotros, cuando luchamos contra nuestros defectos y nos confesamos y vivimos en gracia: nos despojamos de todo lo malo y adquirimos la gracia, que es algo de muchísimo valor, como la perla fina de la parábola de Jesús.
         ¿Y la red llena de peces? La red llena de peces, y los pescadores que separan a los peces buenos de los malos, es el Reino de Dios en el Día del Juicio Final: los ángeles buenos, encabezados por San Miguel Arcángel, siguiendo las órdenes de Jesús, que vendrá como Juez Justo, separarán a los buenos de los malos, y llevarán a los buenos al cielo, y arrojarán a los malos al infierno, según sus obras, buenas o malas. Esto nos hace ver el valor de las obras y el valor de portarse bien, y nos hace ver también que no da lo mismo portarse bien que portarse mal; no da lo mismo ser buenos que malos, porque Dios, que es Jesús, todo lo ve, y todo queda registrado para el Día del Juicio Final, todas nuestras obras, las buenas y las malas, y por eso es que tenemos que hacer muchas obras buenas y evitar cualquier obra mala.
         “El Reino de los cielos es como un tesoro escondido, como una perla fina, como una red llena de peces”. Cuando luchamos contra nuestros defectos y cuando confesamos nuestros pecados y vivimos en gracia, tenemos ya el Reino de los cielos en nuestro corazón, porque la gracia es ya tener un pedacito del Reino de los cielos, aunque todavía vivamos en la tierra.

         Y, ¿adivinen qué? Lo más lindo de todo es que, a los que tienen un pedacito del Reino de los cielos en el corazón, ¡vienen a visitarlos el Rey de los cielos, Jesús, y la Reina de los cielos, la Virgen!

sábado, 5 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio”



         En este Evangelio, Jesús nos pide que hagamos dos cosas: que llevemos “el yugo de Él” y que “aprendamos de Él”, que es “paciente y humilde de corazón”. Si hacemos estas dos cosas, Él nos promete que vamos a encontrar “alivio” (cfr. Mt 11, 25-30).
         ¿Qué es un “yugo”? El yugo es el ese instrumento de madera que llevan los bueyes cuando el campesino se los pone en el cuello para que puedan trabajar mejor la tierra, pero en este caso, el “yugo” de Jesús, no es ese instrumento de los bueyes, sino la cruz de madera. Jesús quiere que carguemos su cruz, que es también nuestra cruz, una cruz hecha a medida de cada uno, la cruz de todos los días, porque es la única forma de ir al cielo.
         La cruz de Jesús es de madera, es pesada y como el camino del Calvario es largo y en subida, se hace muy difícil de llevarlo, pero Jesús dice que si nosotros “cargamos sobre nosotros su yugo”, es decir, la cruz, “encontraremos alivio”, y esto, porque Él lleva la cruz por nosotros. Entonces, a pesar de que la cruz es pesada y el camino del Calvario es difícil, todo se hace fácil, porque Él lleva la cruz por nosotros.

          Por último, la otra cosa que nos pide Jesús, es que “aprendamos de Él”, que es “paciente y humilde de corazón”. Santa Teresa de Ávila decía: “La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”. Quien es paciente, como Jesús, alcanza la cima del Calvario, que es la Puerta del cielo. ¿Cómo llegamos a ser pacientes? Imitando a Jesús: así como era Jesús en la Pasión cuando lo insultaban, le pegaban, le escupían en la cara, le ponían la corona de espinas, le hacían burlas, y Jesús no decía nada, sino que rezaba en su Corazón pidiendo a Dios Padre que los perdonara, así tenemos nosotros que ser pacientes con los que nos hacen mal. Lo mismo con la humildad: a pesar de ser Jesús Dios en Persona y Dueño de todo el Universo, nació en un pobre pesebre, y se dejó coronar de espinas, sufriendo enormes humillaciones, porque era humilde y la humildad es una virtud opuesta a la soberbia; la humildad abre las Puertas del cielo, en cambio, la soberbia, las cierra por completa, ya que ningún soberbio puede entrar en el cielo; así también nosotros, cuando tengamos la tentación de ser soberbios, debemos recordar a Jesús, humillado por nosotros en la Pasión, y pedirle la gracia de ser humildes como Él, porque solo los humildes, como Jesús y María, pueden entrar en el Reino de los cielos. Si hacemos todo esto, encontraremos alivio en el corazón, en la tierra, y alegría en el cielo, para siempre, para toda la eternidad, en la compañía de Jesús y de María.

sábado, 24 de agosto de 2013

El Evangelio para Niños: “Traten de entrar por la puerta estrecha”


(Domingo XXI - Ciclo C - 2013)
         Un señor que sabía mucho de religión, y por eso se llamaba “doctor de la ley”, le pregunta a Jesús si era verdad lo que decían algunos por ahí, de que los que se salvaban eran pocos. Jesús le contesta diciéndole la salvación va a ser como cuando un dueño de casa se levanta y cierra la puerta, dejando a muchos afuera. Los que se queden afuera, le dirán al dueño de casa: ‘Señor, ábrenos’, pero el dueño de casa no les va a abrir, porque esos que se quedaron afuera, lo hicieron porque se portaron mal, y por eso el dueño de casa les dirá: “No sé de donde son ustedes. ¡Apártense de mí los que obran el mal!”.
Los que se quedaron afuera conocen al dueño de casa, porque le dicen: ‘Señor’, y también le recuerdan que ellos “han comido y bebido” con él, y que él “predicó en sus plazas”. Pero el dueño de casa les dice que no los conoce y que se aparten de él, porque han obrado el mal, han hecho muchas cosas malas, y por eso él, que los había hecho ser sus amigos, ahora ya no quiere ser más amigo de ellos, porque se ha cansado de tanto mal que han hecho. Les cierra la puerta y los deja afuera, en donde la noche es muy oscura y hace mucho frío y hay bestias salvajes que los comenzarán a atacar, y por eso “habrá mucho llanto y rechinar de dientes”.
¿Qué quiere decir todo esto?
La casa a la que no pueden entrar los malos, es la Casa del Padre, el Reino de los cielos: es una casa llena de luz y de alegría, y solo pueden entrar los que obren el bien, los que no sientan ni odio ni rencor a su prójimo, los que amen a sus enemigos, los que ayuden a los más necesitados, los que venzan la pereza, los que sean puros de corazón; el Dueño de casa es Jesús, que es Dios Hijo y heredero del Reino; los malos, los que no pueden entrar al cielo, son los que obraron el mal en esta vida y no se arrepintieron –distinto es obrar el mal y arrepentirse-, y no pueden entrar en la Casa del Padre, porque esta es una casa llena de luz y de amor, y los que obran el mal y no se arrepienten, tienen el corazón oscuro y sin amor, y entonces no pueden estar dentro de la Casa, es decir, no pueden ir al Cielo; esos malos que se quedan afuera son cristianos, e incluso cristianos que iban a Misa y comulgaban –“Hemos comido y bebido contigo”, y además escuchaban la Palabra de Dios –“Tú predicabas en nuestras plazas”-, pero serán cristianos que a pesar de ir a Misa, comulgar y escuchar la Palabra de Dios, se portarán mal y harán el mal sin arrepentirse; el lugar oscuro, fuera de la casa, es el infierno y es oscuro porque ahí no está Dios, que es luz, y tampoco hay amor, porque sólo Dios es Amor; el llanto y rechinar de dientes, es por el dolor que sienten los que se condenaron; las bestias que atacan a los que quedan afuera de la casa, son los demonios que hacen sufrir a los que se condenan.
¿Y la puerta estrecha?
La puerta estrecha, el único lugar por donde se puede entrar a la casa, es la Cruz de Jesús: quien no suba a la Cruz, quien no se niegue a sí mismo para seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz, nunca podrá entrar en el Cielo y se quedará afuera, es decir, se condenará, en donde quedará a merced de los espíritus de las tinieblas, los demonios. Por el contrario, el que lleve la Cruz de todos los días, sin quejarse, y camine detrás de Jesús, ése llegará al cielo. En la tierra serán los últimos, porque el mundo ignora a los que aman a Jesús, pero en el Cielo serán los primeros, porque Dios ama a los que aman a su Hijo y quieren parecerse a Él.

Entonces, ¿son muchos o pocos los que se salvan? Más importante que saber sin son pocos o muchos los que se salvan, es pedirle a la Virgen que nos ayude a vivir en gracia y a llevar la Cruz todos los días, y que Ella haga que nuestro corazón sea cada día más parecido al Sagrado Corazón de Jesús, para que así algún día podamos entrar a la luminosa y alegre Casa del Padre.