Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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miércoles, 2 de marzo de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 20 - Los Novísimos - Parte 2 – Cristo en la vida eterna del Cielo

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 20 - Los Novísimos[1] - Parte 2 – Cristo en la vida eterna del Cielo

         Doctrina
         ¿Qué quiere decir “la vida eterna”? Quiere decir que después de esta vida presente, hay otra vida que no tiene fin.
         ¿Cómo es la vida eterna? La vida eterna es siempre bienaventurada para los buenos en el cielo, o siempre infeliz para los malos en el infierno.
         ¿Quién va al cielo inmediatamente después de morir? Va al cielo inmediatamente después de morir todo aquel que muere en gracia de Dios y está por lo tanto libre de todos sus pecados y de la pena merecida por ellos.
         El cielo es el lugar donde los buenos viven con Dios eternamente felices; allí no hay tristeza, ni dolor, ni angustia; todo es alegría, paz y amor celestial, que brota de la Trinidad como de una fuente inagotable. Al cielo van los que mueren en gracia de Dios y mueren en gracia de Dios los que siguen el consejo del Evangelio: “negarse a uno mismo, cargar la cruz todos los días y seguir a Jesús” (Lc 9, 23). No hay NINGUNA OTRA FORMA de alcanzar el cielo, sino es por la gracia santificante y la cruz de Jesús. La mayor felicidad de los bienaventurados en el cielo consiste en contemplar a Dios Uno y Trino cara a cara y estar unidos a Él en un amor eterno, pues Él es la fuente de todos los bienes. Cuando el alma ve a Dios Trino en el cielo, el alma experimenta tanto gozo, tanta alegría, tanta paz, tanto amor, que no quiere dejar de mirarlo ni por un solo instante. En el cielo, el alma vive una alegría infinita porque, como dice Santa Teresa de los Andes, “Dios es Alegría infinita”.
         Explicación


Esta lámina representa el cielo (al que llamamos también “gloria”, “vida eterna o perdurable”), premio de la vida cristiana. El cielo se da como recompensa a quienes en esta vida amaron a Jesús y porque lo amaron, cargaron su cruz todos los días, siguiéndolo por el Camino del Calvario, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo. En el centro vemos a la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, en forma de paloma. Inmediatamente después de la Trinidad, está María Santísima, indicando en esta posición que Ella es Emperatriz de cielos y tierra. Alrededor de la Santísima Trinidad vemos a querubines, serafines y arcángeles; también está San Miguel Arcángel, que junto a los ángeles de luz combatieron a los ángeles rebeldes, expulsándolos del cielo con el poder de Dios; llevan escudos y espadas, en señal de fortaleza y fidelidad. Luego, se ve una inmensa multitud de santos y santas que con su vida cristiana ganaron el cielo y ahora viven eternamente felices, gozando de la visión de la Trinidad, de María Santísima y de los ángeles de luz. El arroyo cristalino que se ve en medio, ya en la tierra, significa la gracia santificante que nos viene del cielo y que da vida y fortaleza a las almas para que puedan seguir por el Camino de la Cruz, en pos de Jesús, el Cordero de Dios. La gracia de este arroyo se obtiene por la oración y los sacramentos (principalmente, por ser los de uso más frecuente, el Sacramento de la Penitencia y la Eucaristía, aunque también son todos los demás sacramentos). Para acceder a esta fuente, sólo basta el deseo de la vida eterna en el cielo: cualquiera puede beber de la fuente de la gracia, sin distinción alguna de edad, clase social o raza, porque “Dios no hace acepción de personas” (Rom 2, 11). El agua es símbolo de la gracia, la cual es un auxilio o ayuda gratuita sobrenatural que hace que nuestras obras sean meritorias y así seamos capaces de ganar el cielo; sin la gracia, y con sus propias fuerzas, es imposible para el hombre ganar la vida eterna en el cielo. La felicidad del cielo es indescriptible: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (2 Cor 2, 9).
         Práctica: Dice el Beato Tomás de Kempis en libro “Imitación de Cristo”: “En el cielo ha de ser tu mirada; por eso has de mirar las cosas de la tierra como quien está de paso”.
         Palabra de Dios: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 25, 46). “Allí estaremos siempre con el Señor” (1 Tes 4, 17) y “le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2), “cara a cara” (1 Cor 13, 21). “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17).
         Ejercicios bíblicos: 2 Cor 5, 1; 1 Jn 2, 25; Heb 13, 14; Col 5, 4.
        




[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños: 3er Domingo de Adviento: Día de Alegría

Niños alegres esperando al Niño Dios que viene para Navidad


(Ciclo A - 2013-14)
         El tercer domingo de Adviento se llama también “de la alegría” y por eso el sacerdote cambia el color de la casulla, que en vez de ser violeta o morado, que significa “penitencia”, usa el blanco o el rosado, que significa “alegría”.
         ¿Por qué se cambia el color morado por el blanco o rosado?
         Porque cada día de Adviento que pasa, nos acercamos más y más a la Navidad, al Nacimiento de Dios que viene como Niño y esto nos llena de alegría porque “Dios es Alegría infinita”, como decía una santa que se llamaba Santa Teresa de los Andes. Cada día que pasa, es como que sentimos que el corazón late más y más rápido por la emoción y la alegría de saber que Dios, que es Alegría infinita, viene para estar con nosotros. Se puede decir que aunque todavía no estamos en Navidad, es como que ya empezamos a sentir la alegría de Dios que nace como un Niño de una Madre Virgen. A medida que nos acercamos a la Navidad, empezamos a sentir en la Iglesia la Alegría de Dios, a Dios, que es Alegría, y por eso expresamos nuestra alegría con el cambio de color de las vestimentas litúrgicas. En este Domingo de Adviento, comenzamos a sentir la alegría que sintieron los ángeles y los pastorcitos en Belén, cuando después del Nacimiento del Niño Dios en Belén, fueron a adorarlo.
Pero hay algo que nos hace estar todavía más alegres que los ángeles y los pastorcitos, porque si en ese entonces ellos se alegraron porque Jesús nació en un Portal de Belén, cuánto más nos tenemos que alegrar nosotros, porque Jesús va a nacer ¡en nuestros corazones!

El tercer Domingo de Adviento es entonces un día de alegría, de mucha alegría, una alegría que hace que nuestros corazones comiencen a latir cada vez más rápido y más fuerte por la emoción de saber que el Niño Dios va a nacer en el Nuevo Portal de Belén, nuestro corazón, y también estamos alegres porque sabemos que cuando venga, el Niño Dios nos va a traer muchos regalos, los regalos de su Corazón, que son su Amor, su Paz, su Luz y su Alegría. Entonces, todos juntos le decimos: "¡Ven, Niño Dios, alegres esperamos que nazcas en nuestros corazones!".

miércoles, 22 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (IV) - Primera Aparición de la Virgen


         
         Primera Aparición de la Virgen en Fátima (1917)

Luego de las apariciones del Ángel, transcurrieron casi 8 meses hasta que se produjo la primera aparición de la Virgen. Hasta ese entonces, Lucía, Francisco y Jacinta pusieron por obra todo lo que el Ángel les había enseñado, rezando el Rosario todos los días y ofreciendo sacrificios al Señor. Cuando la Virgen se les apareció, Lucía había cumplido 10 años, Francisco cumplía nueve en Junio y Jacinta acababa de cumplir siete en marzo. El día de la Primera Aparición de la Virgen, el 13 de mayo de 1917, los pastorcitos decidieron de llevar sus ovejas a unas colinas que pertenecían al padre de Lucía conocidas como Cova da Iria, o Ensenada de Irene. Fue ahí, solo con una excepción, donde la Santísima Virgen bajo el nombre de Nuestra Señora del Rosario se les apareció en seis ocasiones en 1917, y una novena vez en 1920 (sólo a Lucía).
Para entender mejor lo que la Virgen nos dice desde el cielo, hay que recordar que en estos momentos (año 1917) se lleva a cabo la Primera Guerra Mundial, cuya crueldad hace estragos en Europa y en muchas otras naciones del mundo; además, en Moscú, un hombre llamado Lenín, que pensaba que Dios no existía y que el hombre podía vivir sin Dios, estaba preparando una revolución, la revolución comunista, que terminaría gobernando Rusia por la violencia de las armas, para después exportar a otros países su extraña creencia: no hay Dios y los hombres, para ser felices, tienen que luchar entre sí con las armas.
Fue en estos momentos de caos y violencia en los que se apareció la Virgen en Fátima.
Aparición del 13 de mayo de 1917
El día 13 de mayo, la fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, los tres niños pasaron Fátima donde se encontraban la parroquia y el cementerio, llevando a su rebaño fuera de Aljustrel, y caminaron más o menos un kilómetro hacia el norte a las pendientes de Cova. Aquí dejaron que sus ovejas pastorearan mientras ellos jugaban en la pradera que llevaba uno que otro árbol de roble. Después de haber tomado su almuerzo alrededor del mediodía decidieron rezar el Rosario, aunque de una manera un poco truncada, diciendo sólo las primeras palabras de cada oración. Al instante, ellos fueron sobresaltados por lo que después describieron como un “rayo en medio de un cielo azul”. En ese momento, pensaron que se acercaba una tormenta, por lo que se preguntaban si debían regresar a sus casas con las ovejas. Mientras estaban preparándose para hacerlo, fueron nuevamente sorprendidos por una luz extraña.
Así lo cuenta Sor Lucía: “Comenzamos a ir cuesta abajo llevando a las ovejas hacia el camino. Cuando estábamos en la mitad de la cuesta, cerca de un árbol de roble (el gran árbol que hoy en día está rodeado de una reja de hierro), vimos otro rayo, y después de dar unos cuantos pasos más vimos en un árbol de roble (uno más pequeño más abajo en la colina) a una señora vestida de blanco, que brillaba más fuerte que el sol, irradiando unos rayos de luz clara e intensa, como una copa de cristal llena de pura agua cuando el sol radiante pasa por ella. Nos detuvimos asombrados por la aparición. Estábamos tan cerca que quedamos en la luz que la rodeaba, o que ella irradiaba, casi a un metro y medio.
“Por favor no teman, no les voy a hacer daño”, les dijo la Virgen con dulzura.
Lucía respondió por parte de los tres, como lo hizo durante todas las apariciones.
“¿De dónde eres?”.
“Yo vengo del cielo”.
La Señora vestía con un manto puramente blanco, con un borde de oro que caía hasta sus pies. En sus manos llevaba las cuentas del rosario que parecían estrellas, con un crucifijo que era la gema más radiante de todas. Quieta, Lucía no tenía miedo. La presencia de la Señora le producía solo felicidad y un gozo confiado.
“¿Que quieres de mí?”. Preguntó Lucía.
“Quiero que regreses aquí los días trece de cada mes por los próximos seis meses a la misma hora. Luego te diré quién soy, y qué es lo que más deseo. Volveré aquí una séptima vez”.
“¿Y yo iré al cielo?”
“Sí, tu irás al cielo”.
“¿Y Jacinta?”.
“Ella también irá”.
“¿Y Francisco?”.
“El también, amor mío, pero primero debe decir muchos Rosarios”.
La Señora miró a Francisco con compasión por unos minutos, matizado con una pequeña tristeza. Lucía después se recordó de algunos amigos que habían fallecido.
“¿Y María Neves está en el cielo?”.
“Sí, ella está en el cielo”.
“¿Y Amelia?”.
“Ella está en el purgatorio”.
“¿Se ofrecerán a Dios y tomarán todos los sufrimientos que Él les envíe en reparación por todos los pecados que Le ofenden y por la conversión de los pecadores?”.
“Sí, Señora, lo haremos”.
“Tendrán que sufrir mucho, pero la gracia de Dios estará con ustedes y los fortalecerá”.
Lucía relata que mientras la Señora pronunciaba estas palabras, abría sus manos, y de ellas emanaba una hermosa luz, y esa luz no solo tenía vida, sino que era el mismo Dios. Dice así: “Fuimos bañados por una luz celestial que parecía venir directamente de sus manos. La realidad de esta luz penetró nuestros corazones y nuestras almas, y sabíamos que de alguna forma esta luz era Dios, y podíamos vernos abrazados por ella. Por un impulso interior de gracias caímos de rodillas, repitiendo en nuestros corazones: “Oh Santísima Trinidad, te adoramos. Mi Dios, mi Dios, te amo en el Santísimo Sacramento”.
Los niños permanecían de rodillas en el torrente de esta luz maravillosa, hasta que la Señora habló de nuevo, mencionando la guerra en Europa, de la que tenían poca o ninguna noción.
“Recen el Rosario todos los días, para traer la paz al mundo y el final de la guerra”.
Después de esto Ella se comenzó a elevar lentamente hacia el este, hasta que desapareció en la inmensa distancia. La luz que la rodeaba parecía que se adentraba entre las estrellas, es por eso que a veces decíamos que vimos a los cielos abrirse.
Los días siguientes fueron para los niños días llenos de entusiasmo, en el recuerdo de la aparición de la Virgen. Sin embargo, Lucía había prevenido a los otros de mantener a su visita en secreto, sabiendo las dificultades que experimentarían si se conocían las apariciones. Sin embargo, Jacinta estaba tan contenta, que se olvidó de su promesa de mantener el secreto y se lo reveló todo a su madre, quien la escuchó pacientemente pero no le creyó demasiado. Sus hermanos y hermanas se burlaban, haciendo preguntas y bromas. Solo su padre, “Ti” Marto aceptó desde un principio la historia como verdadera. El creía en la honestidad de sus hijos, y tenía una fe simple y sencilla, como la de un niño, acerca de las obras de las obras de Dios, de manera que él se convirtió en el primer creyente de las apariciones de Fátima.
Muy distinta fue la reacción de María Rosa, la madre de Lucía: cuando escuchó lo que había ocurrido, creyó que su propia hija era la instigadora de un fraude, si no algo peor, una blasfemia. Lucía comprendió entonces lo que la Señora quería decir cuando dijo que ellos “sufrirían mucho”. A pesar de que lo intentó, incluso con amenazas, María Rosa no pudo hacer que Lucía se retractara. Finalmente la llevó a comparecer ante el párroco, el padre Ferreira, pero tampoco tuvo éxito. Por otro lado, el padre de Lucía, quien no era muy religioso, estaba prácticamente indiferente, atribuyendo todo a los caprichos de mujeres. Las próximas semanas, mientras los niños esperaban su próxima visita de la Señora en Junio, les revelaron que tenían pocos creyentes, y muchos en contra en Aljustrel y Fátima.
         Enseñanzas espirituales de la Primera Aparición de la Virgen en Fátima
         -La Virgen se les aparece “vestida de blanco”, envuelta en una luz que “brillaba más fuerte que el sol” e “irradiaba unos rayos de luz clara e intensa, como una copa de cristal llena de agua pura cuando el sol radiante pasa por ella”. En el Apocalipsis se describe a la Virgen también como “una mujer vestida de sol”: “Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies…”. El sol representa a Dios y a su gloria; como la Virgen es la Llena de Gracia, en Ella habita ese Sol celestial que es Dios, y como Ella es la Inmaculada, es decir, La sin mancha de pecado original, Dios y su gracia se transparentan a través de Ella. Cuando un alma está en pecado, sea mortal o venial, como el pecado es una mancha oscura que envuelve al alma y la afea, envolviéndola como si fuera una densa nube negra, no deja transparentar a Dios y Dios no puede reflejarse en ella. En cambio la Virgen, como es Inmaculada y Llena de Gracia, deja transparentar la luz de Dios o más bien, a Dios que es Luz. Pero la luz que es Dios, no es como la luz del sol, o como la luz de las velas, o como la luz eléctrica, que no tienen vida: Dios es Luz, pero una luz viva, y una vida que es Amor, alegría y paz. Por eso, cuando Dios ilumina, el alma se siente inundada por el Amor, la paz y la alegría de Dios, además de experimentar una nueva vida, como les pasó a los pastorcitos. Esto se ve en lo que  experimentan los pastorcitos: no solo no tienen miedo cuando se les aparece la Virgen, quien les permite acercarse a tan sólo un metro y medio sino que, por el contrario, experimentan “confianza” y “felicidad”. Cuando los pastorcitos se acercan, lo hacen a “un metro y medio” de la Virgen, es decir, lo hacen a tan corta distancia, que “quedan envueltos” en esa luz, lo cual quiere decir que se encuentran ante la Presencia misma de Dios.
         -La Virgen les dice que Ella es “del cielo” lo cual, sumado al pedido del rezo del Rosario, da a entender, aunque todavía no lo diga, que el Rosario es una oración que viene del cielo, que es enseñada por el cielo, y que lleva al cielo. Este es el motivo por el cual la Virgen promete que el que rece el Rosario, se salvará. Cuando Lucía le pregunta si ella y sus primos se salvarán, la Virgen le dice que sí, pero que Francisco debe rezar primero “muchos Rosarios”, lo cual confirma que el Rosario es la escalera para ir al cielo.
         -En esta Aparición, la Virgen le comunica a Lucía que una de sus amigas, que ha fallecido a corta edad, está en el cielo, mientras que otra, que ha fallecido ya más grande, está en el Purgatorio. Nos confirma las verdades de la Iglesia y del Catecismo: el que muere sin purgar sus penas, es decir, con escaso amor a Dios en el corazón, debe ir al Purgatorio, en donde sus llamas le quemarán todo amor impuro, hasta el momento en que, purificado en el Amor, pueda estar en Presencia de Dios en el cielo.
         -La Virgen les pregunta, como antes hiciera el Ángel, si “aceptaban los sufrimientos que Dios les iba a mandar” para reparar las ofensas hechas a Él y para pedir por la conversión de los pecadores, y Lucía, en nombre de los tres, le contesta que sí. La Virgen les dice que “la gracia de Dios los acompañará  los fortalecerá”, y esto es así, porque no Dios no da nunca una prueba más grande que la que podemos sobrellevar, y cuando permite una prueba, da la gracia más que suficiente para que la podamos superar según su Voluntad.
         -Lucía relata que mientras la Virgen les hablaba sobre las pruebas, fueron envueltos por una “luz celestial que salía de las manos de la Virgen”, y que esa luz no solo tenía vida, sino que “era el mismo Dios”. En ese momento, sus inteligencias se iluminan acerca del misterio de Dios Uno y Trino, mientras que sus corazones se encienden en el Amor de Dios y en la Presencia Eucarística de Jesús y así son llevados, por un impulso interior de amor y adoración, a postrarse y repetir la siguiente oración: “Oh Santísima Trinidad, te adoramos. Mi Dios, mi Dios, te amo en el Santísimo Sacramento”. “Mi Dios, mi Dios, te amo en el Santísimo Sacramento”. La Eucaristía es Dios en Persona, y por eso debemos adorarla en todo momento, y mucho más cuando estemos delante del sagrario, o antes de comulgar. La comunión de rodillas es una expresión exterior, corporal, de adoración, que acompaña a la adoración y al amor interior expresados primero en el corazón.
         -La Virgen les pide el rezo del Rosario, como medio para traer la paz al mundo y el fin de la guerra”, y esto es así porque rezar el Rosario no es nunca repetir palabras al vacío, sino elevar el corazón y la mente a Dios, por medio de la Virgen, y Ella, que se llama Omnipotencia Suplicante, pide por nosotros a Dios. Como a la Virgen Dios no le niega nada, lo que nosotros pedimos en el Rosario, lo conseguimos. Eso explica que una simple oración como la del Rosario tenga más fuerza que miles de bombas atómicas en el mundo. Si las bombas atómicas tienen fuerza para destruir a las personas y al mundo, el Rosario tiene la fuerza del Amor de Dios, que hace estallar a los corazones en el Amor divino, y como dice la Biblia, “el Amor es más fuerte que la muerte”, el Amor del Rosario vence a la muerte de la guerra, y así es que por el Rosario, se vence a la guerra.
-Se empiezan a cumplir las promesas del Ángel y de la Virgen, de que “Dios les iba a mandar tribulaciones”, a las cuales ellos debían aceptar con paciencia. ¿El motivo? ¡La conversión de los pecadores! Cuando aceptamos una tribulación en nombre de Jesús y por medio de la Virgen la unimos a Jesús atribulado en la Cruz, esas tribulaciones, que son preocupaciones y angustias, Dios las cambia en bendiciones y gracias, porque debido a estas tribulaciones aceptadas y ofrecidas, con amor y paciencia, muchas almas, en muchos lugares del mundo, son iluminadas por la luz del Espíritu Santo y se convierten, es decir, comienzan a conocer y a amar a Jesús, como pasó en Pentecostés, y así dejan de caminar hacia el abismo de la eterna perdición, para comenzar a dirigir sus pasos hacia el Calvario, que es la Antesala del cielo.

viernes, 3 de mayo de 2013

El Evangelio para Niños: “Mi paz les dejo, mi paz les doy”




El Evangelio para Niños: “Mi paz les dejo, mi paz les doy”
(Domingo VI – TP – Ciclo C – 2013)
         Antes de subir a la Cruz, Jesús les deja a sus amigos un hermoso regalo: les regala su paz. ¿Qué es la paz? Podemos decir, por ejemplo, que es cuando entre los hermanos no hay peleas. O también cuando no hay peleas con los amigos, o los compañeros de la escuela. O también cuando en un partido de fútbol, hay paz entre los hinchas de dos equipos, porque están separados por el campo de juego y porque están en tribunas diferentes.
         Pero esa no es la verdadera paz, y no es la paz de Jesús. La paz de Jesús es la paz que nos viene desde la Cruz, que baja desde algo más grande que los cielos, el Sagrado Corazón de Jesús traspasado y entra en nuestros corazones. Ésa es la paz de Jesús, el perdón que nos da desde la Cruz.
         Cada vez que venimos a Misa, recibimos esa paz, porque la Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, pero invisible, y como por el sacrificio de la Cruz Jesús nos consiguió la paz de Dios, entonces también en la Misa la recibimos. Recibimos esta paz también cada vez que nos confesamos, porque en la confesión Jesús derrama sobre nosotros su Sangre, que nos limpia el alma y nos perdona los pecados. Recibimos esta paz cada vez que rezamos, porque rezar es hablar con Dios, que nos ama y nos abraza con su Amor cada vez que hablamos con Él. Recibimos la paz de Jesús cada vez que comulgamos, porque en la comunión recibimos al mismo Jesús en Persona, que nos regala su Corazón envuelto en el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
         En la Misa hay un momento para dar toda esta paz que recibimos, y es lo que se llama: "el saludo de la paz", cuando el sacerdote dice: "Démonos el saludo de la paz", pero no hay que salir a dar abrazos a medio mundo, porque no es como cuando alguien se encuentra con un amigo, o con un vecino. El saludo de la paz de la Misa, quiere decir que yo doy a mi hermano y prójimo la paz de Cristo, que es paz verdadera y espiritual, y por eso tiene que ser un saludo solo al que está al lado, y a nadie más.
         Por último, si yo recibo tanta paz de parte de Jesús, tengo que dar la paz a los demás, pero no solo en la Misa, en el saludo de la paz, sino en todo momento, dentro y fuera de la Misa, empezando por el hogar, por los seres queridos, y luego con todos. Por eso tengo siempre que preguntarme: si recibo la paz de Jesús en la Misa, ¿doy esa paz a los demás? Jesús no estará contento conmigo si salgo de Misa y hago perder la paz a los demás con mi mal carácter, con mi mal humor, o con mis malas acciones.
         Si amo a Jesús, entonces voy a dar a los demás lo que recibo de Jesús en la Cruz: la paz y el Amor de Dios.
        
         

miércoles, 1 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (I): Primera Aparición del Ángel de Portugal



Debido a que Su Santidad el Papa Francisco ha decidido consagrar su pontificado a Nuestra Señora de Fátima, presentaremos, Dios mediante, una serie de artículos en los que desarrollaremos las apariciones de la Virgen, acompañando las mismas con una breve reflexión, destinada a generar, incentivar y cultivar la vida espiritual y sobrenatural de los niños. Con respecto a las apariciones, hay que decir que la Virgen no se apareció inmediatamente en persona a los niños; como preparación a las apariciones de Nuestra Señora, se les apareció primero un ángel, quien se identificó como el "Ángel de Portugal" y "Ángel de la paz".

Al momento de las apariciones, en la Portugal rural del año 1916, era frecuente ver a los niños llevando a sus rebaños a pastorear. Esto es lo que los niños de las familias Marto y Santos estaban haciendo cuando se les apareció el ángel. Casi siempre eran Lucía Santos, Francisco Marto y su hermana Jacinta, los que con gusto tomaban esta responsabilidad agradecidos por la oportunidad de jugar al aire libre mientras las ovejas pastoreaban en silencio.  Los pastorcitos solían llevar a pequeños grupos de ovejas a pastorear en parcelas pertenecientes a sus padres en diferentes partes de la sierra, el altiplano en el que se encontraba el pueblito de Fátima (donde se encontraba la Iglesia parroquial) y Aljustrel (donde vivían los niños). Dos miradores favoritos eran las colinas que miraban a Aljustrel, cerca de un campo llamado Loca do Cabeco (Lugar de la Cabeza) y la Cova da Iria (Enseñada de Irene) a poca distancia de Fátima.

En estos lugares ocurrieron las apariciones que cambiarían el curso de la vida de estos niños y anunciarían eventos futuros que involucrarían a toda la humanidad.

        La primera aparición del Ángel

En la primavera de 1916 Lucía, Francisco y Jacinta tuvieron su primer encuentro con un ángel de Dios. En sus memorias, compuestas bajo obediencia a su obispo, Lucía nos cuenta sobre esa primera aparición: “Fuimos esa vez a la propiedad de mis padres, que está abajo del Cabeco, mirando hacia el este. Se llama Chousa Velha. Como a mitad de mañana comenzó a lloviznar y subimos la colina, seguidos de las ovejas, en busca de una roca que nos protegiera. Así fue como entramos por primera vez en el lugar santo. Está en la mitad de una arboleda de olivos que pertenece a mi padrino, Anastasio. Desde allí uno puede ver la aldea donde yo nací, la casa de mi padre y también Casa Velha y Eira da Pedra. La "Arboleda de los obispos", que en realidad pertenece a varias personas, se extiende hasta estos lugares. Pasamos el día allí, a pesar que la lluvia había finalizado y el sol brillaba en el cielo azul. Comimos nuestros almuerzos y comenzamos a rezar el rosario. Después de eso comenzamos a jugar un juego con guijarros. Pasaron tan solo unos segundos cuando un fuerte viento comenzó a mover los árboles y miramos hacia arriba para ver lo que estaba pasando, ya que era un día calmo, sin brisa. Luego comenzamos a ver, a la distancia, sobre los árboles que se extendían hacia el este, una luz más blanca que la nieve con la forma de un joven, algo transparente, tan brillante como un cristal en los rallos del sol. Al acercarse pudimos ver sus rasgos. Nos quedamos asombrados y absortos y no nos dijimos nada el uno al otro.
Luego él dijo: “No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo”. Él se arrodilló, inclinando su rostro hasta el suelo. Con un impulso sobrenatural hicimos lo mismo, repitiendo las palabras que le oímos decir: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”. Después de repetir esta oración tres veces el ángel se incorporó y nos dijo: “Oren de esta forma. Los corazones de Jesús y María están atentos a vuestras súplicas”.

Y desapareció. Nos dejó en una atmósfera de lo sobrenatural que era tan intensa que estuvimos por largo rato sin darnos cuenta de nuestra propia existencia. La presencia de Dios era tan poderosa e íntima que aún entre nosotros mismo no podíamos hablar. Al día siguiente, continuaba esta atmósfera, y fue disminuyendo gradualmente hasta desaparecer. Ninguno de nosotros pensó en hablar de esta aparición o hacer ningún tipo de promesa en secreto. Las palabras del ángel impactaron tan profundamente en nuestras mentes que nunca las olvidamos, hasta el punto en que pasábamos largos ratos de rodillas repitiéndolas, a veces hasta que nos caíamos exhaustos”.

        Sentido espiritual y sobrenatural de la primera aparición del ángel

-Se aparece a los niños, y no a adultos, y esto significa dos cosas: que todo el contenido del mensaje se debe apreciar con el espíritu de un niño, es decir, la sencillez y la inocencia, recordando las palabras de Jesús: “El que no se haga como niño no entrará en el Reino de los cielos”. Quiere decir no cuestionar con razonamientos humanos y tendenciosos el contenido del mensaje, así como un niño pequeño no cuestiona lo que su madre le dice. El otro motivo por el que se aparece a los niños es que el contenido del mensaje no debe ser ocultado a nadie, ni siquiera a los niños pequeños. Se habla de penitencia, de ayuno, de oración, de infierno, de conversión, y la que lo hace es principalmente la Virgen, quien incluso muestra a los niños y les hace sentir de cerca la experiencia del infierno. No se deben ocultar estas cosas a nadie, y menos a los niños.
            -Antes de la Virgen, se aparece un ángel de luz, como preparación a las apariciones de la Virgen. Los ángeles de luz son diferentes a los ángeles de la oscuridad: se los distingue porque siempre traen paz al corazón, además de conducirnos siempre a Dios y aumentar nuestro amor a Jesús y María, dejándonos el deseo de hacer oración. Lo contrario sucede con los ángeles de la oscuridad, los ángeles caídos, los demonios.
            -Cuando se les aparece a los niños, les enseña una oración que expresa el amor y la adoración a Dios. Por su parte, los niños han hecho bien todo lo que tenían que hacer; es decir, cuidar las ovejas, rezar el Rosario y jugar. Quiere decir que en todo momento se debe elevar el alma a Dios, aun en medio de las tareas cotidianas. Además, el Ángel se aparece a los niños que cumplen su deber de estado: ayudar en las tareas del hogar y de la familia -cuidan las ovejas-, rezar -están rezando el Rosario- y jugar -cuando se aparece el Ángel, están jugando "con guijarros".
           -Se identifica como "Ángel de Portugal", lo cual quiere decir que toda Nación -y también toda familia y todo grupo humano y toda sociedad humana- tiene un ángel, al cual hay que rezarle con devoción y con frecuencia.
           -Se identifica también como "Ángel de la paz", lo cual quiere decir que nos transmite la paz de Dios, la paz de Jesús, que no es la paz del mundo, sino la verdadera paz, la paz que nace del perdón que Cristo nos da desde la Cruz, y que es la paz que debemos transmitir a nuestros hermanos.
            -Siendo él un ángel de luz, y por lo tanto lleno de gracia y de amor, se postra con la frente en la tierra para adorar a Dios, en señal de humillación ante la majestad divina. Nos enseña a amar y adorar a Dios, ante quien únicamente el hombre debe postrarse en adoración. Una señal externa del amor y de la adoración externa es recibir la comunión de rodillas. Los ángeles de la oscuridad son soberbios y no aman a Dios, y por eso no se postran ante Él. Un santo vio al demonio con las rodillas para atrás, indicando que por su soberbia no se puede arrodillar ante Dios. Arrodillarse ante Jesús Eucaristía es una muestra de amor y adoración externa, que complementa el amor y la adoración interna que se tributa con el alma y el corazón.
            

sábado, 23 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños - Domingo de Ramos



         En este Domingo nos acordamos de cuando Jesús entró en la ciudad de Jerusalén, montado en un burrito. Cuando la gente que vivía en la ciudad se enteró que venía Jesús, salieron todos a recibirlo, porque Jesús les había hecho a todos milagros muy grandes: a algunos, les había curado su parálisis, a otros, los había hecho volver a ver, o hablar, u oír; a otros, los había alimentado el día ese que multiplicó milagrosamente los panes y los peces; a otros que habían muerto, los había hecho volver a la vida; a otros, les había expulsado los demonios, que los hacían sufrir muchos. Y así con todos los habitantes de Jerusalén. No había ni uno solo de esos habitantes, que no hubiera recibido un milagro de Jesús: unos más grandes, otros más pequeños, pero todos habían recibido un milagro, y muchos, la mayoría habían recibido varios milagros. Por eso los que vivían en esa ciudad, querían mucho a Jesús, y cuando supieron que llegaba como un Rey, montado en un burrito, salieron todos a cortar ramos de olivos y palmas, para saludar a Jesús, y se pusieron al lado del camino, cantando llenos de alegría. Con los ramos de olivos, querían decir que Jesús era Rey de paz, porque el olivo quiere decir “paz”, y con las palmas, querían decir que Jesús era el Mesías, el Salvador de todos los hombres, al que habían esperado por miles de años y que los profetas de Dios ya habían anunciado hacía mucho tiempo.
         Al paso de Jesús, le tendían las palmas en el camino, como haciendo una alfombra, y agitaban los ramos de olivos; además, todos cantaban cantos de alabanza y le decían: “¡Viva Jesús! ¡Viva el Mesías! ¡Viva el Salvador!”. Todos se acordaban de los milagros y dones que les había hecho Jesús, y estaban muy agradecidos y contentos, y por eso el Domingo de Ramos salieron a recibirlo con olivos y palmas, cantando alegremente.
         Pero algo pasó durante la semana porque el Viernes Santo, esa misma gente que había saludado a Jesús el Domingo con olivos y palmas y cantando con mucha alegría, ahora le decía cosas malas y lo insultaba y pedía que fuera crucificado. Y no sólo eso, sino que, cuando Jesús fue condenado a muerte, toda esa gente lo acompañó por todo el Camino que lleva al Calvario -llamado Via Crucis o Camino de la Cruz- empujándolo, gritando enojados, golpeándolo, pidiendo que lo crucifiquen.
         ¿Por qué la gente primero estaba contenta y después enojada?
         Vamos a saber lo que pasó cuando nos demos cuenta que esa gente somos nosotros: cuando estamos en gracia y somos amigos de Dios, somos como los vecinos de Jerusalén el Domingo de Ramos, porque recibimos a Jesús como a un Rey, que viene al alma por la fe, por el amor y por la comunión, y nuestro corazón es como la ciudad de Jerusalén, que recibe con amor y alegría a su Rey; en cambio, cuando hacemos alguna cosa mala, es decir, cuando cometemos un pecado, somos como aquellos del Viernes Santo, porque expulsamos a Jesús de nuestro corazón y lo crucificamos, porque el pecado repercute en el Cuerpo de Jesús, y así, un pecado pequeño, es una cachetada que recibe Jesús, mientras que un pecado mortal, son los clavos de hierro que atraviesan las manos y los pies de Jesús.
Si esto es así entonces, ¿qué le podemos prometer a Jesús? Le vamos a prometer que no vamos a ser como los del Viernes Santo, que lo querían crucificar, porque vamos a evitar las ocasiones de pecado, y le vamos a prometer que vamos a hacer todo lo posible para vivir en gracia siempre, para que nuestro corazón sea en todo momento como la ciudad de Jerusalén el Domingo de Ramos; que lo vamos a recibir en la comunión con amor y con cantos de alabanza y de alegría, que siempre va a ser nuestro Rey y Salvador y que, en agradecimiento, vamos a dar a todos las palmas y los ramos de olivos, es decir, que vamos a dar a todos los que nos rodean el amor y la paz de Jesús, nuestro Rey pacífico.

viernes, 19 de octubre de 2012

La Santa Misa para Niños XXVIII - El rito de la paz




         Sacerdote: Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Todos: Tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre, Señor.

Rito de la paz.

En esta parte de la Misa, el sacerdote les dice a los fieles que se den unos a otros el saludo de la paz. Muchos en la Iglesia, con buena intención, creen que es como cuando uno está en una fiesta y se encuentra con sus amigos, y así empiezan a saludarse unos a otros con besos, abrazos, y expresiones de amistad, como cuando uno se encuentra con un amigo.
El saludo de la paz no consiste en esto; en la Misa, el saludo de la paz solo por fuera se parece al saludo que damos a los amigos. En la Misa, el saludo de la paz debe darse sólo a quien se tiene al lado, sin las exclamaciones que se dan cuando uno se encuentra con un amigo, porque el saludo de la paz tiene otro significado que el saludo que damos en la calle: deseamos la paz a nuestro prójimo porque nosotros hemos recibido, desde la Cruz, la paz de Cristo, y con esa misma paz que nos dio Jesús, es con la que saludamos al prójimo.
La paz que damos en la Iglesia es una paz que, naciendo del Corazón de Jesús, que es Dios, y que está en la Cruz, desciende a nuestros corazones, y desde nuestros corazones se difunde a los demás.
Esta paz es tan grande, tan maravillosa, tan hermosa, que alcanza para darla a todos los que nos rodean, incluidos en primer lugar, aquellos que “no nos simpatizan” demasiado, por algún motivo.
¿Cómo puedo saber si la paz de Cristo, la que Él me ofrece desde la Cruz, está en mi corazón? Cuando yo soy capaz de dar esa misma paz –perdonando y pidiendo perdón, según el caso- a todo prójimo, pero sobre todo a los que están más enemistados conmigo. Si no soy capaz de dar la paz de Jesús, porque guardo algún resquemor hacia alguien, eso quiere decir que no he dejado entrar a la paz de Jesús en mi propio corazón, y como no tengo su paz, no puedo darla a nadie. Es por esto que Jesús nos dice: “Mi paz les dejo, mi paz les doy”, porque Él nos da su paz, pero para que sea verdaderamente nuestra, debemos dejarla entrar en el corazón, y dejar que esa paz reine dentro nuestro, y como la paz de Jesús es más grande que cualquier enojo que tengamos, al entrar la paz de Jesús en nosotros, saldrá el enojo, nuestro corazón quedará lleno de su paz, y entonces sí podremos dar la paz de Jesús a los demás.
Es muy importante que en esta parte de la Misa nos acordemos de las palabras de Jesús: “Mi paz os dejo, no como la da el mundo” (cfr. Jn 14, 27-31).
La paz que da Jesús no es como la del mundo, sino que da la paz de Dios, que es su paz, porque Él es Dios. Y si es la paz de Dios, ¿cómo es esta paz? Es la paz del corazón, una paz profunda, como cuando alguien está en la cima de una montaña, en donde no hay ruido de tránsito, ni bocinazos, ni gritos, ni se escucha la televisión a todo volumen, ni hay música que aturde. En la cima de la montaña todo es silencio, y se puede ver la armonía y la hermosura de la Creación, se puede admirar la fantasía creadora de Dios, y su grandísima inteligencia y su enorme bondad, que todo lo ha creado para que el hombre lo disfrute; en la cima de la montaña no se escucha todo el barullo del mundo; sólo hay silencio y sólo se escucha el murmullo suave del viento, y en ese silencio se puede escuchar la voz de Dios, que habla en el silencio, y que no está en el fuego, en el estrépito o en el terremoto, sino en el delicado soplo de la brisa. Como esto es la paz que nos da Jesús en el corazón, y es esa misma paz la que debemos dar a nuestro prójimo.

miércoles, 8 de junio de 2011

La Consagración a la Virgen para Niños y Adolescentes 1a Semana




Consagración a la Virgen para Niños y Adolescentes 1ª semana

PARTES O ETAPAS

Nos consagramos a la Virgen según el método de San Luis María Grignon de Montfort. La Consagración se divide en cuatro Partes o Etapas, que tienen que ser hechas paso a paso, sin adelantarse en nada.
Es cierto que podemos realizar una consagración de una forma espontánea rezando alguna oración frente al sagrario, o cada día de nuestra vida, al terminar el rosario, etc., pero hacer la consagración de esta otra manera, en cuatro partes o etapas, nos ayuda a ser más conscientes de qué es lo que entregamos a la Virgen y qué es lo que buscamos con esta entrega.

La primera Etapa, tiene como finalidad apartarse del Espíritu del Mundo. Ya veremos qué quiere decir esto, pero adelantamos algo diciendo que se trata de apartar todos los obstáculos que se interponen entre nosotros y la Virgen (tal como sucede en una carrera de obstáculos, que hay que ir superando, para llegar a la meta, así es con el espíritu del mundo: hay que superarlo, para llegar a María). Esta etapa es la que más tiempo dura, 12 días, porque el mundo tiene mucha influencia sobre nosotros y es difícil apartarnos de su acción sobre nuestras almas y el camino de salvación.

La segunda Etapa, es el Conocimiento de uno mismo. Tenemos que conocernos a nosotros mismos, para saber bien qué es lo que le entregamos a la Virgen. Lo bueno y lo malo, pecados anteriores, logros y anhelos, virtudes, talentos. Esta etapa dura 7 días.

La Tercera Etapa, nos habla del conocimiento de la Santísima Virgen. Es para conocer más a esa Madre tan amorosa y dulce que es la Virgen, en cuyos brazos nos vamos a arrojar.
Seguramente que en todo este tiempo, en nuestras vidas, la hemos nombrado, le hemos rezado, hemos besado sus imágenes, pero de lo que se trata ahora, es de conocerla más íntima y profundamente, y para eso es esta última etapa.

La Cuarta Etapa es para conocer a Jesús. Es verdad que es imposible conocer a Jesús en 7 días, pero tenemos una ventaja: la que nos presentará a su Hijo, y nos lo hará conocer, ¡es la Mamá de Jesús, la Virgen!, y Ella hará que lo conozcamos como nunca antes lo habíamos conocido. Y lo más importante, nos va a dar del amor de su Corazón Inmaculado, para que amemos a su Hijo con su mismo amor. De esta manera, conociendo a Jesús en esta vida, nos vamos preparando para el encuentro con Él en la hora de nuestra muerte, en donde lo veremos cara a cara y, por su misericordia, viviremos en el cielo para siempre, con Él y con la Virgen.

Primera Parte

Temas: 1. El desapego del espíritu del mundo. 2. Por qué consagrarnos a la Virgen. 3. Esta vida es como quien va de viaje a un lugar hermoso, y solo María conoce el Camino, su Hijo Jesús. 4. Jesús, siendo Dios omnipotente, quiso ser llevado en brazos por la Virgen, y como Jesús es nuestro modelo, nos consagramos para estar en los brazos de la Virgen. 5. Oraciones para rezar la Primera Semana de la Consagración.

1. El desapego del mundo.

¿Qué es el “mundo”, o también “espíritu del mundo”? Primero, veamos lo que no es: no es el mundo “creado” por Dios: las montañas, los mares, el cielo, los animales, las personas, el sol, los planetas, porque este “mundo” es esencialmente BUENO, porque fue creado por Dios, y Dios no hace ni crea nada malo.
En cambio, llamamos “mundo” o “espíritu del mundo”, a todo aquello que se opone a Dios, y que sí es malo. El “espíritu del mundo” se opone al Espíritu de Dios, y por eso es malo. Debido a que nosotros crecemos y vivimos en el espíritu del mundo, nos cuesta mucho reconocerlo, y por eso la primera semana de la Consagración, se destina a reconocer ese espíritu mundano que nos aleja de Dios. Por la consagración, buscamos alejarnos del espíritu del mundo, y acercarnos al Espíritu de Dios.
¿Qué cosas forman el espíritu del mundo?
Por ejemplo: buscar siempre la comodidad, el pasarla bien, el placer, el tener muchas cosas, la gran mayoría de ellas, inútiles; evitar el sacrificio, el trabajo, el orden, porque eso cuesta mucho y exige esfuerzo. El espíritu del mundo, nos deja seguir con nuestro corazón malo, sin tener que convertirnos, y por eso atrae más, porque es más fácil. El espíritu del mundo fomenta el egoísmo del corazón, porque hace pensar solo en uno mismo, sin que nos importe de los demás. Es como una nube oscura, que se asienta sobre la persona, y la hace ser mala y egoísta, y también triste, porque el egoísta nunca está alegre. El espíritu del mundo nos hace ser soberbios y desobedientes, y nos aleja de la gracia de Dios.
Es muy fácil tener el espíritu del mundo, y por ahí estamos tan acostumbrados a estar en él, que no nos damos cuenta. El espíritu del mundo está muchas veces como “pegado” a nosotros, y nos tenemos que despegar de él, para empezar a ser iluminados por el Espíritu de Dios.
El Espíritu de Dios, por el contrario, nos estimula al esfuerzo, al sacrificio, al trabajo, al orden, y en consecuencia, a la alegría, porque “Dios es Alegría infinita”, dice Santa Teresa de los Andes. El Espíritu de Dios es como una paloma blanca, que viene al corazón cuando este es como una luz; o también es como una luz grande, que produce paz y alegría en el corazón. El Espíritu de Dios nos hace ser humildes, obedientes, y mansos de corazón, como Jesús, y llena nuestros corazones de la gracia, de la luz y del amor de Dios.
Es muy difícil tener el Espíritu de Dios, y por eso nos consagramos a la Virgen, porque el Espíritu de Dios viene sólo por medio del Corazón Inmaculado de la Virgen.

2. ¿Por qué consagrarnos a la Virgen?

Porque dicen los santos que si queremos ir al cielo, el modo más seguro para llegar, es por medio de la Virgen. Dicen que, si intentamos llegar a Jesucristo -que es el Camino al cielo- por nosotros mismos, con toda seguridad, Él nos rechazará, ya que somos muy imperfectos, y también estamos llenos de cosas vanas y de pecados, pero si recurrimos a la Virgen, Ella nos tomará en sus brazos, como a niños pequeños, y nos presentará, limpitos y arropados, a su Hijo Jesús, y así Jesús no nos rechazará. Nos consagramos a la Virgen para que Ella nos lleve, desde su Corazón Inmaculado, al Corazón de su Hijo Jesús.

3. Estamos de viaje, y tenemos que preparar las valijas.

¿A quién le gusta salir de vacaciones a un lugar lindo? Por supuesto que a todos. Capaz que hay alguno que prefiera, en las vacaciones, quedarse a estudiar, encerrado, pero bueno, creo que la mayoría prefiere salir de vacaciones a algún lugar lindo, y cuanto más lindo, mejor. ¿Qué lugares lindos hay para ir de vacaciones? Hay muchos lugares muy lindos: Salta, Jujuy, Córdoba, Mendoza, la Patagonia, y también algunos lugares de nuestra propia provincia. El mar, la playa, la montaña, los cerros, los parques de diversiones, etc., son todos lugares para conocer y disfrutar.
Es muy lindo ir de vacaciones, porque en las vacaciones paseamos, tomamos helados, jugamos a los jueguitos, estamos más tiempo con mamá, papá y los hermanos. En vacaciones la pasamos muy bien, lástima que por ahí son un poco cortas, aunque hay algunos que hacen al revés: no estudian durante todo el año, porque se la pasan de vacaciones, y estudian en las vacaciones, con todo el calor encima, porque no estudiaron nada durante el año. Lo mejor es estudiar durante todo el año, para así poder disfrutar tranquilos de las vacaciones.
Para salir de vacaciones, tenemos que hacer las valijas, para saber qué cosas vamos a llevar, y después ponernos en camino: saber de dónde salimos, y adónde vamos, y para eso tenemos que ver un mapa. Nadie, que quiera ir a Mar del Plata, por ejemplo, llega “por casualidad”; hay que conocer el camino por donde vamos a ir.
¿Y qué tiene que ver esto con la Consagración a la Virgen?
Tiene que ver, porque en esta vida, estamos como quien está de viaje; desde que nacemos, vivimos en esta vida como alguien que se prepara para ir a un lugar muy, pero muy lindo, en donde vamos a estar como si estuviéramos en vacaciones, pero para siempre, porque es un lugar hermosísimo, en donde la felicidad y la alegría, la paz, el amor, no terminan nunca, y siempre hay cada vez más, y cada vez más y más felicidad, alegría, paz, amor, para siempre, para siempre. Al revés de las vacaciones de la tierra, que alguna vez se terminan –y por ahí se arruinan un poco, cuando llueve, o hace mal tiempo-, este lugar, al que tenemos que ir, no se termina nunca, y no se arruina nunca.
Ahí estamos mucho, mucho más felices, que cualquier día feliz que tengamos en esta tierra. Ese lugar es el cielo, donde viven Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Antes de subir a la cruz, Jesús nos dijo que en la Casa de su Padre, había muchas habitaciones -y la Casa del Papá de Jesús es hermosísima, y grandísima, como si fueran mil mansiones juntas, y más grandes todavías, y el paisaje es más lindo que Bariloche-, y que Él iba a prepararnos una habitación en esa Casa de su Papá. Para que nos demos una idea, una habitación de esa casa, es más grande que toda la Argentina junta. ¡Y todo eso, y más todavía, para nosotros!
Esta vida es entonces como quien está de viaje para ir de vacaciones –y quedarse a vivir para siempre- en un lugar hermosísimo, en una Casa grandísima y hermosa, la Casa de Dios Padre.
Y como cuando vamos de vacaciones, tenemos que saber adónde vamos, y tenemos que conocer el camino, así también en esta vida. Ya sabemos adónde vamos: al cielo, a encontrarnos con Dios Padre, en su Casa, y también nos vamos a encontrar con Dios Hijo, con Dios Espíritu Santo, con la Virgen, y con todos los santos y los ángeles, que viven también en el cielo.
Sabemos dónde tenemos que ir, y sabemos también cuál es el camino: Jesús es el camino, porque Él dijo en la Biblia: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Sabemos dónde vamos, y sabemos el camino, que es Jesús. Entonces nos preguntamos: ¿cómo hacemos para no equivocarnos de camino? Consagrándonos a la Virgen, porque Ella es la Única que sabe cómo llegar, porque Ella ya recorrió ese Camino. Es más, Ella fue la que ayudó a Dios Padre a construir ese Camino, porque Ella recibió a su Hijo Jesús en su vientre virginal; Ella crió a su Hijo Jesús, y lo acompañó cuando era joven, cuando era grande, y estuvo al lado suyo hasta que murió en la cruz.
La Virgen María es la que nos muestra el Camino; Ella nos conduce, en medio de la noche, y nos ilumina nuestros pasos, para que transitemos seguros por el Camino que lleva al cielo, Cristo Jesús.
Nos consagramos a la Virgen, a su Corazón Inmaculado para que, tomados de su mano, como un niño pequeño se toma de la mano de su mamá, caminemos el camino de la vida, para llegar al cielo, a la felicidad eterna, en donde veremos cara a cara a Dios Padre, a Dios Hijo, y a Dios Espíritu Santo.

4. Queremos estar en los brazos de la Virgen.

Pero hay otro motivo más por el cual, como niños y jóvenes, debemos consagrarnos a la Virgen, lo que es igual a ser llevados por Ella en sus brazos: porque Jesús, siendo quien era, Dios omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, Creador del mundo visible y del invisible, eligió a la Virgen, para ser protegido por Ella, y para ser llevado por Ella en brazos, cuando era niño, y para ser educado por Ella, cuando era joven. Y si Jesús eligió tener por Mamá a la Virgen, entonces nosotros, que queremos ser como Jesús, también la elegimos a Ella, y nos consagramos a su Inmaculado Corazón, para vivir dentro de él.

5. Tarea para la Primera Semana de la Consagración: rezar al Espíritu Santo todos los días, pidiendo la gracia de saber cuál es el "espíritu del mundo" que me aparta del cielo.

Oraciones para rezar cada día
Nos ponemos en presencia de Dios y hacemos silencio por unos momentos
Nos hacemos la señal de la cruz.
Oración al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo,
Danos tu amor.
Ven a nuestras vidas, ven Santo Espíritu
Ven a nuestros cuerpos, ven Santo Espíritu (tres veces)

Recemos un Padrenuestro, un Ave María y un Gloria

Oración a Jesús
Jesús, yo creo en Ti, Jesús, Te adoro
Jesús, yo espero en Ti y Te amo
Jesús, perdón por los que no creen en Ti,
y no Te adoran, no esperan, y no Te aman.

Oración a la Virgen María
Te elijo hoy, oh María,
en presencia de toda la corte celestial
por Madre y Reina mía.

Invocación
Oh María, Reina de la Paz y la Reconciliación
Ruega por nosotros y por el mundo entero.