Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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domingo, 16 de abril de 2017

El Evangelio para Niños: Jesús resucitó


(Domingo de Resurrección – Ciclo A - 2017)

         El Domingo de Resurrección, la Iglesia está de fiesta, una fiesta que es más grande todavía que Navidad. ¿Por qué? Porque Jesús resucitó. ¿Qué quiere decir “resucitó”?
         Para saberlo, recordemos qué pasó el Viernes Santo: después de estar tres horas crucificado, es decir, clavado en la cruz sus manos y sus pies con tres clavos de hierro, Jesús murió y su Cuerpo fue llevado a un sepulcro nuevo, excavado en la roca.
Hagamos de cuenta que nosotros estamos dentro del sepulcro, junto con Jesús: Jesús está tendido sobre la roca, y el sepulcro está todo oscuro, en silencio y frío. Así pasó todo lo que quedaba del día del Viernes Santo y todo el Sábado Santo, hasta que el Domingo a la mañana, bien tempranito, vemos algo: a la altura del Corazón de Jesús, comienza a brillar una luz, que es muy pequeñita primero, pero que va creciendo y va recorriendo todo el Cuerpo de Jesús, y a medida que lo recorre, le va devolviendo la vida, hasta que todo el Cuerpo de Jesús está lleno de luz y de vida, y Jesús se levanta del sepulcro, vivo y glorioso, resplandeciente, con una luz que brilla más que miles de soles juntos. Si antes había silencio en el sepulcro, ahora se escuchan, primero, los latidos del Corazón de Jesús y, después, los cantos de los ángeles; si antes estaba oscuro, ahora todo brilla con la luz de la gloria de Dios, que sale del Cuerpo vivo de Jesús; si antes estaba frío, ahora lo invade todo el calor del Amor de Dios. Y nosotros, que estamos ahí en el sepulcro, nos alegramos y nos arrodillamos, para adorar a Jesús, que ha resucitado. Esto es lo que sucedió el Domingo de Resurrección: Jesús volvió a la vida, pero una vida distinta a esta que tenemos, porque su Cuerpo adquiere poderes especiales: es luminoso, puede atravesar puertas y paredes –cuando resucita, no se saca la Sábana Santa como lo hacemos cuando nos levantamos de dormir, sino que atraviesa la Sábana Santa y deja su imagen allí impresa-, no sufre ni siente dolor, no envejece y, lo más importante, ¡no muere más!
Pero lo más lindo de todo es que este Jesús resucitado, con su Cuerpo así glorioso y lleno de la vida, la luz y el Amor de Dios, viene a nosotros en cada comunión eucarística, para darnos esa misma luz, que es su Vida eterna, como una semilla, para que ya tengamos, como en germen, la resurrección, para que también nosotros seamos capaces de resucitar junto con Él. Cuando resucitemos, nuestro cuerpo tendrá los mismos poderes de Jesús: estará lleno de luz, no sufrirá, podremos atravesar puertas y paredes, y estaremos llenos de la gloria y del Amor de Dios. ¿Por qué hace todo esto Jesús? Porque Él quiere que nosotros estemos con Él en el cielo, y es para eso que, en cada comunión, nos da la vida eterna como en germen, como en semilla. Esto es entonces lo que festejamos en la Resurrección: que Jesús ha vencido a la muerte, que está con su Cuerpo glorioso en la Eucaristía, y que cuando comulgamos, recibimos su vida eterna en germen, para después poder resucitar. Cada vez que comulguemos, nos acordemos entonces de cómo resucitó Jesús el Domingo de Resurrección, y le agradezcamos, con todo el amor del que seamos capaces, que haya resucitado y que nos dé su vida eterna y su Amor en cada comunión.


domingo, 7 de septiembre de 2014

El Evangelio para Niños: “Donde dos o tres rezan juntos, Yo estoy en medio de ellos”


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2014)
     En este Evangelio, Jesús nos dice qué es lo que pasa cuando dos, tres, o más personas, se ponen a rezar juntos: ¡Él mismo viene desde el cielo y se queda en medio de ellos! Así lo dice Jesús: “Donde dos o tres rezan juntos, Yo estoy en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). 
Y esto quiere decir, entonces, que también viene la Virgen María, porque donde está Jesús, está la Virgen, porque Jesús y la Virgen son inseparables: adonde va Jesús, ahí va la Virgen, y adonde va la Virgen, ahí va Jesús. Entonces, si muchas personas se ponen a rezar juntas, y Jesús baja del cielo para estar junto con esas personas, la Virgen baja junto con Jesús. 
Pero también pasa otra cosa: como Jesús es el Rey de los ángeles, y como la Virgen es la Reina de los ángeles, junto con Jesús y la Virgen, vienen también, desde el cielo, los ángeles de luz, los ángeles buenos, y entonces todo el lugar en donde se reza, se llena de ángeles de luz, que iluminan las mentes y los corazones de los que rezan, con la luz de Dios. Y si vienen los ángeles, también vienen los santos, porque ellos también están en el cielo, junto con Jesús y con la Virgen, y ellos traen todavía más luz de Dios y más Amor de Dios para los que rezan. 
El Evangelio de este domingo nos hace ver entonces que es muy hermoso rezar con nuestros hermanos, porque por la oración con nuestros hermanos –con los papás, con los hermanos, con la familia, con los amigos-, vienen Jesús, la Virgen, los ángeles y los santos. 
¡Qué hermoso es rezar! Rezar no es, como dicen muchos, ni aburrido, ni triste, porque, aunque no los vemos, porque son invisibles a los ojos del cuerpo, cuando rezamos, vienen y están junto a nosotros, dándonos el Amor y la luz de Dios, Jesús y la Virgen, y junto con ellos, los ángeles y los santos de Dios, porque así lo dice Jesús: “Donde dos o tres rezan juntos, Yo estoy en medio de ellos”. 
¡Recemos todos los días, para que todos los días, Jesús, la Virgen, los ángeles y los santos, estén con nosotros, dándonos la luz y el Amor de Dios!


          

jueves, 12 de diciembre de 2013

El Adviento para Niños: 3er Domingo de Adviento: Día de Alegría

Niños alegres esperando al Niño Dios que viene para Navidad


(Ciclo A - 2013-14)
         El tercer domingo de Adviento se llama también “de la alegría” y por eso el sacerdote cambia el color de la casulla, que en vez de ser violeta o morado, que significa “penitencia”, usa el blanco o el rosado, que significa “alegría”.
         ¿Por qué se cambia el color morado por el blanco o rosado?
         Porque cada día de Adviento que pasa, nos acercamos más y más a la Navidad, al Nacimiento de Dios que viene como Niño y esto nos llena de alegría porque “Dios es Alegría infinita”, como decía una santa que se llamaba Santa Teresa de los Andes. Cada día que pasa, es como que sentimos que el corazón late más y más rápido por la emoción y la alegría de saber que Dios, que es Alegría infinita, viene para estar con nosotros. Se puede decir que aunque todavía no estamos en Navidad, es como que ya empezamos a sentir la alegría de Dios que nace como un Niño de una Madre Virgen. A medida que nos acercamos a la Navidad, empezamos a sentir en la Iglesia la Alegría de Dios, a Dios, que es Alegría, y por eso expresamos nuestra alegría con el cambio de color de las vestimentas litúrgicas. En este Domingo de Adviento, comenzamos a sentir la alegría que sintieron los ángeles y los pastorcitos en Belén, cuando después del Nacimiento del Niño Dios en Belén, fueron a adorarlo.
Pero hay algo que nos hace estar todavía más alegres que los ángeles y los pastorcitos, porque si en ese entonces ellos se alegraron porque Jesús nació en un Portal de Belén, cuánto más nos tenemos que alegrar nosotros, porque Jesús va a nacer ¡en nuestros corazones!

El tercer Domingo de Adviento es entonces un día de alegría, de mucha alegría, una alegría que hace que nuestros corazones comiencen a latir cada vez más rápido y más fuerte por la emoción de saber que el Niño Dios va a nacer en el Nuevo Portal de Belén, nuestro corazón, y también estamos alegres porque sabemos que cuando venga, el Niño Dios nos va a traer muchos regalos, los regalos de su Corazón, que son su Amor, su Paz, su Luz y su Alegría. Entonces, todos juntos le decimos: "¡Ven, Niño Dios, alegres esperamos que nazcas en nuestros corazones!".

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Evangelio para niños: “En el cielo nadie se casa porque todos son como ángeles”


(Domingo XXXII – TO – Ciclo C – 2013)
         En este Evangelio, Jesús nos cuenta cómo es el cielo: en el cielo, no hay casamientos, porque todos los que están en el cielo “son como ángeles” y por eso no hay necesidad de casarse (cfr. Lc 20, 27-38).
         ¿Qué quiere decir “ser como ángeles”? Quiere decir tener un cuerpo, este mismo cuerpo, pero resucitado, sano y sin ninguna enfermedad, lleno de la luz y de la gloria de Dios.
¿Cómo es un cuerpo “resucitado”? Es un cuerpo que no siente cansancio ni necesidad de dormir; tampoco experimenta hambre ni sed, y por eso no hay necesidad en el cielo de comer papas fritas ni tomar gaseosa, porque ya no hay más hambre ni sed; puede atravesar las paredes, como hizo Jesús cuando, después de resucitar el Domingo de Resurrección, entró en la habitación donde estaban los discípulos con la puerta cerrada; es un cuerpo que se puede mover muy rápido, basta pensar con ir a un lugar, para ya estar ahí en ese mismo momento; es un cuerpo que ya no se enferma, ni tiene fiebre, ni envejece, y es siempre joven; tampoco siente ningún dolor y, lo más importante de todo, está unido a su alma, que está siempre feliz, alegre, contenta, porque está siempre mirando a Tres Personas hermosas, las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, y eso le causa una gran alegría, tanta, que no puede creer de tanta alegría que tiene.
¿Y quiénes son los que resucitan?

Los que mueren en gracia de Dios, porque la gracia santificante es como una lucecita en el corazón, que no se ve en esta vida, pero que en el momento de la muerte, empieza a volverse cada vez más grande, hasta ocupar todo el cuerpo, y a medida que va ocupando el cuerpo, lo va llenando de la vida, de la luz y de la gloria de Dios, hasta que el cuerpo queda todo lleno de luz, y esto es lo mismo que le pasó a Jesús el día que, con sus propias fuerzas, después de haber muerto el Viernes Santo, resucitó el Domingo de Resurrección. El que resucita es el que está unido a Jesús por la gracia, por la fe y por el Amor, y nadie puede resucitar para ir al cielo, sino es por la gracia de Jesús, y por eso es tan importante vivir y morir en gracia de Dios. Los que no están en gracia de Dios, también resucitan, pero su cuerpo, en vez de ser un cuerpo de luz, es un cuerpo oscuro, como el carbón, y como no están en gracia, nunca van a poder entrar en el cielo; esos van a un lugar donde no está Dios, y es el Infierno. El que va a ese lugar, es porque eligió morir en pecado y no en gracia de Dios. Por eso hay que rezar todos los días, pidiendo la gracia de la perseverancia final en la fe y en las buenas obras, para morir en gracia y resucitar y así, con el cuerpo y el alma llenos de la luz y de la gloria de Dios, entrar en la Casa del Padre para siempre.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Apariciones de la Virgen en Fátima explicadas para Niños (V) - Segunda Aparición de la Virgen

La Segunda Aparición de la Virgen ocurrió el 13 de junio de 1917, y al igual que había sucedido en la Primera, los pastorcitos notaron nuevamente un resplandor, al que llamaban relámpago, pero que no era propiamente tal, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Como la Virgen les había anticipado que se les aparecería en ese día y en ese lugar, había un grupo de personas, alrededor de cincuenta, que se encontraban con los niños. Los espectadores notaron que mientras los pastorcitos dialogaban con la Virgen, la luz del sol se obscureció. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un poco antes de que Lucía hablara. Durante el diálogo de Nuestra Señora con los videntes, algunos oyeron un susurro como si fuese el zumbido de una abeja.
El diálogo entre la Virgen y Lucía fue así:
-Lucía: “¿Vuestra Merced qué quiere de mí?”
NUESTRA SEÑORA: “Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero”.
Lucía pidió la curación de una persona enferma.
NUESTRA SEÑORA: “Si se convierte, se curará durante el año”.
Lucía: “Quería pedirle que nos llevara al cielo”.
NUESTRA SEÑORA: “Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve. Pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas como flores puestas por mí para adornar su trono”.
Lucía: “¿Y me quedo aquí sola?”
NUESTRA SEÑORA: “No, hija. ¿Y tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. Al decir estas últimas palabras -cuenta la Hna. Lucía- abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de Nuestra Señora había un corazón rodeado de espinas que parecía se le clavaban por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación.
Cuando se desvaneció esta visión, la Señora, envuelta todavía en la luz que de Ella irradiaba, se elevó del arbusto sin esfuerzo, suavemente, en dirección al este, hasta desaparecer del todo. Algunas personas más próximas notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección, como si los vestidos de Nuestra Señora los hubiesen arrastrado. Sólo algunas horas más tarde volvieron a su posición natural”[1].

        


Enseñanzas espirituales de la Segunda Aparición de la Virgen
         -Al mismo tiempo que se aparece la Virgen, precedida por un resplandor, la luz del sol se oscurece. La Virgen aparece envuelta en una luz más brillante que el sol, porque es la “Mujer revestida de Sol”, de la que habla el Apocalipsis; Ella, por ser la Purísima Inmaculada, es la Llena de gracia y en Ella inhabita la Santísima Trinidad, y como Dios es luz, una luz más brillante que miles de millones de soles juntos, comparada con esta luz, la luz del astro sol es como una sombra. La Virgen, que es Inmaculada, es decir, no tiene la más pequeñísima sombra de pecado o de malicia, transparenta en sí misma la luz de Dios, a Dios, que es luz, y por eso cuando Ella se aparece, la luz del astro sol palidece. Esto es lo que significa que los testigos hayan declarado que “la luz del sol se había obscurecido”. Otro detalle que declararon los testigos fue que los brotes de la copa de la encina, donde se posó la Virgen, parecían doblados bajo un peso, y que cuando la Virgen se retiró, esos brotes se movieron como si hubieran sido arrastrados por el vestido de la Virgen. Esto es para indicar la realidad del cuerpo humano glorificado en la otra vida: sigue siendo el mismo cuerpo humano que poseemos aquí, pero glorificado –para los que van al cielo-. Que hayan escuchado como el zumbido de una abeja, significa que los diálogos del cielo los escuchan y entienden sólo aquellos que el cielo quiere que escuchen y entiendan.
         -Lucía, respetuosamente, le pregunta a la Virgen qué es lo que desea la Virgen que haga ella, y eso es lo que todos debemos preguntarle a la Virgen -aunque no se nos aparezca visiblemente- todos los días de nuestra vida, al levantarnos, durante el día, al acostarnos: “Virgen María, Madre mía, ¿qué es lo que quieres que haga? ¿Qué quieres de mí?”. No hay nada más gozoso que obedecer a las órdenes de la Virgen, porque son las órdenes del mismo Dios en Persona, que es Amor y solo Amor.
         -La Virgen le responde que quiere que regrese el mes siguiente, al mismo día, y que “recen el Rosario todos los días”. A nosotros nos pide que regresemos a su presencia, es decir, que la tengamos presente, no recién el mes que viene, sino todos los días, y esto por medio del rezo del Santo Rosario. Rezar el Rosario es ponernos en presencia de la Virgen, que escucha cada Avemaría que pronunciamos, recibiendo a cada Avemaría recitado con amor en su Corazón Inmaculado como lo que es, una rosa espiritual. A la Virgen, como a toda madre, le gustan las flores y especialmente las rosas; rezar el Rosario es entregarle rosas espirituales, una por cada Avemaría. La Virgen quiere que le regalemos un rosal de rosas espirituales cada día, y para eso nos pide que recemos el Rosario.
         -Lucía le pide la curación de una “persona enferma”, y la Virgen le dice que “si se convierte”, se curará en ese año. Aunque no siempre es así, en este caso, la curación del cuerpo enfermo depende de la conversión del alma. Convertirse es volver el rostro del alma a Dios, que es Sol de justicia, que con sus rayos ilumina y con su luz da de su Vida, de su Amor, de su paz y de su alegría. Pero Dios no puede iluminar y comunicarse a quien no lo quiere, por eso es necesaria la conversión, es decir, el volver el rostro del alma a Dios. La conversión es como el movimiento que hace el girasol, que de noche está cerrado y de espaldas al sol, inclinado hacia la tierra, pero cuando amanece y sale el sol, el girasol abre su corola, se vuelve hacia el sol y lo sigue en su recorrido por el firmamento; de igual manera, un alma no convertida, vive en la obscuridad del pecado, y su rostro está inclinado a las cosas bajas, a las cosas de la tierra; la conversión es cuando la Virgen intercede para que la luz de la gracia amanezca en su corazón y así se vuelva capaz de elevarse por encima de las cosas de la tierra, abriendo los ojos del alma a Jesús, Sol de justicia, y contemplándolo con Amor e imitando su vida. Esto es lo que la Virgen pide, la conversión del alma, para que después se cure el cuerpo, porque de nada sirve un cuerpo sano si el alma está enferma, con el cáncer incurable del pecado mortal.
         -Lucía le pide que “los lleve al cielo”.
         -La Virgen le dice que sí, pero primero los llevará a Jacinta y a Francisco, y a Lucía la dejará un tiempo más, para que la haga conocer y amar y para que  dé a conocer la mundo la devoción a su Inmaculado Corazón. Al que sea devoto de su Inmaculado Corazón, Ella le promete la salvación, y le dice que esas almas serán amadas de Dios como flores puestas por Ella para adornar su trono. El motivo es que el Corazón de la Virgen es como un Jardín hermosísimo, siempre florecido; son las virtudes de Ella y de Jesús, que despiden perfumes y fragancias exquisitos, desconocidos para el hombre. El que se consagra a la Virgen y se esfuerza por imitar sus virtudes y por vivir en gracia, no solo nunca es alcanzado por la pestilencia del pecado, sino que convierte su corazón en una imitación del corazón de la Virgen. Un corazón en pecado es como un desierto árido, lleno de alimañas, de víboras venenosas, de alimañas, escorpiones, arañas, roedores; un corazón que no ama a la Virgen es como un bosque oscuro, frío, tenebroso, habitado por extrañas y horribles creaturas monstruosas. En un corazón así, no entra la luz de la gracia, y es ocupado por los siniestros ángeles caídos. Por el contrario, el que se consagra a la Virgen, adorna su corazón con la luz y la gracia de Dios, y hacen de él un lugar tan agradable, que hasta el mismo Dios quiere venir a habitar en él.
         -La Virgen le dice que su Corazón Inmaculado será dos cosas: “refugio” y “camino que conduce a Dios”. “Refugio”, porque el mundo está bajo el maligno, como dice San Juan, y por eso hay tanta violencia, tanto engaño, tanta mentira. El mal asola el mundo, y los demonios acechan para hacer caer en sus perversas trampas, a cada momento. El mundo bajo el maligno es como un tornado gigantesco que devasta y destruye todo a su paso; el único refugio seguro es el Corazón Inmaculado de María. Es también el único “camino que conduce a Dios”, porque la Virgen enseña a negarnos a nosotros mismos, en nuestros enojos, impaciencias, perezas, y en todas las cosas malas; la Virgen nos enseña a cargar la Cruz de todos los días, siembra en nuestro corazón el deseo de seguir a Jesús, y nos guía para que vayamos detrás de su Hijo, por el camino del Calvario, que es el único camino que nos conduce a Dios. El mundo, por el contrario, nos muestra un camino fácil, en donde sólo hay que satisfacer nuestros caprichos y ser egoístas, no hace falta cargar la Cruz, y hay que caminar por un camino en bajada, que conduce lejos de Dios, fácil de andar, pero que termina en un abismo oscuro, en donde habita el ángel de la oscuridad. Por eso, el único camino que conduce a Dios, es el Inmaculado Corazón de María.
         -La Virgen les muestra la luz de Dios, que los sumerge en Dios, y como Francisco y Jacinta iban a partir pronto hacia el cielo, están más arriba, mientras que Lucía, que permanecería más tiempo, se encuentra más abajo. En la mano de la Virgen está su Corazón Inmaculado, rodeado de espinas “que se clavaban por todas partes”: son los pecados de los hombres, sus cosas malas que salen de sus corazones –mentiras, desobediencias, engaños, violencias, desprecios a la Eucaristía, entre otras muchas cosas más- y que ofenden al Corazón de María, que necesita por lo tanto reparación de parte nuestra.
        




[1] Cfr. “Memorias II”, págs. 48 y 49; “Memorias IV”, págs. 134 y 135; De Marchi, págs. 96 a 98; Walsh, págs. 94 y 95; Ayres da Fonseca, págs. 34 a 36; Galamba de Oliveira, pág. 7.

viernes, 12 de abril de 2013

Hora Santa para Niños y Jóvenes



         Inicio: Venimos a adorar al Divino Niño, que está Presente pero oculto, invisible, en la Eucaristía. No lo vemos con los ojos del cuerpo, y por eso le pedimos a la Virgen, la Mamá del Niño Jesús, que nos dé sus ojos para verlo y su Corazón Inmaculado para amarlo. También les pedimos a nuestros ángeles custodios y a San Miguel Arcángel que nos ayuden para que la adoración sea del agrado del Niño Jesús. Venimos a pedirle por nosotros y por los niños y jóvenes del mundo entero. Hacemos silencio “por fuera”, y por eso no hablamos, y hacemos silencio también “por dentro”, pensando sólo en Jesús y en la Virgen y en nadie más.

         Canto de entrada: “Oh buen Jesús”.

Acto de fe
¡Oh, buen Jesús! Yo creo firmemente
que por mi bien estás en el altar,
que das tu cuerpo y sangre juntamente
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar.
Acto de humildad
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la santa Comunión;
Jesús que ves mi nada y mi pecado,
/prepara Tú mi pobre corazón./ (bis)
Acto de dolor
Pequé Señor, ingrato te he ofendido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
me pesa ya; perdón, Señor, te pido,
/eres mi Dios, apelo a tu bondad./ (bis)
Acto de esperanza
Espero en Ti, piadoso Jesús mío;
oigo tu voz que dice “Ven a mí”,
porque eres fiel, por eso en Ti confío;
/todo Señor, lo espero yo de Ti./ (bis)
Acto de amor
¡Oh, buen pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en santo ardor;
si te olvidé, hoy juro que constante
/he de vivir tan sólo de tu amor./ (bis)
Acto de deseo
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien te come bien;
ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi vida,
/desciende a mí, hasta mi pecho ven./ (bis)

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación

         Jesús, Divino Niño, que siendo Dios omnipotente viniste a nosotros como un Niño en Belén, para que no tuviéramos miedo en acercarnos a Ti, enciende en nuestros corazones el amor hacia Ti.
Tú eres un Dios con corazón de niño, por eso te pedimos que siempre conservemos la inocencia que da la gracia.
Haz que recordemos siempre tu Nacimiento milagroso en Belén y que te conozcamos en el misterio de la Eucaristía.
Divino Niño, queremos adorarte en la Eucaristía así como te adoraron los pastores en Belén en la Noche de Navidad; queremos presentarte regalos, como los regalos que te hicieron los Reyes Magos, que te llevaron oro, incienso y mirra.
Con tu ayuda, nosotros queremos darte el oro de la adoración, el incienso de la oración y la mirra de la mortificación.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que luego de nacer fuiste presentado en el templo llevado en los brazos de la Virgen María, haz que seamos siempre como niños pequeños, para que también seamos llevados en los brazos de María y por Ella seamos presentados ante Ti, Dios nuestro.
         Jesús, Divino Niño, que en tu divina infancia fuiste criado y educado por María y José, haz que también ellos nos críen y eduquen para que seamos niños y jóvenes santos, y no permitas que las vanas atracciones del mundo nos alejen de Ti. Hoy el mundo nos muestra muchas distracciones, la mayoría de ellas malas, como la música cumbia, el rock, las diversiones malas, los programas de televisión y de internet que ofenden a Dios.
         Si nos dejamos llevar por estas cosas malas, somos como un niño que se desprende de las manos de sus padres y corre hacia un precipicio muy hondo, en cuyo fondo habita el ángel de la oscuridad, el ángel caído, el demonio. Así como Tú, siendo Niño, ibas siempre de la mano de tus papás, no permitas que nunca nos soltemos de la mano de la Virgen y de San José.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que a los doce años te quedaste en el templo en vez de volver con tus padres, porque “tenías que ocuparte de las cosas de tu Padre Dios”, por este misterio de tu Divina Infancia, haz que te encontremos siempre en el templo, en el sagrario, en la Eucaristía; haz que nunca nos separemos de la verdadera y única Iglesia, la Iglesia Católica; haz que nunca cometamos el pecado de apostasía, que es ir a otras iglesias, a otros cultos, a otras religiones; haz que nunca cometamos el pecado de idolatría, que es rezarle a ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte; haz que nunca creamos en el horóscopo, en el Tarot, en el juego de la copa, en la magia o en la brujería, porque como dice el Papa Francisco, “no nos salva ni la brujería, ni el Tarot, ni nosotros mismos, sino Cristo Jesús”; haz que Te encontremos en el templo, en el sagrario, en donde nos esperas en el invento de tu Amor, la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Jesús, Divino Niño, que “creciendo en gracia y sabiduría” te hiciste adolescente y luego joven, y permaneciste en tu adolescencia y juventud siempre en la obediencia amorosa a tus padres, María y José, haz que nosotros vivamos siempre con amor el Cuarto Mandamiento, “Honrarás padre y madre”, el mandamiento que manda amar a los padres, honrándolos con la obediencia, el respeto, el trato afectuoso, la compasión, la ayuda en sus dificultades. No permitas que nunca cometamos el gravísimo error de faltarles el respeto, de levantarles la voz, de desobedecerlos, de no auxiliarlos cuando necesiten de nuestra ayuda. Antes bien, ayúdanos a ser como Tú, Hijo ejemplar, amoroso y dedicado, y que nuestros padres puedan sentirse amados y respetados por nosotros.

Silencio para meditar.

         Jesús, Divino Niño, que siendo ya adulto no dejaste nunca de amar a tus padres terrenos, pero que luego de la muerte de San José te separaste de la tu Mamá, la Virgen, para cumplir la Voluntad de Dios Padre, que quería que murieras en la Cruz para salvar nuestras almas, haz que a ejemplo tuyo, sepamos separarnos de nuestros seres queridos si esa es tu Voluntad, para que vivamos la vocación a la cual Tú nos has llamado, ya sea el matrimonio o la vida consagrada.

Silencio para meditar.

         Peticiones:

         A cada intención respondemos: “Por los dolores de la Virgen María, escúchanos Señor”.

-Por el Santo Padre Francisco, por los obispos y sacerdotes de la Santa Iglesia Católica, para que guiados por Ti, Divino Niño, sepan dar testimonio de tu Amor. Oremos al Señor.

         -Por nuestras familias y las familias del mundo entero, para que el Divino Niño, Presente en la Eucaristía, sea su único tesoro. Oremos al Señor.

         -Por los niños y jóvenes de nuestra comunidad y de todo el mundo, para que Te conozcan a Ti, Divino Niño, Presente en la Eucaristía, para que sus vidas sean iluminadas con el resplandor de tu gloria. Oremos al Señor.

         -Por los niños que sufren, cualquiera sea su causa, para que encuentren en Ti, Divino Niño, su consuelo en esta vida y en la vida eterna. Oremos al Señor.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditación final: Divino Niño Jesús, debemos ya retirarnos. En esta Hora Santa, hemos recibido de Ti torrentes infinitos de Amor y de gracia, de luz, de vida, de amor y de alegría. Queremos dar a los demás todo lo que de tu Sagrado Corazón hemos recibido. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos y a acordarnos siempre de Ti, y para eso, le pedimos a tu Mamá, la Virgen, que imprima tu imagen en nuestros corazones; así, cada latido nuestro dirá: “Jesús, María, os amo”.

         Canto de salida: “El trece de mayo”.

A tres pastorcitos la Madre de Dios,
descubre el misterio de su corazón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Haced penitencia, haced oración,
por los pecadores implorad perdón.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

Las modas arrastran al fuego infernal,
vestid con decencia si os queréis salvar.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

El Santo Rosario constantes rezad,
y la paz del mundo el Señor os dará.
Ave, ave, ave María. Ave, ave, ave María.

¡Qué pura y qué bella se muestra María,
qué llena de gracia en Cova de Iria!
Ave, ave, ave Maria. Ave, ave, ave Maria.

viernes, 15 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: El que esté libre de pecados que tire la primera piedra



         En esta parte del Evangelio un grupo de judíos llevan a María Magdalena delante de Jesús, porque la habían sorprendido cometiendo un pecado (cfr. Jn 8, 1-11). Todos tenían piedras en las manos y la querían apedrear porque ese era el castigo adecuado para el pecado que había cometido María Magdalena.
Cuando llegan delante de Jesús, le preguntan qué es lo que tienen que hacer. Jesús los miró y no les dijo nada; se puso en cuclillas y comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Los que habían llevado a María Magdalena delante de Jesús, se comenzaban a poner impacientes, porque Jesús seguía escribiendo en el suelo y no les decía nada, y ellos ya querían llevarla para tirarle piedras. Entonces Jesús, como ellos insistían, se levantó y les dijo: “El que esté libre de pecados, que tire la primera piedra”. Ahí todos se quedaron en silencio, porque se dieron cuenta que nadie estaba libre de pecados; se dieron cuenta que ellos tenían tantos o más pecados que aquella a quien querían apedrear y que si la apedreaban, también los tenían que apedrear a ellos. Y como todos tenían pecados, y nadie estaba libre de pecados, nadie pudo tirar ninguna piedra. Todos dejaron las piedras en el suelo, y se retiraron despacito, sin decir nada, muy arrepentidos. Entonces María Magdalena besó llorando los pies de Jesús, y le agradeció que le hubiera salvado la vida. Jesús le dijo que no volviera a pecar más, y a partir de este encuentro con Jesús, María Magdalena no sólo no volvió a pecar nunca más, sino que fue cada vez más buena, y creció tanto en la gracia de Dios, que llegó a ser Santa María Magdalena.
Esto nos enseña que la gracia de Jesús es como una luz que nos ilumina por dentro, y nos hace dar cuenta de que pensamos, decimos y hacemos cosas malas, es decir, de que somos pecadores, y que por lo tanto, no podemos juzgar, condenar y castigar a nuestros hermanos, porque si lo hacemos, entonces también nos tienen que juzgar, condenar y castigar a nosotros. Pero no lo podemos hacer, porque el Único que puede juzgar, condenar y castigar, es Dios, porque Él es el Juez más grande de todos los jueces. Pero Dios es también Amor puro y Misericordia muy grande, como un océano sin playas, y por eso Él siempre quiere perdonar y no castigar. Dios perdona a todos, pero al que no perdona, es al que no le pide perdón, porque ese demuestra que no quiere ser perdonado. Por ejemplo, al Diablo. Dios no perdonó al Diablo, porque el Diablo no quiso pedirle perdón, y Dios no puede dar algo a alguien que no quiere eso que Él quiere dar, porque lo desperdiciaría. Nadie puede dar un regalo a otro, si sabe que ese otro lo va a tirar al regalo apenas lo reciba. Así hizo Dios con el Diablo, porque el Diablo no quería recibir el perdón. Pero a nosotros sí nos perdona, cada vez que nos arrepentimos, porque demostramos que queremos recibir el perdón de Dios. Pero para recibir el perdón de Dios, que nos lo da Jesús en la Cruz, tenemos que perdonar a nuestros hermanos, y nunca tenemos que juzgarlos, ni condenarlos y, mucho menos, castigarlos.
Cuando no tenemos la luz de la gracia, somos como esos judíos que querían apedrear a María Magdalena: nos sentimos superiores a los demás, creemos que somos jueces y que podemos decir todo lo que se nos ocurra de nuestros hermanos, y así demostramos que no tenemos compasión ni amor, y si no levantamos una piedra, sí levantamos la voz, o la mano, o decimos cosas hirientes.
La Virgen, que es nuestra Mamá del cielo, quiere que seamos como Jesús en el Evangelio: Él no condenó a María Magdalena, sino que la perdonó. Entonces nosotros, con nuestros hermanos, no tenemos que condenarlos, y si hicieron algo malo contra nosotros, los tenemos que perdonar con el mismo perdón con el que Jesús nos perdonó desde la Cruz, y amarlos con el mismo Amor con el que nos amó Jesús desde la Cruz.
Jesús nos enseña, en el Evangelio de hoy, a reconocernos pecadores y a ser misericordiosos con los demás, pasando por alto sus errores.
         

viernes, 21 de diciembre de 2012

Santa Misa de Nochebuena para Niños




         ¡Ya estamos en Navidad! ¡Ya nació el Niño Dios, y los ángeles del Cielo cantan y se alegran, y revolotean de un lado para otro, llenos de alegría! ¿Qué vemos en Navidad? Vemos el Pesebre, en donde están la Virgen, el Niño Dios, San José, un burrito y un buey. El Niño Dios acaba de nacer, y como hace mucho frío, su Mamá, la Virgen, lo ha envuelto en pañales; su papá adoptivo, San José, va a buscar leña para hacer fuego; atrás, el buey y el burrito se ponen cerca del Niño, para darle calor.
         En Navidad nos alegramos entonces porque nació el Niño Dios, pero lo que tenemos que saber es que su Nacimiento no fue como los nacimientos de los otros niños, porque el Niño de Belén era Niño, pero también era Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Él era Dios Hijo, que vino a este mundo para nacer como Niño, pero nunca dejó de ser Dios. Si su Nacimiento no fue como el de los otros niños, ¿cómo fue su Nacimiento?
         Para saberlo, imaginemos un diamante, que es una piedra transparente, sin manchas, muy limpia, y un rayo de luz de sol. ¿Qué hace el diamante? Recibe la luz del sol, la atrapa, la encierra, y después la refleja, y eso es lo que hace que brille tanto. Para el Nacimiento, la Virgen fue como un diamante vivo, porque Ella fue concebida sin mancha de pecado original, y no tenía ni la más pequeñísima sombra ni siquiera de la más pequeñísima imperfección; Ella era como un diamante vivo, porque era fuerte como la Roca, y tan fuerte, que Ella es la que le aplasta la cabeza al demonio; es como el diamante, porque es cristalina, pura y limpia, y su Corazón es como un diamante dentro de un diamante. La Luz que vino a este diamante, es su Hijo Jesús, que viene de Dios Padre en la eternidad, y por eso en el Credo decimos de Jesús que Él es: “Dios de Dios, Luz de Luz”, y como Él es luz eterna, Él es la Lámpara que en el cielo alumbra a los ángeles y a los santos, en la Jerusalén celestial. En el cielo, los ángeles y los santos no se iluminan con luz eléctrica, ni con luz de sol, sino con luz de Jesús, que es el Cordero de Dios. Dios es luz, una luz hermosísima, viva, que enamora a quien la ve; quien ve esa luz, ya no ama nada más que no sea esa luz, que es Dios, y el que la ve y la ama, recibe tanto amor, tanta paz, tanta alegría, tanta dulzura, que ya no le importa nada más y no quiere ninguna otra cosa que estar dentro de esa luz, que es Dios Trinidad.
Bueno, volviendo al Pesebre, para saber cómo fue el Nacimiento del Niño Dios, habíamos quedado en que la Virgen era como un diamante, y Jesús como la luz del sol: Jesús en la Encarnación, cuando el Arcángel Gabriel le dijo a la Virgen que iba a ser la Mamá de Dios Hijo, cuando la Virgen dijo que “Sí” aceptaba ser la Mamá de Dios, en ese momento Jesús entró en Ella, primera en su alma y después en su Cuerpo inmaculado, y se quedó ahí, quietito, bien abrigadito, dentro de la panza de su Mamá. Como Él era invisible, porque era Espíritu Puro, la Virgen le fue tejiendo, con mucho amor, un Cuerpecito, para que cuando naciera, si era invisible como Dios, fuera visible como Niño, y así es como podemos ver al Niño Dios, a Dios que nace como Niño.
En la Encarnación, la Virgen fue como el diamante que recibe y encierra la luz: recibió y encerró a su Hijo, luz del mundo, con amor infinito, y lo revistió con un cuerpo, y le dio como alimento de su propia carne y de su propia sangre, como hace toda mamá cuando su hijo pequeño está en su panza.
Después, cuando llegó el momento del Nacimiento, la Virgen también fue como el diamante: así como el diamante, después de encerrar la luz, la deja salir, así también la Virgen dejó salir a su Hijo Dios, luz del mundo, y así como el rayo de sol, cuanto atraviesa el cristal, no lo daña, dejándolo sano, antes, durante y después de pasar a través de Él, así la Virgen permaneció Virgen antes, durante y después del parto, que fue de esta manera: cuando llegó la Hora en que Jesús debía nacer, la Virgen se arrodilló y puso sus manos y su Corazón en oración, y se hizo un gran silencio; todos los ángeles, en el cielo y en la tierra, estaban expectantes; una gran luz descendió del cielo sobre la gruta, y lo envolvió todo, y en ese momento, de la parte de arriba de la panza de la Virgen, estando Ella arrodillada en oración, salió una luz, más brillante que mil millones de soles juntos; los ángeles, que estaban todos arrodillados, se inclinaron hasta tocar la tierra con la frente, en señal de adoración, y luego comenzaron a entonar cánticos de alabanza y de adoración; a medida que la luz salía de la panza de la Virgen, la luz, blanquísima, iba tomando forma, la forma de un Niño, y esto sucedió lentamente, hasta que todos pudieron ver que esa luz ¡era el Niño Dios! Un ángel tomó al Niño en brazos, y se lo dio a la Virgen, que lo recibió con gran amor y alegría, y lo estrechó contra su Corazón, para darle abrigo y calor.
Luego, San José, que se había quedado más lejos, arrodillado y en oración, en éxtasis de amor al ver el Nacimiento milagroso de su hijo adoptivo, se acercó para adorar a su Hijo, que era al mismo tiempo su Dios, y también lo besó y lo estrechó contra su corazón. Después, San José acercó todavía más a los dos mansos animalitos que estaban en la gruta, el burro y el buey, para que le dieran calor al Niño Dios, y él se fue a buscar un poco de leña para hacer fuego.
Después de abrigarlo y alimentarlo, la Virgen lo acostó en el Pesebre, y ahí el Niño Dios sonrió y extendió sus bracitos, como si estuviera en Cruz, porque desde que nació, el Niño Dios quiso subir a la Cruz, para ser clavado con tres clavos, para poder salvarnos. ¡Ya desde el Pesebre pensaba en la Cruz, con la que nos iba a salvar y a llevar al Cielo!
Cuando veamos el Pesebre, en este tiempo de Navidad, nos acordemos del Nacimiento milagroso del Niño Dios, como un rayo de luz que atraviesa un cristal; nos acordemos de la Virgen, que es como un diamante, que primero encerró la luz y luego la dio al mundo, y adoremos al Niño del Pesebre, porque Él vino para, cuando fuera grande, subir a la Cruz, y desde allí darnos su Amor, el Amor de Dios, que es el Espíritu Santo.

sábado, 7 de abril de 2012

Domingo de Resurrección para Niños y Adolescentes



A diferencia del Viernes Santo, en donde todo era tristeza, llanto y dolor, en el Domingo de Resurrección todo es alegría, fiesta, celebración, porque Jesús, que estaba con su Cuerpo muerto en la Cruz el Viernes, resucita con ese mismo Cuerpo el Domingo.

Para poder apreciar la grandeza y la alegría del Domingo de Resurrección, tenemos que ver qué pasó con el Cuerpo de Jesús, entre el Viernes Santo, el Sábado Santo y el Domingo.

En el Calvario, el Viernes Santo, todo era tristeza, llanto, dolor y amargura, porque Jesús había muerto en la Cruz. Los hombres, aliados con los demonios, habían conseguido lo que querían: vivir sin Dios, crucificando al Hombre-Dios con sus pecados. El Cuerpo muerto de Jesús es bajado de la Cruz por José de Arimatea, Juan el Evangelista, el "discípulo al que Jesús amaba", y otros varones más. María Santísima, con su Corazón Inmaculado triturado por el dolor, lo recibe y con sus lágrimas quita algo del barro, la tierra y la sangre que cubre el rostro de Jesús. Le quita la corona de espinas, acomoda sus cabellos, acaricia su rostro. Con un trozo de género blanco, suavemente, trata de quitar la tierra y la sangre del resto del Cuerpo, que además está todo lleno de de moretones, de golpes, de heridas abiertas. Luego de llorar un rato en silencio, abrazando el Cuerpo muerto de su Hijo, deja, con más dolor todavía, que José de Arimatea y los demás hombres lleven el cadáver de Jesús al sepulcro.

El Sábado, era un día de duelo, de dolor, acompañando a la Virgen que lloraba a su Hijo muerto en el sepulcro, aunque Ella tenía muy presentes las palabras de Jesús: sabía que iba a resucitar, y por eso, en medio del dolor, se mantenía serena y hasta alegre, enseñándonos cómo debe ser la actitud del cristiano frente a la muerte.

Una vez dentro, las santas mujeres de Jerusalén, que habían llevado ungüento y perfumes, se terminan de limpiar el cadáver de Jesús y de perfumarlo, aunque a Jesús no le hace falta, porque nunca jamás su Cuerpo inmaculado iba a descomponerse, como le sucede a los cuerpos de los hombres, porque Él jamás cometió un pecado, y porque Él había dicho que iba a resucitar, es decir, que iba a volver a vivir. El Cuerpo de Jesús es lavado y perfumado para ser sepultado, como hacían los judíos. Las santas mujeres, junto a la Virgen, tratan de cerrar un poco aunque sea sus heridas, la herida del costado, las de las manos, las de la cabeza, las de los pies, las de la espalda.

Una vez que terminan la tarea, se retiran todos en silencio, la última es la Virgen, que siente en su Corazón Inmaculado nuevos dolores, porque le quitan el único consuelo que tenía, que era aunque sea poder ver el Cuerpo muerto de su Hijo. Ahora todos se tienen que retirar, porque hay que cerrar la puerta del sepulcro con una piedra grande. María Santísima obedece, porque es el querer del Padre, y también se retira. Pero nosotros le pedimos permiso para quedarnos y ver, juntos a nuestros ángeles custodios, la Resurrección de Jesús. Apenas si podemos ver el cuerpo muerto de Jesús, que ha sido envuelto en el sudario, y también su cabeza.

Pasan las horas, y todo está oscuro en el sepulcro. No se puede ver casi nada, porque no entra nada de luz por ningún lado. Todo está en silencio también.

De pronto, en la madrugada del Domingo, todo cambia. Dentro del sepulcro, se produce un fenómeno extraordinario, un hecho asombroso, que jamás ha sido visto por ningún hombre y ni siquiera por los ángeles. Repentinamente, una gran luz, muy brillante, más brillante que la luz de muchos soles juntos, nace en el Corazón de Jesús, y desde su Corazón se extiende, rápidamente, por todo su Cuerpo, y a medida que se expande, va convirtiendo el Cuerpo, que era de carne y de huesos, en un Cuerpo también de carne y de huesos, pero glorificados, es decir, de luz, llenos de la vida de Dios.

Jesús, resucitado, irradiando luz como un sol, pero como millones de soles juntos, se incorpora, y sonríe, porque con su Resurrección ha derrotado para siempre a la muerte, al demonio, y al mundo.

La alegría del Domingo de Resurrección se debe a esto que pasó en el sepulcro: el Cuerpo muerto de Jesús, que había sido golpeado y crucificado, y cubierto de heridas y de sangre, el Domingo se llena de vida y en de sus heridas, ya no sale sangre, sino luz.

Pero hay algo más sorprendente todavía que la misma resurrección; un milagro que supera infinitamente a la Resurrección, y es que el Cuerpo de Jesús, que resucita en el sepulcro, lleno de luz, de gloria y de vida divina, ese Cuerpo con el cual se ilumina no solo el sepulcro sino el universo entero, es el mismo Cuerpo que, lleno del luz y de gloria, está en la Eucaristía.

Por eso para nosotros la Misa, toda Misa, pero sobre todo la del Domingo, es como estar en el sepulcro hace veinte siglos, porque participamos del Domingo de Resurrección y, lo mejor de todo, es que recibimos el Cuerpo de Jesús, lleno de luz, de gloria y de amor divinos, en el corazón, y así nuestro corazón, que muchas veces es como el sepulcro, frío, oscuro, y duro, se llena de la luz y de la gloria de Jesús cuando lo recibimos en la Eucaristía.

Y así como los discípulos de Jesús, llenos de alegría al ver a Jesús glorioso, fueron a anunciar a los demás que Él había resucitado, así también tenemos que avisar nosotros a los demás no solamente que Jesús ha resucitado, sino que está en la Eucaristía, esperando nuestra visita.