Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 10 de noviembre de 2022

Por el Espíritu Santo recibido en la Confirmación, somos convertidos en soldados de Cristo

 



Cuando recibimos el Sacramento de la Confirmación, el Espíritu Santo en Persona ingresa en nuestras almas, para convertirnos en templos suyos, en templos del Espíritu Santo y para convertir nuestros corazones en altar de Jesús Eucaristía.

Pero, además, el Espíritu Santo realiza en nosotros muchas otras cosas y entre ellas, está la de convertirnos en soldados de Cristo. Ser soldados de Cristo quiere decir ser pertenecer a la Iglesia Militante, a la Iglesia que peregrina en la tierra hacia la Jerusalén celestial, en el Reino de los cielos y que en ese peregrinar debe luchar contra los enemigos de la Fe Católica, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y contra las “potestades de los aires”, es decir, los demonios, los ángeles caídos.

El Espíritu Santo, entonces, nos convierte en soldados de Cristo y para saber qué significa eso en la realidad de todos los días, recordemos qué es lo que hace un soldado en la tierra, como por ejemplo, un soldado de nuestro Ejército Argentino. El soldado, en primer lugar, está para defender a la Patria; no está para atacar a nadie injustamente, sino para defender la Patria, cuando la Patria es agredida injustamente. Eso es lo que pasó en Malvinas, por ejemplo, los soldados argentinos lucharon para defender a nuestra Patria, que estaba siendo ocupada -y lo sigue estando- por los usurpadores británicos.

De la misma manera a como un soldado en la tierra defiende a la Patria, así un soldado de Cristo defiende a Cristo, pero no a cualquier cristo, sino al Único Cristo Verdadero, el Cristo de la Iglesia Católica, el Cristo Eucarístico, el Dios del sagrario y lo defiende de los enemigos de la Santa Fe Católica y del Altar Eucarístico. Y las armas que utiliza el soldado de Cristo, no son armas materiales, sino armas espirituales, principalmente la penitencia, el ayuno, la oración, el Santo Rosario y los Sacramentos, sobre todo la Confesión y la Sagrada Eucaristía. De entre muchísimos soldados de Cristo, se destacan los valientes cristeros, los soldados mexicanos católicos que defendieron con sus vidas a Cristo y a la Iglesia Católica, como el mártir adolescente San José Sánchez del Río.

Y así como un soldado de la tierra rinde homenaje a su Patria honrando a su bandera, así el soldado de Cristo le rinde honores, adorándolo en el altar de su corazón, cuando Cristo Dios ingresa en su alma por medio de la Comunión Eucarística.

jueves, 27 de octubre de 2022

En la Confirmación el Espíritu Santo convierte sus cuerpos en su templo y sus corazones en altares de Jesús Eucaristía

 


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Confirmaciones)


¿Qué sucede en la Confirmación?

A decir verdad, suceden varias cosas, pero nos detendremos en un solo aspecto: cuando alguien recibe el Sacramento de la Confirmación, su cuerpo se convierte en algo especial, en algo más valioso que todo el oro del mundo entero: se convierte en templo del Espíritu Santo. Además, el corazón se convierte en altar en donde debe ser adorado única y exclusivamente, Jesús Eucaristía.

¿De qué manera el cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo? Lo hace porque, en primer lugar, Nuestro Señor Jesucristo lo “compró”, por así decirlo, a un precio altísimo, al precio de su Preciosísima Sangre derramada en la Cruz y vertida en el Cáliz del altar.

Para darnos una idea de cómo el cuerpo es templo del Espíritu Santo, imaginemos que nuestro cuerpo es como este templo: el altar es el corazón, las paredes y el techo son la cabeza y el resto del cuerpo. Ahora hagamos este ejercicio de reflexión: a este templo material, en el que estamos celebrando la Santa Misa, ¿podríamos convertirlo en un establo para caballos, por ejemplo? Por supuesto que no, porque sería una gran ofensa a Jesús Eucaristía; de la misma manera, no podemos dejar que las pasiones sin la gracia -ira, envidia, gula, lujuria- dominen nuestro cuerpo. A este templo, ¿podríamos pintarlo con toda clase de letreros, de frases indecentes? Por supuesto que no, y por eso no podemos hacernos tatuajes en nuestro cuerpo. A este templo, ¿podríamos poner música a todo volumen, música indecente, que incite a cosas malas, y podríamos colocar luces de colores, como se hace un lugar donde se va a bailar? ¿Podríamos consumir cosas que no se deben consumir? Por supuesto que no, y por esa razón, nuestro cuerpo no puede escuchar música inapropiada, ni tampoco beber cosas que no se deben beber, ni consumir cosas que no se deben consumir.

En otras palabras, a partir de la Confirmación, nuestro cuerpo es sagrado y por este motivo es que el cuerpo debe ser tratado con respeto, con veneración, porque ya no nos pertenece: es propiedad del Espíritu Santo. Esto incluye muchas cosas, como por ejemplo, no escuchar música indecente, no mirar cosas que no se deben mirar, no colocarse tatuajes, no colocarse cosas de metal incrustadas en la piel, no modificarlo con  cirugías innecesarias -hay quienes se hacen cirugías para parecerse a marcianos, o a vampiros, por ejemplo-.

Por el contrario, en nuestro cuerpo deben resonar cantos de alabanza a Dios, de adoración a Jesús Eucaristía y así como en el altar y en el sagrario se adora a Jesús Eucaristía, así también en nuestro corazón no se debe adorar a nadie más que no sea Jesús Eucaristía. Por el Sacramento de la Confirmación, nuestro cuerpo es propiedad del Espíritu Santo, es templo del Espíritu Santo, del Amor de Dios y por eso debemos cuidarlo y respetarlo.

sábado, 22 de octubre de 2022

En la Eucaristía, Jesús nos da su Sagrado Corazón

 



Una vez, en una de sus apariciones a Santa Margarita, Jesús le dijo lo siguiente: le dijo que le diera su corazón y la santa así lo hizo, entregándoselo a Jesús. Ella decía que su corazón, comparado con el horno de fuego que era el pecho de Jesús, era como un granito de arena en un inmenso horno de fuego.

Entonces Jesús tomó el corazón de la santa y lo introdujo en su pecho, luego lo sacó y se lo devolvió, pero no ya como corazón de carne, sino como una llama en forma de corazón. Estas llamas eran las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo, las mismas llamas que envuelven al Sagrado Corazón. El Sagrado Corazón había convertido al corazón de Margarita en una pequeña copia de su propio Corazón Divino.

Cuando pensamos sobre esta experiencia, nos ponemos a pensar cuán dichosa fue la santa, porque Jesús convirtió su corazón en una copia del suyo. Pero cuando nos ponemos a pensar bien, con cada Comunión Eucarística -y no solo con la Primera Comunión-, Jesús hace con nosotros algo infinitamente más grande y hermoso: a nosotros, Jesús no nos pide nuestro corazón para introducirlo en su pecho, sino que NOS DA su propio Sagrado Corazón en la Eucaristía, para que nosotros lo introduzcamos en nuestros pechos por la Comunión. Y una vez que el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús está en nuestro pecho, le transmite las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones se incendien de amor con el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. Aunque no sintamos nada, si recibimos la Eucaristía con fe y con amor y en estado de gracia, después de confesarnos, lo que sucede es eso: el Sagrado Corazón nos comunica su Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones ardan en el Fuego del Divino Amor. Por esta razón es que no hay nada más hermoso, en esta vida, que recibir la Sagrada Comunión, porque lo que recibimos, que por fuera parece un pan, en realidad es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Cuando nosotros vemos una imagen del Sagrado Corazón, vemos una representación, pero en la Eucaristía, el Sagrado Corazón está vivo, palpitando de Amor Divino; está real, glorioso, resucitado, deseoso de concedernos su Amor.

Ustedes van a recibir ahora al Sagrado Corazón en la Eucaristía por primera vez, y eso es lo más hermoso que le puede pasar a una persona en esta vida. No cometan el error de muchos niños y jóvenes, para quienes la Primera Comunión es la última, porque nunca más vuelven a recibir a Jesús Eucaristía. En cada Santa Misa, Jesús repite el milagro de bajar del Cielo para dejar su Corazón en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos con un corazón puro y lleno de amor. Si ustedes no vienen a recibir al Sagrado Corazón en las misas de Domingo, Jesús se queda triste y solo en el sagrario. Hagamos el propósito de asistir a la Santa Misa del Domingo, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

viernes, 20 de mayo de 2022

En la Santa Misa sucede algo misterioso: Jesús baja del cielo para quedarse en la Eucaristía

 


(Homilía para niños del Ciclo Primario del Colegio La Asunción, Leales, Tucumán, Argentina)

¿Qué sucede en la Santa Misa?

Para saberlo, debemos tener en cuenta que existe una realidad invisible a los ojos del cuerpo, misteriosa, sobre el altar, cuando se celebra la Misa. Necesitamos para eso, no solo usar la imaginación, sino pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine la mente y el corazón, así podremos saber qué es lo que pasa en la Santa Misa. Para eso, podemos rezar la siguiente oración: “Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, ilumina nuestras mentes y corazones, para que veamos a Jesús en la Cruz del Altar”.

Una vez que pedimos la ayuda del Espíritu Santo, tenemos que saber lo siguiente: cuando se celebra la Misa, primero el altar se convierte en una parte del Cielo y segundo, cuando el sacerdote dice las palabras de la consagración sobre el pan y el vino –cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el cáliz y dice “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, Jesús baja del Cielo, con su cruz y convierte con su poder divino el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Por eso, cuando comulgamos, no comulgamos un trocito de pan sin levadura, aunque tenga sabor a pan sin levadura, sino que comulgamos el Corazón de Jesús, que está envuelto en las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo y cuando el sacerdote bebe del cáliz, no bebe vino, aunque tiene sabor a vino, sino que bebe la Sangre del Corazón de Jesús y con la Sangre de Jesús, bebe el Espíritu Santo.

Otra cosa que tenemos que saber es que en la Misa Jesús hace, invisiblemente, lo mismo que hace en el Calvario: ofrece su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el Cáliz y todo esto, sin que sepamos cómo y sin que nos demos cuenta de cómo sucede, porque es algo que Jesús hace de forma invisible, pero sucede realmente. Por eso la Misa es como viajar en el tiempo, es como si nosotros viajáramos a Palestina, en el día del Viernes Santo, o como si Jesús, con su Cruz, viniera hasta nosotros. En la Misa Jesús renueva su sacrificio de la Cruz y por eso debemos estar en Misa como estuvieron la Virgen y San Juan al pie de la Cruz: adorando a Jesús, que por nuestra salvación se ofreció al Padre para morir en la Cruz.

Entonces, cuando participemos de la Santa Misa, pidamos al Espíritu Santo su luz celestial, para que seamos capaces de ver, con los ojos de la fe, lo que pasa sobre el altar: Jesús baja del Cielo para quedarse en la Eucaristía, para que nosotros lo recibamos, con un corazón puro y en gracia y así nuestro corazón se convierta en el Cielo del Rey del Cielo.

martes, 16 de marzo de 2021

La obra del Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación

 



         Como todos sabemos, porque así lo enseña el Catecismo, en el Sacramento de la Confirmación se recibe el don del Espíritu Santo. Es decir, el Espíritu Santo “entra” en nosotros, por así decirlo, cuando recibimos el Sacramento de la Confirmación. Por eso tenemos que preguntarnos qué obra hace el Espíritu Santo cuando está dentro de nosotros. Y la respuesta a esta pregunta está en la Biblia: el Espíritu Santo convierte nuestros cuerpos –y nuestras almas- en templos de Él, en templos del Espíritu Santo (cfr. 1 Cor 6).

         ¿Qué imagen podemos tomar para darnos cuenta de la obra del Espíritu Santo? Podemos tomar un templo cualquiera de nuestra Iglesia Católica, como este en el que estamos aquí: el templo es nuestro cuerpo y el altar es nuestro corazón. Así como está el templo, iluminado, limpio, perfumado, con flores que adornan el altar y el sagrario, así está nuestra alma cuando está en gracia: iluminada por la luz de Dios, limpia con la santidad divina, perfumada con el buen olor de Cristo Jesús. Pero las paredes siguen siendo paredes, formadas por ladrillos y es aquí donde obra el Espíritu Santo: cuando entra el Espíritu Santo en un alma, por medio del Sacramento de la Confirmación, es como si convirtiera a los ladrillos en ladrillos de oro puro; es como si las puertas y las ventanas estuvieran hechas con diamantes, rubíes, y piedras preciosas de todo tipo; es como si altar fuera hecho de oro puro y no de cemento; es como si el techo fuera todo de oro; es como si los candelabros y las columnas fueran de plata. Así de hermoso, y mucho más todavía, quedan nuestros cuerpos y nuestras almas cuando recibimos al Espíritu Santo por el Sacramento de la Confirmación.

         Pero también hay algo más: a partir de que el Espíritu Santo entra en mi cuerpo, ya deja de ser mío, para ser DEL Espíritu Santo: es como si en el plano civil, se firmara la escritura de una casa a nombre de otra persona; hasta este momento, podemos decir que el cuerpo es nuestro, pero cuando recibamos el Sacramento de la Confirmación, será propiedad exclusiva del Espíritu Santo y eso es lo más hermoso que nos pueda pasar en esta vida, además de recibir a Jesús en la Eucaristía.

         Ahora bien, el hecho de que mi cuerpo sea propiedad del Espíritu Santo, quiere decir muchas cosas: por un lado, que tengo en mi alma un Huésped Divino, porque el Espíritu Santo no es una paloma, aunque aparezca como paloma, sino una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad y como toda Persona, mira, escucha, observa. Esto es importante a tenerlo en cuenta, porque a partir de ahora, todo pensamiento que yo tenga, bueno o malo, será escuchado por el Espíritu Santo, porque será como si pusiéramos parlantes aquí en el templo y dijéramos en voz alta lo que estamos pensando; todo lo que yo vea, con mis ojos corporales, será visto por el Espíritu Santo, porque será como si proyectáramos, en las paredes, nuestros pensamientos, como si fueran imágenes de una película. Por esto, tenemos que tener mucha precaución en pedir la gracia de tener pensamientos y sentimientos santos y puros como los tienen Jesús, coronado de espinas, y la Virgen, Nuestra Reina y Señora de los Dolores. Todo lo bueno o malo que pensemos, hagamos o digamos, será pensado, dicho o hecho en Presencia del Espíritu Santo.

         Otra cosa a tener en cuenta es que si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal, a partir de ahora un pecado mortal será como quemar el templo desde sus cimientos; dejar de recibir a Jesús Eucaristía y creer en otras cosas, como los ídolos paganos, será como poner en el altar a esos ídolos paganos y eso no le gusta a Jesús para nada. En nuestro corazón, que es el altar interior nuestro, debe estar sólo Jesús Eucaristía y nadie más que Jesús Eucaristía, para ser amado, adorado y alabado por nosotros.

         Que el cuerpo no sea ya más nuestro, quiere decir que hay cosas que no podemos hacer con el cuerpo, como por ejemplo, tatuarnos, porque eso no le agrada al Espíritu Santo; tampoco podemos escuchar música indecente o indecorosa, porque eso ofende al Espíritu Santo. Además, así como en el templo se hace silencio para poder escuchar la voz de Dios, así también tenemos que apreciar el silencio, interior y exterior, para poder escuchar al Espíritu Santo, que quiere decirnos, de parte de Dios, cuánto nos ama Dios.

         Entonces, como vemos, recibir el Sacramento de la Confirmación no es algo sin importancia, o una simple costumbre religiosa: convierte nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo y nuestros corazones en altares de Jesús Eucaristía. Pidamos la gracia de nunca olvidar el día de nuestra Confirmación, el día en el que nuestros cuerpos se convirtieron en propiedad exclusiva del Espíritu Santo.

viernes, 18 de mayo de 2018

El Evangelio para Niños: Solemnidad de Pentecostés, el Espíritu Santo como Fuego y como Dulce Paloma



(Ciclo B - 2018)

         Jesús cumple lo que promete y Él había prometido enviar el Espíritu Santo.
         El Espíritu Santo se representa como fuego y como paloma. Podemos recibir al Espíritu Santo de las dos formas. Para recibirlo como fuego, imaginemos un carbón: sin el fuego, el carbón es frío, oscuro, sin luz. Pero cuando el fuego lo penetra, el carbón se convierte en brasa incandescente, que es caliente, luminosa y transmite mucho calor. Es como cuando papá, o nuestro tío, o nuestro abuelo, preparan el fuego para el asado: primero tienen los carbones, y luego tienen las brasas. Bueno, nuestro corazón, sin la gracia de Dios, es como el carbón sin el fuego; con la gracia del Espíritu Santo, es como una brasa incandescente: está lleno del fuego, del calor y del Amor de Dios.
         ¿Cómo podemos recibir al Espíritu Santo cuando viene en forma de paloma?
El Espíritu Santo se representa con una paloma, entonces la paloma tiene que ser recibida en un nido, pero como el Espíritu Santo es Espíritu, el nido también tiene que ser espiritual. ¿Cómo hacemos un nido espiritual para recibir al Espíritu Santo? ¿Dónde? ¿Con qué? Primero, lo hacemos en el corazón, el corazón es el nido espiritual natural que Dios creó para que nosotros pudiéramos alojar ahí al Espíritu Santo. Pero como nuestro corazón, sin la gracia, se vuelve oscuro, egoísta, superficial, es necesario acondicionar ese nido, ese corazón, donde vendrá el Espíritu Santo. Y la forma de hacerlo es por medio de la gracia, que nos viene por la Confesión Sacramental y por la Eucaristía. Por la gracia, nuestro corazón se convierte en un nido espiritual agradable al Espíritu Santo, porque se llena de la luz, de la paz, de la alegría, de la justicia, de la sabiduría de Dios. Por la gracia, la Dulce Paloma del Espíritu Santo encuentra un hermoso nido de luz y de amor en el que la gracia convierte nuestro corazón. Entonces, para poder recibir al Don del Espíritu Santo, la Dulce Paloma del Espíritu Santo, debemos orar mucho, confesarnos y comulgar en gracia, para que el corazón sea un lugar digno para el Espíritu Santo, un nido de amor, de luz, de paz divinas.
         ¿Y qué pasa si no lo hacemos? Pasa que nuestro corazón, en vez de un nido de luz y de paz, se convierte en una cueva oscura, fría, en donde no va el Espíritu Santo, sino una serpiente, pero no una serpiente de la tierra, sino la Serpiente Antigua, llamada el Diablo o Satanás y hace su refugio. Así como una serpiente pone sus huevos en una cueva oscura y fría, así la hace la Serpiente que es el Diablo cuando no nos confesamos por mucho tiempo, cuando dejamos de venir a Misa, cuando no rezamos, cuando somos malos. El corazón se convierte en una cueva espiritual en donde encuentra su lugar la Serpiente Antigua, que es el Demonio. No hay lugar para otra cosa: o nuestro corazón se convierte, por la gracia, en un lugar de luz, de amor y de paz, por acción de la gracia, y ahí encuentra su nido y va a reposar el Espíritu Santo, o nuestro corazón se convierte en una cueva oscura y fría, en donde va a morar, con todo gusto, el Ángel caído. 
         ¿Cómo queremos que sea nuestro corazón? Por supuesto que no queremos que sea como un carbón, sino que queremos que sea como una brasa incandescente y también queremos que sea como un nido de luz y de amor. Para eso, debemos confesarnos con frecuencia, comulgar con amor y luego dar de ese amor recibido por Jesús en la Eucaristía, a todos los que nos rodean, empezando con nuestros padres y nuestros hermanos.

domingo, 6 de mayo de 2018

El Evangelio para niños: Jesús nos manda amar como Él nos amó



(Domingo VI - TP - Ciclo B – 2018)

Jesús nos deja un mandamiento nuevo: “Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15, 9-17).
¿Qué quiere decir esto? ¿Quiere decir que hay once mandamientos en vez de Diez? Porque si antes había Diez mandamientos, al agregar uno más, entonces eso quiere decir que hay Once mandamientos y no Diez. En realidad, no quiere decir que hay Once mandamientos; sigue habiendo Diez mandamientos, sólo que el Primero, que es el más importante de todos, tenemos que cumplirlo no como a nosotros nos parezca, sino como Jesús nos manda y Jesús nos manda que cumplamos el mandamiento del amor de hermanos como Él nos ha amado: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”.
Entonces, la clave para saber cómo hay que cumplir este mandamiento, está en ver cómo nos ha amado Jesús y para eso, tenemos que contemplarlo en la cruz. Allí, en la cruz, Jesús nos ama con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, y hasta la muerte de cruz. Así es como Jesús nos ama y así quiere que nosotros cumplamos el mandamiento del amor: que amemos a nuestros hermanos como Él nos ha amado. Eso quiere decir que debemos amar, no con el amor de nuestros corazones, porque nuestro amor es muy pequeño y muchas veces, es egoísta e interesado: tenemos que amar con el Amor de Dios, el Espíritu Santo y como es Amor de Dios y no nuestro, lo tenemos que pedir en la oración, porque es un Don, un regalo de Dios. Entonces esto es lo primero que tenemos que hacer: pedir el don del Espíritu Santo. Lo segundo que tenemos que hacer, es contemplar a Jesús en la cruz, porque Él dice que debemos amar “como Él nos ha amado” y Él nos ha amado hasta la muerte de cruz. Por amor a nosotros, Jesús permite que lo coronen de espinas, que lo crucifiquen con clavos de hierro, que le traspasen su Corazón con la lanza. Eso quiere decir que debemos imitar a Jesús y amar a nuestros hermanos –empezando por los que son nuestros enemigos- hasta la muerte de cruz, porque así es como nos amó Jesús.
“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. A través de la Virgen María, le pidamos a Jesús que nos dé el Espíritu Santo para que imitando a Jesús seamos capaces de dar la vida por nuestros prójimos, así como Jesús dio su vida por nosotros en la cruz.

sábado, 28 de octubre de 2017

El Evangelio para Niños: Amar a Dios y al prójimo como a sí mismos con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.


(Domingo XXX - TO - Ciclo A – 2017)

         Cuando le preguntan a Jesús “cuál es el mandamiento más grande de la Ley”, Jesús responde: “Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo” (cfr. Mt 22, 34-40).
         Como los judíos conocían ya este mandamiento, puede parecer que no hay diferencias con el mandamiento de Jesús, pero sí hay diferencias y veremos cuáles.
         La primera diferencia es con respecto a Dios: los judíos creían en Dios Uno, pero no Trino, porque es Jesús quien revela que Dios, además de ser Uno, es Trino en Personas. Por eso los católicos, que no somos judíos, ni evangelistas, ni musulmanes, tenemos un Dios católico, y ese Dios católico es Uno y Trino: Uno en naturaleza y Trino en Personas. Los católicos adoramos y amamos a un Dios que es Uno solo, pero en el que hay Tres Divinas Personas.
         Otra cosa que cambia es el prójimo: para los judíos, el prójimo era solo el que era judío y hebreo, y todos los demás no eran considerados judíos. En cambio, a partir de Jesús, para el cristiano, todo ser humano es prójimo al cual amar, sin que importen ni su raza, ni su religión. Incluso, todavía más, para los judíos, al prójimo enemigo, se aplicaba la ley del Talión; pero Jesús suprime esta ley y manda amar a los enemigos: “Amen a sus enemigos”.
         Otra cosa que cambia, es el amor con el cual hay que amar a Dios, al prójimo y a uno mismo, porque los judíos amaban con un amor que salía de sus corazones, un amor humano, pero Jesús nos trae un amor que viene del cielo, que sale del Corazón del Padre y del Hijo, y es el Espíritu Santo. El cristiano tiene que amar a Dios, al prójimo y a sí mismo, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que permite amar al enemigo, perdonar setenta veces siete y amar a Dios con el mismo amor con el que Él mismo se ama, el Espíritu Santo.
         El mandamiento de Jesús, para los católicos, es distinto al mandamiento de los judíos, y queda así: “Amarás al Dios católico, que es Dios Uno y Trino, amarás al prójimo, que es todo ser humano, incluido en primer lugar, tu enemigo, y te amarás a ti mismo, y el Amor con el que amarás a Dios, al prójimo y a ti mismo, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo”.


viernes, 12 de agosto de 2016

El Evangelio para Niños: Jesús quiere que en nuestros corazones arda el Amor de Dios


(Domingo XX – TO – Ciclo C – 2016)

         Jesús dice en este Evangelio que Él “ha venido a traer un fuego sobre la tierra y que ya quiere verlo ardiendo” (Lc 12, 49-53). El fuego que trae Jesús es un fuego muy especial, distinto al fuego que todos conocemos. ¿Qué diferencia hay con el fuego que conocemos? Recordemos qué pasa con el fuego que conocemos, que es el fuego de la tierra, para que después veamos cómo es el fuego que nos trae Jesús: el fuego de la tierra sirve para cocinar, para calentar la casa cuando hace frío, para hacer una fogata si estamos en un campamento. El fuego ilumina con su resplandor y calienta con sus llamas y por eso es muy útil cuando, por ejemplo, tenemos frío y estamos en un lugar oscuro, como en un bosque. Y en estos casos, además de iluminarnos y calentarnos en una noche oscura y fría, el fuego sirve también para alejar a los animales salvajes. Pero además de ser útil, el fuego es también un poco peligroso porque todos sabemos que el fuego quema y cuando quema, provocar ardor y mucho dolor, por eso, si somos pequeños, debemos siempre alejarnos del fuego y, cuando ya somos más grandes, debemos manejarlo con mucha prudencia. Así es el fuego que conocemos, el fuego de la tierra.
         ¿Y cómo es el fuego que viene a traer Jesús? El fuego que viene a traer Jesús no provoca dolor y tampoco quema; es un fuego que viene del cielo, y es el Espíritu Santo. Al igual que el fuego de la tierra, ilumina y da calor, pero ilumina con la luz de Dios y da el Amor de Dios, y a diferencia del fuego de la tierra, no solo no provoca dolor, sino que el que recibe este fuego que trae Jesús, experimenta solo la dulzura del Amor de Dios, y recibe de Dios su alegría, su paz y su amor.

         ¿Y dónde está el fuego que trae Jesús? Está en su Sagrado Corazón, porque así se apareció Él a Santa Margarita, y está también en la Eucaristía, porque aunque no lo veamos, el Corazón de Jesús está en la Eucaristía, latiendo con la fuerza y el Amor de Dios. Y ese fuego, que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Espíritu Santo, es el fuego con el cual Jesús quiere incendiar nuestros corazones. Le pidamos a la Mamá de Jesús, la Virgen, que sea Ella la que prepare nuestros corazones, que son oscuros y fríos -como un bosque de noche, cuando no tenemos a Dios en nosotros y que, al igual que en un bosque, nos acechan ángeles oscuros-, para que cuando comulguemos y Jesús nos dé el Fuego de su Amor, nuestros corazones se vuelvan se iluminen y resplandezcan como una brasa ardiente, que con su brillo y ardor ahuyente a todos nuestros enemigos del alma y que nos ilumine y dé el calor del Amor de Dios.

sábado, 23 de julio de 2016

El Evangelio para Niños: Pidamos el Espíritu Santo



(Domingo XVII – TO – Ciclo C – 2016)

Jesús nos enseña a rezar a Dios de una manera que antes no se conocía, porque nos dice que le tenemos que decir a Dios “Padre”, porque somos hijos adoptivos por el bautismo, y para eso nos enseña esa hermosa oración que es el “Padrenuestro”. Y para que sepamos cómo tenemos que rezar, Jesús nos cuenta una parábola: un hombre va a la casa de su amigo a medianoche para pedirle tres panes, para darle a su vez a otro amigo que ha llegado de viaje. El amigo, que está en la casa con sus hijos, no quiere darle los panes porque dice que ya es tarde, pero Jesús nos cuenta el final de la parábola: al final, el amigo le va a dar los tres panes, al menos si no es por la amistad, sí por la insistencia.
El amigo que va a pedir pan somos nosotros; la casa del amigo que está con sus hijos, es la Iglesia; el amigo que da los tres panes, es Dios Padre; los panes, representan la Eucaristía. Así como el amigo acude y pide con insistencia y recibe los tres panes, así nosotros debemos rezar a Dios Padre con insistencia, pidiendo cosas buenas, y lo más bueno que puede darnos nuestro Padre del cielo no son tres panes sin vida, sino el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, y en la Eucaristía tenemos aquello que quiere darnos Dios, y es su Amor de Dios, el Espíritu Santo.
         En este Evangelio, Jesús nos enseña cómo debemos llamar a Dios: debemos decirle “Padre”, porque verdaderamente es nuestro Padre adoptivo, por la gracia recibida en el bautismo; nos enseña cómo tenemos que rezar: con la confianza y el amor de un hijo; nos enseña a pedirle a Dios con insistencia, con la seguridad de que vamos a ser escuchados y de que, por ser Dios infinitamente bueno, nos dará sólo cosas buenas, ya que es imposible que Dios nos dé cosas malas; y por último, nos enseña qué tenemos que pedirle a Dios: el Espíritu Santo.
         “Pidan y se les dará”, nos dice Jesús. Lo que tenemos que pedirle a Dios Padre no son tres panes, sino un solo Pan, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, porque ahí está contenido lo que Dios Padre quiere darnos, y que vale más que todo el oro del mundo: el Sagrado Corazón de Jesús, que late con el ritmo del Amor de Dios, el Espíritu Santo.


sábado, 18 de junio de 2016

Evangelio para Niños: Jesús en la Eucaristía es el Dios Mesías


(Domingo XII – TO – Ciclo C – 2016)
Jesús les pregunta a sus amigos qué es lo que la gente dice de Él (cfr. Lc 9, 18-27) y sus amigos le dicen que la gente cree que Él es el Bautista; otros, dicen que Él es Elías; otros, dicen que es un profeta. Es decir, la gente no sabe quién es Jesús.
Después Jesús les pregunta a ellos, quién piensan que es Él, y el que responde es Pedro: “Tú eres el Mesías”. Mesías significa “Ungido”, porque era costumbre de los hebreos ungir con aceites perfumados a los reyes cuando se los proclamaba. Jesús es el Mesías, “Ungido”, pero no con aceite, sino con el Espíritu Santo. Sólo Pedro sabe que Jesús es el Mesías ungido por el Espíritu Santo -porque es el Hijo de Dios, “metido” en un cuerpo y alma humanos-, y esto lo sabe Pedro, porque está iluminado por el Espíritu Santo.

Ahora bien, ese mismo Jesús, que es Mesías y es Dios, está en la Eucaristía, invisible. En la Eucaristía está el Hijo de Dios, Jesús, el Mesías y Salvador de los hombres. Y Jesús también nos pregunta a nosotros, desde la Eucaristía: “¿Quién dicen ustedes, que Soy Yo en la Eucaristía?”. Y nosotros, junto con Pedro, le decimos: “Jesús, Tú en la Eucaristía eres el Dios Mesías y porque Tú, querido Jesús Eucaristía,  eres nuestro Dios y Salvador, te pedimos que hagas que tu Mamá, la Virgen María, nos ayude a llevar nuestra cruz en esta vida, para así después vivir contigo, en el cielo, para siempre”.

viernes, 13 de mayo de 2016

Pentecostés para niños



(Ciclo C - 2016)

         En Pentecostés, Jesús envía el Espíritu Santo sobre su Iglesia, la Virgen y los Apóstoles, reunidos en oración, como dice la Biblia, y también lo envía sobre nosotros: la diferencia es que en la Biblia aparece como lenguas de fuego, en cambio a nosotros, lo envía también, pero invisible, es decir, no se nos va a aparecer como lenguas de fuego; no lo vamos a ver, aunque sí lo vamos a recibir. ¿Y qué va a hacer el Espíritu Santo en nosotros? Para saberlo, tenemos que acordarnos lo que dice San Pablo: "¿No saben que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?" (cfr. 1 Cor 6, 19). Es decir, el Espíritu Santo, sin que sintamos nada, convertirá nuestros cuerpos en su templo cuando venga a nuestras almas y convertirá también nuestros corazones en altares en donde se adora a Jesús Eucaristía. Entonces, quiere decir que tenemos que pensar que nuestros cuerpos son como este templo en el que estamos celebrando la Santa Misa. Esto quiere decir que lo que podemos hacer en el templo, podemos hacerlo con el cuerpo, y lo que no podemos hacer en el templo, no podemos hacerlo con el cuerpo. Pensemos un poco: ¿estando en Misa, podemos estar hablando de fútbol, de moda, de deportes, de cosas sin importancia? No, entonces, tampoco tenemos que tener pensamientos que nos distraen, en ese templo que es nuestro cuerpo, sobre todo cuando estamos en Misa. ¿Entonaríamos cantos de fútbol, o de cantantes conocidos, dentro del templo? No, entonces, en la Santa Misa, en nuestro cuerpo que es el templo del Espíritu, solo se tienen que escuchar cantos de adoración y de alabanza a Dios. ¿Proyectaríamos en las paredes del templo imágenes de nuestros programas preferidos? No, entonces, solo tenemos que pensar en Jesús y en su sacrificio en la cruz. Si el altar es una parte del cielo, ¿pondríamos sobre el altar algo que no sea la Eucaristía? No, entonces, en ese altar interior que es nuestro corazón, no tenemos que amar y adorar a nadie más que no sea Jesús en la Eucaristía.
         Otra cosa que tenemos que saber es que cuando el Espíritu Santo viene a nuestras almas, quiere encontrarlo todo limpio, luminoso, con mucho amor, y esto sucede cuando estamos en gracia de Dios; así, Jesús Eucaristía puede entrar en nuestras almas, para que Él pueda tener nuestros corazones como su trono real, en donde sea amado, alabado y adorado. Para eso envía Jesús al Espíritu Santo, para convertir nuestros corazones en altares de Jesús Eucaristía y nuestros cuerpos en su templo.
         ¿Con qué más podemos comparar la venida del Espíritu Santo? El Espíritu Santo viene en Pentecostés como fuego, porque es el Fuego del Amor de Dios. Para saber qué hace el Espíritu Santo en nosotros, pensemos que nuestros corazones, sin el Espíritu Santo, son como carbones. ¿Cómo es un carbón? Es negro, frío, y está endurecido. Así son nuestros corazones, sin el Amor de Dios: oscuros, porque no tienen la luz de Dios; fríos y endurecidos, porque no tienen el Amor de Dios y no se compadecen de sus hermanos más necesitados. ¿Qué hace el Espíritu Santo en nuestros corazones? Hace lo mismo que hace el fuego con los carbones: así como el fuego los convierte en brasas incadescentes, que tienen luz, y calor (y también hace lo mismo que hace con el hierro incandescente, que se vuelve blando cuando el fuego lo penetra); así el Espíritu Santo, penetrando con su fuego en nuestros corazones, los transforma en carbones incadescentes, que arden en el Amor de Dios: nuestros corazones se vuelven luminosos, porque tienen la luz de Dios; cálidos, porque tienen el Amor de Dios, y, como el hierro que puede moldearse porque el fuego lo hace blando, así nuestros corazones, cuando están penetrados por el Fuego del Amor de Dios, que es el Espíritu Santo, se vuelve compasivo y misericordioso y se apiada de las miserias y dificultades de nuestros hermanos.

         Otra imagen que podemos recordar es la de una paloma, porque el Espíritu Santo es representado con la imagen de una paloma en el Evangelio. Cuando nuestro corazón está en gracia, se vuelve como un nido de luz y de amor, y entonces la Dulce Paloma del Espíritu Santo va a posarse allí, y desde allí nos da sus dones, sobre todo, el Amor de Dios: cuando una persona ama a todos, incluidos a sus enemigos, cuando pide perdón y perdona, cuando busca la paz y la concordia, cuando busca socorrer a los demás en sus necesidades, entonces en esa persona habita el Espíritu Santo. Pero cuando el corazón no está en gracia, el corazón se vuelve oscuro, como una cueva y, en una cueva, ¿puede hacer nido la Dulce Paloma del Espíritu Santo? No. El Espíritu Santo se va de un corazón así. Y en una cueva, oscura, fría, húmeda, ¿quiénes viven? Las alimañas –arañas, serpientes, alacranes- y animales salvajes, como el oso y el lobo. ¿Cómo queremos que sea nuestro corazón, como un nido de luz y amor, en donde vaya a posarse la Dulce Paloma del Espíritu Santo? ¿O queremos que sea como una cueva oscura y fría, habitada por alimañas y bestias salvajes? Por supuesto que queremos que sea como un nido de luz y de amor; para ello, tenemos que vivir siempre en gracia, confesándonos con frecuencia, perdonando a los que nos hacen mal, y hacer el bien a los más necesitados. Si hacemos así, el Espíritu Santo, como Dulce Paloma, reposará en nuestros corazones, y no se irá nunca de ahí. Para eso envía Jesús al Espíritu Santo en Pentecostés, para que nuestros corazones sean como nidos de luz y de amor en donde repose siempre la Dulce Paloma del Espíritu Santo.

jueves, 14 de abril de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 21 - El Espíritu Santo - Parte 2


         Catecismo para Niños de Primera Comunión[1] - Lección 21 - El Espíritu Santo - Parte 2 
Doctrina
¿Dónde está el Espíritu Santo? El Espíritu Santo está en todas partes, porque es Dios, pero habita de una manera particular en los justos.
¿Qué hace el Espíritu Santo en las almas de los justos? Santifica las almas de los justos y los colma de sus dones y frutos. El Espíritu Santo convierte a los cuerpos de los justos en su templo (cfr. 1 Cor 6, 9) y a sus corazones en un nido de luz y de amor, y en ellos reposa como Dulce Paloma.
¿Cómo nos santifica el Espíritu Santo? El Espíritu Santo nos santifica por medio de la gracia, las virtudes y de sus dones.
¿Cuántos son los dones del Espíritu Santo? Son siete:
1-Don de Sabiduría; 2-Don de Entendimiento o Inteligencia; 3-Don de Longanimidad o Consejo; 4-Don de Ciencia; 5-Don de Fortaleza; 6-Don de Piedad; 7-Don de Temor de Dios.
Los dones del Espíritu Santo (explicados para Niños) [2]:
-Sabiduría (1): ¿Vieron cuando hay una noche muy oscura, que no se ve nada, y de repente alguien enciende una luz y se puede ver todo? Bueno, la noche somos nosotros sin Dios; la luz encendida es el don de la Sabiduría, que nos da el Espíritu Santo. La Sabiduría es una luz enviada por Dios, que nos hace gustar y conocer no solo las cosas de Dios, sino a Dios mismo. Por el don de Sabiduría, podemos ver las cosas con la luz misma de Dios.
-Entendimiento o Inteligencia: (2) Si tenemos los ojos cerrados, no podemos ver la luz del día, y tampoco podemos leer lo que está escrito. El don de entendimiento es un don del Espíritu Santo que hace que podamos “abrir los ojos del alma” para comprender la Palabra de Dios. Es lo que les pasó a los discípulos de Emaús (Lc 24, 32): caminaban con Jesús, pero no lo reconocían, porque no tenían el don de la inteligencia. Cuando Jesús partió el pan, lo reconocieron, porque ahí les dio el don de inteligencia.
-Longanimidad o Consejo (3): Todos sabemos qué es “lo que está bien” y qué es “lo que está mal”, porque tenemos una vocecita dentro, que se llama conciencia, que nos habla de parte de Dios, pero hay veces que esa vocecita es muy débil. Por el don de consejo, el Espíritu Santo ilumina esta vocecita, que es la conciencia, para que veamos todavía mejor qué cosas están bien, y cuáles están mal. Por el don de consejo, adquirimos una “buena vista” interior (Mt 6, 22), para hacer siempre lo que agrada a Dios.
-Ciencia (4): ¡Qué linda es una mañana soleada! ¿A quién no le gusta el sol, y la luz del sol? ¿A quién no le gustan las montañas, el cielo azul, o el verde del campo, o las flores, los árboles y las plantas? ¿Y las mascotas? Por el don de ciencia, el Espíritu Santo nos hace gustar la Creación y nos hace ver que toda la Creación, que es tan hermosa, proviene del Amor de Dios. El don de ciencia nos hace ver que la hermosura de la Creación viene de la hermosura de Dios.
-Fortaleza (5): Alguna vez nos puede pasar que, si alguien nos llama, por ejemplo, nuestra mamá, en el apuro por llegar, corremos, y cuando corremos, nos podemos caer. También puede pasar que si rezamos en voz alta, alguien se ría y nos haga burlas por lo que hacemos. El don de la fortaleza es el don del Espíritu que sostiene la debilidad del alma, la cual sin su ayuda puede caer en el pecado. Además, nos da la fuerza misma de Dios para que recemos aunque se nos rían.
-Piedad (6): ¿Cómo tratamos a Dios en la oración? ¿De “memoria” o con el amor de un hijo? Por este don, el Espíritu Santo nos ayuda a que en la oración tratemos a Dios como Padre amoroso. Además, este don hace que le recemos a Dios no “de memoria”, sino con la ternura y el amor de un hijo, y nos hace ver que somos hijos de Dios y que todos los bautizados somos hermanos porque tenemos un mismo Padre celestial.
-Temor de Dios (7): Por este don, el Espíritu Santo hace que amemos a Dios por lo que Él es: un Dios todo bondad y amor, que sólo quiere el bien para nosotros. Como nuestros papás, pero mucho más. El temor de Dios no quiere decir que le tenemos que “tener miedo” a Dios: quiere decir que, como lo amamos tanto, de lo que tenemos miedo es de ofenderlo por el pecado. Por eso este don nos lleva no solo a no pecar, sino a amarlo y a adorarlo cada vez con más fuerzas.
Oración para pedir los dones del Espíritu Santo: “¡Oh Dios Espíritu Santo! ¡Dame tus siete dones! ¡Quiero conocer y amar a Dios Uno y Trino como lo conoce y lo ama Jesús!”.
¿Cuántos son los frutos del Espíritu Santo? Son doce: caridad, paz, longanimidad, benignidad, fe, continencia, gozo, paciencia, bondad, mansedumbre, modestia y castidad.
¿A quiénes concede el Espíritu Santo sus dones? A los sencillos y humildes de corazón, porque estos se parecen a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Por el contrario, el Espíritu Santo no da sus dones a los soberbios y orgullosos, porque no puede habitar en ellos. El corazón del hombre puede ser como un nido de luz y de paz, cuando está en gracia, y así la Dulce Paloma del Espíritu Santo puede reposar y descansar en estos corazones, dándole sus dones. Pero cuando el corazón es oscuro y frío como una cueva en donde se refugian las alimañas –serpientes, víboras, escorpiones-, entonces allí no puede posarse el Espíritu Santo y no puede dar sus dones. Ahora bien, aun cuando el Espíritu Santo aparece en la Biblia bajo la figura de una paloma, o la del fuego, como en Pentecostés, hay que notar que Jesús nos enseña que el Espíritu Santo es una Persona -la Tercera Persona- de la Trinidad, distinta a las Personas del Padre y el Hijo (Mt 28, 19) Es decir, el Espíritu Santo no es “soplo o viento” o “energía” como dicen algunas sectas, sino una verdadera “Persona”, porque hace lo que corresponde a una Persona: “enseña”, “habla” y “da testimonio”. Y puesto que “hablar”, “enseñar” y “dar testimonio” son propiedades personales –o cosas que solo hace una persona-, por lo tanto, el Espíritu Santo es Persona. Lo podemos ver en estos textos: Jn 14, 26; Jn 16, 13 y Jn 15, 26.

Explicación:


Jesús nombra a unos pescadores como sus apóstoles: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos al instante dejaron las redes y lo siguieron” (Mt 4, 19-21), para que vayan a predicar la Buena Noticia por todo el mundo: “Id y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). Sin embargo, es sólo después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, que los apóstoles no solo vencen el miedo, sino que adquieren la Fortaleza y la Sabiduría de Dios -entre los otros dones-, dados por el Espíritu Santo, para salir a predicar el Evangelio por todo el mundo.
Práctica: pensaré que, si vivo en gracia, mi cuerpo se convierte en “templo del Espíritu Santo” y mi corazón, por la gracia santificante, se convierte en nido de luz y de amor: así vendrá como Dulce Paloma, a reposar en él el Espíritu Santo, y como quiero que el Espíritu Santo no se vaya nunca de mi corazón, huiré siempre de las ocasiones de pecado.
Palabra de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” (1 Cor 6, 9). “Los frutos del Espíritu Santo son: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál 5, 22). Sobre los dones, léase: Is 11, 2.
Ejercicios bíblicos: Jn 14, 17 y Hech 19, 2; Jn 16, 13.







[1] Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.
[2] http://infantesyjovenesadoradores.blogspot.com.ar/2010/03/los-dones-del-espiritu-santo-para-ninos.html

martes, 5 de abril de 2016

Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 21 – El Espíritu Santo - Parte 1

 Catecismo para Niños de Primera Comunión - Lección 21 – El Espíritu Santo1 - Parte 1 

Doctrina

       ¿Qué prometió Jesucristo al subir a los cielos? Jesucristo, al subir a los cielos, prometió que nos enviaría el Espíritu Santo.

     ¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo.
         La Escritura dice que el Espíritu Santo es “el Espíritu del Padre” (Mt 10, 20) y es también el “Espíritu del Hijo” (Gál 4, 6). La Iglesia nos enseña en el Credo: “Que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Espíritu Santo recibe “la misma adoración y gloria” que el Padre y el Hijo, por ser Dios como ellos.
         El Espíritu Santo es Dios verdadero, como el Padre y el Hijo. Leer Hech 5, 3-5, donde se dice que “mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios”.

         ¿Cuándo envió Jesucristo el Espíritu Santo? Jesucristo envió el Espíritu Santo a su Iglesia el día de Pentecostés, diez días después de su Ascensión al cielo.

        ¿Para qué envió Jesucristo el Espíritu Santo? Jesucristo envió el Espíritu Santo para santificar nuestras almas y asistir a su santa Iglesia.

Explicación





En esta imagen se representa la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, reunidosen oración con María Santísima, en el Cenáculo de Jerusalén.
A los diez días de la Ascensión del Señor, estando los apóstoles con la Virgen María reunidos en oración, se produjo un gran ruido y bajó sobre ellos el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, posándose sobre su cabeza y llenándoles de sabiduría, don de lenguas y concediéndoles gran valor para la predicación del Evangelio.
En la parte superior se ve al Espíritu Santo en forma de paloma (recordemos que se apareció como paloma en el bautismo de Jesús en el Jordán); de Él salen rayos (son sus siete dones) de luz en todas direcciones. Esto sucedió el día de Pentecostés, cincuenta días después de Pascuas de Resurrección.
En medio de la imagen está la Virgen, y a su alrededor los apóstoles, sobre cada uno de los cuales desciende una lengua de fuego, proveniente del Espíritu Santo. El Espíritu Santo se representa, además de como paloma, como fuego, porque es Fuego de Amor divino; es un fuego que, a diferencia del fuego que conocemos, no produce dolor, sino gozo, alegría, paz, amor. En una de las apariciones de la Virgen en Fátima, los tres pastorcitos fueron envueltos en la luz de Dios, y ellos declararon que “sentían una gran paz y mucha alegría”.

Práctica: Rezaré con frecuencia: “Ven, oh Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Palabra de Dios: “Recibiréis el poder del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén… y hasta los confines de la tierra” (Hech 1, 8). “Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos (los apóstoles) en un lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas...” (Hech 2, 1-4).

Ejercicios bíblicos: Mt 28, 18-19; Gál 5, 22; 1 Cor 6, 9; Jn 15, 26.

Oración al Espíritu Santo
(de la Sierva de Dios Francisca Javiera del Valle)

¡Ven, Santo y Divino Espíritu! ¡Ven como Luz, e ilumínanos a todos! ¡Ven como fuego y abrasa los corazones, para que todos ardan en amor divino! Ven, date a conocer a todos, para que todos conozcan al Dios único verdadero y le amen, pues es la única cosa que existe digna de ser amada. Ven, Santo y Divino Espíritu, ven como Lengua y enséñanos a alabar a Dios incesantemente, ven como Nube y cúbrenos a todos con tu protección y amparo, ven como lluvia copiosa y apaga en todos el incendio de las pasiones, ven como suave rayo y como sol que nos caliente, para que se abran en nosotros aquellas virtudes que Tú mismo plantaste en el día en que fuimos regenerados en las aguas del bautismo.
Ven como agua vivificadora y apaga con ella la sed de placeres que tienen todos los corazones; ven como Maestro y enseña a todos tus enseñanzas divinas y no nos dejes hasta no haber salido de nuestra ignorancia y rudeza.
Ven y no nos dejes hasta tener en posesión lo que quería darnos tu infinita bondad cuando tanto anhelaba por nuestra existencia.
Condúcenos a la posesión de Dios por amor en esta vida y a la que ha de durar por los siglos sin fin. Amén.
Divina esencia: recibe este DECENARIO que os dedico y que todo sea para provecho de las almas, fin glorioso; pues en ello tenéis Vos vuestra mayor honra y gloria, y porque sois Dios infinito en bondades, os pido, Señor, me deis el consuelo de verte amado de mí y de todas las criaturas, en el tiempo y en la eternidad, y que sea de todos conocido tu Santo y Divino Espíritu.

1 Adaptado de El Catecismo ilustrado, de P. BENJAMÍN SÁNCHEZ, Apostolado Mariano, Sevilla3 1997.