Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud
sábado, 25 de octubre de 2014
La Misa explicada a monaguillos Parte 2
viernes, 3 de octubre de 2014
El Evangelio para Niños: “Los viñadores malos que se querían quedar con la viña que no era de ellos”
viernes, 11 de abril de 2014
El Evangelio para Niños: Domingo de Ramos
sábado, 5 de abril de 2014
El Evangelio para Niños: “Lázaro sal fuera”
sábado, 30 de marzo de 2013
El Evangelio para Niños: Sábado Santo
jueves, 28 de marzo de 2013
El Evangelio para Niños: Viernes Santo
viernes, 7 de septiembre de 2012
Vamos al Sacrificio de Jesús (XXIII) En la Misa asistimos a la muerte y resurrección de Jesús
sábado, 7 de abril de 2012
Domingo de Resurrección para Niños y Adolescentes
sábado, 31 de marzo de 2012
Domingo de Ramos para Niños y Adolescentes
jueves, 21 de abril de 2011
El Viernes Santo para Niños y Adolescentes

¿Qué pasó con Jesús el Viernes Santo? Después que lo arrestaron en el Huerto de los Olivos, y lo tuvieron preso toda la noche, lo llevaron por la mañana para hacerle un juicio, y ahí, a pesar de que Él era inocente, porque era el Hijo de Dios, lo condenaron a muerte en cruz.
Pilatos lo hizo azotar, y los soldados lo flagelaron hasta casi hacerlo morir. Le pegaron tantos latigazos, que le arrancaron casi toda la piel de la espalda, y le hicieron salir mucha sangre.
Después que le dieron los latigazos, hasta quedar cansados, le pusieron una corona de espinas diciéndole: “Esta corona es para ti, Rey de los judíos”, y para que le quedara bien ajustada, mientras le ponían la corona, le daban bastonazos, y como le había tapado los ojos, le decían: “Adivina quién te pegó”, y se reían, haciéndole burlas y más burlas, y escupiéndolo en la cara.
Después cargaron la cruz de madera sobre el hombro de Jesús, y lo llevaron por el Camino de
Finalmente, llegaron a la cima del Monte Calvario, y le sacaron la túnica a Jesús, haciéndole doler de nuevo, porque la sangre ya se había secado, y cuando le sacaron la túnica, le arrancaron la sangre seca que se había pegado a su espalda.
Jesús se recostó en la cruz, y dejó que le clavaran los clavos en las manos y en los pies, y así quedó durante tres horas, desde las doce del mediodía, hasta las tres de la tarde.
¿Cómo estaba Jesús en la cruz todo ese tiempo?
En la cruz, Jesús sentía que le ardía la garganta, de tanta sed que tenía, y le había dado sed porque se había deshidratado, porque había perdido mucha sangre, y cuando Él dijo: “Tengo sed”, en vez de darle un poco de agua, le dieron a beber vinagre y hiel, que es algo muy amargo; tenía fiebre, a causa de los hematomas y moretones que se le habían formado dentro del cuerpo, porque cuando hay moretones dentro del cuerpo, eso da fiebre; sentía mucha falta de aire, por la poca sangre, y por la posición de los brazos y de los pies, que le hacía muy difícil respirar; le dolían muchísimo las heridas de la cabeza, y también le dolían los músculos del cuello, pero no podía descansar, porque cuando hacía la cabeza para atrás, para descansar un poco, le punzaban las espinas en la parte de atrás de la cabeza, y en la nuca; tenía un ojo completamente cerrado, porque le habían dado una trompada, y le había salido un hematoma en el párpado, que no lo dejaba ver; en la cara tenía un corte, porque cuando el criado del sacerdote judío le dio una trompada, llevaba puesto un anillo, y le cortó la cara con el anillo; tenía todos los cabellos pegados, como un mazacote, porque le había salido mucha sangre cuando le pusieron la corona de espinas, y después esa sangre se secó y le quedaron todos sus cabellos pegados y sucios, llenos de polvo, porque cuando se caía con la cruz, su cabeza daba con el piso; tenía toda la cara cubierta de polvo y de sangre, que era la sangre que le caía de su cabeza, coronada de espinas, pero era también sangre que le salía de la nariz, por las trompadas que le habían dado, y era la sangre del corte del anillo del criado del sacerdote judío; los oídos, y los ojos, estaban tapados de sangre, por toda la sangre que le caía de la cabeza; tenía los brazos cansados, de tanto tenerlos estirados en la cruz, y además, porque había venido cargando la cruz todo el Via Crucis; el hombro derecho le dolía mucho, porque para poder atravesar su mano con el clavo, le estiraron tanto, que le hicieron salir de su lugar; tenía los dedos anular y meñique de las manos contraídos, vueltos hacia dentro de la mano, y los otros tres extendidos, porque los clavos de hierro habían traspasado un nervio, que hacía que los dedos se pusieran en esa posición; tenía los pies juntos, puestos uno sobre el otro, atravesados por un grueso clavo de hierro, y esas heridas de los pies le dolían cada vez que respiraba, porque tenía que apoyarse en los pies para poder respirar, y cada vez que lo hacía, el dolor de las heridas de los pies era insoportable.
Dice una santa, Ana Catalina Emmerich, que cuando subieron la cruz, los pies de Jesús quedaron a una altura en la que sus amigos podían besarlos. Además, en el momento en el que la cruz fue izada, y se deslizó en su base para quedar anclada en el pozo que habían excavado en el Calvario, en ese momento, cuando la cruz chocó contra el fondo del pozo, todas las heridas de Jesús se reabrieron, provocándole todavía más dolor, y haciendo brotar nuevamente la sangre de sus heridas. Pero también pasó algo más: en ese momento en el que la cruz fue levantada hacia lo alto, Satanás, los demonios, y el infierno entero, comenzó a aullar de miedo, de terror y de espanto, porque los había vencido el Amor de Dios Uno y Trino.
Jesús fue abandonado por todos sus amigos, y por todos los que habían recibido milagros de Él, e incluso hasta Dios Padre parecía que lo había abandonado –aunque nunca lo abandonó, pero Jesús sentía como que lo había abandonado-, pero había alguien que nunca lo abandonó, y ese alguien era
Desde que lo apresaron, y durante todo el tiempo que estuvo preso, y cuando le dieron los latigazos, hasta que lo crucificaron,
A las tres de la tarde, Jesús dio un fuerte grito, y dijo a su Papá del cielo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y entonces murió.
En ese momento, el cielo hizo luto, como cuando muere el hijo único, para expresar su dolor: aparecieron nubes negras en el cielo, que taparon el sol, y se puso tan oscuro, que parecía casi de noche, y eran las tres de la tarde; hubo un temblor muy fuerte, y la iglesia de los judíos, de los que habían condenado a Jesús, se partió en dos; salieron muchos muertos, que resucitaron, de sus tumbas, mientras los ángeles lloraban la muerte de Jesús.
Cuando Jesús ya estaba muerto, vino un soldado, y con una lanza le atravesó el pecho y de su Corazón salió sangre y agua, y con la sangre y el agua, el Espíritu Santo se derramó sobre la humanidad, porque Dios Padre perdonaba a los hombres que habían matado a su Hijo dándoles su Amor.
Después, bajaron a Jesús de la cruz, y
Sólo quedó en el Calvario la cruz, que era de madera dura, que quedó toda empapada de la sangre de Jesús, y porque esa sangre era la sangre del Cordero de Dios, los cristianos, desde entonces, adoramos la cruz.
Adorar quiere decir saber que somos nada delante de Dios, que somos como un granito de arena, comparado con el sol, y que aún así, siendo nada más que un granito de arena en comparación con el sol, amamos a Dios, que es Sol de Amor eterno, con todas nuestras fuerzas.
Adoremos la cruz, en el Viernes Santo, porque está empapada con
jueves, 31 de marzo de 2011
La Semana Santa no es para pasear. Es para unirnos a Jesús, que por mí sufre y muere en la cruz

Semana Santa no es para pasear. En Semana Santa nos unimos a Jesús, que por nosotros muere en la cruz. No puedo estar paseando y divirtiéndome, mientras Jesús muere en la cruz por mí.
Le pidamos a
En el Viernes Santo, Jesús está en la cruz, clavado con gruesos clavos de hierro. El cuerpo de Jesús en la cruz tiene muchas heridas, por todos lados, pero hay cinco heridas que son más grandes que las demás, y de estas heridas grande es de donde sale más sangre, y son las que más le duelen. Estas heridas más grandes son: las de las manos, las de los pies, las de la cabeza, y la herida del costado.
Tomemos el crucifijo, y recorramos cada una de las heridas de Jesús, dándole un beso, una por una, agradeciendo a Jesús que por mí muere en la cruz. Veamos cuán grandes son, y cuánta sangre sale de ellas, y veamos qué nos da Jesús en cada herida.
Veamos la herida de la mano izquierda, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano izquierda, para que no estemos a su izquierda en el Día del Juicio. En el Día del Juicio, todos los que estén a la izquierda de Jesús, se van a condenar, se van a ir derecho al infierno, y todo por no querer amar a sus hermanos. Los que vayan al infierno, van a ir porque no quisieron ser buenos, no quisieron ayudar al que lo necesitaba, no quisieron dar de beber al que tenía sed, ni dar de comer al que tenía hambre, ni visitaron al que estaba enfermo. Entonces, antes de ir al infierno, se amontonarán a la izquierda de Jesús, y luego se irán al infierno, cuando Jesús les diga: “¡Salgan de aquí, ustedes que son malos! Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, estuve enfermo y no me visitaron”. Jesús se deja clavar un clavo en la mano izquierda, para que nunca estemos a su izquierda, y para eso, tenemos que obrar la misericordia con todos y ser cada día más buenos y santos.
Veamos la herida de la mano derecha, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano derecha, y dejó que el clavo la traspasara, le hiciera doler mucho y le hiciera salir sangre, para en el Día del Juicio nos bendiga, y nos salvemos. En el Día del Juicio, por la llaga de la mano derecha de Jesús, Él nos va a bendecir, y para eso tenemos que ser cada día más buenos. En ese día, si somos buenos, si nos confesamos siempre, si venimos a Misa los Domingos para recibir a Jesús en
Veamos la herida de los pies, y besemos sus pies clavados en la cruz. Jesús se deja clavar los pies en la cruz, para que yo siga el camino de la cruz.
Ese camino empieza en el Huerto de los Olivos, en donde Jesús sufrió mucho, de miedo por lo que iba a sufrir, y de tristeza por los que Él veía que se iban a condenar.
Cuando se fue del Huerto de los Olivos, el camino iba quedando regado con su sangre, porque tenía tanto miedo y tanta tristeza, que sudaba, como cuando alguien corre mucho, pero su sudor era sangriento, estaba mezclado con sangre. Y después, cuando subió el camino de
Jesús se deja clavar los pies en el madero de la cruz, para que siempre sigamos el Camino de
Veamos las heridas de la santa cabeza de Jesús, y besemos su cabeza. Las espinas de la corona son muy gruesas y filosas, y son muchas, y le provocan muchos cortes, de donde sale sangre como si fuera un manantial; la sangre le corre por todo el rostro, por su frente, por sus ojos, por su nariz, boca, oídos, por el mentón. En la cabeza comienzan los pensamientos. Cuando los pensamientos son malos, entonces el corazón se pone malo también, se vuelve negro, porque sólo quiere cosas malas, y después el hombre obra el mal: peleas, envidias, enojos, gritos, insultos, robos, y muchas cosas más. Jesús se deja coronar de espinas en la cabeza, para que nosotros no tengamos nunca pensamientos malos, pero sobre todo, para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz. Cada vez que veamos a Jesús coronado de espinas, le pidamos la gracia de tener pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz.
Veamos la herida del costado de Jesús, y la besemos. Cuando Jesús murió, vino un soldado romano, y le clavó una lanza en el pecho, a la altura del corazón, y lo traspasó. Jesús ya estaba muerto. En ese momento, de su Corazón abierto por la lanza, salió sangre y agua, y con la sangre y agua, salió el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Jesús deja que un soldado le traspase su pecho con la lanza, para que de su Corazón salga el Amor de Dios, que cae como un río de fuego, que no quema, sobre los hombres.
Así es Dios: los hombres nos burlamos de Él, le ponemos una corona de espinas, lo crucificamos, le traspasamos el Corazón, y Él responde enviándonos su Espíritu de Amor. Para eso se deja traspasar Jesús, para darnos el Espíritu Santo, que es el Amor suyo y el de su Padre. Aunque nosotros seamos malos y lo hayamos crucificado, Él nos perdona y nos da su Amor. Le prometamos que nunca más vamos a ser malos, que vamos a tratar de ser siempre buenos, cada vez más buenos, y santos.
En Semana Santa, Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre en la cruz, para entregar su Cuerpo y su Sangre en
En Semana Santa, aprendamos a amar mucho a Jesús, aquí en la tierra, para seguir amándolo para siempre en el cielo, en la eternidad.








