Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 25 de octubre de 2014

La Misa explicada a monaguillos Parte 2


         ¿Qué es la Misa?
         La Misa es un sacrificio.
         ¿Qué es un sacrificio?
         Es la ofrenda que se hace a Dios para pedir un favor o en reconocimiento de su majestad. Es el esfuerzo que alguien hace para conseguir algo o para favorecer a alguien.
         ¿Por qué la Misa es un sacrificio?
         Porque en la Misa es Jesús el que le ofrece a Dios su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en nombre de todos nosotros. Lo hace por cuatro fines: para adorar a Dios Uno y Trino –se llama “fin latréutico o de adoración”-; para darle gracias –se llama “fin eucarístico o de acción de gracias”-; para pedir perdón por nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del Purgatorio –se llama “fin propiciatorio”- y para interceder por nosotros y alcanzar las gracias que necesitamos –se llama “fin impetratorio o de petición”-. Entonces, resumiendo, estos son los cuatro fines del sacrificio de Jesús en la Misa: adoración, acción de gracias, propiciación, petición.
         ¿Qué clase de sacrificio hace Jesús en la Misa?
         En la Misa, Jesús hace el mismo Sacrificio de la Cruz, solo que de modo incruento, que quiere decir, sin derramamiento de sangre, e invisible. Es decir, nosotros no lo vemos, porque está oculto detrás de lo que parece ser pan y vino, pero que después de las palabras de la consagración, ya no son más pan y vino, sino su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Jesús en la Misa, hace lo mismo que hace en el Calvario: entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en la Cruz.
         ¿Tiene algo que ver la Misa con el Sacrificio de Jesús en la Cruz del Viernes Santo?
         Sí, tiene mucho que ver, porque la Misa es ese mismo Sacrificio de la Cruz del Viernes Santo, y no otra cosa. Puesto que nadie se salva si no es por la Cruz de Jesús, por la Misa, el sacrificio de la cruz de Jesús se presente para nosotros, misteriosamente, de modo invisible, para que también nosotros alcancemos la salvación que nos consiguió Jesús por su sacrificio. Si no hubiera Misa, no tendríamos forma de salvarnos, porque no podríamos alcanzar la Cruz de Jesús. Porque hay Misa, hay Cruz, porque en la Misa, baja desde el cielo, invisible y misteriosamente, Jesús en la Cruz, para que podamos salvarnos. Es por esto que la Misa tiene mucho que ver con la Cruz: es el mismo y único Sacrificio de la Cruz, al punto que uno de sus nombres es: “Santo Sacrificio del Altar”.

Preguntas:
1. ¿Qué es un sacrificio?
2. ¿Por qué la Misa es un sacrificio?
3. ¿Qué ofrece Jesús a Dios en la Misa?
4. ¿Tiene algo que ver la Misa con el Sacrificio de Jesús en la Cruz?

viernes, 3 de octubre de 2014

El Evangelio para Niños: “Los viñadores malos que se querían quedar con la viña que no era de ellos”

  


(Domingo XXVII – TO Ciclo A – 2014)

Jesús nos cuenta una parábola en la que el dueño de una viña le dijo a unos trabajadores que fueran a trabajar mientras él se iba de viaje, y que él les iba a mandar a sus criados para que les mandaran el vino que saliera de las uvas exprimidas, cuando él volviera del viaje. Los trabajadores le dijeron que sí, pero como eran malos y eran muy codiciosos –codiciosos quiere decir que son ladrones, es decir, que se apropian de lo que no les pertenece, porque querían quedarse con la viña que no era de ellos-, escucharon la voz del diablo que les decía que no le hicieran caso al dueño de la vid, que no les dieran nada a los criados, y si éstos insistían, que los golpearan, y si seguían insistiendo, que los mataran, para quedarse con la viña.
Los malos trabajadores, que también eran perezosos, le hicieron caso al diablo, y cuando llegaron los criados a pedirles el vino de parte del patrón, les pegaron primero y los mataron después. El patrón se apenó mucho, pero pensó que si mandaba a su hijo, se iban a arrepentir de su mala conducta y que le iban a dar lo que le correspondía, que era el vino de la vid, pero los malos trabajadores, lejos de arrepentirse, golpearon también al hijo del dueño, lo sacaron fuera de la vid, y también lo mataron.

¿Quiénes son estos malos trabajadores? El Pueblo Elegido, que el Viernes Santo, lo sacó fuera de Jerusalén, y lo crucificó en el Monte Calvario. Pero también podemos ser nosotros, cuando, con nuestros pecados, crucificamos a Jesús, porque también nosotros somos como los malos viñadores, como esos viñadores homicidas, que no solo no dan frutos, sino que dan muerte al hijo del dueño de la vid, que es Cristo Jesús, y eso pasa cuando cometemos pecados. Por eso es que tenemos que proponernos, no solo no cometer ningún pecado mortal, sino también, ningún pecado venial deliberado, y tenemos que proponernos vivir siempre en estado de gracia santificante, para que seamos viñadores que den frutos de santidad, de uno, de cien, de mil por mil, para que el Dueño de la Vid, que es Dios Padre, cuando regrese del viaje, es decir, el Día del Juicio Final, nos dé la paga por nuestro trabajo en su viña, que es la Iglesia, y la paga es su mismo Hijo Jesús, y así seremos felices junto a Él, contemplándolo por toda la eternidad.

viernes, 11 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: Domingo de Ramos


(Ciclo A - 2014)
          Jesús ingresa en Jerusalén montado en un borrico. Cuando los habitantes de Jerusalén se dan cuenta de que Jesús está por pasar bajo las puertas de Jerusalén, todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, salen a su encuentro, cantando hosannas y aleluyas. Todos están muy contentos con Jesús, porque se acuerdan de los milagros que hizo. Ahí están los que se habían alimentado el día que Jesús multiplicó los panes y los peces; están los que habían bebido el vino milagroso de las Bodas de Caná; está el hijo de la viuda de Naím, que volvió milagrosamente a la vida; están los que se alimentaron con los peces de las pescas milagrosas; están los que habían sido liberados de los demonios; están los que habían vuelto a ver, a oír y hablar, y los que habían sido sanados de toda clase de enfermedades, y están también los que recibieron muchísimos otros milagros, que no están relatados en los Evangelios porque si no habría lugar en el mundo para poner tantos libros, pero que sí sucedieron y fueron realidad. Todos los habitantes de Jerusalén, movidos por el Espíritu Santo, llenos de alegría, reconocieron en Jesús al Hombre-Dios, al Rey de los cielos, al Rey de hombres y ángeles, y por eso le cantaban: "Viva Jesús, el Rey de Israel", y al pasar Jesús, montado en un burrito, agitaban hojas de palma y lo aclamaban muy contentos.
          Esto es lo que sucedió el Domingo de Ramos. Pero algo debió pasar entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, porque esa misma gente, que el Domingo de Ramos tenía al Espíritu Santo en sus corazones y por eso aclamaba llena de alegría a Jesús como a su Rey y le cantaba hosannas y aleluyas dejándolo entrar en la ciudad de Jerusalén, símbolo del corazón del hombre, el Viernes Santo, ya no lo reconoce más como a su Rey, lo acusa de mentiroso, no se acuerda más de sus milagros, le hace un juicio injusto con testigos falsos y mentiroso porque todo lo que dicen es mentira, lo condena a muerte, lo insulta, lo flagela, le coloca una corona de espinas, le carga una cruz de madera, lo expulsa de la ciudad de Jerusalén, que es símbolo del corazón -entonces, si el Domingo lo había dejado entrar en el corazón, ahora lo expulsa del corazón-, le hace subir por el Camino del Calvario y, finalmente, una vez llegado a la Cima del Monte Calvario, lo crucifica.
          ¿Qué pasó en el corazón de los habitantes de Jerusalén, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo?
         Lo que pasó es lo que San Pablo llama el "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7)y es cuando el corazón humano deja de adorar al Dios Verdadero y da lugar al diablo, es decir, cuando hace el mal, cuando comete el pecado, y eso es lo que les pasó a los habitantes de Jerusalén.
          ¿Cómo sucedió? Sucedió que el Domingo de Ramos, sus corazones estaban llenos del Espíritu Santo y por eso todos estaban alegres y contentos con Jesús y todos le cantaban hosannas y aleluyas y lo aclamaban como a su Rey y Señor, pero el Viernes Santo, como habían expulsado de sus corazones al Espíritu Santo, en sus corazones reinaba el Príncipe de las tinieblas, Satanás, y por eso desconocían a Jesús y preferían a Barrabás, que era un ladrón, y al no reconocer a Jesús, que era el Cordero de Dios, creyeron que Jesús era un impostor y lo condenaron a muerte. Estaban engañados por el Diablo. Una santa, Ana Catalina Emmerich, vio en una visión, que los que insultaban y crucificaban a Jesús, estaban rodeados de muchos ángeles caídos, de formas horribles, que los animaban a que insultaran y golpearan y crucificaran a Jesús. Dice así la santa: "El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mí, cuanto que veía figuras horrorosas de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles, y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y en el corazón de los circunstantes y se ponían sobre sus hombros, y estos sentían el alma llena de pensamientos abominables o proferían horribles imprecaciones" (cfr. Pasión y Resurrección de Jesús. Visiones y Revelaciones, Editorial Guadalupe, Ágape Libros, Buenos Aires 2007, 138). Esto es lo que hace el pecado en el alma: expulsar a Jesús del corazón, como les pasó a  los habitantes de Jerusalén: primero lo recibieron con palmas, y eso es el estado de gracia, cuando Jesús entra en Jerusalén; pero cuando el alma peca y Jesús es expulsado, eso es el pecado mortal, y en ese corazón, Jesús ya no es más el rey de ese corazón, sino que en esa ciudad, en ese corazón, reina el Príncipe de las tinieblas, porque Jesús ha sido expulsado.
          Pero no todos los habitantes de Jerusalén rechazaron a Jesús; el Viernes Santo había un pequeño grupo, los Hijos de María, que estaba junto con la Virgen, orando, que amaba mucho a Jesús y nunca renegó de Él y este grupo, muy pequeño, estaba junto con la Virgen, alrededor suyo, y como la Virgen irradiaba mucha luz, también ellos, aunque había mucha oscuridad alrededor, los alcanzaba la luz que salía de la Virgen, que estaba cerca la cruz. Los que formaban este grupo mariano sí tenían al Espíritu Santo en sus corazones y por eso sus corazones estaban iluminados y radiantes, porque nunca habían expulsado a Jesús de sus corazones y junto con la Virgen, daban mucho consuelo a Jesús con sus oraciones en el Viernes Santo, en el Calvario, en medio de tantos sufrimientos. La Beata Ana Catalina veía muchos ángeles alrededor de Jesús, de la Virgen y de los amigos de Jesús: "Veía con frecuencia sobre Jesús figuras de ángeles llorando o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús" (cfr. Pasión y Resurrección, ibidem).

          Nosotros somos los Hijos de María; no nos comportemos como la multitud del Domingo de Ramos, que un día aclama a Jesús y al otro día lo expulsa de su corazón; como la Virgen, permanezcamos junto a la cruz, y arrepentidos de nuestros pecados, nos arrodillemos para besar los pies ensangrentados de Jesús.

sábado, 5 de abril de 2014

El Evangelio para Niños: “Lázaro sal fuera”


(Domingo V - TC – Ciclo C – 2014)
         Jesús tenía unos amigos a los cuales quería mucho: Lázaro, Marta y María. Un día, Lázaro se enfermó gravemente, y entonces sus hermanas Marta y María lo mandaron a llamar para que lo fuera a sanar. Pero resulta que Jesús, en vez de ir en el mismo momento, esperó dos días antes de ir a casa de Lázaro y cuando llegó, Lázaro ya había fallecido.
Muchos se preguntaban por qué Jesús se demoró tanto en ir a la casa de Lázaro, porque Jesús haber subido a un caballo o a un carro e ir a todo galope y así podía llegar rápidamente para hacer un milagro y salvar a Lázaro. O incluso ni siquiera tenía necesidad de viajar hasta donde estaba Lázaro: Jesús era Dios, y podía hacer el milagro a distancia, como lo había hecho en otras oportunidades. Pero Jesús dejó que Lázaro muriera, y muchos se preguntaban por qué Jesús hizo eso. Y otra cosa que se preguntaban muchos era que si Lázaro había muerto ya hacía cuatro días, ¿dónde estaba su alma? ¿Adónde fue el alma de su amigo Lázaro esos cuatro días en que estuvo muerto?
Para la primera pregunta, de porqué Jesús dejó que Lázaro muriera, la respuesta es que Jesús dejó que Lázaro muriera para que todos fueran testigos de que Él era Dios en Persona y de que Él tenía el poder de resucitar y de dar la vida, algo que sólo puede hacer Dios y nadie más que Dios, y eso es lo que Jesús hace cuando le dice a Lázaro parado fuera de la tumba: “Lázaro, sal fuera”.
Para la segunda pregunta, la respuesta es que Lázaro fue al infierno, pero no al infierno de los condenados, sino al infierno de los justos, a ese infierno al que bajó Jesús, el que nosotros rezamos en el Credo, cuando decimos: “Descendió a los infiernos” (cfr. IV Concilio Lateranense, 1215), porque ahí iban todos los justos del Antiguo Testamento antes de la Resurrección de Cristo. ¿Cuándo bajó Jesús a los infiernos? Cuando murió en la cruz el Viernes Santo. En ese momento, su Alma gloriosa se desprendió de su Cuerpo glorioso y bajó al Infierno –no al infierno de los condenados, sino al Seno de Abraham, donde estaban todos los justos del Antiguo Testamento, y donde había ido el alma de Lázaro-, y allí estaban Adán y Eva y todas las almas buenas que habían muerto en paz con Dios y con el prójimo pero que no podían entrar en el cielo. Entonces Jesús bajó con su Alma gloriosa para llevar a todas esas almas justas al cielo, y eso es lo que nosotros creemos y repetimos en cada Domingo, y cada vez que rezamos el Credo cuando decimos: “Descendió a los infiernos”. A ese infierno, que no es el de los condenados –porque los condenados en el infierno donde está el Diablo ya no pueden salir nunca más- es  adonde fue Lázaro. Y como Cristo es Dios, cuando Jesús llegó a casa de Lázaro y le dijo: “Lázaro, sal fuera”, con esa sola orden, le ordenó a su alma que regresara de la región del infierno, del Hades, y que su alma se uniera a su cuerpo y volviera a vivir.

En este Evangelio, entonces, Jesús nos muestra que Él es Dios y que es la Resurrección y la Vida y que así como resucitó a Lázaro, así nos va a resucitar a nosotros. Imaginemos el asombro de los que veían a Lázaro que estaba muerto y empezaba a caminar porque Jesús le había hecho el milagro de resucitarlo. Pero nosotros en la Misa, en la comunión, recibimos un milagro muchísimo más grande que ser vueltos a la vida, porque recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús y eso vale mucho más que el don de la vida terrena que recibió Lázaro.

sábado, 30 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: Sábado Santo



         El Evangelio nos cuenta qué pasó el Domingo, el día que resucitó Jesús: nos dice que a la mañana tempranito, antes de que salga el sol, las santas mujeres, las que habían acompañado a la Virgen el Viernes Santo por todo el Via Crucis, llevaron perfumes al sepulcro porque querían perfumar el Cuerpo de Jesús. Era costumbre de los judíos ponerles perfume y aceites perfumados a los que morían, y era eso lo que ellas iban a hacer. En otro Evangelio, se cuenta que las santas mujeres iban tristes y llorando, porque se acordaban del Viernes Santo, de cuando Jesús había muerto, y como lo extrañaban mucho, iban llorando por el camino. Lo que no sabían era que se iban a encontrar con una sorpresa. O mejor, con dos sorpresas.
         Cuando llegaron, se dieron con una primera sorpresa: la piedra del sepulcro estaba corrida, alguien con mucha fuerza tenía que haberla movido, porque era muy pesada. Cuando entraron, se dieron con la segunda sorpresa, y esta era mucho más grande que la otra: ¡el Cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro! En ese momento, se le aparecieron dos ángeles vestidos de blanco que les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Recuerden lo que Él les decía: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”.
         Entonces ahí las santas mujeres se acordaron de que Jesús les había dicho que iba a resucitar “al tercer día”, y con mucha alegría, se dieron cuenta de que Jesús había cumplido su promesa: ¡era el tercer día, después del Viernes Santo, y había resucitado! Llenas de alegría, corrieron a toda velocidad hacia donde estaban Pedro, Juan y los demás apóstoles, para avisarles lo que había pasado.
         ¿Qué les pasó a las santas mujeres? Lo que les pasó, fue que ellas amaban mucho a Jesús, pero tenían poca o casi nada de fe en sus palabras, y por eso es que ellas llevan los perfumes al sepulcro, porque pensaban que Jesús seguía muerto, como el Viernes Santo en la Cruz, pero que no había resucitado. Esa falta de fe les hacía también estar tristes, y por eso iban llorando, porque se acordaban de Jesús muerto en la Cruz y creían que seguía así y que ya no iba a vivir más.
A muchos les puede pasar que entran en la Iglesia y creen en el Jesús muerto en la Cruz del Viernes Santo, pero no en el Jesús resucitado del Domingo de Resurrección, y eso no puede ser, porque Jesús resucitó. Y sabemos que resucitó porque dejó de ocupar el sepulcro con su Cuerpo muerto, para ocupar el altar eucarístico y el sagrario con su Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de luz, de vida y del Amor de Dios.
         El que piensa que Jesús no resucitó, cuando viene un problema grande, o cuando está triste, o cuando se siente solo, se siente triste, como las mujeres de Jerusalén antes de encontrarse con los ángeles, que les anunciaron que Jesús había resucitado, y por eso cuando tiene problemas –o también cuando está alegre- no viene a hablar con Jesús en el sagrario, porque no cree que haya resucitado y que esté glorioso en la Eucaristía.
         El que piensa que Jesús no resucitó, cuando entra en la Iglesia, no se arrodilla ante el Sagrario, ni le reza a Jesús en la Eucaristía, ni hace adoración eucarística, porque para él la Eucaristía es solo un poco de pan bendecido y nada más.
         El que piensa que Jesús no resucitó, cuando comulga, piensa que es solo un poco de pan, y por eso no se prepara para recibir a Jesús en la comunión, ni lo adora, ni le ofrece su corazón, ni habla con Él cuando comulga, porque para Él Jesús no está en la Eucaristía, porque no resucitó.
         En cambio, el que cree que Jesús resucitó y que dejó de ocupar el sepulcro, para ocupar el altar eucarístico y el sagrario, cuando tiene algún problema, acude a su Amigo del alma, Jesús en el sagrario, a contarle todos los problemas que tiene, y sabe que Jesús lo escucha y atiende todas sus súplicas. Pero también cuando está alegre va al sagrario, para contarle a Jesús todas las cosas lindas y buenas que le han pasado, porque todo eso viene de Él, y le da gracias por tanto amor.
         El que cree que Jesús resucitó, cuando comulga, se prepara bien con la contrición del corazón, reconociéndose indigno de comulgar, pide perdón por sus pecados, le ofrece su corazón para que haga de altar y sagrario, lo adorna con las buenas obras y la gracia santificante, y cuando Jesús entra por la comunión, lo adora y le da gracias por tanto amor.
         El que cree que Jesús resucitó, vive alegre –como las santas mujeres, después de darse cuenta de que Jesús había resucitado- aun cuando haya problemas, porque Jesús resucitó.

jueves, 28 de marzo de 2013

El Evangelio para Niños: Viernes Santo



         El Viernes Santo es un día muy triste para la Iglesia, porque Jesús muere en la Cruz. Para darnos cuenta cuánto de  triste es este día, imaginemos como si se apagara el sol –no que hubiera un eclipse, sino que se apagara el sol, que ya no brillara nunca más, y que se convirtiera en una estrella enana, fría y sin luz-: el mundo estaría todo a oscuras, no podría verse casi nada; la temperatura bajaría a
         ¿Por qué es así el Viernes Santo? Porque Jesús es la “luz del mundo”, que vence a las tinieblas y a los que viven en las tinieblas, que son los ángeles caídos; es el Cordero que es la “lámpara de la Jerusalén celestial”, que con su luz divina ilumina y da vida a los ángeles y santos en el cielo; es el “Sol de justicia”, que alumbra y calienta las almas con el Amor de Dios, y si Él no está, entonces todas las almas mueren de frío y se quedan en la oscuridad, porque les falta el Amor del Sagrado Corazón de Jesús.
Jesús es para los hombres como el sol a los planetas: así como el sol calienta y da luz y vida, así Jesús, Sol de Amor infinito, da luz, calor, amor y vida eterna a las almas a las que ilumina. Y así como si falta el sol, la tierra se pone oscura y fría y las plantas no crecen y los animales se mueren, así también, si falta Jesús, como en el Viernes Santo, las almas se vuelven oscuras y frías y también mueren, porque no tienen ni la luz ni el calor del Amor de Dios.
Esto es lo que sucedió el Viernes Santo: murió Jesús en la Cruz, se apagó el Sol de justicia, dejó de alumbrar la luz del mundo, la luz de Dios, y todos los hombres quedaron envueltos en sombras muy pero muy oscuras, sombras malas, porque son sombras en donde viven los ángeles rebeldes, los que fueron echados del cielo por San Miguel Arcángel y los ángeles de luz.
El Viernes Santo es un día muy triste para la Iglesia, y sobre todo para la Mamá de Jesús, la Virgen, que está al pie de la Cruz llorando por su Hijo Jesús.
Pero es también un día de esperanza, y también de alegría, porque la Virgen María sabe que Jesús va a resucitar al tercer día, el Domingo. Y por eso la Virgen, mientras llora, reza, y mientras reza canta y se alegra, esperando volver a ver vivo a Jesús, esta vez para no separarse más. Mientras tanto, hasta que llegue el feliz día de la Resurrección, la Virgen de los Dolores, al pie de la Cruz, llora, reza, canta y, con serena alegría, espera.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Vamos al Sacrificio de Jesús (XXIII) En la Misa asistimos a la muerte y resurrección de Jesús




         Después que el pan y el vino se convirtieron en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el sacerdote dice: “Este es el misterio de la fe”, y todos responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
Los que están en Misa dicen dos cosas de Jesús: que murió y que resucitó, y que eso es lo que hay que ir a avisar a los demás, a los que no están en Misa.
La primera parte dice: “Anunciamos tu muerte”, porque se lo decimos a Jesús, que ya está en Persona en el altar. Lo que le estamos diciendo a Jesús es que creemos, aunque no vemos, que en el altar se renovó misteriosamente su muerte de Cruz; decimos que creemos en la muerte de Jesús en la Cruz, y que por un misterio que no sabemos cómo pasa, se renueva en el altar, oculta y escondida detrás del velo de los sacramentos. Le decimos a Jesús que creemos sin dudar ni un segundo que Él murió con su Cuerpo en la Cruz el Viernes Santo, y que cada vez que se celebra la Santa Misa, se renueva misteriosamente esa misma muerte, y por eso decimos que asistir a Misa es como haber asistido al Calvario.
Y porque asistir a Misa es como asistir al Calvario, el que asiste a Misa tiene que tener el corazón como eran los corazones de la Virgen María y de Juan, cuando estaban al pie del Calvario.
Los que vienen a Misa no tienen que venir buscando una misa “divertida”, ni “simpática”, ni “alegre”; y tampoco hay que inventar cosas raras; los que vienen a Misa tienen que querer subir con el alma al altar, donde está Jesús con su Cruz, para ofrecerse a Dios Padre junto a Jesús; tienen que querer subir con el corazón a la Cruz, para estar junto a Jesús, y eso quiere decir estar dispuestos a soportar todas las ofensas que les haga el prójimo; los que vienen a Misa, como quieren estar cerca de Jesús que está en la Cruz, tienen que afinar el oído –y para eso hay que hacer silencio-, para escuchar las palabras que Jesús dice desde la Cruz:  “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34); “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43);  “Mujer, he aquí a tu hijo; hijo, he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26-27);  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34); “Tengo sed” (Jn 19, 28); “Todo está cumplido” (Jn 19, 30);  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
La segunda parte dice: “Proclamamos tu resurrección”, porque creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, y que está en el Cielo, pero también está en la Eucaristía, en el altar y en el sagrario.
Esto quiere decir que el que viene a Misa, además de asistir al Calvario, asiste también a la tumba de Jesús, llamada Sepulcro de la Resurrección, porque Jesús en la Eucaristía no es el Jesús muerto de la Cruz, sino el Jesús vivo, glorioso, luminoso, el mismo que se levantó de la piedra del sepulcro, donde estaba tendido, con su Cuerpo frío y sin vida, para no morir nunca más, el Domingo de Resurrección.
Entonces, como venir a Misa es lo mismo que venir  tiene que tener en el corazón la misma alegría que tuvieron las santas mujeres cuando fueron al sepulcro y lo encontraron vacío: “Llenas de alegría, corrieron a avisar a los demás que el sepulcro estaba vacío”.
         La última parte dice: “Ven, Señor Jesús”, porque llamamos a Jesús, que está en la Eucaristía, para que venga pronto a nuestros corazones por la comunión. Él ya vino desde el cielo, donde vive junto a su Papá, y se quedó en la Eucaristía, y ahora nosotros lo llamamos para que entre en nuestro corazón, y para eso vamos preparándonos, para recibirlo con fe y con toda la fuerza del corazón. Esto es lo que queremos decir cuando decimos: “Ven, Señor Jesús”.

sábado, 7 de abril de 2012

Domingo de Resurrección para Niños y Adolescentes



A diferencia del Viernes Santo, en donde todo era tristeza, llanto y dolor, en el Domingo de Resurrección todo es alegría, fiesta, celebración, porque Jesús, que estaba con su Cuerpo muerto en la Cruz el Viernes, resucita con ese mismo Cuerpo el Domingo.

Para poder apreciar la grandeza y la alegría del Domingo de Resurrección, tenemos que ver qué pasó con el Cuerpo de Jesús, entre el Viernes Santo, el Sábado Santo y el Domingo.

En el Calvario, el Viernes Santo, todo era tristeza, llanto, dolor y amargura, porque Jesús había muerto en la Cruz. Los hombres, aliados con los demonios, habían conseguido lo que querían: vivir sin Dios, crucificando al Hombre-Dios con sus pecados. El Cuerpo muerto de Jesús es bajado de la Cruz por José de Arimatea, Juan el Evangelista, el "discípulo al que Jesús amaba", y otros varones más. María Santísima, con su Corazón Inmaculado triturado por el dolor, lo recibe y con sus lágrimas quita algo del barro, la tierra y la sangre que cubre el rostro de Jesús. Le quita la corona de espinas, acomoda sus cabellos, acaricia su rostro. Con un trozo de género blanco, suavemente, trata de quitar la tierra y la sangre del resto del Cuerpo, que además está todo lleno de de moretones, de golpes, de heridas abiertas. Luego de llorar un rato en silencio, abrazando el Cuerpo muerto de su Hijo, deja, con más dolor todavía, que José de Arimatea y los demás hombres lleven el cadáver de Jesús al sepulcro.

El Sábado, era un día de duelo, de dolor, acompañando a la Virgen que lloraba a su Hijo muerto en el sepulcro, aunque Ella tenía muy presentes las palabras de Jesús: sabía que iba a resucitar, y por eso, en medio del dolor, se mantenía serena y hasta alegre, enseñándonos cómo debe ser la actitud del cristiano frente a la muerte.

Una vez dentro, las santas mujeres de Jerusalén, que habían llevado ungüento y perfumes, se terminan de limpiar el cadáver de Jesús y de perfumarlo, aunque a Jesús no le hace falta, porque nunca jamás su Cuerpo inmaculado iba a descomponerse, como le sucede a los cuerpos de los hombres, porque Él jamás cometió un pecado, y porque Él había dicho que iba a resucitar, es decir, que iba a volver a vivir. El Cuerpo de Jesús es lavado y perfumado para ser sepultado, como hacían los judíos. Las santas mujeres, junto a la Virgen, tratan de cerrar un poco aunque sea sus heridas, la herida del costado, las de las manos, las de la cabeza, las de los pies, las de la espalda.

Una vez que terminan la tarea, se retiran todos en silencio, la última es la Virgen, que siente en su Corazón Inmaculado nuevos dolores, porque le quitan el único consuelo que tenía, que era aunque sea poder ver el Cuerpo muerto de su Hijo. Ahora todos se tienen que retirar, porque hay que cerrar la puerta del sepulcro con una piedra grande. María Santísima obedece, porque es el querer del Padre, y también se retira. Pero nosotros le pedimos permiso para quedarnos y ver, juntos a nuestros ángeles custodios, la Resurrección de Jesús. Apenas si podemos ver el cuerpo muerto de Jesús, que ha sido envuelto en el sudario, y también su cabeza.

Pasan las horas, y todo está oscuro en el sepulcro. No se puede ver casi nada, porque no entra nada de luz por ningún lado. Todo está en silencio también.

De pronto, en la madrugada del Domingo, todo cambia. Dentro del sepulcro, se produce un fenómeno extraordinario, un hecho asombroso, que jamás ha sido visto por ningún hombre y ni siquiera por los ángeles. Repentinamente, una gran luz, muy brillante, más brillante que la luz de muchos soles juntos, nace en el Corazón de Jesús, y desde su Corazón se extiende, rápidamente, por todo su Cuerpo, y a medida que se expande, va convirtiendo el Cuerpo, que era de carne y de huesos, en un Cuerpo también de carne y de huesos, pero glorificados, es decir, de luz, llenos de la vida de Dios.

Jesús, resucitado, irradiando luz como un sol, pero como millones de soles juntos, se incorpora, y sonríe, porque con su Resurrección ha derrotado para siempre a la muerte, al demonio, y al mundo.

La alegría del Domingo de Resurrección se debe a esto que pasó en el sepulcro: el Cuerpo muerto de Jesús, que había sido golpeado y crucificado, y cubierto de heridas y de sangre, el Domingo se llena de vida y en de sus heridas, ya no sale sangre, sino luz.

Pero hay algo más sorprendente todavía que la misma resurrección; un milagro que supera infinitamente a la Resurrección, y es que el Cuerpo de Jesús, que resucita en el sepulcro, lleno de luz, de gloria y de vida divina, ese Cuerpo con el cual se ilumina no solo el sepulcro sino el universo entero, es el mismo Cuerpo que, lleno del luz y de gloria, está en la Eucaristía.

Por eso para nosotros la Misa, toda Misa, pero sobre todo la del Domingo, es como estar en el sepulcro hace veinte siglos, porque participamos del Domingo de Resurrección y, lo mejor de todo, es que recibimos el Cuerpo de Jesús, lleno de luz, de gloria y de amor divinos, en el corazón, y así nuestro corazón, que muchas veces es como el sepulcro, frío, oscuro, y duro, se llena de la luz y de la gloria de Jesús cuando lo recibimos en la Eucaristía.

Y así como los discípulos de Jesús, llenos de alegría al ver a Jesús glorioso, fueron a anunciar a los demás que Él había resucitado, así también tenemos que avisar nosotros a los demás no solamente que Jesús ha resucitado, sino que está en la Eucaristía, esperando nuestra visita.



sábado, 31 de marzo de 2012

Domingo de Ramos para Niños y Adolescentes




El Evangelio nos habla de Jesús que entra en Jerusalén montado en una cría de asno. A su paso, todos los habitantes de Jerusalén, le cantan en su honor y con mucha alegría lo saludan a su paso, agitando palmas y formando con estas una especie de alfombra, porque para ellos Jesús es tan importante, que no solo Él, sino ni siquiera su burrito debe ensuciarse los pies con el polvo del camino.
         Todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, reciben a Jesús con ramos de olivo y palmas, que agitan a su paso, exclamando: “Hosanna al Hijo de David”, “Hosanna al Mesías”. Todos acompañan con gran alegría a Jesús, que entra en la ciudad de Jerusalén, y lo hacen porque se acuerdan de cómo Jesús les había dado de comer, multiplicando panes y peces; los había curado de muchas enfermedades graves, como la lepra; les había dado la vista a los ciegos, y había curado a sordos y mudos; había resucitado a los muertos; había expulsado a los demonios. Todos se acuerdan de todos los milagros que Jesús había hecho, y cantan cantos en su honor, y lo saludan con gran alegría, acompañándolo en su ingreso a Jerusalén.
         Pero resulta que esos mismos que el Domingo de Ramos lo acompañan con cantos y con alegría en su entrada a Jerusalén, porque se acordaban de todo lo que Jesús había hecho por ellos, unos pocos días después, el Viernes Santo, olvidándose de todos los favores de Jesús para con ellos, lo sacan fuera de Jerusalén, y en vez de cantarle cantos de alegría y de fiesta, lo insultan, y en vez de agitar palmas y ramos de olivo, agitan sus puños en alto, armados con palos, para descargarlos en Jesús.
Si el Domingo de Ramos dicen amar a Jesús, el Viernes Santo expresan rabia y furor, que los lleva a crucificar a Jesús en el Monte Calvario.
En esta gente, que cambia tanto, nos tenemos que ver reflejados nosotros, que también puede ser que en un momento decimos que amamos a Jesús, y en otro momento, nos enojamos con Él y lo golpeamos.
¿Cuándo sucede esto?
Por ejemplo, cuando venimos a Misa, y escuchamos la Palabra de Dios, y cantamos los cantos de la Misa, y acudimos a comulgar con amor, somos como los habitantes de Jerusalén el Domingo de Ramos.
¿Y cuándo nos comportamos como los habitantes de Jerusalén en el Viernes Santo?
Cuando nos enojamos con nuestro prójimo, y le decimos cosas malas; cuando desobedecemos a nuestros padres o a los mayores; cuando hacemos pereza y dejamos de hacer lo que tenemos que hacer, en la casa y en la escuela; cuando mentimos; cuando faltamos a Misa por pereza; cuando no rezamos por pereza. Todo esto nos hace parecer a los habitantes de Jerusalén en el Viernes Santo, porque con nuestros pecados, volvemos a crucificar a Jesús.
Le prometamos entonces a Jesús que vamos a tratar de nunca más pecar, para no crucificarlo, y que además vamos a hacer todo el esfuerzo para vivir en el amor y en el bien, dando amor y bondad a los que nos rodean.

jueves, 21 de abril de 2011

El Viernes Santo para Niños y Adolescentes

La cruz quedó empapada con la Sangre de Jesús,
y desde entonces, los cristianos adoramos la Santa Cruz.

¿Qué pasó con Jesús el Viernes Santo? Después que lo arrestaron en el Huerto de los Olivos, y lo tuvieron preso toda la noche, lo llevaron por la mañana para hacerle un juicio, y ahí, a pesar de que Él era inocente, porque era el Hijo de Dios, lo condenaron a muerte en cruz.

Pilatos lo hizo azotar, y los soldados lo flagelaron hasta casi hacerlo morir. Le pegaron tantos latigazos, que le arrancaron casi toda la piel de la espalda, y le hicieron salir mucha sangre.

Después que le dieron los latigazos, hasta quedar cansados, le pusieron una corona de espinas diciéndole: “Esta corona es para ti, Rey de los judíos”, y para que le quedara bien ajustada, mientras le ponían la corona, le daban bastonazos, y como le había tapado los ojos, le decían: “Adivina quién te pegó”, y se reían, haciéndole burlas y más burlas, y escupiéndolo en la cara.

Después cargaron la cruz de madera sobre el hombro de Jesús, y lo llevaron por el Camino de la Cruz, que en latín se dice: “Via Crucis”, y le seguían pegando latigazos, trompadas y patadas, mientras lo escupían y lo insultaban, no solo los soldados, sino también todos los que estaban al costado del camino.

Finalmente, llegaron a la cima del Monte Calvario, y le sacaron la túnica a Jesús, haciéndole doler de nuevo, porque la sangre ya se había secado, y cuando le sacaron la túnica, le arrancaron la sangre seca que se había pegado a su espalda.

Jesús se recostó en la cruz, y dejó que le clavaran los clavos en las manos y en los pies, y así quedó durante tres horas, desde las doce del mediodía, hasta las tres de la tarde.

¿Cómo estaba Jesús en la cruz todo ese tiempo?

En la cruz, Jesús sentía que le ardía la garganta, de tanta sed que tenía, y le había dado sed porque se había deshidratado, porque había perdido mucha sangre, y cuando Él dijo: “Tengo sed”, en vez de darle un poco de agua, le dieron a beber vinagre y hiel, que es algo muy amargo; tenía fiebre, a causa de los hematomas y moretones que se le habían formado dentro del cuerpo, porque cuando hay moretones dentro del cuerpo, eso da fiebre; sentía mucha falta de aire, por la poca sangre, y por la posición de los brazos y de los pies, que le hacía muy difícil respirar; le dolían muchísimo las heridas de la cabeza, y también le dolían los músculos del cuello, pero no podía descansar, porque cuando hacía la cabeza para atrás, para descansar un poco, le punzaban las espinas en la parte de atrás de la cabeza, y en la nuca; tenía un ojo completamente cerrado, porque le habían dado una trompada, y le había salido un hematoma en el párpado, que no lo dejaba ver; en la cara tenía un corte, porque cuando el criado del sacerdote judío le dio una trompada, llevaba puesto un anillo, y le cortó la cara con el anillo; tenía todos los cabellos pegados, como un mazacote, porque le había salido mucha sangre cuando le pusieron la corona de espinas, y después esa sangre se secó y le quedaron todos sus cabellos pegados y sucios, llenos de polvo, porque cuando se caía con la cruz, su cabeza daba con el piso; tenía toda la cara cubierta de polvo y de sangre, que era la sangre que le caía de su cabeza, coronada de espinas, pero era también sangre que le salía de la nariz, por las trompadas que le habían dado, y era la sangre del corte del anillo del criado del sacerdote judío; los oídos, y los ojos, estaban tapados de sangre, por toda la sangre que le caía de la cabeza; tenía los brazos cansados, de tanto tenerlos estirados en la cruz, y además, porque había venido cargando la cruz todo el Via Crucis; el hombro derecho le dolía mucho, porque para poder atravesar su mano con el clavo, le estiraron tanto, que le hicieron salir de su lugar; tenía los dedos anular y meñique de las manos contraídos, vueltos hacia dentro de la mano, y los otros tres extendidos, porque los clavos de hierro habían traspasado un nervio, que hacía que los dedos se pusieran en esa posición; tenía los pies juntos, puestos uno sobre el otro, atravesados por un grueso clavo de hierro, y esas heridas de los pies le dolían cada vez que respiraba, porque tenía que apoyarse en los pies para poder respirar, y cada vez que lo hacía, el dolor de las heridas de los pies era insoportable.

Dice una santa, Ana Catalina Emmerich, que cuando subieron la cruz, los pies de Jesús quedaron a una altura en la que sus amigos podían besarlos. Además, en el momento en el que la cruz fue izada, y se deslizó en su base para quedar anclada en el pozo que habían excavado en el Calvario, en ese momento, cuando la cruz chocó contra el fondo del pozo, todas las heridas de Jesús se reabrieron, provocándole todavía más dolor, y haciendo brotar nuevamente la sangre de sus heridas. Pero también pasó algo más: en ese momento en el que la cruz fue levantada hacia lo alto, Satanás, los demonios, y el infierno entero, comenzó a aullar de miedo, de terror y de espanto, porque los había vencido el Amor de Dios Uno y Trino.

Jesús fue abandonado por todos sus amigos, y por todos los que habían recibido milagros de Él, e incluso hasta Dios Padre parecía que lo había abandonado –aunque nunca lo abandonó, pero Jesús sentía como que lo había abandonado-, pero había alguien que nunca lo abandonó, y ese alguien era la Virgen.

Desde que lo apresaron, y durante todo el tiempo que estuvo preso, y cuando le dieron los latigazos, hasta que lo crucificaron, la Virgen estuvo siempre cerca de su Hijo; Ella lo acompañaba de cerca, y veía cómo le pegaban a lo que más quería en el mundo, Jesús, y cuando veía que le pegaban, se acordaba de cuando era chiquito, que cuando Jesús se lastimaba, o se caía, ella salía corriendo a atenderlo, y ahora sufría y lloraba, porque no podía auxiliar a su querido Hijo. La Virgen veía cómo le pegaban a su Hijo, y aunque no le pegaban a Ella, le parecía sufrir los mismos dolores, porque cada golpe que recibía su Hijo Jesús, lo recibía Ella en espíritu, en su Corazón de Madre.

La Virgen sufrió los dolores de su Hijo, todos, en su Corazón Inmaculado, y con sus dolores nos salvó, por eso Ella es nuestra Salvadora, junto a su Hijo Jesús.

A las tres de la tarde, Jesús dio un fuerte grito, y dijo a su Papá del cielo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y entonces murió.

En ese momento, el cielo hizo luto, como cuando muere el hijo único, para expresar su dolor: aparecieron nubes negras en el cielo, que taparon el sol, y se puso tan oscuro, que parecía casi de noche, y eran las tres de la tarde; hubo un temblor muy fuerte, y la iglesia de los judíos, de los que habían condenado a Jesús, se partió en dos; salieron muchos muertos, que resucitaron, de sus tumbas, mientras los ángeles lloraban la muerte de Jesús.

Cuando Jesús ya estaba muerto, vino un soldado, y con una lanza le atravesó el pecho y de su Corazón salió sangre y agua, y con la sangre y el agua, el Espíritu Santo se derramó sobre la humanidad, porque Dios Padre perdonaba a los hombres que habían matado a su Hijo dándoles su Amor.

Después, bajaron a Jesús de la cruz, y la Virgen María lo lloraba en silencio, junto a Juan y a las piadosas mujeres. Después, se llevaron el Cuerpo muerto de Jesús a la tumba.

Sólo quedó en el Calvario la cruz, que era de madera dura, que quedó toda empapada de la sangre de Jesús, y porque esa sangre era la sangre del Cordero de Dios, los cristianos, desde entonces, adoramos la cruz.

Adorar quiere decir saber que somos nada delante de Dios, que somos como un granito de arena, comparado con el sol, y que aún así, siendo nada más que un granito de arena en comparación con el sol, amamos a Dios, que es Sol de Amor eterno, con todas nuestras fuerzas.

Adoremos la cruz, en el Viernes Santo, porque está empapada con la Sangre de Jesús, la sangre que nos salvó y nos hizo ser hijos de Dios.

jueves, 31 de marzo de 2011

La Semana Santa no es para pasear. Es para unirnos a Jesús, que por mí sufre y muere en la cruz



Semana Santa no es para pasear. En Semana Santa nos unimos a Jesús, que por nosotros muere en la cruz. No puedo estar paseando y divirtiéndome, mientras Jesús muere en la cruz por mí.

Le pidamos a la Virgen que nos haga ver a su Hijo Jesús, para que así lo podamos amar cada vez más.

En el Viernes Santo, Jesús está en la cruz, clavado con gruesos clavos de hierro. El cuerpo de Jesús en la cruz tiene muchas heridas, por todos lados, pero hay cinco heridas que son más grandes que las demás, y de estas heridas grande es de donde sale más sangre, y son las que más le duelen. Estas heridas más grandes son: las de las manos, las de los pies, las de la cabeza, y la herida del costado.

Tomemos el crucifijo, y recorramos cada una de las heridas de Jesús, dándole un beso, una por una, agradeciendo a Jesús que por mí muere en la cruz. Veamos cuán grandes son, y cuánta sangre sale de ellas, y veamos qué nos da Jesús en cada herida.

Veamos la herida de la mano izquierda, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano izquierda, para que no estemos a su izquierda en el Día del Juicio. En el Día del Juicio, todos los que estén a la izquierda de Jesús, se van a condenar, se van a ir derecho al infierno, y todo por no querer amar a sus hermanos. Los que vayan al infierno, van a ir porque no quisieron ser buenos, no quisieron ayudar al que lo necesitaba, no quisieron dar de beber al que tenía sed, ni dar de comer al que tenía hambre, ni visitaron al que estaba enfermo. Entonces, antes de ir al infierno, se amontonarán a la izquierda de Jesús, y luego se irán al infierno, cuando Jesús les diga: “¡Salgan de aquí, ustedes que son malos! Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, estuve enfermo y no me visitaron”. Jesús se deja clavar un clavo en la mano izquierda, para que nunca estemos a su izquierda, y para eso, tenemos que obrar la misericordia con todos y ser cada día más buenos y santos.

Veamos la herida de la mano derecha, y la besemos. Jesús se dejó herir en la mano derecha, y dejó que el clavo la traspasara, le hiciera doler mucho y le hiciera salir sangre, para en el Día del Juicio nos bendiga, y nos salvemos. En el Día del Juicio, por la llaga de la mano derecha de Jesús, Él nos va a bendecir, y para eso tenemos que ser cada día más buenos. En ese día, si somos buenos, si nos confesamos siempre, si venimos a Misa los Domingos para recibir a Jesús en la Eucaristía, Jesús va a levantar su mano derecha para bendecirnos, y cuando nos bendiga, nos va a decir: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed, y me disteis de comer y de beber, y estuve enfermo y me visitasteis”. También se deja clavar la mano derecha para que nuestras manos nunca se levanten para pegar a los demás, sino que se levanten sólo para rezar a Dios y para ayudar a los más necesitados. Entonces, para que la mano derecha de Jesús nos bendiga en el Último Día, y así podamos ir al cielo, ayudemos al que lo necesite, sobre todo a los enfermos, y así vamos a entrar al cielo.

Veamos la herida de los pies, y besemos sus pies clavados en la cruz. Jesús se deja clavar los pies en la cruz, para que yo siga el camino de la cruz.

Ese camino empieza en el Huerto de los Olivos, en donde Jesús sufrió mucho, de miedo por lo que iba a sufrir, y de tristeza por los que Él veía que se iban a condenar.

Cuando se fue del Huerto de los Olivos, el camino iba quedando regado con su sangre, porque tenía tanto miedo y tanta tristeza, que sudaba, como cuando alguien corre mucho, pero su sudor era sangriento, estaba mezclado con sangre. Y después, cuando subió el camino de la Cruz, el Via Crucis, también quedó este camino regado con su sangre, porque había recibido muchos, pero muchos golpes, de parte de todos los hombres.

Jesús se deja clavar los pies en el madero de la cruz, para que siempre sigamos el Camino de la Cruz. ¿Y cómo vamos a saber que es el Camino de la Cruz? Porque está todo teñido de rojo, con la sangre de Jesús.

Veamos las heridas de la santa cabeza de Jesús, y besemos su cabeza. Las espinas de la corona son muy gruesas y filosas, y son muchas, y le provocan muchos cortes, de donde sale sangre como si fuera un manantial; la sangre le corre por todo el rostro, por su frente, por sus ojos, por su nariz, boca, oídos, por el mentón. En la cabeza comienzan los pensamientos. Cuando los pensamientos son malos, entonces el corazón se pone malo también, se vuelve negro, porque sólo quiere cosas malas, y después el hombre obra el mal: peleas, envidias, enojos, gritos, insultos, robos, y muchas cosas más. Jesús se deja coronar de espinas en la cabeza, para que nosotros no tengamos nunca pensamientos malos, pero sobre todo, para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz. Cada vez que veamos a Jesús coronado de espinas, le pidamos la gracia de tener pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la cruz.

Veamos la herida del costado de Jesús, y la besemos. Cuando Jesús murió, vino un soldado romano, y le clavó una lanza en el pecho, a la altura del corazón, y lo traspasó. Jesús ya estaba muerto. En ese momento, de su Corazón abierto por la lanza, salió sangre y agua, y con la sangre y agua, salió el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Jesús deja que un soldado le traspase su pecho con la lanza, para que de su Corazón salga el Amor de Dios, que cae como un río de fuego, que no quema, sobre los hombres.

Así es Dios: los hombres nos burlamos de Él, le ponemos una corona de espinas, lo crucificamos, le traspasamos el Corazón, y Él responde enviándonos su Espíritu de Amor. Para eso se deja traspasar Jesús, para darnos el Espíritu Santo, que es el Amor suyo y el de su Padre. Aunque nosotros seamos malos y lo hayamos crucificado, Él nos perdona y nos da su Amor. Le prometamos que nunca más vamos a ser malos, que vamos a tratar de ser siempre buenos, cada vez más buenos, y santos.

En Semana Santa, Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre en la cruz, para entregar su Cuerpo y su Sangre en la Misa, en la Eucaristía, para que nosotros, recibiendo la Eucaristía, nos unamos a Él.

En Semana Santa, aprendamos a amar mucho a Jesús, aquí en la tierra, para seguir amándolo para siempre en el cielo, en la eternidad.