Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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viernes, 31 de agosto de 2012

La Santa Misa para Niños (XXII) Lo que pasa en el altar es un misterio: el “misterio de la fe”.



Después de decir las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, el sacerdote dice: “Éste es el  misterio de la fe”. ¿Qué quiere decir “misterio”? Es algo que está escondido, oculto. ¿Y qué es lo que está escondido u oculto en el altar? El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. No lo podemos ver con los ojos del cuerpo, y por eso es un misterio, porque está escondido, pero sí lo podemos ver con los ojos de la fe, y por eso decimos que es un “misterio de la fe”. Es como cuando alguien se esconde detrás de una puerta y nos habla: no lo podemos ver, pero escuchamos su voz, y así sabemos quién es el que está detrás de la puerta. Lo mismo pasa con Jesús en la Eucaristía: no lo vemos con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe.
Esto que sucede en el altar, que el pan y el vino se convierten, por las palabras que dice el sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, tiene una palabra que se llama: “transubstanciación”. Es un poco difícil, pero no imposible de aprender: “tran-subs-tan-ciación”. Con esta palabra, le ponemos un nombre al “misterio de la fe”, y así podemos saber qué es lo que pasó en el altar después que el sacerdote dijo las palabras de la consagración.
¿Y cómo pasó esto? No lo sabemos; sólo sabemos que pasó y pasa cada vez que el sacerdote celebra la Misa, y es posible por el poder de Jesús, que habla a través del sacerdote, dándole la fuerza de Dios a las palabras de la consagración.
Aunque no sabemos cómo pasó, sí podemos darnos una idea, sabiendo qué es lo que vieron algunos santos en la Misa, como por ejemplo una gran santa que se llamaba Hildegarda de Bingen, que nació en la Edad Media, una época en donde no había ni televisión, ni Internet, ni autos, ni aviones, ni trenes, pero en donde la gente era más feliz, porque todos, desde los reyes hasta los más plebeyos, pensaban en Dios y lo amaban.
¿Qué fue lo que vio Santa Hildegarda de Bingen? Ella nos lo cuenta así[1]: “Y después de esto vi que, mientras el Hijo de Dios pendía en la cruz” –recordemos que Hildegarda está asistiendo a Misa, y ve a Jesús en la Cruz porque la Misa es el mismo sacrificio de Jesús en la Cruz, por eso, asistir a Misa, es asistir al Calvario de Jesús, y nosotros tenemos que ir a Misa con los mismos sentimientos con los que la Virgen María y Juan Evangelista estaban al lado de Jesús crucificado- “(…) vi como un altar (…) Entonces, al acercarse al altar un sacerdote revestido con los ornamentos sagrados para celebrar los divinos misterios” –todo esto que ve Santa Hildegarda, lo ve en el momento durante una Misa, y ella lo llama: “divinos misterios”-, “vi que súbitamente una luz grande y clara que venía del cielo acompañada de la reverencia de los ángeles envolvió con su fulgor todo el altar” –apenas comienza la Misa, una luz baja desde el cielo, y los ángeles la saludan con mucha reverencia, porque viene de Dios mismo-, “y permaneció allí hasta que el sacerdote se retiró del altar, después de la finalización del misterio” –esa luz se queda todo el tiempo que dura la Misa.
Pero además de esta luz celestial, Santa Hildegarda ve cómo, en el momento de la consagración, baja desde el cielo un relámpago de fuego muy luminoso, que baja hasta el pan y el vino del altar, los sube hasta el cielo y después los vuelve a bajar, ya convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aún cuando a los ojos del cuerpo sigan pareciendo que son solamente pan y vino: “Pero también allí, una vez leído el Evangelio de la paz y depositada sobre el altar la ofrenda que debía ser consagrada, cuando el sacerdote hubo entonado la alabanza de Dios todopoderoso –que es el ‘Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos’– para comenzar así la celebración de los misterios, repentinamente un relámpago de fuego de inconmensurable claridad descendió del cielo abierto sobre la ofrenda misma, y la inundó toda con su luz, tal como el sol ilumina aquello que traspasa con sus rayos. Y mientras la iluminaba de este modo, la elevó invisiblemente hacia los [lugares] secretos del cielo y nuevamente la bajó poniéndola sobre el altar, como el hombre atrae el aire hacia su interior y luego lo arroja fuera de sí: así la ofrenda fue transformada en verdadera carne y verdadera sangre, aunque a la mirada humana apareciera como pan y como vino”.
Así vivían los santos la Misa, y esto es lo que sucede en realidad, y por eso se llama la Misa: “misterio de la fe”. No podemos ver nada de esto con los ojos, pero con la luz de la fe, sí podemos verlo.
Pero en la Misa hay todavía más cosas: en la Misa pasa toda la vida de Jesús, sin que nos demos cuenta, y por eso asistir a Misa es más que si leyéramos toda la Biblia; asistir a Misa es vivir el Evangelio de Jesús. Dice así Santa Hildegarda: “Mientras yo veía estas cosas, repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo”. Santa Hildegarda ve cómo en la Misa, misteriosamente, se desarrolla toda la vida de Jesús, como si estuviéramos viendo la película de la Pasión, de Mel Gibson, pero mucho mejor, porque la película es sólo una película, mientras que la Misa es la realidad de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
Todo lo que sucede en el altar, es para que nosotros nos alimentemos, del Cuerpo y la Sangre de Jesús, para que tengamos el Amor de Dios en nuestros corazones, y sepamos darlo a los demás. Dice así Santa Hildegarda: “Pero, mientras el sacerdote entonaba el cántico del Cordero Inocente –que es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo– y se presentaba para recibir la Santa Comunión, el relámpago de fuego antes mencionado se retiró hacia los cielos; y tan pronto como el cielo se cerró oí una voz que desde el cielo decía: ‘Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia’”. Mientras dura nuestra vida en la tierra, nos tenemos que alimentar con la Eucaristía, porque esta vida es como un desierto, en donde nos acechan el calor ardiente del sol de las tentaciones; los alacranes, escorpiones y arañas del desierto, que son los demonios, y el frío de la noche del desierto, que es la dureza y frialdad del corazón: para combatir todo esto, nos sirve el alimento de la Eucaristía, porque nos preserva del pecado mortal y venial, al hacernos ver las cosas del mundo pequeñas y sin importancia, como cuando alguien ve la tierra desde la ventanilla de un avión; nos libra de las insidias del demonio, porque el demonio no se acerca a quien lleva a Jesús Eucaristía en el corazón, y convierte nuestro corazón, duro y frío como la roca, en una brasa de amor ardiente a Dios. Todo esto, hasta que lleguemos al cielo, por eso la voz de Dios Padre le dice a Santa Hildegarda: “Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo –la Eucaristía- para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia”.
Para asistir a Misa, por lo tanto, debemos pedir siempre la luz del Espíritu Santo, para que podamos vivirla con toda intensidad. La Misa no es ni “divertida” ni “aburrida”, o, si queremos, es, más que “divertida”, alegre, fascinante, maravillosa, porque es asistir al milagro más grande y maravilloso de todos los milagros grandes y maravillosos de Dios: es el fascinante misterio de la renovación sacramental del sacrificio en Cruz de Jesús.

“…repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo”.
(Santa Hildegarda de Bingen)


[1] Hildegardis Scivias II, 6-1. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B.. In: Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis. Vol. 43-43a. Turnhout: Brepols, 1978.

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