Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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jueves, 18 de abril de 2013

El Evangelio para Niños: "Yo Soy el Buen Pastor"



         Jesús se llama a sí mismo: “Buen Pastor” (Jn 10, 27-30). Imaginemos entonces cómo es un buen pastor, para saber cómo es Jesús. Un buen pastor se preocupa por sus ovejas y por eso las lleva a un lugar con mucho pasto verde, con agua fresca, con árboles que protejan del sol, para que las ovejitas se alimenten, tomen agua y descansen. Además, el buen pastor está atento por si viene el lobo, que quiere comerse las ovejas. El buen pastor no trabaja por el dinero, ni tampoco le importa la lana de las ovejas; lo que le importa es que la oveja esté bien, se alimente, y esté protegida del lobo. Algunas veces le puede pasar al pastor que una de las ovejas, distraída, se separa del redil, y se va caminando lejos por lugares peligrosos, como la ladera de un barranco, que termina en un precipicio. Si la ovejita se separa de las demás, se pierde, y si se hace la noche, no puede ver bien y se cae por el barranco. En su caída, la ovejita se va lastimando con las piedras, las cuales le van cortando su piel y le van haciendo salir mucha sangre. Al llegar al fondo del precipicio, está tan malherida, que ya no puede moverse ni levantarse. Pero lo peor de todo está por llegar, porque en el fondo del barranco vive el lobo, que tiene un olfato muy bueno, y cuando huele la sangre de las heridas de la ovejita, se acerca en seguida para comérsela entera con sus dientes afilados. La ovejita pide auxilio, con sus débiles balidos, pero si no viene alguien a auxiliarla prontamente, entonces está lista.
         En este caso, ¿qué hace un buen pastor? Un buen pastor deja al resto de las ovejas, que están a salvo, y escuchando los balidos de la ovejita en el fondo del barranco, va su busca. Baja por el barranco, apoyándose en su cayado, llega hasta donde está la ovejita, ahuyenta al lobo con su sola presencia, derrama aceite en las heridas de la ovejita, las venda, la carga sobre sus hombros, y sube por la ladera escarpada para llevarla de nuevo con las demás, sana y salva. El buen pastor da la vida por sus ovejas.
         Ahora que vimos cómo es un buen pastor de la tierra, podemos saber cómo es Jesús, que es el Buen Pastor del cielo. En esta imagen de las ovejitas y el pastor, nosotros somos esas ovejitas, y cuando no vivimos los Mandamientos de Dios –cuando no venimos a Misa, cuando no rezamos, cuando desobedecemos a los papás, cuando peleamos, decimos mentiras, somos egoístas, perezosos-, entonces somos como la ovejita que se aparta de las demás y se cae por el barranco. La caída es la tentación consentida –cuando consentimos la pereza, el enojo, la impaciencia, el mal trato, etc.-, y las heridas son los pecados; el fondo del barranco es nuestra alma sin la gracia; el lobo es el ángel caído. Esto quiere decir que cuando no vivimos los Mandamientos de Dios, cuando no hacemos el esfuerzo por luchar contra nuestra pereza, impaciencia, enojo, fastidio, egoísmo, nos alejamos de Jesús y de su gracia y nos caemos en el fondo del abismo, que es el pecado. Además quiere decir que, alejándonos de Jesús, nos acercamos al Lobo del infierno, que es el demonio, y quedamos a merced suya. Y el demonio, al que no tiene la protección de Jesús, lo destroza con sus dientes de bestia furiosa, que anda “buscando a quien devorar”.
Jesús entonces es el Buen Pastor, y por eso viene en nuestro auxilio y no nos deja solos. Jesús dice que “sus ovejas escuchan su voz” porque lo conocen, entonces, cuando Él viene a buscarnos, nos llama con el dulce silbido de su voz, y esto significa el llamado al arrepentimiento y a la contrición del corazón. Por eso dice Jesús que sus ovejas “escuchan su voz y lo siguen”, porque la voz de Jesús, Buen Pastor que nos busca, al mismo tiempo que nos llama, nos pone el corazón el arrepentimiento perfecto y el deseo de no volver nunca más a pecar, para vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios.
El que escucha la voz de Jesús, recibe en el alma la gracia de la contrición perfecta, por la cual está dispuesto a “morir antes que pecar”, como pedía Santo Domingo Savio el día de su Primera Comunión. El que escucha la voz de Jesús, se arrepiente tan profundamente de sus pecados, que quiere que se haga realidad lo que pide en cada confesión sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”.
Jesús nos llama con su dulce voz, dándonos el arrepentimiento, y la ovejita que responde con sus débiles balidos somos nosotros, que hemos escuchado su voz y le contestamos. Él escucha nuestra respuesta y baja, pero no por un barranco, sino desde el cielo, y no con un cayado de madera, de esos que usan los pastores de la tierra, sino con su cayado celestial, que es la Cruz de madera; ahuyenta no a un lobo de la tierra, sino que con su sola Presencia ahuyenta al Lobo del infierno, el demonio, y le ordena que esté bien lejos de nosotros y que no nos haga daño; cura nuestras heridas, con la Sangre de sus heridas; nos venda las heridas con su Amor, nos carga en sus hombros, es decir, nos sube a su Cruz, y sube llevándonos sobre sus hombros al lugar del reposo y del descanso eterno, esas praderas verdes con aguas cristalinas y árboles que dan sombra fresca, el Reino de los cielos.
Somos las ovejas del Buen Pastor, conocemos su voz y la escuchamos; hagamos entonces caso de lo que nos pide, para poder entrar en el Reino de los cielos: “Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo, niégate a ti mismo y carga tu Cruz de todos los días y sígueme”. Si hacemos así, nunca, ni en esta vida ni en la otra, nos apartaremos de Jesús, Buen Pastor.

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