Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

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sábado, 15 de octubre de 2011

Visitemos a Jesús en el sagrario



Supongamos que tenemos un amigo, al cual queremos mucho, y él también a nosotros. Este amigo vive en una casita pequeña, y como se encuentra enfermo, no puede salir de su casa. Un día, nos hace decir, primero por unos mensajeros, y después por medio de su mamá -que es muy buena, y que ama a su hijo con mucho amor, y es tan buena y amorosa, que a los amigos de su hijo, los quiere como a su propio hijo- que le gustaría mucho que lo fuéramos a visitar, que él se sentiría mucho mejor de su enfermedad si lo vamos a ver. No quiere que le llevemos nada, solamente nuestra presencia.

Supongamos que le decimos, por medio de su mamá, que sí lo vamos a ir a visitar, pero no vamos, porque en vez de ir, preferimos quedarnos en nuestra casa, haciendo no lo que nos mandan, sino lo que nos gusta: jugar, ver televisión, jugar en la computadora, salir en bicicleta, etc. Supongamos que nuestro amigo vuelve a mandar a su mamá, para que nos diga que nos sigue esperando, que le gustaría mucho vernos, que encima tiene varios regalos para hacernos. Y no solo eso, sino que su papá, que es más rico que Bill Gates, también nos quiere hacer un regalo que cuesta muchísimo, y que además, como tiene tanta plata, nos va a regalar todo lo que le pidamos. Supongamos que le decimos nuevamente que sí, que vamos a ir, pero al final no vamos nada, porque preferimos quedarnos en casa, viendo televisión, haciendo no lo que debemos hacer, sino lo que nos gusta. Y lo mismo pasa una tercera, y cuarta, y quinta vez, y siempre decimos que vamos a ir, y nunca vamos. Y no solo no vamos, sino que preferimos ir detrás de un perrito con sarna, que pasó delante nuestro, y lo comenzamos a seguir, yéndonos lejos y en dirección contraria a la dirección de nuestro amigo.

¿Cómo se sentiría nuestro amigo, que está enfermo, y que necesita solamente de nuestra compañía, y nosotros se la negamos? ¿Cómo se sentiría su mamá, al ver que no vamos a visitar a su hijo, que quiere nuestra compañía? ¿Qué le diría su papá, al ver que no vamos nunca a visitarlo? Seguramente le diría: "Hijo mío, ¿qué clase de amigos tienes, que nunca vienen a visitarte, sabiendo que tú quieres que vengan? Jamás han venido por aquí, yo no los conozco, y a pesar de que no los conozco, estaba y estoy dispuesto a regalarles lo que me pidan, con tal de que vengan a verte. ¡Pero no puedo regalarles nada, porque nunca vienen a verte, y ni siquiera sé quiénes son! ¿Qué clase de amigos tienes, querido hijo mío, que tan mal se portan contigo?

Bueno, ¿qué nos dice esta historia?

El amigo que está en su pequeña casa, es Jesús, que está en el sagrario, y como el niño de la historia, también quiere que lo vayamos a visitar, con la diferencia de que Él no está enfermo, y no necesita de nosotros, aunque nosotros sí lo necesitamos a Él.

La mamá del niño, es la Virgen María, que nos quiere como quiere a su Hijo Jesús, porque todos somos hijos adoptivos de esta Madre celestial, y como la Mamá de la historia, viene desde el cielo para decirnos que vayamos a visitar a su Hijo Jesús en el sagrario. Los mensajeros que nos invitan a la casa del niño son nuestros ángeles custodios, que ponen en nuestra mente y en nuestro corazón el pensamiento y el deseo de amar a Jesús en la Eucaristía.

El papá del niño, que tiene muchísimo dinero, y que quiere hacernos muchos regalos, los que nosotros le pidamos, es Dios Padre, que es el Dueño del universo, porque es su Creador, y es tan bueno, que nos espera sólo para hacernos regalos, pero se desilusiona cuando ve que no puede hacer ningún regalo a ninguno de los amigos de su Hijo, porque nadie viene a visitarlo.

Por último, los amigos desconsiderados, que se dicen amigos del niño de la casa, pero parece que no lo son, porque nunca van a visitarlo, porque prefieren quedarse en sus casas haciendo lo que les gusta y no lo que deben hacer o lo que se les manda hacer, somos nosotros, que por amor propio, pereza, indiferencia, vagancia, orgullo, frialdad, demostramos que no amamos en realidad a nuestro amigo Jesús, ni queremos los regalos de su Papá, que es Dios Padre, ni tampoco nos interesa el amor de su Mamá, la Virgen. Y para colmo de males, nos vamos detrás de un perro sarnoso, que ya sabemos a quién representa.

¡No seamos tan desconsiderados para con Jesús en el Sagrario, que se queda ahí, Prisionero de amor, por amor a nosotros, para darnos todos los tesoros de su Sagrado Corazón! ¿Cómo puede ser que, en vez del amor del Sagrado Corazón, seamos capaces de elegir una caja de vidrio con colores, figuras que se mueven, y sonidos, que no nos deja nada en el alma?

Y Jesús da tantos pero tantos regalos en el sagrario... Hay muchos testimonios de su generosidad. Por ejemplo, una vez, un santo, estaba arrodillado ante el sagrario, y estando así, vio claramente a Jesús presente en las Hostias consagradas, y lo vio con sus manos extendidas y abiertas. Después vio cómo brotaban de sus las manos de Jesús dos cascadas de piedras preciosas que brillaban muchísimo, con luces de muchos colores. El santo le preguntó a Jesús qué significaban aquellas piedras preciosas, y Jesús le dijo: "Estas son las gracias que regalo agradecido a quienes me visitan". Una sola gracia de Jesús vale más que el universo entero, que no es más que polvo y ceniza. Y con la gracia podemos ir al cielo, pero con el polvo y la ceniza, no[1].

Otro ejemplo de la generosidad de Jesús es el caso de un padre de familia, que estaba muy preocupado porque no tenían nada para comer. Una hijita suya, muy pequeña, fue a la Iglesia, se arrodilló delante del sagrario, y le pidió por su papá, por su mamá y por todos sus hermanitos y Jesús le dijo: "Ten confianza en Mí. No temas, que nunca los abandonaré". Cuando la niña salió de la Iglesia, se encontró en la puerta con una señora que le entregó un paquete grande con ropas y provisiones, y le dijo: "Toma, niña, este regalo y llévaselo a tus papás". Así recompensa Jesús la confianza de quien acude a Él con piedad, fe y amor.

En otro caso distinto, un matrimonio estaba muy angustiado por la enfermedad de su pequeño hijo. Entonces el padre fue a rezar delante del sagrario, con un devocionario, pero la madre del niño le dijo: “Deja ese libro, y dile sencillamente y con todo el corazón a Dios infinitamente bueno que nuestro hijito está enfermo y que le suplicamos nos lo cure. El padre del niño así lo hizo, y su hijo se curó.

Cuando vayamos al sagrario, podemos usar devocionarios, pero sobre todo, debemos rezarle a Jesús con el corazón, hablándole como le hablaríamos a nuestros padres, contándole todo lo que nos pasa, tanto las cosas alegres como las más tristes. Tenemos que contarle los defectos que nos cuesta vencer, las tareas que nos cuestan hacer, el estudio que también nos cuesta, es decir, tenemos que contarle, en nuestra visita, todo lo que nos pase.

Pero no tenemos que venir a visitar a Jesús sólo porque puede darnos muchas cosas: tenemos que visitar a Jesús por lo que es, Dios de Amor infinito, y no por lo que da, porque si no, seríamos muy interesados. Dice una santa que nuestra oración tendría que ser así: “Jesús mío, que yo te ame por lo que eres, Dios de Amor infinito, y no por lo que das”.


[1] Cfr. Rüger, P., El maná del niño, Editorial Guadalupe, Buenos Aires 1952, 178ss.

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