Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 27 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIX) Jesús entrega su Cuerpo en la Cruz y en el altar para salvarnos



“Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”.

Cuando el sacerdote pronuncia estas palabras, tenemos que estar muy atentos, porque es Jesús quien las pronuncia a través del sacerdote. Por eso el sacerdote no dice: “Esto es el Cuerpo de Jesús”, sino que dice: “Esto es mi Cuerpo”, y no está diciendo que es el cuerpo suyo, el del sacerdote, sino el de Jesús. Si el sacerdote hablara por sí mismo, diría: “Esto es el Cuerpo de Jesús”, pero no lo dice; por el contrario, dice: “Esto es mi Cuerpo”, porque el que pronuncia esas palabras, es Jesús. Es Jesús quien habla a través del sacerdote; es la Persona divina del Hijo de Dios el que habla a través del sacerdote ministerial.
Sabiendo entonces que es Jesús en Persona el que habla, ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir Jesús cuando dice que su Cuerpo será “entregado” por nosotros?
Para entender porqué Jesús dice que su Cuerpo será entregado por nosotros, y para saber también porqué la Misa es un “sacrificio”, tenemos que pensar primero en Dios, en su infinita bondad, y en cómo le responden los hombres.
Primero, hay que saber que Dios es infinitamente bueno, y esto quiere decir que nunca nada de lo que Él piense, desee, haga, o diga, puede ser malo, porque sino, dejaría de ser Dios. Si Dios pudiera desear algo malo, aunque sea pequeñísimo, ya no sería Dios, por eso, para que Dios sea Dios, tiene que ser incapaz de nada malo. Dios puede permitir que nos pase algo que llamamos “malo”, pero es solo porque Él puede convertir, con su infinito poder, a eso “malo” en algo bueno para nosotros. Dios permite el mal, porque por su poder puede sacar grandes bienes para nosotros, pero eso no quiere decir que pueda o quiera hacer el mal. Entonces, todo lo que recibimos de Dios, es producto de su infinita bondad, y no hay nada que de Él recibamos –así sean tribulaciones- que no provenga de su infinita bondad y de su infinito amor.
Pero a pesar de esto, el hombre, frente a su bondad, responde con el pecado, es decir, pensando el mal, deseando el mal, haciendo el mal, y portándose mal. Como Dios quiere mucho al hombre, lo perdona siempre, pero muchas veces el hombre no quiere arrepentirse, y sigue obrando el mal. Esto lo vemos todos los días, con los asaltos, robos, guerras, etc.
Esto sucede porque Adán y Eva, en el Paraíso, en vez de escuchar la Voz de Dios, escucharon el silbido de la serpiente, Satanás, y así perdieron el Paraíso y la gracia, cometiendo un pecado que se llama "original". A causa de este pecado, Dios decidió cerrar la puerta de los cielos y dejar que Adán y Eva se fueran, porque ellos perdieron el Paraíso por propia voluntad. A partir de entonces, entró el mal en el mundo, y es así como los hermanos se pelean entre ellos, como sucedió con Caín y Abel, y es así también como entró la mentira, la falsedad, el engaño, y toda clase de males. Por el pecado de Adán y Eva, Dios decidió cerrar las puertas del Paraíso a todos los hombres, y por eso nadie podía entrar. Y no solo eso, sino que, además de cerrarse las puertas del Paraíso, se abrieron las puertas del infierno, adonde estaban condenados todos los hombres al morir, porque sin la gracia de Dios, perdida por el pecado original, además de no poder entrar en el Cielo, todos los hombres, iban a ir al infierno, luego de esta vida.
Esto sucedió porque Dios es infinitamente bueno, pero también es infinitamente justo y respeta lo que el hombre elige, y si el hombre quiere portarse mal y no quiere hacer el bien, y si quiere escuchar el silbido de la serpiente antigua, Satanás, en vez de su Palabra, Dios deja que el hombre haga su voluntad, pero el precio de hacer el mal en esta vida, sin arrepentirse, es, en la otra vida, en el infierno. Dios no puede dejar de dar a cada uno lo que cada uno quiere, y el que quiere obrar el mal y no se arrepiente, es porque quiere vivir en el infierno, y Dios le da a cada uno lo que cada uno quiere y merece con sus obras: para los malos que no se arrepienten, les da el infierno, porque delante suyo, en los cielos, no puede haber nadie que tenga un corazón malo, envidioso, rencoroso, pendenciero, desobediente.
Como toda la humanidad, después del pecado de Adán y Eva, estaba condenada a la perdición, para que todos nos salvemos, y para que nadie vaya al infierno, Jesús, que es Dios Hijo, vino a esta tierra, "entró" dentro de un cuerpo humano, y se puso en lugar nuestro, por amor, dejando que la Justicia divina lo castigue a Él en vez de a nosotros, para así conseguirnos el perdón divino y el Cielo. Cada pecado que cometemos, sea venial, y mucho más, el mortal, merece un castigo de la Justicia Divina. Jesús entrega su Cuerpo para que la Justicia de Dios lo castigue a Él y no a nosotros, y es por eso que el Cuerpo de Jesús es flagelado, golpeado, y Él es coronado de espinas, y crucificado. Como cada pecado merece un castigo, y como los castigos que merecemos nosotros los recibe Jesús en lugar nuestro, el Cuerpo de Jesús es golpeado en la Pasión. Cada golpe que recibe Jesús, representa un pecado nuestro. Por ejemplo, una mentira leve, un enojo, o cualquier pecado venial, pueden ser una bofetada recibida en el rostro de Jesús; un mal pensamiento, es una espina de la corona de espinas, y así con todos; los pecados mortales, por el contrario, son los golpes más fuertes que recibe Jesús, como las trompadas en la cara, los latigazos, los clavos en las manos y en los pies. Jesús recibe en su Cuerpo el castigo que merecemos nosotros, por nuestros pecados, para que la Justicia de Dios no nos haga nada.
Por eso es que Jesús dice que “entrega” su Cuerpo: lo entrega en la Cruz y en el altar, para que seamos perdonados por Dios y para que Él derrame su Espíritu de Amor divino en nuestros corazones. Y todo esto lo hace Jesús no porque tenga necesidad de nosotros, ni porque alguien lo obligue, sino porque nos ama con un amor infinito, sin medida, más grande que todos los cielos y que todos los universos juntos.
Cuando escuchemos entonces las palabras de Jesús dichas con la voz del sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”, pensemos en la Pasión de Jesús, en cómo Él sufre por causa nuestra, y le agradezcamos, con toda la fuerza del corazón, por su infinito amor, y hagamos el propósito de morir antes que pecar.

sábado, 21 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XVIII) El pan se convierte en el Cuerpo de Jesús




(…) tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

Para aprovechar esta parte de la Misa, tenemos que acordarnos de Jesús cuando estaba en la Última Cena con sus Apóstoles. Ahí, Jesús toma el pan con sus manos –“venerables y santas”, dice el Misal, el libro del sacerdote para la Misa, y son venerables y santas porque son las manos del Hombre-Dios-, da gracias a Dios y lo parte, antes de decir las palabras que van a transformar ese pan, en su Cuerpo.
Es decir, cuando Jesús toma el pan en sus manos, es solo pan, pero después de decir las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi sangre”-, ya no es más pan, porque se convierte en su Cuerpo y en su Sangre.
Nos acordamos de Jesús en la Última Cena porque Jesús mandó que nos acordáramos de Él, ya que dijo en el Evangelio: “Haced esto en memoria mía”. Cuando el sacerdote toma el pan del altar, para pronunciar las palabras de la consagración, se acuerda siempre de Jesús, porque Él así lo quiso.
Pero debido a que a través del sacerdote actúa Jesús en Persona, en la Misa no solo nos acordamos de Jesús, sino que Jesús se hace presente, en Persona, en la Eucaristía, y así pasa en el altar lo mismo que pasaba en la Última Cena: antes de que el sacerdote tome el pan en sus manos, es simplemente un poco de pan, mezcla de trigo y agua, sin levadura –por eso es delgado, chato-, pero después que el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo”, repitiendo las mismas palabras que dijo Jesús en la Última Cena, se convierte verdaderamente en el Cuerpo de Jesús, y así Jesús comienza a estar en la Eucaristía.
O sea que, en la Misa, es como si estuviéramos presentes en la Última Cena, porque el sacerdote hace lo mismo que hizo Jesús el Jueves Santo. Pero también, misteriosamente -¡la Misa es un gran misterio del Cielo!-, pasa lo mismo que pasó en el Calvario, porque Jesús en el Calvario entregó su Cuerpo en la cruz, y en la Misa lo entrega en la Eucaristía, y derrama su Sangre, y en la Misa derrama su Sangre en el cáliz.
Por eso es que la Misa tiene algo de parecido con la Última Cena, y también con el sacrificio de Jesús en el Calvario. Por eso es que, en esta parte de la Misa, tenemos que acordarnos siempre de la Última Cena y del Calvario.
Y Jesús hace todo esto, y se queda en la Eucaristía, para que cuando nosotros comulguemos, lo hagamos entrar, con su Cuerpo, en esa habitación tan especial que es nuestro corazón, para que Él nos de su Espíritu de Amor, el Espíritu Santo, y para que seamos todos hermanos de Jesús y hermanos de todos los hombres.
Y es para esto para lo que Jesús se queda en la Eucaristía: para que, como resultado de recibirlo a Él en el corazón, por la comunión, aumente el amor a Jesús y a todos los hombres, que por el Amor de Jesús son hermanos nuestros.

sábado, 14 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XVII) La consagración, la Pascua judía y la Pascua de Jesús




Consagración.

Aquí es donde nos encontramos en el centro de la Santa Misa, en donde se representa, invisible y misteriosamente, la Última Cena de Jesús, llamada “Cena Pascual”, y también se representa el sacrificio en cruz de Jesús. Por eso nos imaginamos la escena de la Última Cena: Jesús sentado en el medio de la mesa, a su lado izquierdo está Juan, a su lado derecho está Pedro, y luego todos los demás Apóstoles.

(…)Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda, haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti, de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor.
El cual, la víspera de su Pasión (…),

Para vivir con fruto espiritual esta parte de la Misa, nos imaginamos a Jesús, que cierra los ojos, junta sus manos a la altura del pecho, como cuando se reza, y dice: “...ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de mi Pasión” (Lc 22, 15).
Jesús hace esta oración antes de subir a la Cruz, porque Él celebra su Pascua, que es la Pascua de la Iglesia, la Pascua que es para siempre. Para entender la Pascua de Jesús, tenemos que saber un poco cómo era la de los judíos, porque la de Jesús se parece a la de ellos. Los judíos la festejaban en primavera, cuando comenzaba la recolección de las primeras espigas de trigo para hacer la ofrenda de panes ácimos (panes “chatos” sin levadura).
La pascua judía era una fiesta religiosa en la que el Pueblo Elegido recordaba las “maravillas de Yahveh”, es decir, todos esos milagros fantásticos y fabulosos con los que Dios los había liberado de la esclavitud de Egipto. Por eso la pascua quiere decir “paso” a la libertad: el Pueblo Elegido es liberado por Yahvéh, obrando grandes milagros a lo largo de toda su travesía. Para eso tenemos que leer el libro de la Biblia que se llama “Éxodo”.
Allí se narran todos los milagros de Yahvéh; por ejemplo, cuando los judíos querían cruzar el mar, lo cual era imposible, porque se iban a ahogar todos, Dios abre el mar –que se llama “Rojo” pero es azul, como todo mar-, y hace que las aguas se levanten como si fueran dos paredes, dejando un pasillo seco en el medio, por donde pasaron los israelitas. Ellos se salvaron, pero cuando los judíos quisieron pasar, las aguas volvieron a su posición normal, y se ahogaron todos. Después, cuando los judíos iban caminando por el desierto, sufrían de hambre y de sed, y además querían comer carne, entonces Dios hizo que todos los días amaneciera sobre el campamento un pan muy suave, llamado maná, y además hacía que vinieran bandadas de codornices para que los hebreos pudieran comer pan y carne. Y para la sed, hizo salir milagrosamente agua de la roca, ordenándole a Moisés que golpeara con su bastón una piedra muy dura. Así, los israelitas podían comer pan y carne y beber agua transparente y pura en medio del desierto.
Y por las noches, había una misteriosa nube luminosa que les alumbraba el camino. Otro milagro que hizo Dios para los israelitas fue una vez que ellos iban caminando por el desierto y empezaron a aparecer muchísimas víboras, que eran muy venenosas: a los que los mordían, se morían, porque el veneno era muy fuerte. Pero entonces lo que hizo Dios fue ordenarle a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y que la levantara en alto, para que todo aquel que la mirase, quedara curado. Moisés obedeció a Dios, y todos los israelitas quedaron curados. Después, cuando los judíos llegaron a la Casa que Dios les había prometido, la Tierra de Israel, empezaron a celebrar la pascua, que quería decir “paso”, celebrando el paso de ellos desde Egipto, por el desierto, hasta Jerusalén, y cuando se reunían a festejar, hacían un cordero asado, con hierbas amargas, y los más grandes tomaban una copa de vino.
¿Por qué tenemos que acordarnos de estas cosas? Porque toda la pascua judía era una imagen o una figura de la verdadera Pascua, que es Cristo Jesús. Una imagen no es la realidad, así como cuando la figura de un futbolista no es el futbolista; así también las pascua judía era solo una figura de la verdadera pascua que se celebra en la Santa Misa.
En la Misa, estamos nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, que caminamos por un desierto, la vida, hacia la Tierra Prometida, la Jerusalén celestial –no la de la tierra, sino la del cielo, la que está alumbrada con la lámpara que es el Cordero- , y del mismo modo a como los judíos huían de sus enemigos, así también nosotros huimos de nuestros enemigos, que son el demonio, el mundo y la carne, pero en vez de abrir las aguas del mar, Dios Padre hace algo mucho mejor para nosotros, y es abrir el costado de Jesús y su Sagrado Corazón, para que todo aquel que entre y se refugie en Él, viva ya, desde la tierra, en el cielo. Y en vez de mandarnos carne de ave y pan, nos manda carne de Cordero, la Carne del Cordero de Dios, que es el Pan de Vida eterna, la Eucaristía. Y cuando los demonios quieren asaltarnos, para inyectarnos un veneno mucho más poderoso porque ataca el corazón del alma, el veneno del mal, del error, del pecado y de la mentira, Dios levanta, en vez de una serpiente de bronce, a su Hijo Jesús en la Cruz, y también cuando el sacerdote eleva la Eucaristía, en la Santa Misa, para que todo aquel que lo contemple, en la Cruz y en la Eucaristía, quede sanado del mal.
Y para el hambre y la sed de Dios, que se despiertan en este desierto que es la vida, Dios nos da a beber la Sangre del Cordero de Dios, y nos da a comer la carne del Cordero de Dios, la Eucaristía.
Esto entonces es lo que tenemos que tener presente en esta parte de la Misa, para vivir con fruto la consagración.

viernes, 6 de julio de 2012

La Santa Misa para Niños (XVI) El Ángel lleva la Eucaristía al altar del Cielo




Plegaria Eucarística I.

En esta parte de la Misa se reza una oración que se llama “Plegaria Eucarística”, y con esta oración lo que hacemos es dar gracias a Dios por todos sus dones, por todos sus regalos, pero sobre todo porque Él es infinitamente bueno y amoroso, y como muestra de ese amor, que es más grande que todo los cielos juntos, nos envió a su Hijo Jesús para que muriera en la Cruz y diera su vida para salvarnos. Pero además, le damos gracias porque en la Santa Misa, sobre el altar, viene invisible Jesús con su Cruz, para dejar su Cuerpo en la Hostia y para derramar su Sangre en el cáliz, para que nosotros, al consumir la Eucaristía, lo tengamos en nuestro corazón. ¡Nunca vamos a poder agradecer lo suficiente, ni siquiera en el cielo, el enorme don del Amor de Jesús, que se queda en la Eucaristía para después venir a nuestro corazón!
En esta oración se nombran a los ángeles, a los nueve coros angélicos, para que ellos y nosotros juntos, demos gracias a Dios por su infinito amor. Los ángeles están presentes, en cada Santa Misa, alrededor del altar, y aunque nosotros no los podemos ver con los ojos del cuerpo, hay cientos de miles de millones de ángeles de luz, cantando y adorando a Jesús, el Dios de la Cruz y de la Eucaristía, que va a bajar del cielo en pocos minutos más.
Pero además de estos ángeles de luz que están alrededor del altar, hay otro ángel, un ángel misterioso, nombrado en esta oración, que se encarga de llevar la Eucaristía –el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús-, desde el altar de la tierra, al altar del Cielo. Dice así la oración que pronuncia el sacerdote: “Te pedimos, Señor, que esta ofrenda –la Eucaristía, el cuerpo glorioso de Cristo, el Hombre Dios, cuyo nacimiento fue anunciado por el ángel a la Virgen María- sea llevada a Tu Presencia, por manos de tu ángel, hasta el altar del Cielo, para que cuantos participamos del cuerpo y de la sangre de Tu Hijo, seamos colmados de gracia y  bendición”[1].
¿Quién es este misterioso ángel, que tiene una tarea tan delicada, la de llevar el Cuerpo de Jesús sacramentado, desde el altar de la tierra “hasta el altar del Cielo”?
Este misterioso ángel, que cumple tan delicada misión, es ¡el Espíritu Santo! Es Él quien, después de la tran-subs-tan-cia-ción (hay que deletrear bien la palabra para aprenderla), lleva la Eucaristía, que de un pancito que era se convirtió en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, hasta el Cielo, para presentársela a Dios Padre, de parte nuestra, para que Dios Padre tenga misericordia de nosotros y perdone nuestros pecados, y todas las veces que fuimos tibios, perezosos, e incluso hasta malos, ofendiendo a nuestro prójimo, o dejando de rezar por pereza.
Y Dios Padre, en respuesta a este regalo que le damos nosotros, hace llover sobre nuestros corazones un diluvio de luz, de bendiciones, de gracias y de Amor.


[1] Cfr. M.R., Plegaria Eucarística I.

sábado, 30 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XV) Prefacio y aclamación del Santo




Prefacio y aclamación del santo.
En esta parte de la Misa, ocurre algo muy especial: cuando el sacerdote dice: “El Señor esté con ustedes”, con ese “ustedes” llama no sólo a los presentes en la asamblea sino ¡a toda la humanidad! para dar gracias al Padre y aclamar al Dios Tres veces Santo[1] por todas sus obras. Entonces, para aprovechar esta parte, imaginemos que están alrededor del altar los ángeles y los santos, pero también todos los hombres, de todas las razas y de todos los colores, desde Adán y Eva.
¿Es posible esto? Sí, porque la Misa es un misterio, el misterio de la renovación del sacrificio en cruz de Jesús, con el cual salva a todos los hombres de todos los tiempos.
Es Jesús quien con su Cruz, viene al encuentro de toda la humanidad, para salvarla con su Cruz, y es toda la humanidad la que, a su vez, va al encuentro de Jesús[2], para ser salvada. ¡Qué misterio, que en la Misa estén todas las razas, de todos los colores -negros, blancos, morenos, amarillos, cobrizos- y todos los seres humanos, incluidos Adán y Eva! ¡Es un misterio, sí, pero real y maravilloso, porque por la Cruz y por la Misa, Jesús salva a toda la humanidad, y a todos aquellos que se dejen salvar!
         La misa es un misterio porque Jesús viene a nosotros escondido, invisible, en la cruz y con su Cuerpo resucitado en la Eucaristía.
         Jesús, en la misa, en la Eucaristía, viene con su Cruz, y también viene con su Cuerpo resucitado, para venir a nuestros corazones, para darnos su perdón, para darnos el beso de la paz, para llenarnos con su vida, con su alegría, con su bondad. Jesús viene a nosotros en la Eucaristía con su Sagrado Corazón, que es el lugar de donde brota, así como el agua cristalina brota de la fuente, su Misericordia Divina.
         Jesús viene a nuestro encuentro, y al encuentro de toda la humanidad, con sus brazos abiertos en la Cruz, y con su Sagrado Corazón palpitante en la Eucaristía, y por este motivo tenemos que estar muy atentos en el momento de comulgar.
Y cuando el sacerdote dice: “Levantemos el corazón”, quiere decir que tanto nosotros, los que asistimos a Misa, como así también todos los hombres, de todas las razas, de todos los colores, sin excepción, deben elevar sus corazones al cielo, para adorar al Dios que viene cuando se produzca la tran-subs-tan-cia-ción (palabra un poquito difícil pero que deletreada se vuelve fácil), por la cual el pan y el vino, los frutos de la tierra, se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.
Y cuando dice: “Por eso, con los ángeles”, la Iglesia llama a los ángeles, los seres espirituales de luz -son los que adoran a Dios en el cielo, porque superaron la prueba y fueron fieles a Dios y no se rebelaron, como los ángeles caídos- a que se unan a la adoración que la Iglesia en la tierra hace al Cordero de Dios. Es por eso que, en la Misa, está toda la creación, todo el universo visible, con los ángeles, los santos, y todos los hombres, de todos los tiempos, de todos los colores, de todas las razas.

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.

El sacerdote se dirige a los presentes, pero no solo, puesto que estos representan a todos los hombres, a toda la humanidad.

Todos: Y con tu espíritu.

Sacerdote: Levantemos el corazón.

Quiere decir que elevemos el espíritu y el corazón hasta el cielo, para unirnos a los que allí están en la adoración al Cordero que se sacrifica por la salvación de la humanidad entera.

Todos: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Sacerdote: Demos gracias al Señor, Dios nuestro.

La Eucaristía es, ante todo, acción de gracias.

Todos: Es justo y necesario.

Al terminar el prefacio, aclamamos con alegría al Dios Tres veces Santo, que en breve vendrá sobre el altar.

Sacerdote y Todos: Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor.

Para aprovechar esta parte de la Misa, recordemos un pasaje de la Biblia, en donde el profeta Isaías (6, 3) es llevado al cielo, y allí ve a Dios: “…vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus haldas cubrían el templo. En torno a Él había serafines, que tenían cada uno seis alas. Con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y los unos a los otros se gritaban y respondían: ‘Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos. Llena está la tierra toda de su gloria’. A estas voces, temblaron las puertas en sus quicios y la casa se llenó de humo”.
El profeta Isaías ve a Dios en una visión, pero nosotros en la Misa ¡lo tenemos en la realidad! [3]. Éste es el motivo por el cual aquí exclamamos todos: "Santo, Santo, Santo", porque ese Dios Tres veces santo está en esa parte del cielo que es el altar: Dios Padre envía a su Hijo Jesús en la Eucaristía, para que Él nos done a Dios Espíritu Santo.
¡No puede haber alegría más grande que este misterio, y por eso aclamamos a Dios Trino, cantando con gozo y repitiendo tres veces la palabra "Santo"! El altar eucarístico es igual al Cielo, es el Cielo, que se abre para que venga Dios Trinidad y nos regale la Eucaristía, que es el Cuerpo glorificado de Jesús, lleno de la luz, del amor, de la vida de Dios Trino[4], y esto es algo más grande que el cielo, es algo más hermoso que si el cielo bajara a la tierra.
 Si Jesús vino la primera vez como un Niño en Belén, Casa de Pan, y si vendrá por segunda vez en la gloria para juzgar al mundo, ahora, delante nuestro, viene en la Eucaristía, con su Corazón de Dios Niño y con su Cuerpo glorioso, y por eso lo aclamamos cantando tres veces el "Santo"[5].
En esta parte de la Misa, uniéndonos a los coros angélicos, glorificamos a nuestro Dios crucificado, que da hasta la última gota de sangre en el Calvario; a ese Dios crucificado, cuya sangre que brota de sus heridas como un manantial, y de su Corazón traspasado como un dique sin contención, y que es recogida en el cáliz del sacerdote ministerial, a ese Dios, le decimos, con todo el amor del corazón y con toda la fuerza del alma: “Santo, Santo, Santo”.
Pero hay algo más que podemos hacer para aprovechar este momento. Veamos el crucifijo, porque es a Jesús en la Cruz a quien le decimos: “Santo, Santo, Santo”. Jesús es Dios Santo, Fuerte e inmortal, pero en la Cruz, no parece ni santo, ni fuerte ni inmortal: no parece santo, porque es crucificado como un malhechor, más malo incluso que Barrabás, porque cuando Pilatos les dio a elegir a los judíos y les dijo a quién quería que lo salve, ellos prefirieron a Barrabás en vez de a Jesús; no parece inmortal, porque Jesús muere en la Cruz, como dice la Biblia: "Jesús, dando un fuerte grito, expiró" (Mc 15, 37), y después tuvieron que poner su Cuerpo santísimo, muerto, en el sepulcro de José de Arimatea (cfr. Jn 19, 38); tampoco parece fuerte, porque en la Cruz, aparece como vencido por todos sus enemigos, aunque en realidad es Él quien vence para siempre al demonio, al mundo y a la muerte.
Y sin embargo, Jesús, a quien le decimos “Santo, Santo, Santo”, es Dios Santo en la Eucaristía, porque en la comunión nos comunica su santidad; es Dios Fuerte, porque al comulgar nos comunica la fuerza de Dios; es Dios inmortal, porque la Eucaristía es Pan de Vida eterna, la alegre y feliz Vida de Dios, que no termina nunca y es para siempre.



[1] Cfr. Manglano Castellary, o. c., 47.
[2] Cfr. Ratzinger, J., El Espíritu de la liturgia, Ediciones Cristiandad.
[3] Schnitzler, Th., Meditaciones sobre la Misa, Barcelona 1966, Editorial Herder, 469.
[4] Schnitzler, ibidem.
[5] Schnitzler, o. c., 469.

sábado, 23 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIV) El sacerdote nos invita a unirnos al sacrificio de Jesús



Invitación a la plegaria
Sacerdote: Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.
En esta parte de la Misa, el sacerdote dice una palabra que nos hace dar cuenta de algo: en el altar pasa algo misterioso, algo que no ven nuestros ojos, pero que está ahí presente, algo que no podemos comprender ni ver, pero que sí lo podemos ver con los ojos de la fe. El sacerdote dice: Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El sacerdote usa la palabra “sacrificio”, y entonces nos preguntamos: ¿qué es un “sacrificio”? ¿Quién se sacrifica en el altar? ¿Cómo lo hace? ¿Por qué lo hace?
La misa es ante todo, un sacrificio. Pero, ¿qué es un sacrificio?
         Un sacrificio es algo que cuesta mucho hacer. “Estudié para la prueba con mucho sacrificio”, es decir, tuve que dejar de ver las horas de televisión que veía por día para poder aprobar y tuve que pasar mucho tiempo estudiando. Me costó mucho esfuerzo estudiar. “Obedecí con mucho sacrificio”. A papá, porque si no le obedecía, se me dejaba sin postre. Me costó obedecer, fue un "sacrificio" obedecer.
         Igual que estas cosas –estudiar, obedecer- que son un sacrificio, también la misa es un sacrificio, es decir, es algo que cuesta mucho.
         Pero en el sacrificio de Jesús hay algo más, que hace que no sea un sacrificio cualquiera, de una persona cualquiera. Es un sacrificio hecho por el Hombre-Dios para perdonar los pecados de los hombres, librarnos del fuego del infierno, y concederles el don de ser hijos de Dios por la gracia santificante, para que al final de esta vida, puedan ir al cielo y gozar de Dios Trino para siempre.
         La Misa es el mismo sacrificio de Jesús en la cruz. En la Misa, Jesús está en la cruz, invisible, pero real, igual que hace dos mil años estuvo en la cruz. Sólo que aquí no lo vemos con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe. Por la fe, sabemos que Jesús hace en la misa, invisible, lo mismo que hace en la cruz, porque es el mismo sacrificio de la cruz: entrega su cuerpo en la Eucaristía y derrama su sangre en el cáliz.
Para saber porqué la misa es un sacrificio, nos tenemos que acordar de lo que hacían los judíos, hace mucho tiempo, y muy lejos de aquí, en Palestina. Los judíos tenían algo como una iglesia muy grande, que le decían: “Templo de Salomón”. Ahí llevaban algunos animales de la granja, los más lindos que tenían, para regalárselos a Dios, en agradecimiento por ser Dios tan bueno con ellos. Entre esos animales, le llevaban a Dios un cordero, al que luego de sacrificarlo, como se hace con los animales antes de comerlos, lo ponían al fuego, igualito a como se hace un asado. Eso lo hacían para significar que el cordero dejaba de pertenecer a sus dueños, para pasar a ser propiedad de Dios: así como el humo del asado sube al cielo, así el cordero, convertida su carne en humo por el fuego, subía al cielo, para que Dios lo tuviera con Él. Y esto lo hacían, además de para dar gracias a Dios, para pedirle cosas, para adorarlo, y para pedirle perdón por todos los pecados.
Pero todo eso no era más que una figura de lo que venía después, así como una figurita de Messi no es Messi, sino que el Messi real es el verdadero Messi; así también esos corderos no podían perdonar los pecados, porque tenía que venir el verdadero Cordero de Dios, que es Jesús. Y Jesús viene en la Misa, invisible, misterioso, para sacrificarse sobre la cruz, para derramar su Sangre en el cáliz y para entregar su Cuerpo en la Eucaristía, para salvarnos. Esto último es el verdadero sacrificio de la cruz, que se repite invisible en el altar: así como en la cruz la sangre se separó de su Cuerpo, cuando Jesús se sacrificaba, así también en el altar, la Sangre del cáliz está separada del Cuerpo, que está en la Eucaristía.
Así nos damos cuenta de que la Misa es un sacrificio: porque el pan y el vino se consagran por separado, para significar lo que pasa en el sacrificio de la Cruz, en donde la Sangre se separa del Cuerpo.
El pan y vino se consagran separados, uno primero y otro después, porque en la cruz el Cuerpo y la Sangre se separan.
         Es la Palabra llena de poder del Verbo del Padre, que obra con su virtud divina en la consagración, la que hace, del pan, el Cuerpo de Cristo y del vino, su Sangre.
         En virtud de las palabras de la consagración –tomad y comed... bebed... Este es mi Cuerpo... Este es el cáliz de mi Sangre- se hacen presentes, separadamente, sobre el altar, por la potencia infinita del Verbo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo: bajo las especies, bajo las apariencias del pan, se hace presente sólo el Cuerpo; bajo las especies, bajo las apariencias del vino, se hace presente sólo la Sangre.
Pero aquí no termina el sacrificio de Jesús, porque Jesús resucitó, levantándose lleno de luz y de vida en el sepulcro, y así también está en la Eucaristía, con su Cuerpo lleno de luz y de vida, y esto lo dice el sacerdote sin palabras, cuando corta un pedacito de la Hostia y la echa en el cáliz, queriendo decir que el Cuerpo se unió a su Sangre en la resurrección.
Entonces, si alguien nos preguntara qué es la misa, tendríamos que decirle: “La misa es el mismo sacrificio en cruz de Jesús”.
Cuando venimos a misa, venimos a encontrarnos con Jesús que está en la cruz invisible del altar, entregando su Cuerpo y derramando su Sangre por amor a cada uno de nosotros.



         Todos: El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia.
El sacerdote lee la oración sobre las ofrendas. Al terminar contestamos: Amén.

sábado, 16 de junio de 2012

La Santa Misa para Niños (XIII) El sacerdote se lava las manos



Ahora el sacerdote se lava las manos.
¿Por qué el sacerdote se lava las manos, si ya las tiene limpias? Porque así como el agua quita las manchas y suciedades que puedan tener las manos, así la gracia y la misericordia de Dios quitan las manchas y suciedades del alma del sacerdote (imperfecciones, pecados veniales, amor propio, faltas de amor, impaciencia, soberbia, orgullo, etc.)[1]. Esto es muy necesario para seguir con esta parte de la Misa: debemos continuar con las manos puras, pero sobre todo, con un corazón puro[2].
Sólo el sacerdote se lava las manos, pero también nosotros, que asistimos en la Santa Misa, podemos unirnos los asistentes pueden y deben pedir lo mismo, uniéndose espiritualmente a la oración del sacerdote: “¡Señor, lávame totalmente de mi culpa y limpia mi pecado!”. El agua que lava las manos simboliza la gracia que purifica el alma dejándola preparada para recibir el Santísimo Sacramento del altar. Pero para el sacerdote tiene además otro significado: debido a que sus manos van a de tocar el Cuerpo de Jesús, luego de la transubstanciación, deben mantenerse libres de toda mancha terrena[3], de toda impureza y de todo afecto impuro. ¿Cómo podría darle un disgusto a Jesús, haciéndolo bajar en manos sucias y con olor a cosas malas? El sacerdote se lava las manos para que el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía no sea tocado con manos impuras.
Además de estos significados, hay otro más en el gesto del lavado de manos, y para saber cuál es, debemos recordar la Pasión de Jesús, en el momento en el que Pilatos, acobardado ante los judíos que piden que Jesús sea crucificado diciendo: “¡No queremos que este reine sobre nosotros! (cfr. Lc 19, 11-27) ¡Crucifícalo!” (Lc 23, 21), se lava las manos para desentenderse de su muerte. En realidad, es un acto de cobardía, porque Jesús ya estaba muy malherido, muy golpeado, con mucha sangre que salía de sus heridas. Estaba indefenso y débil, afiebrado por toda la sangre que había perdido, cansado, agotado, con hambre y sed, muy dolorido, entristecido. No representaba un peligro para nadie; por el contrario, despertaba compasión verlo así tan golpeado y con tanto dolor. Y sin embargo, Pilatos se lava las manos, como diciendo: “Yo se los entrego, con tal que ustedes no me demanden al César, porque si ustedes me demandan, voy a perder el puesto de gobernador. Prefiero seguir siendo gobernador, y no me importa si para eso lo tienen que matar. Yo me lavo las manos!”.
Al realizar este gesto el sacerdote, de lavarse las manos, que se afirme nuestro corazón en el amor de Cristo crucificado, pidiendo la gracia, al mismo tiempo, de morir antes que negarlo, y que resuene en nuestro corazón un potente grito: “¡Nunca como Pilatos!”[4].
Y ya que nos hemos trasladado espiritualmente al momento en el que Pilatos niega a Jesús, recordemos que la multitud pide que la sangre de Jesús caiga sobre ellos: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros!” (Mt 27, 25), porque también nosotros pedimos lo mismo, pero no en el sentido blasfemo y sacrílego de la multitud, sino como una súplica ardiente a Dios, porque no será el agua, sino la Sangre de Cristo, que será derramada en al altar de la cruz y recogida en el cáliz del altar, la que limpiará nuestros pecados y los pecados de los hombres.


[1] Cfr. Manglano Castellary, o. c., 44.
[2] Cfr. Schnitzler, o. c., 448.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. Schnitzler, o. c., 449.