Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 18 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: El trigo y la cizaña


(Domingo XVI – TO – Ciclo A - 2014)

En este evangelio, todo significa algo del cielo: el sembrador es Dios Padre; el trigo es la Palabra de Dios, es decir, Jesús; el campo, sobre el que cae la Palabra, es el corazón de cada uno de nosotros; el sembrador malo, que tiene envidia del sembrador bueno, es el diablo; la cizaña, que es una hierba que crece junto con el trigo, pero que no sirve para nada, es la mala semilla, es decir, todo lo que el diablo propone: pereza, soberbia, envidia, gula, avaricia, ira; el tiempo que va desde que el sembrador siembra la semilla, hasta la cosecha, es el tiempo que vive cada uno, desde que nace, hasta que muere, o también, el tiempo desde que Dios creó a Adán y Eva en el Paraíso, hasta el Último Día, el Día del Juicio Final, cuando vendrá a juzgar a “vivos y muertos”, como decimos en el Credo; los cosechadores; la siega, que es cuando se separa el trigo de la cizaña, es el Día del Juicio Final, que es cuando aparecerá Jesús, en el Día del Juicio Final, y separará a los buenos de los malos, dando a los buenos, el cielo como recompensa, y a los malos, el Infierno como castigo; los trabajadores, que separan el trigo de la cizaña, son los ángeles, al servicio de Dios, encabezados por San Miguel Arcángel, que en el Día del Juicio Final, estarán encargados de separar a los buenos de los malos, a las órdenes de Jesús, Justo Juez (esa es la razón por la cual hay pinturas en las que aparece San Miguel Arcángel con una balanza, pesando las almas y separando a las buenas de las malas).
Este Evangelio nos enseña, entonces, que nuestro corazón es como un campo, en donde pueden germinar dos cosas: o el trigo, que es la Palabra de Dios, y así nos alimentaremos de su substancia, que es buena y exquisita, porque este trigo que es la Palabra de Dios, cuando se cuece en ese horno ardiente que es el altar eucarístico, con el Fuego del Espíritu Santo, da un Pan de sabor exquisito, que contiene en sí todas las delicias, porque es el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, y si nos alimentamos con este Pan, nuestra alma quedará colmada con toda clase de dones del Espíritu Santo: caridad, humildad, fortaleza, inteligencia, sabiduría, …
Pero este Evangelio nos enseña también que si no dejamos germinar a la Palabra de Dios en nuestro corazones, vendrá el Enemigo de las almas, que sembrará también su semilla, porque tiene envidia del Sembrador Bueno, que es Dios Padre, y sembrará su semilla mala, que es la envidia, la soberbia, la ira, la pereza, la gula, y si no estamos atentos, esta cizaña crecerá y nuestro corazón estará lleno de cosas malas que no satisfacen al alma, sino que la dejan vacía y con un sabor amargo.

Debemos estar siempre atentos y vigilantes para que en nuestro campo, que es nuestro corazón, crezca solo trigo y trigo fuerte y sano, que es la Palabra de Dios, y si en algún momento nos damos cuenta de que está empezando a crecer la cizaña, debemos inmediatamente arrancarla de raíz, pero como esta es una tarea que supera nuestras fuerza, debemos acudir al auxilio de nuestra Madre del Cielo, la Virgen María, la Celestial Jardinera de nuestros corazones. Si le confiamos a Ella que cuide de nuestros corazones como de un jardín que le pertenece porque es suyo, ya que se lo hemos regalado, la Virgen no solo no dejará que crezca ni la más pequeña hierba mala, ni la más mínima cizaña, sino que hará que en nuestros corazones crezca un trigo grande y fuerte, un trigo que es la Palabra de Dios y que, al hundirse en lo más profundo de nuestros corazones, germinará y dará frutos de bondad, de mansedumbre, de caridad, de alegría, de paz, de santidad, porque nuestros corazones se habrán convertido en corazones semejantes, iguales, al Sagrado Corazón de Jesús.

sábado, 12 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: El Sembrador


(Domingo XV – TO – Ciclo A - 2014)
         Jesús mismo explica la parábola (Mt 13, 1-23): la semilla que cae al borde del camino y es comida por los pájaros, es cuando alguien escucha y no comprende, y antes de que comprenda, viene el demonio y se lleva lo que había escuchado. Son los que fácilmente se dejan tentar por las cosas vanas que ofrece el demonio: la soberbia, la pereza, la ira, la gula, la avaricia. Pero de todas, las peores, son la soberbia y la pereza. Así, el demonio logra que la semilla, que es la Palabra de Dios, no germine en el corazón. El corazón de estas personas es como los bordes de los caminos, en donde no crece nada que sea útil, ni para las personas, ni para los animales. Por el contrario, el borde del camino, que se llama “banquina”, es siempre peligroso transitar por ahí, y estos corazones son peligrosos, porque en ellos no está Jesús.
         La semilla que cae en terreno pedregoso es el que acepta la Palabra de Dios con alegría, pero cuando hay algún problema, se olvida de la Palabra de Dios y esa persona se pone triste y deja de leer la Biblia o de ir a Misa. Son los que apenas tienen algo que les preocupa en la familia, o en la escuela, o en el barrio, en vez de ir a rezar el Rosario, para pedirle a la Virgen que los ayude, o en vez de ir al sagrario, o en vez de ir a la Misa, que es donde está Jesús, hacen lo opuesto: dejan de leer la Biblia, dejan de rezar, dejan de ir a Misa. Sus corazones son como un camino lleno de piedras, en donde no hay ni árboles, ni plantas, ni flores.
         La semilla que cae entre las espinas, es el que escucha la Palabra de Dios, pero los problemas y las riquezas hacen que se olvide de la Biblia y de la Misa, igual que los anteriores, y así la Palabra de Dios no puede dar frutos de santidad en sus corazones, y sus corazones se vuelven como tierra seca, como la tierra arenosa del desierto, que está llena de cactus espinosos.

         Por último, la semilla que cae en un terreno fértil, en donde germina y crece y da un árbol con frutos ricos y maduros, es el que lee la Palabra de Dios, la comprende, va a Misa, se confiese, hace obras de misericordia; ése es el que entiende que debe llevar la cruz de todos los días, y que debe amar a Dios y a su prójimo como a sí mismo y que si quiere llegar al cielo, debe rezar el Rosario para ser como la Virgen y como Jesús. Ése es el que produce frutos del cien, del sesenta, o del treinta por uno, como dice Jesús. Estos corazones se parecen a un hermoso jardín, lleno de flores y de árboles cargados de frutos exquisitos. De nosotros depende cómo será nuestro corazón, si como un terreno arenoso, pedregoso, sin árboles frutales, que es cuando el corazón vive sin la gracia de Dios, sin confesarse, sin comulgar, sin rezar, sin hacer obras buenas; pero también de nosotros dependerá si nuestro corazón es como un hermoso jardín, es decir, si elegimos vivir en gracia, y esto sucede cuando nos confesamos con frecuencia. Por la confesión, el alma se llena de gracia, y además comulgamos, rezamos y somos buenos con nuestros prójimos, nuestros corazones y nuestras almas serán como jardines hermosísimos, llenos de flores y de árboles con frutos riquísimos. Le tenemos que pedir a Jesús, a la Virgen y a nuestro Ángel de la Guarda, para que nuestros corazones sean así, como hermosos jardines, en donde la Palabra de Dios dé hermosos frutos de santidad.

sábado, 5 de julio de 2014

El Evangelio para Niños: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio”



         En este Evangelio, Jesús nos pide que hagamos dos cosas: que llevemos “el yugo de Él” y que “aprendamos de Él”, que es “paciente y humilde de corazón”. Si hacemos estas dos cosas, Él nos promete que vamos a encontrar “alivio” (cfr. Mt 11, 25-30).
         ¿Qué es un “yugo”? El yugo es el ese instrumento de madera que llevan los bueyes cuando el campesino se los pone en el cuello para que puedan trabajar mejor la tierra, pero en este caso, el “yugo” de Jesús, no es ese instrumento de los bueyes, sino la cruz de madera. Jesús quiere que carguemos su cruz, que es también nuestra cruz, una cruz hecha a medida de cada uno, la cruz de todos los días, porque es la única forma de ir al cielo.
         La cruz de Jesús es de madera, es pesada y como el camino del Calvario es largo y en subida, se hace muy difícil de llevarlo, pero Jesús dice que si nosotros “cargamos sobre nosotros su yugo”, es decir, la cruz, “encontraremos alivio”, y esto, porque Él lleva la cruz por nosotros. Entonces, a pesar de que la cruz es pesada y el camino del Calvario es difícil, todo se hace fácil, porque Él lleva la cruz por nosotros.

          Por último, la otra cosa que nos pide Jesús, es que “aprendamos de Él”, que es “paciente y humilde de corazón”. Santa Teresa de Ávila decía: “La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”. Quien es paciente, como Jesús, alcanza la cima del Calvario, que es la Puerta del cielo. ¿Cómo llegamos a ser pacientes? Imitando a Jesús: así como era Jesús en la Pasión cuando lo insultaban, le pegaban, le escupían en la cara, le ponían la corona de espinas, le hacían burlas, y Jesús no decía nada, sino que rezaba en su Corazón pidiendo a Dios Padre que los perdonara, así tenemos nosotros que ser pacientes con los que nos hacen mal. Lo mismo con la humildad: a pesar de ser Jesús Dios en Persona y Dueño de todo el Universo, nació en un pobre pesebre, y se dejó coronar de espinas, sufriendo enormes humillaciones, porque era humilde y la humildad es una virtud opuesta a la soberbia; la humildad abre las Puertas del cielo, en cambio, la soberbia, las cierra por completa, ya que ningún soberbio puede entrar en el cielo; así también nosotros, cuando tengamos la tentación de ser soberbios, debemos recordar a Jesús, humillado por nosotros en la Pasión, y pedirle la gracia de ser humildes como Él, porque solo los humildes, como Jesús y María, pueden entrar en el Reino de los cielos. Si hacemos todo esto, encontraremos alivio en el corazón, en la tierra, y alegría en el cielo, para siempre, para toda la eternidad, en la compañía de Jesús y de María.

sábado, 28 de junio de 2014

El Evangelio para Niños: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán sobre ella”


         En este Evangelio, Jesús hace dos cosas muy importantes para la Iglesia: le dice a Pedro que él va a ser Papa, y después nos promete a nosotros, que somos su Iglesia, que cuando el diablo quiera pelear con nosotros, nosotros le vamos a ganar, porque Él va a estar siempre con nosotros y Él no va a dejar que a su Iglesia le gane el diablo: "Las puertas del Infierno no prevalecerán -no ganarán- contra ella -contra la Iglesia-".
         Primero, entonces, lo nombra a Pedro como Papa, cuando le dice: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. “Pedro” significa “piedra”, y por eso Jesús le dice: “Tú eres “Pedro” y sobre esta “piedra” edificaré mi Iglesia, porque la Iglesia de Jesús, más que por las iglesias de material, está hecha por las personas de carne y hueso, que somos todos los que hemos recibido el bautismo, y Pedro, como Papa, es la primera piedra de este edificio espiritual que es la Iglesia de Jesús, que se llama también “Cuerpo Místico”.
         Y después le dice: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos. Lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. ¿Qué quiere decir eso? Las “llaves del Reino de los cielos” y el poder de “atar y desatar”, significan el poder de perdonar los pecados, que tienen los sacerdotes, y la autoridad que tiene el Papa para decir todas las verdades que están en el Catecismo y después estudiamos para hacer la Comunión y la Confirmación.
         Y después de Pedro, que fue el primer Papa, vinieron muchos otros Papas, hasta llegar al actual Papa Francisco, y todos hacen lo mismo que hizo Pedro: señalar a Jesús y decirle: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Por eso nosotros tenemos que estar siempre unidos al Papa –ahora, nuestro Papa, es el Papa Francisco- y a la Iglesia de siempre, de todos los siglos, y así vamos a estar iluminados por el Espíritu Santo, y así vamos a poder reconocer a Jesús en la Eucaristía y le vamos a poder decir, sin equivocarnos: “Jesús, Tú en la Eucaristía eres el Hijo de Dios, y te amamos con todo el corazón”.

         

viernes, 20 de junio de 2014

Corpus Christi para Niños


(Ciclo A – 2014)
         Hoy en la Iglesia celebramos una de las fiestas más hermosas de todas las fiestas hermosas de la Iglesia, una fiesta que se llama en latín: “Corpus Christi” y que quiere decir: “Cuerpo de Cristo”. Es la fiesta más hermosa de todas porque se sale en procesión con la Eucaristía y la Eucaristía, aunque uno cuando la ve parece solamente un poco de pan blanco, no es lo que parece, sino que es el Cuerpo de Cristo, pero como Cristo está vivo, cuando decimos “el Cuerpo de Cristo”, no es solo el “Cuerpo de Cristo” lo que está en la Eucaristía, sino su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y su Amor, que late en su Sagrado Corazón, que está vivo y glorioso en la Eucaristía. En la fiesta de “Corpus Christi”, entonces, la Iglesia saca a la calle a su Rey, que es el “Rey de reyes y Señor de señores” del cual habla el Apocalipsis (cfr. 19, 16), Cristo Jesús, el cual, al fin de los tiempos, habrá de venir en un caballo blanco, con un manto rojo, empapado en su Sangre, a juzgar a las naciones, pero ahora, está como escondido detrás de algo que parece pan, pero no es pan, y es el mismo Rey de reyes y Señor de señores.
         En la fiesta de “Corpus Christi” la Iglesia saca en procesión a su Rey y Señor, Jesucristo, que ha vencido a la muerte, al demonio y al pecado en la cruz, porque después de morir, resucitó con su Cuerpo lleno de gloria, de luz y de vida divina, en el sepulcro, y con ese Cuerpo así glorioso, lleno de luz y de vida divina, está en la Eucaristía, solo que oculto a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos de la fe. La Iglesia, en la fiesta de “Corpus Christi” saca con orgullo en procesión a su Rey, en la custodia, para que todos lo adoren como a su Dios, su Rey y su Señor, porque Jesús en la Eucaristía es Dios Todopoderoso que ha vencido de una vez para siempre, con su sacrificio en cruz, a los enemigos de la humanidad y nos ha abierto las puertas del cielo, su Sagrado Corazón traspasado por la lanza.

         Por todo esto, la fiesta de “Corpus Christi” es la más hermosa de todas las fiestas hermosas de la Iglesia Católica, porque sale Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, a derramar su Amor por las calles, escondido y oculto detrás de lo que parece un poco de pan, pero no es pan, porque es Él en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, su Amor Eterno.

viernes, 13 de junio de 2014

El Evangelio para Niños: La Santísima Trinidad


(TO – Ciclo A – 2014)
         ¿Cómo es Dios? Los católicos sabemos cómo es Dios, porque Jesús, en el Evangelio, nos lo enseñó y la Iglesia, con el Catecismo, nos lo hace aprender para cuando recibimos la Primera Comunión. Conocer y amar a Dios, como nos lo enseñan Jesús y la Iglesia, es la aventura más hermosa que jamás nadie pueda vivir en esta vida y en la otra, y este solo hecho justifica vivir y  morir cientos de miles de veces. ¿Cómo es Dios? Jesús nos enseña que Dios es “Uno y Trino”, es decir, que es Uno en Naturaleza y Trino en Personas, y esto no quiere decir que existan tres dioses, sino que Dios es Uno solo y que en Él hay Tres Personas. Sólo los católicos sabemos toda la verdad acerca de Dios; solo los católicos sabemos que Dios es la Santísima Trinidad, que Dios es Uno solo, de una sola naturaleza y que en Él hay Tres Personas. Es algo parecido a una familia formada por papá, mamá y el hijo: tres personas, y una familia, unidas por el amor. ¡Es un misterio maravilloso! Y como todo misterio, no lo podemos entender, solo lo podemos creer y lo creemos con amor, porque Jesús, que es Dios, no nos puede mentir ni engañar, y si Jesús nos lo dice, es porque es Verdad.
¿Qué nos enseña Jesús? Jesús nos enseña que Él es Dios, igual que su Papá, pero también nos enseña que el Espíritu Santo es Dios, y que las Tres Divinas Personas son un solo Dios verdadero; no que son tres dioses, sino un solo Dios verdadero. Jesús nos enseña también que las Tres Divinas Personas nos aman tanto, que quieren que todos vayamos al cielo, y para que vayamos al cielo, el Papá de Jesús lo mandó a Él, a que viniera aquí, a la tierra, para que muriera en la cruz y con su Sangre nos limpiara de nuestros pecados y nos dejara su Cuerpo para que nos alimentáramos de Él. Pero además, la Trinidad nos ama tanto, que no solo quiere que nos salvemos, sino que quiere convertir a nuestros corazones, en algo más grande que los cielos: quiere convertir a nuestros corazones en su morada, en su lugar de residencia, y así lo dice Jesús: “El que me ama, cumplirá mis mandamientos, y mi Padre y Yo lo amaremos, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Quiere decir que si alguien ama a Jesús, Jesús, que es Dios, vendrá al corazón del que lo ame, y junto con Él, vendrán Dios Padre y Dios Espíritu Santo, que es el Amor del Padre y del Hijo, y las Tres Divinas Personas “harán morada en ese corazón”, es decir, las Tres Divinas Personas vendrán a vivir en ese corazón. ¡Qué hermosísimo misterio, el de la Santísima Trinidad!

Las Tres Divinas Personas quieren que, por la gracia que Jesús nos consiguió con su Sangre en la Cruz, nuestro pobre corazón se convierta en la casa en donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, vengan a vivir para siempre. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Puede acaso alguien imaginar algo más maravilloso que ver a su pobre corazón, hermoseado por la gracia y habitado por las Tres Divinas Personas, las Personas Divinas del Dios Uno y Trino? ¡Alabemos por siempre a la Santísima Trinidad, que ha querido enviar a Dios Hijo, Jesucristo, a morir en la Cruz, para donarnos su gracia, para que por la gracia, convirtamos nuestra alma, nuestro corazón y nuestro cuerpo, en templo, sagrario y custodia de las Tres Amabilísimas, Adorabilísimas y Preciosísimas Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo! Démosle gracias también, a la Santísima Trinidad, por habernos dado a la Flor de los cielos, la Virgen María, porque por Ella vino a este mundo, Dios Hijo, Jesucristo, Nuestro Rey y Señor, enviado por Dios Padre, para donarnos al Amor de Dios, el Espíritu Santo. 

lunes, 26 de mayo de 2014

Las Fiestas Patronales de Nuestra Señora de la Caridad explicadas para Niños de Catequesis


         La imagen de la Virgen se llama “Nuestra Señora de la Caridad” o también “Nuestra Señora de la Visitación” porque la Virgen, que está encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, va a visitar a su prima Santa Isabel, que también está encinta, milagrosamente, de Juan el Bautista.
         “Caridad” significa “amor”, pero no es el amor humano, sino el amor de Dios, que es infinito y eterno, y es este amor el que lleva a la Virgen a emprender un camino largo y difícil –pensemos que en esos tiempos no existían los medios de transporte como ahora- para ir a socorrer a su prima Isabel, que está encinta y es anciana.
         Observemos la escena y los personajes cuando llega la Virgen: Juan el Bautista, que está en el vientre de Isabel, “salta de alegría”; santa Isabel no saluda a la Virgen con un saludo normal, como se saludan los parientes, sino que le dice: “Madre de mi Señor”, es decir, reconoce a la Virgen no simplemente como a su prima, sino como a la "Madre de mi Señor", es decir, como a la "Madre de Dios", y reconoce que el salto de su niño no es el movimiento normal de un bebé en el vientre de su madre, como cuando los bebés dan una patadita a sus mamás en la panza cuando empiezan a crecer y las mamás se alegran por ello, sino que Santa Isabel dice que es un “salto de alegría” y ese "salto de alegría se debe a que Juan el Bautista, iluminado por el Espíritu Santo, ha reconocido a Jesús, que viene a su vez, escondido en el seno virgen de su mamá, María Santísima; a su vez, la Virgen tampoco saluda a Isabel con un saludo normal, sino que entona un cántico, que se llama “Magnificat”, porque en ese canto alaba a Dios, por todas las "maravillas", las cosas hermosísimas que Dios ha hecho en Ella desde el mismo momento en que Ella fue concebida.
         ¿Por qué suceden todas estas cosas? ¿Por qué los personajes de la escena no se comportan como sucedería en una situación normal, como cuando dos mujeres embarazadas y que son parientes y se quieren mucho y se encuentran después de mucho tiempo que no se ven?
         Porque cuando la Virgen visita a alguien, con su visita, viene también Jesús, y con Jesús, viene el Espíritu Santo, y es el Espíritu Santo el que ilumina y alegra los corazones de Juan el Bautista, de Santa Isabel y de la Virgen María. El Espíritu Santo ilumina a Juan el Bautista y le hace saber que la Virgen trae en su seno a Jesús, que es Dios, y le alegra el corazón, y lo hace saltar de alegría en el seno de Isabel; el Espíritu Santo ilumina a Isabel y le hace saber que la Virgen trae al Hijo de Dios en su seno y le alegra el corazón porque con la Virgen viene Jesús, el Salvador; el Espíritu Santo ilumina a la Virgen y le recuerda su Inmaculada Concepción, que la convirtió en un Sagrario Viviente -¿vieron el sagrario que hay en la Iglesia, que está con la lucecita prendida, noche y día, indicando que ahí está Jesús en la Eucaristía? Bueno, la Virgen es como un sagrario, pero vivo, porque lleva a su Hijo Jesús, que es la Eucaristía-, para alojar a Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, es decir, la Eucaristía, y así el Espíritu Santo le alegra su Corazón Inmaculado, y es por ese motivo que la Virgen entona el “Magnificat”, el cántico de alabanza y de alegría por las maravillas que Dios obró en Ella, para bien de toda la humanidad, para salvar a toda la humanidad.
         Esto es lo que festejamos en las fiestas patronales de Nuestra Señora de la Caridad: la Visitación de la Virgen a Santa Isabel, y la llegada de Jesús y del Espíritu Santo a todos aquellos a los que la Virgen visita.

         Por eso la Virgen nos enseña a misionar: cuando nosotros misionamos o visitamos casas con la imagen de la Virgen, con nosotros vienen Jesús y el Amor de Dios, el Espíritu Santo.