Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

Cristo Eucaristía, Luz de la niñez y de la juventud

viernes, 15 de mayo de 2015

Retiro para Catequistas - El Espíritu Santo


Retiro para Catequistas
Oración al Espíritu Santo
(de Francisca Javiera del Valle)
¡Ven, Santo y Divino Espíritu! ¡Ven como Luz, e ilumínanos a todos! ¡Ven como fuego y abrasa los corazones, para que todos ardan en amor divino! Ven, date a conocer a todos, para que todos conozcan al Dios único verdadero y le amen, pues es la única cosa que existe digna de ser amada. Ven, Santo y Divino Espíritu, ven como Lengua y enséñanos a alabar a Dios incesantemente, ven como Nube y cúbrenos a todos con tu protección y amparo, ven como lluvia copiosa y apaga en todos el incendio de las pasiones, ven como suave rayo y como sol que nos caliente, para que se abran en nosotros aquellas virtudes que Tú mismo plantaste en el día en que fuimos regenerados en las aguas del bautismo.
Ven como agua vivificadora y apaga con ella la sed de placeres que tienen todos los corazones; ven como Maestro y enseña a todos tus enseñanzas divinas y no nos dejes hasta no haber salido de nuestra ignorancia y rudeza.
Ven y no nos dejes hasta tener en posesión lo que quería darnos tu infinita bondad cuando tanto anhelaba por nuestra existencia.
Condúcenos a la posesión de Dios por amor en esta vida y a la que ha de durar por los siglos sin fin. Amén.
                        TEMARIO
1.     Quién es el Espíritu Santo: es el Amor de Dios.
2.     Para qué cumple Jesús su  misterio pascual: para donarnos al Espíritu Santo.
3.     Cómo nos dona los frutos del Espíritu Santo: a través de los Sacramentos, principalmente Bautismo, Confesión, Eucaristía, Confirmación.
4.     ¿Qué hace el Espíritu Santo? Recordar la Verdad de Jesucristo; santificar nuestras almas y cuerpos, convirtiendo nuestros cuerpos en templos suyos y  nuestros corazones en altares en donde se adore a Jesús Eucaristía.
5.     El Espíritu Santo en la Santa Misa.

1.     Quién es el Espíritu Santo: es el Amor de Dios.
Al decir que el Espíritu Santo es “Amor de Dios”, debemos tener bien en claro la distinción entre el Amor de Dios y el amor humano: el amor humano, por naturaleza, es limitado, porque al ser creatura, es limitado. Además, el amor humano -con excepción de los amores más perfectos entre los amores humanos, como los amores materno, paterno, esponsal, filial, de amistad-, en la gran mayoría de los casos, se deja llevar por las apariencias, es decir, no mira a la profundidad del ser de su prójimo y de las cosas. Y, lo que es más importante, el amor humano, por proceder del corazón del hombre, está contaminado con el pecado original, por lo que está dominado por la concupiscencia y es por eso que necesita de la gracia para ser purificado y liberado de la atracción de la concupiscencia. El Amor de Dios, por el contrario, es un amor Puro, Perfecto, espiritual, infinito, eterno, celestial, que no se deja llevar por las apariencias, que mira lo más profundo del ser del hombre y de las cosas; es un Amor inagotable, pero también incomprensible para el hombre –por eso el hombre no puede entender cómo Dios puede perdonar al pecador más empedernido-. Hecha esta aclaración, continuamos con la Persona del Espíritu Santo en sí misma.
Quién es el Espíritu Santo, según Francisca Javiera del Valle: “Veamos en este día cuánto debemos amar al Espíritu Santo las criaturas por ser El como el motor de nuestra existencia y la causa de ser criadas para gozar eternamente de los mismos goces de Dios. Sabemos por la fe que hay un solo Dios verdadero y que este Dios ni tuvo principio ni tiene fin; y aunque es un solo Dios son Tres Personas distintas a quienes llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo y las Tres son un solo Dios, por ser las Tres la misma Esencia Divina. Esta Divina Esencia tiene en Sí diversos atributos; y como es un solo Dios, aunque hay en Él Tres Personas, las Tres gozan y tienen la misma sabiduría, la misma bondad, la misma caridad, la misma misericordia, el mismo poder y la misma justicia. Sin embargo, estas Tres Divinas Personas tienen, como repartidos entre Sí, estos divinos atributos. El Padre tiene como propios y como cosa que a Él le pertenece, el poder y la justicia; el Hijo, la sabiduría y la misericordia, y el Espíritu Santo, que de los dos procede, la caridad y la bondad. Este Dios, tres veces Santo, es, por naturaleza, manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad y grandeza, de todo poder y gloria, por ser Él quien es único y sin principio, pues todo lo demás que no es Dios todo tuvo principio y todo cuanto tuvo principio todo es de Dios y depende su existencia de la voluntad de Dios”[1].
El Espíritu Santo es una Persona divina (recordemos que hay tres tipos de personas: personas humanas, personas angélicas, y personas divinas; el Espíritu Santo es “Persona Divina”); es la Persona Tercera de la Trinidad; es la Persona-Amor de la Trinidad, espirada por el Padre al Hijo y por el Hijo al Padre; es el Amor, que une al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre. Puesto que Dios es “Espíritu Puro”, de las Tres Personas que hay en la Trinidad, le corresponde el nombre de “Espíritu” a la Tercera, porque es la “expresión y el sello de la unidad espiritual entre el Padre y el Hijo”[2]. La operación propia del Espíritu Puro es la de conocer y querer; por lo mismo, en cuanto Dios, el Espíritu Santo conoce y quiere de modo perfectísimo. La Escritura dice que el Espíritu Santo es “el Espíritu del Padre” (Mt 10, 20) y es también “el Espíritu del Hijo” (Gál 4, 6). Es Persona divina, lo cual quiere decir que posee el mismo Ser trinitario divino del Padre y del Hijo y posee asimismo la misma naturaleza divina del Padre y del Hijo; se diferencia del Padre y del Hijo solamente porque es espirado en forma conjunta por el Padre y por el Hijo, desde la eternidad, pero al ser Dios, porque posee el mismo Ser trinitario y la misma naturaleza divina que el Padre y el Hijo, recibe la misma adoración y gloria. Esto último nos lo enseña la Iglesia en el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” (Credo Niceno-Constantinopolitano). El Espíritu Santo es Dios verdadero, como el Padre y el Hijo. En Hechos 5, 3-5, se dice que: “mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios”, es decir, se equipara la mentira al Espíritu Santo con la mentira a Dios, porque el Espíritu Santo es Dios.
El Espíritu Santo es la emanación del Amor recíproco del Padre y del Hijo. Podríamos decir, es el amor que Dios Padre y Dios Hijo se tienen mutuamente, desde la eternidad, y es tan inmenso, tan eterno, tan puro, tan perfecto, tan infinito, que se constituye en Persona, en Don, del Uno al Otro, y ése es el Espíritu Santo, el Don recíproco del Padre al Hijo. Y ése Don, del Padre al Hijo, que se espiran mutuamente en la eternidad, y que por ser tan inmensamente grande y perfecto, al punto de constituir una Persona, la Persona-Amor de la Trinidad, es el Don que nos comunica Jesucristo en Pentecostés y es el que nos santifica y nos santifica por la gracia[3].
El Espíritu Santo se representa con dos figuras: como paloma y como lenguas de fuego, porque es Fuego de Amor Divino. Analizaremos brevemente, en primer lugar, la representación como fuego y su significado.
En las Apariciones de Fátima, el pastorcito Francisco tiene la experiencia de Dios como “luz que arde pero que no quema”: Diciendo esto la Virgen abrió sus manos por primera vez, comunicándonos una luz muy intensa que parecía fluir de sus manos y penetraba en lo más íntimo de nuestro pecho y de nuestros corazones, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, mas claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior que nos fue comunicado también, caímos de rodillas, repitiendo humildemente:  -Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento. Después de pasados unos momentos Nuestra Señora agregó: -“Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. Acto seguido comenzó a elevarse serenamente, mientras la luz que la circundaba parecía abrirle el camino. Francisco, en una de las apariciones, tuvo una experiencia mística en la que se vio envuelto en una luz y un fuego que no solo no le provocó el más mínimo dolor, sino que lo colmó de gozo, de serenidad y de paz. Francisco tuvo una experiencia mística en la que pudo experimentar la dulzura y el amor de Dios, al verse envuelto “en una luz que ardía pero que no quemaba”, y esa luz era Dios. Dice así Francisco: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”[3]. A diferencia del fuego doloroso del infierno, el Fuego de Amor que es Dios, no solo no provoca dolor, sino que concede paz, alegría y serenidad al alma, tal como la experimenta Francisco. Como diría Juan Pablo II en la homilía de beatificación de Jacinta y Francisco, basándose en la expresión de Francisco, Dios es “una luz que arde, pero que no quema”, y que mora en el corazón del que está en gracia, convirtiendo a esa persona en una “zarza ardiente viviente”: “Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo” (cfr. Éx 3, 2-12). Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo”[4]. En otras palabras, lo que las apariciones de Fátima quieren transmitirnos, es que Dios quiere que sepamos, por un lado, que Él es Fuego de Amor Divino y que quiere abrasarnos a todos en ese Fuego de Amor, y que quiere que todos estemos en Él y que vivamos en su paz, en su amor y en su alegría, tal como dice la Escritura: “Dios quiere que todos nos salvemos” (cfr. 1 Tim 2, 4).
La representación como fuego la utilizaban los Padres de la Iglesia para aplicarla a la Humanidad santísima de Cristo en la Encarnación y, por extensión, la podemos utilizar para la Eucaristía, y veremos de qué manera. Los Padres de la Iglesia decían que la humanidad de Cristo era como el carbón y que el Espíritu Santo, Fuego de Amor divino, al ungirlo en la Encarnación, lo convertía en un Carbón encendido, en un “ántrax”, en una brasa encendida; de esa manera, la Humanidad de Jesús, el carbón, en la imagen de los Padres, se convierte en brasa, al ser ungida y consagrada en la Encarnación. La imagen se puede utilizar también para la Eucaristía, desde el momento en que la Eucaristía es continuación y prolongación de la Encarnación. La Eucaristía como Carbón ardiente, como Brasa ardiente, es decir, el Cuerpo glorioso de Cristo envuelto en las llamas del Espíritu Santo, está prefigurado en el Antiguo Testamento en el libro de Isaías, cuando el profeta es conducido al cielo y allí un ángel toma un carbón ardiente con unas pinzas y le aplica ese carbón ardiente en los labios: ese carbón ardiente es figura de la Eucaristía, en cuanto Humanidad gloriosa del Verbo de Dios envuelta en las llamas del Espíritu de Dios, Fuego de Amor divino (esto lo veremos con más detalle más adelante).
La otra figura con la que se representa al Espíritu Santo, Persona-Amor de la Trinidad, es la paloma. Para darnos una idea del valor de la simbología, podemos considerar el hecho de que, si el Espíritu Santo es representado como paloma, es porque el corazón humano, por la gracia, está destinado a convertirse en un nido de luz y de amor, para alojarlo. Ahora bien, por otra parte, también hay que tener en cuenta que, debido a la libertad humana, el corazón humano también puede ser, si lo desea, una cueva oscura y fría, en cuyo caso no irá a morar la Dulce Paloma del Espíritu Santo, sino que se convertirá en morada de bestias y alimañas espirituales, así como una cueva es morada de bestias y alimañas –osos, tigres, panteras, víboras, arañas, escorpiones-, en cuyo caso se convertirá en un lugar húmedo, frío, tenebroso, en donde no habrá lugar para el amor –ni humano ni divino-, sino que dará cabida solo al resentimiento, el odio, los malos deseos, las pasiones sin control, la venganza, la ira, y esto sucede cuando en el corazón humano no se encuentra la gracia santificante, sino el pecado; por el contrario, si el corazón humano está en gracia, la gracia lo convierte en un nido de luz y de amor, en donde se posa la Dulce Paloma del Espíritu Santo, que le concede su Amor, su paz, su alegría.
Veamos esto mismo, dicho en una Homilía para NACER[4]: Si vamos a Misa, si damos amor a los demás, si tratamos de ser como Jesús, entonces nuestro corazón será como un nido de luz, donde irá a reposar la dulce paloma divina, el Espíritu Santo.
¿Cómo es una paloma? Imaginemos que estamos viendo a un pichón de una paloma blanca, y tratemos de decir cómo es. La paloma es un animalito muy simpático, y además, pacífico, porque nunca agrede a nadie, y se lleva bien con los otros animales, y también con los humanos. Hace sus nidos en lugares altos, y los va construyendo de a poco, con hojas, y ramas, hasta que el nido queda bien formado, y es ahí en donde la paloma descansa de sus vuelos, y entona sus arrullos, que es como una especie de canto, propio de ella. Si le damos de comer, la paloma se acerca, pero es muy asustadiza, y si nosotros nos movemos bruscamente, sale volando y se va. Si la tomamos en nuestras manos, vemos que la paloma es suave, mansa, y cariñosa, y además no nos intenta atacarnos, sino que permite que la acariciemos.
¿Cómo es una serpiente? Imaginemos que tenemos delante nuestro a una serpiente, brillosa y negra, venenosa, de esas tipo cascabel, que tienen la cabeza ancha, como una paleta, y en la cola tienen una especie de sonajero, que suena cada vez que se mueve. No podemos acercarnos, ni tampoco podemos tomarla en nuestras manos, como hacemos con la paloma, porque las serpientes son animales agresivos, que atacan a quienes se les acercan, para morderlos e inyectarles veneno, que puede llegar a matar a las personas. Las víboras son malas y traicioneras, y hay que mantenerse alejado de ellas, porque si no, nos pueden atacar y morder. El nido de las serpientes es un lugar sucio, oscuro, lleno de una baba que sale de sus bocas y si alguien pisa, por descuido, un nido de víboras, estas lo muerden y lo matan.
¿Por qué hablamos de estos animales en una misa?
Porque nuestro corazón, por nuestras acciones, y por nuestros pensamientos y sentimientos, se puede convertir en un nido de paloma, o en un nido de serpientes.
Cuando nuestros pensamientos y sentimientos hacia las personas son buenos, y también nuestras obras, es decir, cuando damos amor a los demás, el corazón se transforma en un nido de paloma, en donde va a reposar esa dulce paloma blanca que es el Espíritu Santo. 
Cuando rechazamos todo mal pensamiento, cuando tratamos bien a los demás, cuando respondemos con afecto, cuando ayudamos a quien lo necesita, cuando prestamos las cosas, cuando no hablamos mal de los otros, cuando hacemos algún sacrificio pidiendo por la conversión de los pecadores, cuando rezamos, cuando nos confesamos, cuando venimos a Misa para encontrarnos con Jesús y recibirlo en la Eucaristía, cuando hacemos todas esas cosas buenas, el corazón se llena de luz, y se transforma en algo así como si fuera un nido de paloma, en donde va a descansar el Espíritu Santo, que se aparece en la Biblia como paloma, cuando Juan el Bautista lo bautiza a Jesús, en el río Jordán. Nuestro corazón, convertido en nido de luz, por el amor y las buenas obras, y por la gracia de Dios, atrae al Espíritu Santo, que viene como paloma blanca a hacer arrullos en él.
Pero cuando no nos portamos bien, cuando peleamos con los demás, cuando pensamos mal de los demás, o cuando los tratamos mal, o cuando somos egoístas, o vagos, o perezosos, o cuando tenemos envidia, o cuando no nos confesamos desde hace mucho, o cuando faltamos a Misa por hacer otras cosas, por mirar televisión, o dormir, o jugar a los jueguitos, o por jugar al fútbol, entonces, nuestro corazón se convierte en un lugar oscuro, feo, frío, en donde no puede venir a alojarse el Espíritu Santo, y si pasamos mucho tiempo así, es muy posible que venga alguien muy malo, que no es serpiente, pero que tiene forma de serpiente, y es el diablo, llamado también Satanás o ángel caído.
Si tratamos mal a los demás,/si faltamos a Misa sin motivo,/si no damos amor,/nuestro corazón se convertirá,/en muy poco tiempo,/en un nido de serpientes.
¿Cómo queremos que sea nuestro corazón? Por supuesto que queremos que sea como un nido de paloma, para que vaya a descansar ahí esa paloma blanca, llena del Amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Y para que nuestro corazón sea como un nido de luz, trataremos de obrar siempre como lo haría Jesús, cuando tenía nuestra edad.
Preguntas para trabajar en equipo:
¿Quién es el Espíritu Santo?
¿Con qué figuras bíblicas se lo representa?
¿Qué dijo el beato Francisco sobre Dios?
¿Qué diferencias hay entre el Amor de Dios y el amor humano?
¿Por qué los Padres de la Iglesia decían que el Cuerpo de Cristo era un “Carbón ardiente”?
¿Qué significa que el corazón humano sea un nido de luz?
¿Qué significa que el corazón humano sea una cueva oscura y fría?
¿A qué seres espirituales aloja en uno y otro caso?
¿De qué depende el hecho de que el corazón del hombre sea un nido de luz, en donde vaya a reposar la Dulce Paloma del Espíritu Santo, o una cueva oscura y fría, en donde encuentren refugio bestias y alimañas espirituales?
¿Qué hacer, para que el corazón sea un nido de luz por la gracia?

2.     Para qué Jesús cumple su  misterio pascual: para donar al Espíritu Santo.
 Todo el misterio pascual de Jesús –Encarnación, Vida Oculta, Vida Pública, Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión- está motivado por el Amor Divino y para donar el Amor Divino. No hay otra motivación que no sea el Amor de Dios en la historia de la salvación de la humanidad y en la historia de la salvación de cada hombre en particular: “Les conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7): Jesús sufre su Pasión, y a nosotros “nos conviene” que Él muera, para que nos envíe su Espíritu, el Amor de Dios; “Estando los discípulos reunidos, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’” (Jn 20, 22; cfr. Hch 2, 1-11): una vez muerto y resucitado, se aparece a los discípulos, y sopla sobre ellos el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Nada hace Jesús por obligación; todo es por Amor, por su Amor, que es el Amor del Padre y del Hijo. Todo su misterio pascual se origina y no tiene otro fin que el Amor. Dios no tiene obligaciones para con el hombre, porque lo podría haber dejado tranquilamente en su rebelión, luego del pecado original de Adán y Eva, sin faltar a la Justicia; sin embargo, movido por su Amor y su Misericordia, envía al Redentor, Jesucristo, para que done al Espíritu Santo, para que el Espíritu Santo, a su vez, santifique a los hombres en el Amor.
Es importante tener bien presente que el Espíritu Santo es Amor, porque el Espíritu Santo es el Motor de la Encarnación, es decir, es lo que lleva a Dios Padre a pedir a su Hijo Dios que se encarne en el seno de la Virgen, y es el Espíritu Santo el que lleva a Dios Hijo a obedecer a su Padre, y es el Espíritu Santo el que lleva a la Virgen a decir que “Sí” al designio de salvación del Padre. No hay otro “Motor” que no sea el Divino Amor, es decir, el Espíritu Santo, en la historia de la salvación, de la humanidad y de cada uno de nosotros en particular. Y si el Amor es lo que lleva a obrar a Dios hacia nosotros, no puede ser otra cosa que el Amor lo que nos lleve a nosotros a obrar hacia Dios y al prójimo, y ésa es la razón del Primer Mandamiento de la Ley de Dios: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”, y es la razón del Mandamiento Nuevo de la Ley Nueva de la caridad de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Por este motivo, el cristiano sólo debe obrar movido por Amor –el Amor del Espíritu Santo, no el amor humano, que es limitado, egoísta y manchado por el pecado original-, y si esto no hace, no puede llamarse verdaderamente “cristiano”.
Para poder comprender el don del Amor del Espíritu Santo, que es el fin de la Encarnación y del Misterio Pascual de Jesús, es necesario meditar acerca del enfrentamiento de Jesús con los fariseos y el porqué del duro calificativo que Jesús les dirige a ellos, en quienes estamos representados TODOS los hombres, hasta que no recibimos el don del Espíritu Santo:          “Hipócritas”.
 “¡Ay de vosotros, hipócritas, que descuidáis lo esencial, la misericordia!” (cfr. Mt 23, 23-26). La dura diatriba de Jesús contra los fariseos está plenamente justificada. Los fariseos, que se consideraban a sí mismos –y lo eran- fieles guardianes de la ley, habían sin embargo elaborado una serie de mandamientos y prescripciones, inventadas por ellos, sobre las Escrituras, las cuales habían finalizado por invertir la religión, poniéndola de cabeza, y de tal manera, que habían convertido lo esencial en accesorio y lo accesorio o superficial -o más bien, inútil- en esencial. Jesús, que lee los corazones como Hombre-Dios, advierte esta perversión de la religión practicada por los fariseos; advierte que sus escrupulosos cumplimientos de la ley nada tienen que ver con la esencia de la religión, y se los reprocha en cara y públicamente, con lo cual se gana enemigos mortales. El término “hipócrita” es duro pero, en este caso, sumamente justo, porque los fariseos pretendían pasar, delante de los demás, a los ojos de todos, como celosos custodios de la ley, practicando las abluciones, limpiando los utensillos, pagando el diezmo, todos preceptos legales que sí eran válidos, pero que perdían toda validez al ser colocados por encima de la justicia, de la misericordia, de la compasión y de la verdadera piedad para con Dios.
No en vano Jesús les hace la pregunta retórica de qué es lo que tiene más valor: si el oro que se deposita ante el altar, o el altar, por el cual el oro se consagra y adquiere su valor. Para los fariseos, los cumplimientos externos, superficiales, rituales, se habían convertido en acciones mecánicas, privadas de la esencia de la religión –lo que les daba validez-, porque un precepto legal, una devoción realizada sin piedad y sin caridad, convierte a la religión en una máscara deforme de sí misma, en una caricatura de sí misma. Lo que hace a la religión ser religión, es decir, ligazón, unión con Dios, que es amor y compasión, es el amor, la compasión y la misericordia que deben existir en el corazón humano como requisito previo e indispensable a toda práctica ritual. Es esto interior lo que da valor a lo exterior, y no al revés, como lo interpretaban los fariseos.
Jesús se lamenta de la dureza y de la hipocresía de los fariseos: “¡Ay de vosotros, fariseos, hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del hinojo y del camino, y descuidáis lo esencial de la ley: la justicia, la misericordia y la caridad!” Jesús no reprocha estos preceptos legales cumplidos por los fariseos; por el contrario, los aprueba; lo que rechaza es que se tomen a estos preceptos legales como lo principal, dejando de lado y descuidando lo verdaderamente esencial a la religión: “Hay que practicar esto, sin descuidar aquello”. Se deben cumplir los preceptos legales, pero poniéndolos en su lugar, un lugar secundario, accesorio, porque el lugar principal, esencial, central, es la misericordia, la compasión, la caridad. La inversión de los valores es causa o consecuencia de la ceguera espiritual de los fariseos quienes, como guías ciegos, a nada seguro pueden conducir. No hay nada más absurdo o contradictorio que un guía ciego: un guía, para ser tal, debe ser capaz de percibir la luz que ilumina sus pasos; un guía ciego vive en las tinieblas, nada advierte a su paso, y por lo mismo, termina por hacer cosas contradictorias e invertidas: cuelan el mosquito –para purificar el agua para beber usaban una especie de colador que filtraba elementos indeseables-, y se tragan el camello –mientras prohibían a otros alimentarse de este animal, ellos hacían carne asada de camello-. Los guías ciegos espirituales confunden e invierten las cosas –en una habitación a oscuras, todo tiene la misma apariencia-: cumplen ritos, devociones, jaculatorias, rezos, oraciones, asisten –con asistencia perfecta- a misa, hacen ayuno, pero descuidan la misericordia, la bondad, la compasión. No hay que dejar de hacer una cosa, sin dejar de hacer lo otro. La sola piedad no basta y, aún más, la piedad, convertida en fin en sí misma, sin caridad, se convierte en fuente de egolatría, de auto-ensalzamiento, de auto-endiosamiento, y de auto-adoración de la persona. “¡Guías ciegos!” El ciego no ve la luz, vive en las tinieblas. En la Eucaristía resplandece el brillo sobrenatural, esplendente, inmarcesible, de la luz esplendorosa del ser del Hombre-Dios Jesucristo, y es esa luz la que ilumina el camino de quien quiere vivir la esencia de la religión: la compasión, la misericordia, la caridad.


HIPÓCRITA
En otro pasaje del Evangelio, Jesús, indignado, recrimina a los fariseos de una manera tajante: “Hipócrita”. La indignación de nuestro Señor se debe a la dureza de corazón de los fariseos, que despreciando al prójimo –y sobre todo al prójimo débil y necesitado- dan preferencia a los animales: según la ley farisaica, se puede alimentar y dar de beber a un animal en sábado, pero está prohibido legalmente hacer la caridad al prójimo. Nuestro Señor enfrenta y rechaza radicalmente el fariseísmo religioso, calificándolo de “hipócrita”. El hipócrita es aquel cuya conducta no expresa los pensamientos del corazón , es decir, es aquel que mientras interiormente piensa o desea algo, exteriormente manifiesta lo contrario. El hipócrita engaña a los demás porque antes se engaña a sí mismo.
El fariseo sin embargo, no es un mentiroso cualquiera, porque su hipocresía no es una hipocresía cualquiera: es una mentira y una hipocresía religiosa, y la hipocresía religiosa no es una simple mentira: el fariseo engaña al prójimo para ser apreciado por él a partir de gestos religiosos, es decir, usa la religión como escudo de sus intenciones ocultas; elige o inventa preceptos o los dispone según le parece, para “quedar bien” ante los demás, aunque a los ojos de Dios lo que haga sea aborrecible, como en este caso, despreciar al prójimo, no sólo no haciendo una obra de caridad, sino tratando de impedir que el prójimo reciba un acto de caridad, y todo bajo pretexto religioso. Hace lo opuesto a lo que prescribe la religión: “Ama a Dios y al prójimo como a ti mismo”, nos dice nuestro Señor. Para el fariseo no hay lugar en su interior ni para Dios ni para el prójimo, porque la hinchazón de su propio egoísmo es tan grande, que quita todo espacio para cualquiera que no sea él mismo. Por eso, cuando Jesús Misericordioso, Sumo y Eterno Sacerdote, cura con su poder divino a la humanidad doliente, el fariseo, en lugar de alegrarse por la manifestación de la Misericordia Divina que con infinita compasión y amor se inclina desde los cielos para socorrer al que sufre, en vez de adorar él en su interior a Cristo Dios por su inmensa caridad, y prorrumpir en aclamaciones de júbilo y de alegría porque Cristo, Dios Eterno, con su Misericordia viene hacia nosotros, aún más, recibiendo de Jesús su infinita caridad, endurece su corazón hacia Dios y hacia el prójimo y calla, enmudece, cierra su inteligencia y su corazón a Dios y al prójimo, dejando crecer en su interior la adoración de sí mismo, la soberbia, la envidia, la calumnia, disfrazándola de celo religioso.
El fariseo invierte el mandamiento de la caridad, y en vez de amar a Dios y al prójimo, se niega reconocer a Cristo como Dios y por eso le niega la adoración y el amor que como Dios se merece; niega al hombre como su hermano y le niega el respeto y la misericordia que el prójimo merece, y así, lejos de Cristo y del prójimo, termina en la peor de las abominaciones, es decir, termina por adorarse y amarse egoístamente a sí mismo. También nosotros podemos escuchar la recriminación de Jesús que nos dice en nuestro interior: “Hipócrita”, porque habiéndolo recibido en la Eucaristía a Él en Persona, que es la Caridad Increada, el Amor Substancial de Dios, el Amor Infinito, somos duros de corazón con nuestro prójimo.
Sin embargo, esto no sucede cuando, por el contrario, dejamos que Jesús sople su Espíritu de Amor sobre nuestros corazones, y queme las impurezas que hay en él; no olvidemos que así como el oro se acrisola con el fuego, así el nuestro corazón, opacado por el pecado y la concupiscencia, necesita ser purificado por el Fuego del Amor Divino que nos infunde Jesús desde la Eucaristía. La “solución” a la hipocresía farisaica, es abrir el corazón al Fuego purificador del Espíritu Santo que nos comunica Jesús en la comunión eucarística, para luego comunicar ese Amor recibido en la comunión, a nuestros hermanos, por medio de obras de misericordia.
Preguntas para trabajar en equipo:
¿Para qué cumple Jesús su  misterio pascual?
¿Tiene Dios algún tipo de obligación para con el hombre, en el sentido de estar obligado a quitarle el pecado que cometió en el Paraíso y condenó a toda la humanidad?
Si Dios Trino decidió la Redención de la humanidad, ¿fue por Amor o por obligación?
¿Cuál es el Motor de la historia de la salvación? Fundamente su respuesta.
¿Por qué tenemos que obrar movidos por Amor y sólo por Amor? Fundamente su respuesta.
¿Por qué Jesús califica tan duramente de “Hipócritas” a los fariseos?
¿Por qué estamos representados en los fariseos todos los que no hemos recibido el Espíritu Santo?
¿Cuál es la solución a la hipocresía farisaica?
3.      Cómo nos dona al Espíritu Santo: por los Sacramentos: Bautismo, Confesión, Eucaristía, Confirmación.
El Bautismo
Por el Bautismo, el alma recibe al Espíritu Santo, efundido por Jesucristo, y el Espíritu Santo hace vivir al alma una vida nueva, la vida del Espíritu, incorporando al bautizado a la comunidad de la Iglesia, en la espera del cumplimiento de las promesas escatológicas[5]. Dice San Pablo que el bautismo es un don de la benevolencia salvífica de Dios; es un evento pascual, un “lavado de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo, efundido abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo” (cfr. 2 Cor 5, 17). Notemos las palabras: lavado o baño, regeneración, renovación, nueva creación. Esto es muy importante para la nueva función de ofrecer el sacrificio como sacerdotes bautismales, como lo veremos en seguida; por lo tanto, es el fundamento para la participación interior, espiritual, íntima, en unión de amor, con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, del laico, en cuanto laico, en la Santa Misa.
El bautismo de Jesús es la realización de lo que había sido prefigurado en los grandes sucesos de la antigüedad, como el diluvio (cfr. 1 Pe 3, 20s), o el paso del mar Rojo (cfr. 1 Cor 10, 1s). En el diluvio, la humanidad pecadora es purificada por la acción del agua que cae del cielo; en el mar Rojo, el Pueblo Elegido es purificado al atravesar el cauce del mar, saliendo de Egipto, para entrar en Israel, la Tierra Prometida.
También el Bautismo es la realización y el cumplimiento de lo que los profetas habían anunciado para el Pueblo de Israel: los pecados de Israel serían lavados por la acción del agua purificadora: “Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.” (Zac 13, 1). El bautismo de Jesús es un cumplimiento de la purificación prefigurada y prometida por los profetas, pero es también un cumplimiento y realización del bautismo de Juan: el bautismo de Juan es conferido en el desierto con el objetivo del arrepentimiento y del perdón (Mc 1, 4 p), hace ingresar en el resto de Israel que es sustraído a la ira de Dios (cfr. Mt 3, 7.10 p) y que espera al mesías que viene, implica un esfuerzo por una conversión moral, de la voluntad .
Sin embargo, cuando Jesús bautiza, no solo da pleno cumplimiento a las prefiguraciones del pasado y a las profecías del Antiguo Testamento, y no solo actualiza lo que en Juan era sólo figura. Es verdad que su bautismo es purificación del pecado, es verdad que su bautismo incorpora al Nuevo Pueblo de Dios, que, habiendo sido purificado del pecado, es sustraído a la ira de Dios. Pero implica algo mucho más grande que la remisión de los pecados, la purificación del alma y la incorporación al Nuevo Pueblo Elegido. Por el bautismo –y por la fe- llegamos a ser miembros del Hombre-Dios; por el bautismo se hace orgánica nuestra unión con Cristo, lo cual implica que Cristo empieza a revelarse interior y exteriormente en nosotros , de una manera secreta, silenciosa y desconocida, pero no menos real y verdadera, revelación por la cual nos infunde de su vida divina de Hombre-Dios; en el bautismo nos imprime Cristo una marca que indica que somos propiedad suya y nos establece en la plena posesión y disfrute de los derechos y privilegios que nos corresponden como a miembros de su cuerpo , somos hechos parte suya de su Cuerpo Místico, e incorporados a su Pasión, a su Muerte y Resurrección .
Cuando esta unidad material por el bautismo se hace viva por la fe, el Espíritu de la Cabeza penetra en los miembros de su cuerpo, y por otra parte, nosotros podemos aferrarnos a Él y establecer con Él una completa unidad de vida con Cristo. Por la fe se hace viva nuestra unidad con Cristo, porque empieza a operar en nosotros el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu Santo.Por el bautismo y por la fe, nos hacemos capaces de ofrecer, como si fuera nuestro y propio, el sacrificio que proporciona gloria infinita a la Trinidad, el sacrificio del Cordero, inmolado sobre el altar. Es por eso que, todo bautizado, es llamado “sacerdote bautismal”, y es esta participación a la que se refiere el Concilio Vaticano II –interior, profunda, íntima, silenciosa, en el Amor, unida el alma al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que se ofrece como Víctima Inmolada al Padre, por la salvación del mundo-, cuando habla de la participación “activa” de los laicos en la Santa Misa.
La confesión
         Nuestro Señor Jesucristo se presenta ante los fariseos como la luz del mundo: “Yo soy la luz del mundo y el que me sigue no andará en tinieblas” (Jn 8, 12). Nuestro Señor no se refiere a la luz natural, no está diciendo que Él es la luz del sol, ni la luz del fuego, ni la luz artificial. Él está diciendo y refiriéndose a otra luz, una luz que no es ninguna de las que conocemos, una luz desconocida, invisible, la luz de Dios. Por eso en el Credo decimos: “Dios de Dios, Luz de Luz”, porque Él es la luz de Dios que proviene de Dios; es Dios, cuya naturaleza es ser luz, la naturaleza de Dios es luminosa, es luz sobrenatural, divina, celestial, no natural. También en los salmos se describe a Dios como luz, al decir de Él que es el Sol de justicia, y si Cristo es Dios, es entonces Él el Sol de justicia.
         Si la Sagrada Escritura presenta por un lado a Jesucristo como luz y luz divina, por el otro, presenta al pecado como tinieblas, asociadas al demonio, príncipe de las tinieblas: “...cuando Judas comió el bocado, el diablo entró en él. Afuera era de noche” (Jn 13, 27). El evangelio dice: “afuera era de noche”. La noche, las tinieblas del espíritu, se asocian al pecado –la traición de Judas- y a la acción de Satanás: el diablo entró en él. Satanás entra en el corazón de Judas, que ha cometido el pecado de traición, vendiendo a nuestro Señor por dinero, y en ese momento, las tinieblas lo envuelven: “Afuera era de noche”. No quiere decir necesariamente que quien comete un pecado está bajo el influjo del demonio, pero sí es significativo que el pecado sea descripto como la tiniebla del espíritu. Es la descripción del alma en pecado: está envuelta en las tinieblas, porque Cristo, Dios-Luz, Sol de justicia, no está en ella, y así se vuelve injusta.
El pecado es una acción mala que oscurece al alma, ocultándola de la vista de Dios; por el pecado el alma se vuelve oscura y se encierra en una tiniebla densa, de la cual no puede salir por sí misma.       Cuando el alma comete un pecado, el alma queda inclinada hacia las cosas bajas, hacia lo terreno, hacia lo carnal, hacia lo que no agrada a Dios, y eso es vivir en tinieblas. “Andar en tinieblas” es no tener a Cristo en el alma, y si Cristo, que es la Luz y el Sol de justicia, no ilumina al alma, el alma queda oscurecida y atrapada en las tinieblas en donde ella misma se metió. Por eso Jesús dice: “Yo soy luz, y el que me sigue no andará en tinieblas”, porque quien lo sigue, es iluminado por esta luz divina, que es Jesucristo, y en él no hay tinieblas. Quiere decir que quien no tiene a Jesucristo, anda en tinieblas, no en las tinieblas de la noche terrena, sino en las tinieblas del espíritu, que es una tiniebla más cerrada y oscura que la noche más cerrada y oscura que podamos conocer. Sólo Cristo, que nos comunica su luz, la luz de la gracia, que nos viene por la confesión, puede iluminar a un alma en tinieblas. Por la confesión entra en el alma la luz de Cristo, que es llamado en los salmos Sol de justicia, y se vuelve justa como Cristo, porque por la confesión el alma recibe la luz de Dios, una luz que no sólo le ilumina la inteligencia y la voluntad, permitiendo discernir lo que es bueno de lo que es malo, sino que por la gracia de la confesión el alma se vuelve no solo brillante como el sol, sino que posee a ese Sol mismo de justicia, Jesucristo. Por la gracia de la confesión, Jesucristo empieza a habitar en el alma, y el alma en Jesucristo.
La Eucaristía
LA EUCARISTÍA ES EL CARBÓN ARDIENTE QUE PURIFICA NUESTRAS ALMAS CON EL FUEGO DEL AMOR DE DIOS
         “…vi al Señor sentado en un excelso trono y las franjas de sus vestidos llenaban el templo. Alrededor del solio estaban los serafines: cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían los pies y con dos volaban. Y con voz esforzada cantaban a coros, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria (Num 14, 21; Ap 4, 8). Y se estremecieron los dinteles y los quicios de las puertas a las voces de los que cantaban, y se llenó de humo el templo. (…) Y voló hacia mí uno de los serafines, y en su mano tenía un carbón ardiente que con las tenazas había tomado de encima del altar. Y tocó con ella mi boca, y dijo: He aquí la brasa que ha tocado tus labios, y será quitada tu iniquidad, y tu pecado será expiado”. (Is 6, 1-7).
         Un serafín de los que están ante la Presencia de Dios, toca los labios del profeta Isaías con un carbón ardiente que ha tomado del altar, y como consecuencia, le son quitadas la iniquidad y el pecado es expiado. El carbón ardiente obra en el profeta lo que el fuego en el metal, en el oro: lo purifica. Así como el fuego purifica el oro, así el carbón, que ha sido encendido por el fuego, y por lo tanto tiene las propiedades del fuego, purifica al profeta, ya que le quita su iniquidad y su pecado.
         ¿Qué significado tiene este episodio?        Tal vez podamos dilucidar algo recurriendo a los Padres de la Iglesia. Con la imagen del carbón incandescente, los Padres ilustran el ser de Cristo y su actividad. En Jesucristo, Hombre-Dios, la divinidad, el Verbo, es el fuego, y la humanidad, su cuerpo y su sangre, es el carbón, que al contacto con el fuego, se vuelve incandescente. El Hombre-Dios Jesucristo, al ser el Verbo del Padre, encarnado, es Dios con su divinidad en un cuerpo humano, y la divinidad es fuego divino, espiritual, que arde sin consumir. Esta divinidad del Hombre-Dios es el fuego que debe penetrar en toda la raza humana, para iluminarla y sublimarla; y su humanidad, su cuerpo y su alma, es el carbón incandescente, en el cual arde el fuego y desde el cual se extiende a todo el linaje. Así como el carbón por sí mismo no transmite el calor del fuego si no ha sido encendido, y cuando está encendido en el fuego se vuelve incandescente y al entrar en contacto con los cuerpos transmite el ardor del fuego, así la humanidad de Cristo, unida indisolublemente a la divinidad, está encendida en el fuego divino, y así es el carbón incandescente que comunica a los hombres el fuego de la divinidad. Y por eso Jesús en su humanidad, mediante su humanidad, en su Cuerpo y en su Sangre, es espíritu vivificante, que llena a los hombres de su espiritualidad divina, de su vida divina, del fuego divino.
         El Cuerpo de Cristo, que está Presente en la Eucaristía, debido a que está unido a la Persona del Hijo de Dios, debido a que en el Cuerpo inhabita el Hijo de Dios y a que el Hijo de Dios es el Dueño de ese Cuerpo, vive con la vida de la divinidad, y de ahí la comunica, la transmite a quien lo incorpora como alimento. El que se alimenta del Cuerpo de Cristo, recibe toda la fuerza vivificadora, espiritualizadora, deificadora, de la divinidad que inhabita en Él; y como órgano de la divinidad, el Cuerpo de Cristo también él vivifica, espiritualiza, deifica quien entra en contacto con él, porque es portador de la divina fuerza de vida, de la luz divina y del divino fuego, y como tal nos alimenta en la Eucaristía .
         El Cuerpo de Cristo en la Eucaristía es el carbón que se ha vuelto incandescente por estar en contacto con la llama misma del fuego del Espíritu Santo; es el carbón incandescente porque es portador del fuego del Espíritu Santo, y es el Espíritu Santo, que Él comunica a sus miembros, el que purifica y glorifica nuestros cuerpos y nuestras almas , envolviéndolas en las llamas del Amor de Dios. La Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es el carbón ardiente que el ángel de Dios coloca no en nuestros labios, sino en lo más profundo, en la raíz de nuestro ser y lo purifica y santifica, no con un fuego material, sino con la llama de la divinidad de Dios. El profeta Isaías, por el contacto de sus labios con una brasa del altar que lleva el ángel con unas tenazas, es purificado de sus pecados y de su iniquidad, queda justificado delante de Dios. Sin embargo, no recibe el Cuerpo de Cristo, y tampoco su ser más íntimo es llenado por el Espíritu de Dios. ¿Qué debería suceder con nosotros, que somos purificados con algo infinitamente más noble y digno que una brasa santa, ya que lo que recibimos y purifica y santifica la raíz misma de nuestro ser es ese Carbón Incandescente que es el Cuerpo de Cristo inhabitado por el fuego del Espíritu? ¿Qué debería suceder con nosotros, que recibimos algo mucho más grande que la purificación de los labios, algo mucho más grande que el perdón de los pecados y de nuestras iniquidades, ya que al comulgar el Cuerpo de Cristo recibimos no un pedazo de pan que incorporamos al cuerpo, sino al mismo Hijo de Dios en Persona que se hace huésped del alma? Como el incienso, que al contacto con el carbón incandescente desprende el perfume que sube hasta Dios, así nuestros cuerpos y nuestras almas, al contacto con ese Carbón Incandescente que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo Eucaristía, deben desprender, como un incienso quemado, el buen olor de Cristo.
La Confirmación y el Espíritu Santo[6]
Cuando recibimos el sacramento de la confirmación, se produce en nuestro interior algo muy hermoso, aunque no nos demos cuenta: recibimos los dones y los frutos del Espíritu Santo, pero lo más importante de todo, no son los dones ni los frutos, sino que, mucho más que los done y los frutos, en la Confirmación recibimos al Amor de Dios, a la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo en Persona. En la Confirmación, es el Espíritu Santo, el Amor de Dios, el Amor del Padre y del Hijo, el que viene a nuestro corazón. ¿Cómo podemos darnos una idea de lo que pasa en la Confirmación, de la llegada del Espíritu Santo a nuestras almas? Recordemos que una de las formas en las que se aparece el Espíritu Santo en la Biblia, es la de una paloma –por ejemplo, en el Bautismo de Jesús en el río Jordán-, entonces, quiere decir que esa dulce paloma, que es el Espíritu Santo, viene a nosotros en la Confirmación. Pero sucede también que ya hemos recibido ese mismo Espíritu, en el Bautismo, entonces, es como si en el Bautismo, vemos a esa paloma dentro nuestro, muy pero muy pequeñita, y como muy lejos, dentro nuestro, mientras que, en la Confirmación, esa paloma viene volando, y se acerca cada vez más, hasta posarse en nuestro corazón, para hacer de nuestro corazón su nido.
Y si esa dulce paloma está en nuestro corazón, entonces tenemos que tratar de ser lo más buenos posibles, para que no se vaya, porque con la paloma del Espíritu Santo, pasa algo parecido a lo que pasa con las palomas de la tierra: ellas se acercan a nosotros, porque son muy mansas, si les damos maíz, y comen tranquilas a nuestro lado, pero si nosotros gritamos, o si corremos, o si hacemos algo brusco, esa palomita blanca, mansa, humilde y amorosa, que es el Espíritu Santo, sale volando. El Espíritu Santo aparece en forma de paloma para hacernos ver que Dios es manso y pacífico, como mansos y pacíficos son estos animalitos de los cuales Él toma su representación. Si nos preguntaran a nosotros qué clase de animales queremos ser, con seguridad, elegiríamos animales fuertes y poderosos: un tigre, un león, una pantera, un guepardo, o tal vez un elefante, o un gorila, o un caballo de raza.
A muy pocos se les ocurriría pedir ser una paloma. Dios quiso ser representado por este animalito, la paloma, para decirnos que no tenemos que tener miedo en acercarnos a Él, y también para decirnos que tenemos que ser buenos y mansos como una paloma, o más bien, como Él es, bueno, manso, humilde. Sólo en un corazón manso y humilde, sereno, pacífico, puede el Espíritu Santo reposar, así como una paloma reposa en su nido construido en lo alto de los árboles o de los edificios. En cambio, si nosotros nos comportamos mal, si nosotros reaccionamos con ira, con enojo, con impaciencia, entonces pasa con esa paloma que es el Espíritu Santo, lo que pasa con las palomas de la plaza cuando nosotros, en vez de darles de comer, atrayéndolas a nuestro lado, nos ponemos a correr, o hacemos algún movimiento brusco: las palomas de la plaza, cuando hacemos eso, salen volando, y así sucede con el Espíritu Santo: cuando obramos el mal, cualquier género de mal, mentira, engaño, violencia, enojo, robo; es decir, cuando cometemos un pecado, esa dulce palomita blanca, que es el Espíritu Santo, sale volando de nuestro corazón, y nuestro corazón se queda como un nido vacío.
¿Y qué hace el Espíritu Santo cuando viene a nuestro corazón? Si nosotros somos mansos, humildes y dóciles, el Espíritu Santo nos da sus dones y sus frutos, por ejemplo, la bondad y la benignidad. Se puede saber, por fuera, si alguien tiene el Espíritu Santo por dentro: si esa persona es pacífica, serena, humilde y buena; si se preocupa por ayudar a los demás, si no es egoísta, ni pendenciera, ni mala, ni atrevida; si ama a todos, a buenos y malos, si lo soporta todo con paciencia, si siempre piensa bien de los demás, si es bueno con todos, eso es señal de que la paloma del Espíritu Santo está dentro de esa persona. Pero el Espíritu Santo nos da, ante todo, algo mucho más grande que los dones y los frutos, y es la alegría y el regocijo de tenerlo a Él, que es el Amor de Dios; cuando el Espíritu de Dios viene a nuestro corazón, lo inunda con su Presencia y con su Ser, que es Amor puro y celestial. Entonces, en acción de gracias por el don del Espíritu, tenemos que comunicar, a todos los que nos rodean, ese Amor que recibimos, amando a todos, y amando a Dios como a uno mismo.

Preguntas para trabajar en equipo:

¿De qué manera nos dona Jesús los frutos del Espíritu en el Bautismo?
¿De qué manera nos dona Jesús los frutos del Espíritu En la Eucaristía?
¿De qué manera nos dona Jesús los frutos del Espíritu en la Confesión?
¿De qué manera nos dona Jesús los frutos del Espíritu en la Confirmación?
Haz las apreciaciones que te parezcan.

4.      ¿Qué hace el Espíritu Santo? Recordar la Verdad de Jesucristo; santificar nuestras almas y cuerpos, convirtiendo nuestros cuerpos en templos suyos y  nuestros corazones en altares en donde se adore a Jesús Eucaristía.

Recordar la Verdad de Jesucristo

EL ESPÍRITU SANTO, DON DE DONES, INSUFLADO POR CRISTO DESDE LA EUCARISTÍA, ES QUIEN NOS DA EL VERDADERO CONOCIMIENTO DE CRISTO Y, CON EL CONOCIMIENTO, EL AMOR DE CRISTO EUCARISTÍA.
El Espíritu Santo tiene una función mnemónica: “El Espíritu Santo les hablará de Mí” (cfr. Jn 16, 12-15); “El Espíritu Santo les recordará todo lo que Yo les he dicho” (Jn 14, 26). Una vez que Jesús haya muerto en cruz y haya resucitado, quedará entre los discípulos el recuerdo y la memoria de sus acciones, de sus milagros, de su Persona. Atento a la debilidad humana, incapaz por sí misma de trascender el misterio del cual Él portador y revelador, y atento al misterio de la iniquidad y de las tinieblas que obra en el mundo buscando oscurecer la luz de Dios que es Cristo en Persona, Jesús promete el envío del Espíritu Santo, quien ilustrará a los discípulos acerca de Jesús.
El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, inspirará a los discípulos la vida del Padre y del Hijo, y en esta vida inspirada, estará el conocimiento del Hijo: sólo por el Espíritu Santo conocerá la Iglesia acerca del misterio de Jesús de Nazareth.
Sólo en el cielo, en el estado de beatitud perfecta, seremos capaces de conocer a Dios, en su luz, tal como es, cara a cara. Sin embargo, aún cuando nuestra naturaleza no nos permite captar y comprender la Palabra de Dios en su significado último sobrenatural, podemos, en esta vida, conocer a Dios y a su Palabra al infundirnos Dios una fuerza y una luz sobrenaturales, por medio de la gracia.
A través de la gracia, recibimos un conocimiento sobrenatural y divino, y tenemos así una noción de Dios como la que Dios tiene de sí mismo.
La gracia del Espíritu Santo, donado por Cristo y por el Padre desde el sacramento eucarístico, nos permite conocer a Cristo tal como Cristo es, y no de manera deformada o rebajada según nuestra capacidad de conocimiento. Nos permite conocer a Cristo en su misterio eucarístico, en su Presencia sacramental en la Eucaristía, en la renovación sacramental de su sacrificio de la cruz, en su Presencia gloriosa en el sacramento del altar. Sin el conocimiento de Cristo que nos proporciona el Espíritu Santo, rebajamos a Cristo a nuestra capacidad humana de entender, es decir, pensamos que Cristo es un maestro de religión, un predicador de una moral nueva, el hijo del carpintero, como lo llamaban sus contemporáneos, o, a lo sumo, como un hacedor de milagros, pero con la fuerza de nuestra razón, nunca llegaremos a conocer a Cristo como Dios Hijo encarnado en una naturaleza humana.
Y así como sin la luz del Espíritu Santo rebajamos el misterio de Cristo a aquello que podemos comprender, y con eso vaciamos todo el misterio, así, con la sola capacidad de nuestra mente, pensamos en la Eucaristía solo como un pan bendecido, porque ha sido consagrado en el altar, pero nunca pensamos en la Eucaristía como el misterio de la Presencia sacramental del Cordero de Dios, que se inmola en la cruz del altar, que derrama su Sangre sobre el cáliz, que dona su Cuerpo resucitado y con su Cuerpo resucitado la Vida eterna y con la Vida eterna su Espíritu, que nos une en el amor a las Personas de la Trinidad. Sin el conocimiento del Espíritu Santo, vemos la misa como un rito piadoso, al que asistimos porque creemos que de alguna forma damos culto a Dios, pero no vemos en la Misa ni el sacrificio del Calvario, ni la Resurrección de Cristo, ni la Adoración del Cordero. “El Espíritu Santo les hablará de Mí”. El Espíritu Santo, Don de dones, insuflado por Cristo desde la Eucaristía, es quien nos da el verdadero conocimiento de Cristo, y con el conocimiento, el amor de Cristo Eucaristía.

Santificar nuestras almas y nuestros cuerpos

Dice San Pablo que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) -y nosotros agregamos que el corazón es altar de la Eucaristía-. Para saber qué quiere decir San Pablo con “el cuerpo es templo del Espíritu Santo, imaginemos un templo cualquiera, que puede ser nuestro templo parroquial. ¿Cómo es el templo? Posee un techo, paredes, ventanas, puertas; hay un altar, está el sagrario con la Presencia Eucarística de Jesús, están las imágenes sagradas. El templo tiene que estar limpio, perfumado, aireado, asoleado, luminoso, lleno de flores, con aroma a perfumes y fragancias. ¿Qué diríamos de un templo a oscuras, en ruinas, con el altar ocupado por una bruja, con el sagrario lleno de telarañas, estando J       esús ahí Presente, con el ambiente con mal olor, con personas bebiendo alcohol e ingiriendo substancias tóxicas e incluso viendo cosas indecentes en el interior del templo, desparramando esas substancias tóxicas en sus pisos? No sería un gravísimo ultraje a Jesús en el sagrario, a la Virgen, representada en sus imágenes? El templo impecable, representa el alma en gracia,inhabitada por el Espíritu Santo, que ha convertido el cuerpo en templo suyo, de su propiedad, y ha convertido su corazón en altar y sagrario en donde se adora a Jesús Eucaristía; es un alma perfumada por la gracia, en donde brilla el Sol de justicia que es Jesucristo, en donde se escuchan cantos de adoración y de alabanza a Jesús Eucaristía, en donde se ama a la Virgen, en donde todo está en orden y limpia porque todo está brillante y limpio por acción de la gracia santificante.
Por el contrario, el templo descuidado, en donde hay alimañas, bestias salvajes, en donde se proyectan en sus paredes imágenes inconvenientes, en donde se olvida que Jesús está en el sagrario y se lo ultraja, en donde hay olor pestilente, en donde se ultraja la presencia de la Virgen, en sus imágenes, es figura del alma en pecado y en pecado mortal.
A esto se refiere San Pablo cuando dice: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y es por eso que el pecado ultraja a la Persona-Amor del Espíritu Santo, que en inhabita en el cuerpo.

Sopla nuestros corazones y los convierte en carbones ardientes que arden en el Fuego del Divino Amor

 “El viento sopla donde quiere” (cfr. Jn 3, 5.7-15). Poesía y metáfora en los labios del Hombre-Dios, el viento sopla donde quiere, y cuando sopla, da vida y movimiento a las hojas de los árboles, y así hace el Espíritu Santo: el Viento Divino sopla donde quiere, y donde sopla da vida y movimiento a las almas humanas. El viento es el Espíritu Santo, y así como el viento sopla donde quiere, y cuando sopla no se sabe de dónde viene ni adónde va, así el Espíritu Santo: sopla sobre el altar, sobre las ofrendas, sin que nadie sepa de dónde viene ni adónde va, y con su soplo divino convierte la materia muerta del pan y del vino en el cuerpo vivo y glorioso de Jesús resucitado. Sopla el Viento Divino sobre las almas humanas, y les da vida nueva a las almas que vivían una vida muerta; sopla el Viento de Dios, que es Dios, y con su suave brisa enciende a las almas en el Amor de Dios. “El viento sopla donde quiere, y tú no sabes de dónde viene ni adónde va”. Si quieres ser alcanzado por la suave caricia del viento, ve a la pradera, y allí espera, porque allí el viento soplará más, y te alcanzará y te envolverá. El Viento Divino sopla donde quiere, y tú no sabes de dónde viene ni adónde va. Si quieres ser alcanzado por la suave caricia del Viento Divino, ve al Sagrado Corazón de Jesús, quédate allí y espera, porque de seguro allí el Viento de Dios sopla y sopla sin cesar, y allí te alcanzará. Sopla el viento, y cuando sopla, aviva la brasa que quema el pasto seco, y el pasto seco, al contacto con el carbón ardiente, se vuelve llamarada viva; sopla el Viento Divino, y cuando sopla, el carbón ardiente que es el Cuerpo de Jesús, suelta una llama viva que enciende al pasto seco que es el corazón humano, y así el corazón humano, al contacto con el Viento de Fuego, se convierte en llama viva que arde en el Amor de Dios. “El viento sopla donde quiere”. Sopla, viento, y si quieres, sopla sobre mi corazón seco, para que al contacto con ese carbón ardiente que es el Cuerpo eucarístico de Jesús, arda en Tu Amor.

Preguntas para trabajar en equipo:

Una vez enviado el Espíritu Santo, ¿qué hace en la Iglesia y en las almas? Expláyate.

5.     El Espíritu Santo en la Santa Misa.
(Solemnidad de la Ascensión del Señor - Ciclo B - 2015)
“Vayan, anuncien la Buena Noticia (…) el que crea, se salvará, el que no crea, se condenará (…) El Señor fue llevado al cielo (…) Ellos fueron a predicar (…) y el Señor los asistía con los milagros” (cfr. Mc 16, 15-20). Jesús resucita, y antes de ascender al cielo, encomienda a su Iglesia la tarea de difundir el Evangelio por todo el mundo, por todos confines de la tierra, prometiendo su asistencia con signos y prodigios. La Ascensión de Jesús es el anticipo de lo que habrá de suceder al resto de la Iglesia, por cuanto Jesús es la Cabeza del Cuerpo Místico, que es la Iglesia: así como asciende la Cabeza, que es Jesús, así habrá de ascender el Cuerpo, que es la Iglesia. Pero la condición para que el Cuerpo ascienda al Reino de los cielos, glorioso y resucitado al igual que su Cabeza, es que los integrantes de ese Cuerpo que es la Iglesia, crean, y para que crean, deben tener fe, y para que tengan fe, deben recibir el anuncio, el kerygma, y es por eso que Jesús, antes de ascender, luego de resucitar, encomienda a su Iglesia la misión de anunciar el Evangelio a toda creatura, para que, el que quiera creer, se salve, y el que no quiera creer, no se salve. “Vayan, anuncien la Buena Noticia (…) el que crea, se salvará, el que no crea, se condenará”. Todos y cada uno de nosotros, en cuanto bautizados, hemos recibido el mandato misionero de parte de Jesús, muerto y resucitado; todos y cada uno de nosotros, laicos o religiosos, somos misioneros en nuestros puestos de vida, de familia, de trabajo, de estudio, según nuestro estado de vida, y todos estamos llamados a difundir el Evangelio, según nuestras posibilidades, aunque el medio más eficaz de difusión sigue siendo, como lo fue siempre, la santidad de vida, y no tanto las homilías y los sermones. Todos tenemos la obligación ineludible de anunciar el kerygma, la Buena Noticia de que Jesús ha muerto y resucitado, como los primeros discípulos, porque esa es la misión de la Iglesia, pero no podemos simplemente anunciar que Jesús ha resucitado: debemos anunciar que ha resucitado y que está vivo y glorioso en la Eucaristía y que desde la Eucaristía nos comunica su Espíritu Santo, su Espíritu de Amor, en cada comunión, que enciende nuestros corazones en su Amor, porque la Eucaristía es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino. Sin embargo, mal podemos anunciar el kerygma a nuestros hermanos, si no nos dejamos transformar por el Espíritu que nos es donado en cada comunión eucarística; no podemos anunciar la Buena Noticia, tal como nos pide Jesús, de que Él ha muerto, ha resucitado, y está vivo y glorioso, en la Eucaristía, si no somos capaces de dejarnos transformar por el Espíritu Santo que nos dona en cada comunión eucarística, porque así no somos, de ninguna manera, testigos creíbles, sino testigos de dudosa credibilidad. Para comenzar a cumplir el mandato misionero de Jesús, de anunciar la “Buena Noticia” de que Jesús está vivo y resucitado en la Eucaristía, tenemos que comenzar por dejar que nuestros corazones sean abrasados por el Fuego de Amor Vivo que abrasa al Corazón Eucarístico de Jesús. Que la Virgen de la Eucaristía convierta a nuestros corazones, duros y fríos, la mayoría de las veces, como una roca, en hierba seca, para que al contacto con las llamas del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, ardan al instante y se consuman en las Llamas del Amor del Espíritu Santo, y así permanezcan, como zarzas ardientes vivientes, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Cfr. Decenario de Francisca Javiera del Valle; http://www.dudasytextos.com/clasicos/decenario.htm
[2] Cfr. Scheeben, Los misterios, 104.
[3] Cfr. Scheeben, Los misterios, 417.
[4] http://infantesyjovenesadoradores.blogspot.com.ar/2011/06/paloma-o-serpiente.html
[5] Cfr. Carlo Rocchetta, I Sacramenti della Chiesa, 22ss.
[6] http://infantesyjovenesadoradores.blogspot.com.ar/2010/11/la-confirmacion-y-el-espiritu-santo.html

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